LOS HIJOS DEL SOL IV - ELIJAH - 3ª PARTE
LAS VISIONES DE SHEISHA
Y ocurrió, por aquel entonces que Elijah fue reclamado por Zacarías; uno de sus devotos seguidores que vivía en Jafa, junto al Mar.
Zacarías, hombre justo y seguidor de la tradición de Yahvé, había sido premiado por Dios con una gran fortuna.
En sus campos araban casi veinte docenas de bueyes y sus jornaleros se contaban por medio centenar. Tenía a su vez, este hombre justo, una de las esposas más bellas de la comarca. Se llamaba Judith; mujer que se prodigaba en el cuidado de su cuerpo con mas fuerza y vehemencia que en el de su espíritu. Gastaba en vestidos y en oropeles muchos bienes y gozaba con las riquezas de la gran hacienda de su esposo. Zacarías, no obstante no podía sino rendirse ante el encanto de tanta belleza y se dejaba llevar.
Judith se hacia acompañar de varios criados para acercarse todos los días a la fuente del barrio próspero del norte de Jafa. Y muchas mujeres y jóvenes la esperaban para ver tanto encanto rodeado de tanto oropel. Cada día lucía un vestido nuevo y unas nuevas joyas adornaban su maravilloso pelo negro. Ella, sabedora de la admiración que levantaba, caminaba insinuante con una media sonrisa que hacia palidecer de deseo a los varones que la contemplaban.
Pero el destino que es imprevisible quiso que Judith enfermara con una extraña úlcera, que poco a poco fue haciendo mella en su delicada piel, para cubrir finalmente todo su rostro. En poco más de un mes, aquella bella mujer moría en los brazos del compungido Zacarías. Este, sabedor del poder de su maestro Elijah, reclamó a su mayordomo y le dijo:






