viernes, 20 de enero de 2023

ESPIRITUALIDAD Y CIENCIA

 


Compréndanme bien, no se trata de criticar o negar descubrimientos científicos; el problema no está ahí, se encuentra en la cabeza del investigador.

 

Ciencia y Religión

La ciencia, la religión y el arte forman un todo unificado.

 

Muchos cuestionan su religión, porque piensan que la ciencia contradice y anula las verdades que contiene, pero esto sólo muestra que no han entendido correctamente las cosas. Al contrario, déjenme decirles que los descubrimientos de la ciencia no hacen más que enfatizar las verdades contenidas en las religiones. También les puedo mostrar que la ciencia moderna no contradice las verdades enseñadas por la Ciencia Iniciática, en efecto prueba su veracidad. Pero esto es algo que ni los científicos ni las personas religiosas han entendido aún.

 

Para mí, no hay contradicción: La ciencia y la religión van de la mano, en efecto, van de la mano con el arte, también, pues los tres están íntimamente relacionados. La ciencia da luz a la humanidad, la‏ religión calor, amor, y el arte actividad creadora. ¿Por qué hemos inventado el abismo que les separa, cuando la naturaleza los creó para trabajar juntos en la vida? Los Iniciados nunca los han separado entre sí, pero ahora que la cultura occidental lo ha hecho, la religión es incapaz de entenderse con los científicos, que la rechazan de antemano. Pero la rechazan, por supuesto, porque no poseen la verdadera ciencia. Su tipo de ciencia está centrada exclusivamente en el mundo físico,‏ material. Ignoran la verdadera ciencia sobre‏ la que están fundadas todas las religiones: la ciencia de los tres mundos, material, psíquico y espiritual. En cuanto al arte, oscila inciertamente entre ambos, rebelándose primero contra una y luego contra la otra.

 

‏En la naturaleza, lo repito, la religión, la ciencia y el arte son uno. Si no lo son hoy, es porque los seres humanos los‏ han separado, y mientras continúen separándoles, nunca hallarán la‏ verdad. La ciencia, la religión y el‏ arte forman un todo unificado, gracias al cual todo puede‏ explicarse y entenderse. La ciencia es una necesidad del intelecto. La religión es una necesidad del‏ corazón. El arte es una necesidad de la voluntad, que busca expresar algo, crear y construir. Y estas‏ tres necesidades están muy relacionadas, pues pueden empezar por pensar algo, pero deben sentirlo antes de que lo puedan volver una realidad concreta.

 

En efecto, les puedo decir que muchos científicos contemporáneos son reencarnaciones de Iniciados del pasado, de Altos Sacerdotes que conocían los Misterios. Quienes han descubierto la televisión o la radio, sencillamente han aplicado los conocimientos que adquirieron en un pasado lejano. Sí, eran Iniciados del antiguo Egipto, pues nuestra era‏ está ligada de muchas formas a la civilización egipcia, y está destinada a ver la revelación y aplicación en el plano físico, de la ciencia sagrada del antiguo Egipto…

 

Omraam   Mikhael Ivanhoe

 

Fuente: La Iluminacion Espritual


miércoles, 11 de enero de 2023

LA CONCIENCIA FUNDAMENTAL ES CREER EN TI POR: JOE DISPENZA

 

 


La conciencia fundamental es creer en ti, es cuando se materializan cosas increíbles ante tus propios ojos. Sentirte pleno es el estado perfecto para crear.

 

Conviértete en sobrenatural creyendo en ti.

Algunos críticos tal vez califiquen mis notas como una apología de la curación por la fe, pero a estas alturas de mi vida esta acusación no me importa, porque ¿Acaso la fe no es creer en un pensamiento más que en ninguna otra cosa? ¿Acaso no significa aceptar un pensamiento —al margen de las condiciones de nuestro entorno— y entregarnos al resultado hasta tal punto que vivimos como si nuestras plegarias ya se hubieran cumplido? se parece a una fórmula para el efecto placebo, siempre hemos estado siendo nuestro propio placebo.

 

Tal vez lo más importante no sea rezar rigurosamente a diario para que se cumplan nuestros deseos, sino levantarnos de nuestra meditación como si nuestras oraciones ya se hubieran cumplido. si lo hacemos cada día alcanzaremos un nivel mental en el que viviremos en lo desconocido y esperaremos lo inesperado. Y entonces es cuando lo misterioso llamará a nuestra puerta.

 

La respuesta placebo consiste en curarnos por medio de los pensamientos.

 

Al fin y al cabo, un pensamiento no es más que una emoción sin manifestar en cuanto aceptamos este pensamiento emocionalmente, empieza a volverse real, es decir, se convierte en realidad. Un pensamiento sin una impronta emocional carece de experiencia y por tanto está latente, aguardando en lo desconocido para ser conocido al tener un pensamiento para convertirlo en experiencia y luego en sabiduría, estamos evolucionando como seres humanos.

 

CONCIENCIA EXPANDIDA

Al mirarte al espejo ves tu reflejo y sabes que estás viendo tu aspecto físico pero ¿cómo se ven a sí mismos el yo verdadero, el ego y el alma? Tu vida es la imagen reflejada de tu mente, de tu conciencia, y de quien realmente eres.

 

Los miembros de las escuelas espirituales de sabiduría antigua no están meditando en la cima de una montaña del Himalaya esperando a iniciarnos para que nos convirtamos en místicos y santos, sino que la vida que llevamos es nuestra propia iniciación en la grandeza. Tal vez tú y yo debamos ver la vida como una oportunidad para irnos perfeccionando día a día y superar nuestras limitaciones con una conciencia más expandida. Así es como una persona pragmática, en vez de una victimizada, lo ve.

 

Al principio nos cuesta abandonar nuestra forma habitual de ver la vida para aceptar nuevos paradigmas. Es algo que nos resulta difícil e incómodo. ¿Por qué? porque cuando cambiamos, ya no nos sentimos los mismos, por eso mi definición de genio es sentirse incómodo y al mismo tiempo aceptar esta incomodidad.

 

La historia está llena de personajes admirables que lucharon contra las creencias obsoletas de su tiempo, viviendo fuera de sus zonas de comodidad, que fueron tachados de herejes y locos para acabar siendo considerados unos auténticos genios, santos o maestros que con el paso del tiempo se convirtieron en sobrenaturales.

 

SER SOBRENATURAL

¿Cómo tú y yo podemos convertirnos en sobrenaturales?

 

Para empezar debemos hacer aquello que más nos cuesta, es decir, ser generosos en medio de las épocas de crisis, cuando todo el mundo se siente rodeado de carencias y pobreza; amar cuando toda la gente está enojada y juzgando a los demás; demostrar valentía y serenidad cuando el resto está aterrado; ser bondadosos cuando los demás son hostiles y agresivos; entregarnos a las posibilidades cuando el resto del mundo se abre camino a codazos para ser los primeros, intentando controlar los resultados, compitiendo con ferocidad compulsivamente para llegar a lo más alto; sonreír de manera cómplice ante la adversidad y cultivar una sensación de plenitud cuando nos diagnostican una enfermedad.

 

«En semejantes situaciones no parece normal tomar esta clase de decisiones, pero si conseguimos hacerlo una y otra vez, acabaremos trascendiendo lo normal, y tú también te convertirás en sobrenatural».

 

Y lo más importante es que al ser sobrenatural les estarás dando a los demás el permiso para hacer lo mismo. Las neuronas espejo se activan cuando observamos a otra persona realizando una acción. Nuestras neuronas reflejan las suyas, como si estuviéramos haciendo lo mismo que ella. Por ejemplo, cuando un bailarín profesional baila salsa, tú bailarás salsa mejor que antes. Si observas a Serena Williams lanzar una pelota, tú también la lanzarás mejor que antes. si contemplas a alguien dirigiendo una comunidad con amor y compasión, tú también te conducirás en tu vida del mismo modo. Y si ves a una persona curarse a sí misma de una enfermedad al cambiar su forma de pensar, también tenderás a hacer lo mismo.

 

Espero que concluyas que la creencia fundamental es creer en ti y en el campo de posibilidades infinitas, y cuando fusionas tu creencia en ti como conciencia subjetiva con tu creencia en una conciencia objetiva, estás equilibrando la intención y la entrega. Aunque no es una tarea fácil, porque si te excedes en tu intención (estarás «intentando» perseguir el resultado que deseas) y te convertirás en tu mayor obstáculo, por lo que no lograrás materializar tu visión. Y si te entregas demasiado al resultado, te volverás vago, apático y poco creativo. Pero si combinas una intención clara con tu firme creencia en las posibilidades, te adentrarás en lo desconocido y en ese instante empezará a manifestarse lo sobrenatural. Creo que nuestro mejor momento es cuando tú y yo nos encontramos en ese estado del ser.

 

Cuando los estados -intención creencia- se funden, en ese instante bebemos de un manantial más profundo. Y en cuanto la plenitud, la satisfacción y el amor te salen de dentro porque te has aventurado más allá de lo que creías posible y has superado las limitaciones que te habías impuesto, es cuando ocurre lo inusual. Sentirte feliz contigo mismo en el presente mientras cobijas un sueño sobre tu futuro es una gran receta para que se manifieste.

 

Cuando te sientes tan pleno que ya no te importa si «eso» te ocurrirá, es cuando se materializan en tu vida cosas increíbles ante tus propios ojos. He aprendido que sentirte pleno es el estado perfecto para crear.

 

Lo he visto una y otra vez al presenciar auténticas curaciones en personas de todas las partes del mundo. Se sienten tan plenas que ya no quieren nada, ni sienten que les falte nada, ni intentan alcanzar nada. Se desprenden de todo y, para su sorpresa, les responde algo más grande que ellos mismos y entonces se echan a reír por lo sencillo que ha sido el proceso.

 

CONCIENCIA COLECTIVA

Que estas motivaciones sean un comienzo y no un final.

 

Yo seré sin duda el primero en alzar la mano para confesar que no lo sé todo. Aunque mi mayor alegría es cuando contribuyo al crecimiento personal de alguien en cierto modo. He visto la transformación en muchos rostros y puedo afirmar que sea cual sea nuestra cultura, raza o sexo, todos ponemos la misma cara al liberarnos de las cadenas de nuestras creencias limitadoras.

 

En el mundo de la biología hay un principio que me apasiona llamado surgimiento. ¿Has visto alguna vez un banco de peces girando en la misma dirección al mismo tiempo? o ¿Una bandada de cientos de aves volando al unísono como una sola conciencia, una sola mente? cuando observas este fenómeno tal vez pienses que todos los miembros del grupo siguen al líder que les guía, parece que los movimientos sincronizados de cientos o incluso de miles de organismos haciendo lo mismo a la vez sea un fenómeno de «arriba para abajo», pero en realidad no es esto lo que ocurre.

 

Por lo visto este grado de unidad es un fenómeno de «abajo para arriba». En realidad el grupo no tiene un líder sino que todos lo lideran. Forman parte de la misma conciencia colectiva y hacen lo mismo a la vez. Es como si estuvieran conectados como un todo a un campo de información más allá del espacio y el tiempo. Es una comunidad con una sola mente. Un organismo creado de la unidad que forman sus integrantes, las cantidades son poderosísimas.

 

Nos han programado y condicionado para que creamos subconscientemente que si lideramos con demasiada pasión y cambiamos el mundo, nos acabarán asesinando. La mayoría de los grandes líderes que cambiaron el curso de la historia con un profundo mensaje acabaron «pagándolo» con su propia vida. Tanto si se trata de Martin Luther King, Jr., Mahatma Gandhi, John Lennon, Juana de arco, William Wallace, Jesús el Nazareno o de Abraham Lincoln. Existe un estigma inconsciente que sugiere que todos los líderes visionarios deben dar su vida por la verdad. Pero tal vez hayamos llegado por fin a un momento de la historia en el que es más importante vivir por la verdad que morir por ella.

 

Si cientos, miles o incluso millones de seres humanos aceptamos una nueva conciencia basada en las posibilidades, alineamos nuestras acciones con nuestras intenciones y vivimos según las maravillosas leyes universales del amor, la bondad y la compasión, surgirá en el mundo una nueva conciencia y experimentaremos una verdadera unión. En este caso tal vez tengamos que retirar del poder a muchos líderes.

 

«Si te comprometes a diario a sacar lo mejor de ti y superas los estados mentales egoístas motivados por las hormonas del estrés —yo también estoy haciendo lo mismo—, cambiaremos juntos el mundo al cambiar cada uno por dentro».

 

Y si una cantidad lo bastante grande de personas vamos suavizando nuestras reacciones para volvernos más humanos, en este caso a medida que las comunidades formadas por individuos en las que vivimos se extiendan por todo el mundo, acabarán eliminando la mentalidad actual basada en el miedo, la competitividad, la carencia, la hostilidad, la codicia y el engaño. Y con el paso del tiempo lo nuevo dejará atrás lo viejo. A mí me preocupa sobre todo que vivamos en un mundo donde las investigaciones científicas están motivadas por los puros intereses personales y a menudo influenciadas por las ganancias, por eso me pregunto si nos han dicho la verdad sobre cómo son en realidad las cosas. De nosotros depende descubrirla por nuestra cuenta.

 

Imagínate un mundo habitado por miles de millones de personas que, como un banco de peces, viven como una unidad, donde todo el mundo tiene los mismos pensamientos elevados en cuanto a las posibilidades infinitas y que esos pensamientos les permiten tomar mejores decisiones, ser más altruistas y crear experiencias más iluminadoras. La gente ya no vivirá entonces dejándose llevar por las emociones del estado de supervivencia que tanto abundan hoy día, en las que se sienten más materia que energía y no son conscientes de las posibilidades que tienen. En su lugar vivirán movidos por emociones más expansivas, altruistas y sinceras, sintiéndose más energía que materia, estando en contacto con algo más grande que ellos mismos.

 

Si lo conseguimos, surgirá un mundo totalmente distinto y viviremos según un nuevo credo basado en abrir nuestro corazón. Eso es lo que veo cuando cierro los ojos para meditar.

 

Cuando emulamos las propiedades de esta conciencia Universal nos convertimos en Creadores. Cuando vibramos con esta inteligencia amorosa nos volvemos como ella.

 

Joe Dispenza

 

Fuente: La Iluminacion Espiritual


domingo, 8 de enero de 2023

LOS PROBLEMAS DE LA VIDA

 

 


La vida humana está llena de problemas. Estos pueden angustiarnos y hundirnos pero también, sin duda, nos humanizan y desarrollan nuestra comprensión.

 

PROBLEMAS Y MAS PROBLEMAS

Estos pueden angustiarnos, pero también, sin duda, nos humanizan.

 

La vida humana está llena de problemas: problemas personales, problemas interpersonales, problemas existenciales, problemas circunstanciales, problemas sociales, y muchos más. Estos pueden angustiarnos y hundirnos, pero también, sin duda, nos humanizan, nos educan, nos maduran, desarrollan nuestra comprensión y nuestro sentido de la comunidad humana. Son la materia de la literatura y de gran parte de la conversación humana, desde el libro de filosofía a la conversación en la cena. La vida nos pone a prueba con los problemas: la manera de abordarlos, vencerlos, solucionarlos o hacerles frente determina nuestro carácter. Sufrimos, nos atormentamos, nos hundimos o salimos adelante; ésa es la vida, ésa es la condición humana. Si alguien, por privilegio o por cautela, los evita, consideramos que debe estar satisfecho de sí mismo o ser insensible. Admiramos al triunfador, al superviviente, al estoico, y nuestros corazones se inclinan por los que están destrozados mental, corporal o espiritualmente por los problemas de la vida. Nos podemos identificar con quien vence o es vencido, pero alguien que profesara no tener problemas, o que rehusara tenerlos, parecería que confesaba una disociación de la condición humana y sería, bien un idiota, bien un santo.

 

Krishnamurti, en uno de sus diálogos con David Bohm, dijo: «Me niego a tener problemas.» Ciertamente no era un idiota, y sabemos que no se consideraba ni deseaba que lo consideraran un santo, de modo que, ¿cómo vamos a considerar su afirmación? Él hubiera discutido todas las frases del primer párrafo de este capítulo, excepto las dos primeras. Su actitud ante los problemas, como ante muchas cosas, ponía cabeza abajo la sabiduría admitida y el pensamiento convencional. Cuando la gente llegaba a él con problemas, no obtenían ni consuelo ni admoniciones sacerdotales, ni el consejo del hombre sabio, ni dirección ni solución. Algunos se iban decepcionados, porque no recibían las respuestas esperadas, pero otros se alejaban con una actitud diferente hacia sus problemas y una comprensión de los mismos que les ayudaba más que cualquier consejo o consuelo otorgado.

 

Cuando Krishnamurti dijo que él personalmente se negaba a tener problemas, quiso decir que se negaba a detenerse, preocuparse o cavilar sobre las situaciones de la vida. En realidad, concedía que hay situaciones en la vida que requieren decisión y acción, pero negaba que una decisión sea algo a lo que se llega por medio del pensamiento y después se pone en práctica. Más bien, dijo, «actúa la decisión», poniendo como ejemplo su disolución de la Orden de la Estrella en 1929: «Tuvo una idea; la disolvió. ¡Terminada! ¿Para qué necesitamos el pensamiento?» El pensamiento, la preocupación, la búsqueda de soluciones, son procesos de la mente, y «la mente es la creadora de los problemas y, por tanto, no puede resolverlos». Por supuesto, sobre este principio Krishnamurti no podía dar a la gente consejos ni formulaciones verbales que pudieran llevarse a cabo y pensar en ellas. Sólo podía procurar fomentar en ellos la idea que les permitiría resolver o disipar los problemas por sí mismos.

 

Krishnamurti era consciente de la ambivalencia de los seres humanos hacia sus problemas, y escribió: «Luchar con un problema es para la mayoría de nosotros una indicación de existencia. No podemos imaginar la vida sin problemas; y cuanto más ocupados estamos con un problema, más despiertos creemos que estamos.» Estamos familiarizados con los problemas, nuestra mente se alimenta de ellos y, aunque podamos estar angustiados a causa de nuestra preocupación, quizá en el fondo tememos que estaríamos aún más angustiados y perdidos si no los tuviéramos. Disfrutamos con el psicoanálisis, buscando las causas, desenterrando material psíquico subconsciente y sometiéndolo al escrutinio de nuestra conciencia racional, esperando así encontrar soluciones a los problemas que tenemos con nosotros mismos o con nuestras relaciones. Podemos contratar a profesionales, psiquiatras o terapeutas, para que hagan el psicoanálisis por nosotros, porque reconocemos que somos criaturas complejas y que la comprensión correcta de nuestras complejidades necesita un tipo concreto de aptitudes. Otras clases de profesionales, sacerdotes o gurús atienden nuestros problemas espirituales o aquellos que surgen de las situaciones comunes, tales como el luto o el enfrentamiento a nuestra propia muerte. Lo que en realidad queremos es resolver nuestros problemas, o que nos ayuden a resolverlos, pero son tantos y tan diversos que no esperamos vernos nunca libres de problemas, y quizá no estemos seguros de que deseemos estarlo.

 

Por supuesto que no, diría Krishnamurti, porque todos los problemas están relacionados con el Yo, el ser humano único que cada uno de nosotros piensa que es y que, tanto si estamos orgullosos como descontentos de él, lo apreciamos por su unicidad. «Los problemas existirán siempre donde las actividades del Yo sean dominantes», escribió. Y una de las actividades del Yo es buscar soluciones a los problemas. Creamos una situación en la que el problema y la solución son dos cosas separadas, imaginando que una puede anular la otra. Nos concentramos en encontrar una solución y al llegar a una la aplicamos o la llevamos a cabo; y con frecuencia generamos otros problemas a causa de nuestros esfuerzos. No es difícil encontrar soluciones, la mente humana es experta en el juego, pero toda esa atención dirigida a la solución, realmente, deja desatendido el propio problema.

 

Buscar una respuesta es evitar el problema —que es precisamente lo que la mayoría de nosotros desea hacer...—. Pero entender un problema es arduo, requiere un planteamiento diferente, un planteamiento en el que no haya un deseo oculto de respuesta... Uno debe establecer una relación correcta con el problema, que es el inicio de la comprensión; ¿pero cómo puede haber una relación correcta con un problema, cuando sólo te preocupa deshacerte de él?... La perceptividad sin elección de la manera de tu planteamiento proporcionará la relación correcta con el problema, el cual lo crea uno mismo, y, por tanto, debe haber conocimiento de sí mismo. Tú y el problema sois uno, no dos procesos separados. Tú eres el problema.

 

Que te digan «Tú eres el problema», que no hay respuesta que lo vaya a solucionar, que no puedes obtenerla por ti mismo ni te la puede proporcionar otro, y que buscarle solución es inútil, no es la clase de sabiduría práctica que buscas cuando, en tu angustia, te abres paso hasta la puerta del hombre sabio o santo. Sentimos que somos vulnerables en nuestra angustia, y cuando se la confiamos a alguien consideramos que hay un contrato no verbal por el que el confidente respeta esa vulnerabilidad, la trata amablemente y nos concede su compasión. Tanto si es psiquiatra como sacerdote, esperamos que esté de nuestra parte en nuestros esfuerzos por resolver o enfrentarnos a nuestros problemas, que responda a nuestra confidencia con comprensión y, si es posible, con consejos nos ayuden. La negativa a proporcionar esa comprensión y consejo parecería una respuesta cruel y negativa a una súplica. A Krishnamurti le acusaron a veces de semejantes descuidos. En efecto, su respuesta fue que la comprensión sólo servía para complacerse en un problema, y el consejo para proporcionar un medio para evitarlo, de modo que ninguna respuesta ayudaba a llegar a la verdad del mismo. Si la verdad era difícil de aceptar o brutal, si se reducía a un franco “Tú eres el problema”, él no consideraba que señalarlo fuera negativo o cruel. Él no se dedicaba al negocio de dispensar bienestar o respuestas, sino a catalizar la comprensión, ayudar a sacar la verdad a la luz.

 

De hecho, no era poco comprensivo, a menos que entendamos el término como sinónimo de indulgente. Un hombre poco comprensivo no hubiera estado dispuesto, como siempre lo estuvo él, a tratar los problemas de la gente. Hay más comprensión y más compromiso al escuchar que al facilitar respuestas y Krishnamurti era un oyente atento. Le decía con frecuencia a la gente que escuchara su problema, que no intentara hacer nada al respecto, simplemente escuchar y dejar que contara su historia. Como ejemplo mostraba cómo escuchar con total atención arroja más luz sobre un problema que cualquier proceso de análisis. Escucharlo significa permanecer en él y con él, dejando que se manifieste en su totalidad, no reducido a una pauta de causasefectos, y sin que intervenga la mente con su entrometida tendencia a juzgar, condenar, convencer o trascender. Las verdades que se manifiestan al escuchar atentamente quizá no sean agradables o cómodas para vivir con ellas, pero rechazarlas supone elegir vivir en la falsedad y la ilusión. Asistir a semejante arreglo no es una prolongación de la comprensión para un confidente, sino una complicidad con el rechazo y la falsedad. Krishnamurti nunca hubiera participado en semejante pacto, y, por eso, alguna gente le encontraba negativo e incluso cruel.

 

Al escuchar estaba alerta al ímpetu enmascarado de seriedad que no es realmente un compromiso serio con la verdad, sino una forma de preocupación por el Yo. Un intelectual, maestro de escuela, le dijo que estaba angustiado, como suponía que lo estarían millones de personas, a consecuencia de haber descubierto que ya no sentía nada por nada, ningún deleite en el mundo, ni ninguna piedad o preocupación genuinas. «¿Por qué hay este vacío entre el intelecto y el corazón?», preguntó. «¿Por qué he perdido el amor?» Una pregunta lastimera y ciertamente, como dijo el hombre, común, ¿pero salía del corazón?, ¿era seria o simplemente impetuosa? Krishnamurti contestó:

 

¿Realmente te preocupa que la mente y el cuerpo se unan? ¿No estás realmente satisfecho de tu capacidad intelectual?... Has dividido la vida en intelecto y corazón, y observas intelectualmente marchitarse el corazón y verbalmente estás preocupado por ello. ¡Déjalo que se marchite! Vive sólo en el intelecto.

 

El maestro protestó: «Pero yo tengo sentimientos», ante lo cual Krishnamurti fue implacable:

 

¿Esos sentimientos no son realmente sentimentalismo, exceso emocional?... Muere para el amor; no importa. Vive totalmente en tu intelecto... Y cuando vives allí, ¿qué ocurre?... Dices: «Debo tener amor, y para tenerlo debo cultivar el corazón.» Pero ese cultivo pertenece a la mente y, por tanto, siempre mantienes a los dos separados...

 

Y a la pregunta del hombre: «¿Qué debo hacer?», respondió: «No puedes hacer nada. ¡No te metas en eso! y escucha; y mira la belleza de esa flor.»

 

Muchos auto acusadores impetuosos se acercaron a Krishnamurti a lo largo de los años preguntando: «¿Qué hago?», y su respuesta siempre fue que la pregunta era evasiva, que no había nada que hacer. Si el cambio tenía que ocurrir, sería por medio de la perceptividad de sí mismo y no de la autocrítica. Su invariable requerimiento era: «Sé lo que eres, y escucha».

 

A una mujer que se acusaba de ser insensible y torpe, le dijo:

 

Lo insensible no se puede volver sensible; lo único que puede hacer es darse cuenta de lo que es, dejar que se revele la historia de lo que es.

 

A un hombre de negocios que confesó un persistente descontento con la vida:

 

Soporta el descontento sin desear apaciguarlo. Lo que debes comprender es el deseo de estar tranquilo.

 

A un hombre que confesó que le consumía la envidia:

 

Una vez que ha engendrado la envidia, el deseo busca un estado en el que no haya envidia; ambos estados son producto del deseo. El deseo no puede efectuar un cambio fundamental.

 

Por último, a un hombre rico, próximo al final de su vida, atormentado por la culpa de haber sido frío y cruel, y que preguntó si debía rectificar distribuyendo sus riquezas, le dijo:

 

No importa lo que hagas, pero es esencial ser consciente de lo que estás haciendo... No deseas actuar y, por tanto, preguntas qué debes hacer. De nuevo eres taimado, engañándote a ti mismo y, por tanto, tu corazón está vacío... Deja tu corazón vacío. No lo llenes con palabras, con las intrigas de la mente. Deja tu corazón totalmente vacío; sólo entonces se llenará.

 

La respuesta siempre es que la autoacusación no es conocimiento de sí mismo; de hecho, algunas veces puede ser un modo de satisfacción de sí mismo y una manera de evitar la verdad total de «lo que es» con una especie de perceptividad especiosa.

 

Aunque Krishnamurti estimaba poco la psiquiatría, considerando la relación pacientedoctor como encubiertamente autoritaria, y la terapia de ajuste como inadecuada y engañosa, algunas veces interrogaba a la gente, a la manera de un psiquiatra, para descubrir las fuentes latentes de su angustia. A una maestra de escuela, horrorizada por el descubrimiento de que aunque superficialmente era afectuosa y cariñosa, en todas sus relaciones siempre había habido una corriente oculta de odio y antagonismo, le preguntó: «¿Qué es lo que te interesa, no profesionalmente, sino en el fondo?» Ella dijo que siempre había deseado pintar. Cuando le preguntó por qué no lo había hecho, habló de su padre, un hombre interesado y agresivo, quien había insistido en que debía dedicarse a un trabajo remunerado. Krishnamurti la sondeó aún más, preguntándole si había estado casada y tenía hijos. Habló de una relación con un hombre casado, de los violentos celos de su mujer y sus hijos, los cuales, cuando la relación se rompió, se hicieron extensibles a envidiar a cualquiera que pareciera felizmente casado o con éxito. Como compensación, había intentado convertirse en la maestra ideal. Krishnamurti señaló que aquel mismo esfuerzo, aquella búsqueda de un ideal, había ocultado aún más profundamente su odio, su antagonismo y su conflicto interior. La conversación, hasta ese momento, había seguido más o menos el modelo psiquiátrico, pero cuando la mujer dijo que entonces lo comprendía todo, reconocía y aceptaba lo que era en realidad, Krishnamurti la reprendió:

 

Ese mismo reconocimiento proporciona cierto placer; proporciona vitalidad, una sensación de confianza al conocerte a ti misma, el poder del conocimiento. Igual que los celos, aunque dolorosos, proporcionaban una sensación placentera, ahora el conocimiento de tu pasado te proporciona un sentimiento de superioridad que también es placentero... En el conocimiento existe orgullo, que es otra forma de antagonismo. Estás atrapada en la red de tu propio pensamiento. ¡Qué astuto y engañoso es! Promete liberación, pero sólo produce otra crisis, otro antagonismo. Simplemente, vigílalo pasivamente y deja que su verdad se manifieste.

 

La mujer preguntó entonces si se liberaría de los celos y el odio, a lo que Krishnamurti contestó:

 

Ese deseo de obtener o evitar continúa estando en el campo de la oposición, ¿no? Ve lo falso como falso, entonces la verdad es... Ten sólo conciencia pasivamente de ese proceso de pensamiento total, y también del deseo de liberarte de él.

 

Si alguna gente se tomó el «Sé lo que eres» como una autorización para la satisfacción consigo mismo, no permanecieron en su error durante mucho tiempo. La vigilancia es un trabajo difícil, y la mente tiene recursos infinitos para evitarla dedicándose a la búsqueda de conocimientos. El conocimiento halaga al Yo, permite la ilusión de la evolución y el cambio. El conocimiento no produce la acción, sino la inercia. A un hombre que objetó que «sin conocimiento no somos nada», le dijo: «No eres nada... ¿Y por qué no ser eso?... La experiencia de esa nada es el principio de la sabiduría.» No sentía estima por la malaise existencial, la lucha de los filósofos sobre la cuestión de si el hombre tiene o no significación en el universo. Preocuparse por ser algo es igual que preocuparse por convertirse en algo: la misma clase de preocupación por el Yo. En el pensamiento de la fragilidad, la arbitrariedad o la indignidad del Yo es donde surgen muchos de nuestros problemas, y prosperan con semejante manera de pensar. Pero experimentar realmente esos estados es una cuestión muy diferente. Cuando Krishnamurti dijo: «Muere para el amor», «Sé insensible», «Sé envidioso», «Sé odioso», «Sé nada», no estaba aconsejando la aceptación de sí mismo, sino una perceptividad continua que no se dejaría reducir ni por la autocrítica ni por la satisfacción de sí mismo. Eso era lo que al final disiparía no el problema, sino al creador del problema, el orgulloso y perjudicialmente astuto Yo.

 

Cuando surgen los problemas en el contexto de nuestras relaciones pueden parecer de una clase diferente a los que tenemos con nosotros mismos, más complejos porque hay implicados otros yoes, quizá más urgentes, porque requieren decisión y acción. Sin embargo, fundamentalmente no son muy diferentes. Surgen del mismo conflicto entre el hecho de «lo que es» y la idea de lo que debería ser, y su solución depende igualmente de la atención y la perceptividad. Necesitamos las relaciones, la vida sólo existe en ellas, no relacionarse es estar muerto, pero las relaciones implican amor. Aunque pertenece a la sabiduría admitida que el amor es la respuesta a todos los problemas, también provoca los problemas más abrumadores de todos en la experiencia de la mayoría de la gente. Encontrarlo, mantenerlo, perderlo, comprenderlo, valorar sus variedades —el sexual, el espiritual, el familiar— nos da muchos problemas. El amor libera, nos hace olvidarnos de nosotros mismos, pero también ata, y el Yo rendido a la pasión, al reflexionar, con frecuencia se resiente de sus ataduras.

 

Una joven fue a Krishnamurti para tratar su deseo de librarse de su esposo, con quien ya no mantenía relaciones sexuales. Dijo que le guardaba rencor y no deseaba saber nada de él. Krishnamurti dijo que mientras le guardara rencor no sería libre, preguntándole por qué le guardaba rencor. Ella dijo que había descubierto que era mezquino, poco cariñoso y egoísta, y que la idea de que había tenido algo que ver con él le hacía sentirse sucia. «No puedo deciros el horror que he descubierto en él», le dijo. Krishnamurti la reprendió: «Él es lo que es, ¿por qué enfadarse con él? ¿Tu rencor está realmente dirigido a él? ¿O, al ver lo que es, estás avergonzada de ti misma por haberte asociado con él?» Prosiguió la argumentación hasta que la mujer admitió que así era. Aceptó que «el odio ata igual que lo hace el amor», y que sólo se vería libre de la relación cuando aceptara el hecho de que con quien realmente estaba enfadada era consigo misma. Pero entonces tenía otro problema: cómo verse libre de su vergüenza y cómo borrar el pasado, los recuerdos de los años que «me dejaron muy mal sabor de boca». «¿Por qué deseas borrarlos?», preguntó Krishnamurti, sugiriendo que quizá fuera porque tenía cierta idea y estima de sí misma que aquellos recuerdos contradecían. Su problema fundamental era que «se había puesto a sí misma en un pedestal llamado autoestima». Le dijo: «Si entiendes esto, entonces no tendrás vergüenza del pasado; se borrará por completo. Serás lo que eres sin el pedestal.»

 

En los problemas de relaciones, aunque culpemos al otro, con frecuencia el diablillo del Yo es el creador de la discordia. El Yo exige estima, tanto a sus propios ojos como a los de los demás. En su incertidumbre y fragilidad con frecuencia acepta la presión de los otros para someterse a ciertas pautas de conducta que se consideran la norma o el ideal; esa presión es especialmente fuerte cuando está apoyada por la sociedad, la clase o la religión a la que pertenece la persona. Este era el problema de otra joven, que tampoco estaba ya enamorada de su esposo, pues había sido violento con ella, por lo que ahora vivía con sus hijos separada de él. ¿Debía volver con él?, preguntó. Por supuesto, Krishnamurti no respondió a la pregunta, pero le hizo ver que la razón por la que se encontraba confusa era que estaba preocupada por la respetabilidad, que su preocupación por lo que debería hacer evitaba que pudiera ver con claridad «lo que es». Creía que estaba en una situación de elección, pero cualquier elección que hiciera en estado de confusión sólo la conduciría a mayor confusión. «¿Cómo voy a saber qué debo hacer?», preguntó la mujer, y Krishnamurti contestó: «La acción no sigue a la claridad: la claridad es acción... Si lo que es está claro, verás que no hay elección, sino sólo acción.» La mujer dijo que intentaría aclarar sus ideas, sin tener en cuenta la respetabilidad ni ningún cálculo egoísta, luego preguntó: «¿Pero qué ocurre con el amor?» Krishnamurti dijo que, por lo que le había contado, estaba claro que, como la mayoría de la gente, había utilizado la palabra amor, y se había casado, para hacer cosas respetables que realmente nada tenían que ver con el amor, como el temor a la inseguridad, la soledad y la satisfacción de impulsos y necesidades físicas. Estas cosas y la respetabilidad están provocadas por el pensamiento, y «el amor no es pensamiento... El amor no es sensación... El amor no puede ser un acto deliberado, porque el amor no pertenece a la mente».

 

Por tanto, ¿qué es el amor? Muchos de nuestros problemas de relación surgen de nuestro concepto erróneo o mal uso de la palabra, así como de las ideas y las esperanzas que tenemos sobre él. Krishnamurti expone y examina algunas tergiversaciones comunes:

 

¿No son los celos un indicio del amor? Nos cogemos las manos, y al minuto siguiente reñimos; nos dirigimos palabras duras, pero pronto nos abrazamos; nos peleamos, después nos besamos y nos reconciliamos. ¿Esto no es amor? La misma expresión de los celos es un indicio del amor; parece que están unidos como la luz y la oscuridad. La cólera pronta y las caricias, ¿no son la plenitud del amor?... ¿Qué es lo que llamamos amor? Es todo el terreno de los celos, de la lujuria, de las palabras muy duras, de las caricias, de cogernos las manos, de reñir y reconciliarnos. Estos son los hechos en ese terreno del llamado amor... En ese terreno que llamamos amor existe conflicto, confusión y antagonismo. ¿Pero eso es amor?

 

No, sostiene, el amor no es nada de eso. Al igual que la oscuridad no puede existir donde hay luz, los celos y el conflicto no pueden existir donde hay amor. El amor no es algo que su objeto ha traído al mundo, y que depende para su continuidad de que su objeto mantenga aquellos atributos que lo evocan. La mente aprehende esos atributos, que engendran placer y deseo, sobre los que se detiene el pensamiento, y constituyen un objeto que el Yo, y amante soi disant, procura poseer. Los conflictos y las turbulencias de lo que llamamos nuestras relaciones amorosas son realmente conflictos del Yo. Donde está el amor no está el Yo, de manera que no hay posesión. El amor, dijo Krishnamurti con frecuencia, es una llama sin humo: es el Yo, con sus deseos, sus esperanzas e inseguridades, el que genera el humo que lo oscurece y puede sofocarlo.

 

Una joven le dijo a Krishnamurti que le torturaban los celos y deseaba verse libre de ellos, pero que su amor por su esposo y sus hijos era tal que era incapaz de controlar sus celos. «¿Dices que el amor y los celos van juntos?», le preguntó. Ella dijo que eso parecía. Krishnamurti dijo: «En ese caso, si te liberas de los celos también te desharás del amor, ¿no?» Su problema consistía en que deseaba mantener el placer del apego y librarse del dolor del mismo. Lo que debía examinar y de lo que debía tener conciencia, le dijo, era de sus temores, porque el apego implica temor. La mujer confesó un fardo de temores: a no ser amada, a la inseguridad, a la soledad, a que le ocurriera algo a sus niños o a su esposo, a que él se fuera con otra mujer. Ahora veía, dijo, que el apego y la dependencia psicológica no eran amor, y que sus celos habían estado basados en el egoísmo. Y Krishnamurti le dijo que ahora se estaba condenando a sí misma, lo que era otra evasión de la comprensión. Le dijo: «Tienes que comprender la compleja entidad que eres, sin condenarte ni justificarte.» Mencionar sentimientos, hablar de celos, egoísmo, temor a la soledad no ayuda ni a la comprensión ni a la vigilancia. Las palabras están cargadas de implicaciones de condena o justificación, y «el proceso verbalizado es parte del yo». Sólo «cuando no hay denominación..., la mente no se aparta de lo que es».

 

¿No hablamos de amor con demasiada ligereza? ¿Muchos de los problemas en nuestras relaciones no surgen porque nos engañamos a nosotros mismos y a los demás al tomar la palabra por la cosa en sí? ¿No es el amor algo que aportamos a la relación en lugar de algo que esperamos que la relación ponga de manifiesto en nosotros mismos y en el otro? ¿No es, por tanto, independiente de su objeto, y, en consecuencia, no posesivo? ¿Y cuando lo buscamos, intentamos retenerlo o lamentamos su pérdida no estamos comprometiéndolo con aspectos del Yo y de la mente que no tienen nada que ver con él?

 

Sí, éstas son verdades que difícilmente podemos negar. Pero, preguntamos, ¿qué ocurre con el sexo? Ese es el gran problema de la vida para mucha gente. Los celos, los conflictos, las riñas, las rápidas transiciones de la ira al cariño, las turbulencias de la pasión que, como observó Krishnamurti, comúnmente se cree que constituyen la norma de las relaciones amorosas, generalmente tienen su origen en el sexo. Cuando necesitamos resolver problemas que tenemos con nuestra sexualidad o en nuestras relaciones sexuales, prestamos escasa consideración a cualquier resolución que pensemos que no tiene en cuenta la fuerza y la urgencia de la sexualidad en la vida humana. El sexo es un hecho de nuestra biología. Podemos reconocer que otros problemas que tenemos pertenecen a la mente, pero el sexo pertenece al cuerpo, y podemos preguntarnos si los problemas que tenemos con él se van a resolver por medio de la perceptividad pasiva no enjuiciándola cuando la cosa en sí subvierte y contradice la pasividad. También podemos preguntar si el sexo es una demanda del Yo, cuando lo experimentamos como algo anulador del Yo o que lo trasciende. Evidentemente, los seres humanos están menos atentos al Yo y al egoísmo cuando se encuentran bajo su esclavitud.

 

Por tanto, ¿qué decía Krishnamurti sobre el sexo, y qué decía basado en una comprensión de su necesidad apremiante? Estos son algunos extractos de una respuesta que le dio a un interrogador cuando dijo: «Estoy seriamente molesto por el deseo sexual. ¿Cómo voy a vencerlo?»

 

Por favor, perdóneme si no le digo cómo vencer el deseo sexual; pero vamos a estudiar juntos el problema, para ver qué supone, y, a medida que estudiemos el problema, usted mismo encontrará la respuesta correcta. Primero, entendamos el problema de vencer... Aquello que puede ser vencido tiene que ser vencido o conquistado una y otra vez... Mientras que si se comprende algo, se acaba. Así que si hay un problema, como tiene el interrogador, de sexo, debemos comprenderlo y no limitarnos a preguntar cómo se puede vencer.

 

Porque todos nuestros placeres son mecánicos, el sexo se ha convertido en el único placer creativo... Emocionalmente, somos máquinas que realizan una rutina, y la máquina no es creativa... Por tanto, como estamos rodeados por el pensamiento no creativo, sólo nos queda una cosa, el sexo. Como el sexo es lo único que nos queda, se convierte en un problema enorme, mientras que si entendiéramos lo que significa ser creativo religiosa y emocionalmente, ser creativo en todos los momentos... sin duda, el sexo se convertiría en un problema insignificante...

 

Un hombre que posee amor verdadero en su corazón no tiene penas y para él el sexo no es un problema. Pero desde que hemos perdido el amor, el sexo se ha convertido en un gran problema y en uno diferente, porque nosotros estamos atrapados en él, por el hábito, por la imaginación, por el recuerdo de ayer que nos amenaza y nos ata... La mayor parte del tiempo estamos encerrados en nuestros propios anhelos, deseos y temores, y, naturalmente, la única salida es el sexo, que degenera, deprime y se convierte en un problema. Así, mientras estudiamos este problema, empezamos a descubrir nuestro propio estado, es decir, lo que es; no cómo transformarlo, sino cómo llegar a tener conciencia de ello. No lo condenes, no intentes sublimarlo o encontrar sustitutos, o vencerlo. Simplemente, ten conciencia de ello, de todo lo que significa.

 

La mayoría de la gente que trató con Krishnamurti los problemas que tenía con el sexo estaba condicionada para considerarlo negativamente, como subversivo de la vida espiritual. Pero él no lo consideraba así.

 

A una joven pareja india que estaban casados, pero habían hecho votos, porque eran «muy religiosos», de no tener relaciones sexuales y estaban atormentados por la frustración, les preguntó:

 

¿Es vida religiosa el castigaros a vosotros mismos? ¿Es la mortificación del cuerpo o de la mente un signo de entendimiento? ¿Es la tortura auto infligida un camino hacia la realidad? ¿Pensáis que podéis llegar lejos por medio de la renunciación? La pasión debe ser comprendida, no suprimida ni sublimada. ¿Cómo podéis amar y comprender la pasión, si habéis hecho voto contra ella? Un voto es una forma de resistencia, y aquello a lo que os resistís finalmente os conquistará.

 

Krishnamurti estaba horrorizado por la violencia que algunos sannyasis de la India perpetraban contra sí mismos al tratar de vencer su sexualidad, porque no sólo fracasaban en su objetivo, sino que también les hacía insensibles a las maravillas y la belleza del mundo, a la vida y a la naturaleza.

 

El sexo sólo es un problema si lo creamos nosotros, buscándolo o rechazándolo por motivos equivocados. De hecho, cualquier motivo será equivocado, porque pertenece a la mente. Krishnamurti preguntó:

 

¿El sexo es producto del pensamiento? ¿Es el sexo —el placer, el encanto, la compañía, la ternura que supone— un recuerdo intensificado por el pensamiento? En el acto sexual existe olvido de sí mismo, auto abandono, una sensación de inexistencia del miedo, la ansiedad, las preocupaciones de la vida. Al recordar ese estado de ternura, de olvido de sí mismo, y al exigir su repetición, lo rumias, por decirlo así, hasta la próxima ocasión. ¿Es eso ternura o es simplemente un recuerdo de algo pasado y que, por medio de la repetición, esperas capturar de nuevo? ¿No es la repetición de algo, por muy placentero que sea, un proceso destructivo?

 

Reconocemos que el deseo sexual existe antes e independientemente del objeto que lo centra, porque es biológico y, por tanto, natural. Si no reconocemos con igual presteza que lo mismo es aplicable al amor, la consecuencia es que el amor no es natural en el mismo sentido, y tenemos problemas con las ideas sobre los atributos inferiores y superiores, más bajos y más nobles de la naturaleza humana. El sexo como expresión o acto de amor no es problemático, sólo tenemos problemas cuando no coexisten el sexo y el amor, cuando la mente los separa juzgándolos o buscando uno por medio del otro. Simular amor para así tener sexo, o entablar sexo para así asegurarse las imaginadas satisfacciones del amor —seguridad, ternura o lo que sea— son actos que garantizan los problemas. Los principios básicos de Krishnamurti se refieren a los problemas sexuales igual que a cualesquiera otros de la vida: sólo se resolverán por medio de la observación atenta, la perceptividad pasiva y la clara comprensión de «lo que es», que incluye la comprensión de que básicamente «tú eres el problema».

 

La palabra problema, señalaba Krishnamurti con frecuencia, en su derivación griega significaba originalmente «algo que te arrojan». Él quería señalar que cuando te arrojan algo, sólo tienes dos opciones: cogerlo o eludirlo, por lo que la decisión y la acción son simultáneas; «actúa la decisión». La definición también sirve para precisar otra clase de problemas, aparentemente diferentes a aquellos que tenemos con nosotros mismos o con nuestras relaciones, es decir, los problemas que surgen de las situaciones que nos arroja la vida, las desgracias, las pérdidas, los reveses y las tragedias que afligen la vida humana y de los que somos manifiestamente inocentes. Las religiones tienen consuelos formularios para las desgracias con que nos azota la vida: son la voluntad de Dios, la expiación de un mal karma que arrastramos de una vida pasada, cosas «que nos son enviadas para probarnos». Si parecen injustos, podemos estar seguros de que habrá un saldo final, el día del Juicio o en una futura reencarnación. Por supuesto, Krishnamurti no podía ofrecer semejantes consuelos, y cuando la gente trataba sus tragedias personales con él, algunas veces se escandalizaban por su respuesta.

 

Una mujer que había perdido a su esposo y a uno de sus hijos visitó a Krishnamurti en compañía de su tío, un hindú devoto. El tío dijo que ninguna de las ceremonias o creencias de su religión habían podido consolar a la mujer, y cuando contó su historia, lloró copiosamente todo el tiempo. Cuando hubo terminado, Krishnamurti le preguntó si había ido a él porque deseaba hablar con seriedad de la muerte y el luto, o para verse confortada por alguna explicación, para distraerse de su dolor con algunas palabras tranquilizadoras. Ella dijo que deseaba tratar el tema en profundidad, aunque no sabía si sería capaz de enfrentarse a lo que él le iba a decir.

 

El le pidió que examinara su dolor, y que se preguntara si era por su esposo o por ella misma. Le dijo:

 

Si estás llorando por él, ¿pueden ayudarle tus lágrimas? Se ha ido irrevocablemente. Hagas lo que hagas, no lo volverás a tener. Pero si estás llorando por ti misma, por tu soledad, tu vida vacía, por los placeres sensuales y la compañía que tenías, entonces estás llorando por tu propio vacío y por autocompasión, ¿no?... Ahora que se ha ido te estás dando cuenta de tu estado real, ¿no es así? Su muerte te ha sacudido y te ha mostrado el estado real de tu mente y de tu corazón. Quizá no desees verlo; quizá lo rechaces por miedo, pero si observas un poco más, verás que estás llorando por tu propia soledad, por tu pobreza interior; es decir, por autocompasión.

 

Eso era cruel, dijo la mujer, y no le proporcionaba ningún consuelo. Krishnamurti contestó que el consuelo siempre estaba basado en la ilusión, que la única vía para superar el dolor era ver las cosas como realmente eran, y que, sin duda, señalarlo no era crueldad. La muerte es inevitable para todos, y «uno tiene que entrar en contacto con esta atroz realidad de la vida». En este punto, el tío manifestó que en todos hay un alma inmortal que pasa por una serie de reencarnaciones hasta que alcanza la perfección. Krishnamurti contestó: «No hay nada permanente ni en la tierra ni en nosotros mismos», y explicó cómo el pensamiento y la memoria crean la ilusión de permanencia como un refugio ante el miedo a lo desconocido. Volviendo a la situación de la mujer, le recomendó que se ocupara de la educación de los tres hijos que le quedaban, en lugar de hacerlo de su desgracia y autocompasión. Si veía el absurdo de esos sentimientos, le dijo, «entonces dejaría de llorar espontáneamente, dejaría de aislarse y viviría con sus hijos con una nueva luz y una sonrisa en los labios».

 

Krishnamurti conocía el dolor del luto, porque en 1925 había perdido a su hermano Nitya y durante un tiempo había estado inconsolable. Siempre fue compasivo con los afligidos, pero fue despiadado con los sentimientos de los agraviados. Un hombre cuyo hijo había muerto en un accidente y cuya esposa lo había abandonado le dijo a Krishnamurti que, según su experiencia, no era cierto que la sabiduría llegara por medio del sufrimiento. El había sufrido mucho en la vida y se había encontrado con lo contrario. A la pregunta «¿Qué le ha enseñado el sufrimiento?», contestó que había aprendido a no tener apegos, a mantenerse a distancia, a controlar sus sentimientos y a tener cuidado de no ser herido de nuevo. Krishnamurti dijo: «Como dice, no le ha proporcionado sabiduría; por el contrario, le ha hecho más taimado, más insensible. ¿Enseña algo el dolor excepto reacciones auto protectoras?» Añadió que en el dolor siempre hay autocompasión, y donde hay autocompasión, nunca puede haber comprensión.

 

Una pareja india que tenía un hijo ciego le preguntó a Krishnamurti qué habrían hecho, en esta vida o en una anterior, para merecer ese castigo. Él dijo francamente que la ceguera del niño quizás tuviera una causa genética o física, y les preguntó por qué buscaban una metafísica. El hombre contestó que conociendo la causa, entendería mejor el efecto. Krishnamurti preguntó: «¿Quiere decir que le confortaría saber cómo ha ocurrido esto, no?» El hombre dijo que sí, a lo que el maestro respondió: «Entonces desea ánimos y no comprensión.» Y a la pregunta del hombre de si no eran la misma cosa, contestó: «Comprender un hecho puede ocasionar preocupaciones, no proporciona alegría necesariamente... Usted está preocupado por el hecho de la dolencia de su hijo, y desea que le tranquilicen.» El hombre protestó: «¿Por qué no debemos buscar la liberación de las preocupaciones? ¿Por qué no debemos evitar el sufrimiento?» Krishnamurti contestó:

 

¿Se libera uno del sufrimiento por medio de la evasión? Evitar el sufrimiento no es sino fortalecerlo. La explicación de la causa no es la comprensión de la misma. Por medio de la explicación no te liberas del sufrimiento; el sufrimiento continúa allí, sólo que lo has ocultado con palabras.

 

Lejos de dispensar consuelos y apaciguamiento, con frecuencia Krishnamurti le daba al preocupado motivos más sólidos para la preocupación. La esposa de un político preeminente, quien dijo que estaba enferma de angustia después de pasar meses cuidando de su esposo, cuya enfermedad los médicos decían que era mortal, lloró y le dijo a Krishnamurti que no podía soportar perderlo y ver que todo por lo que habían vivido y trabajado se hacía pedazos. Él le preguntó: «¿Ama a su esposo o las cosas que obtuvo por él?» Cuando ella no pudo contestar, le suplicó que no pensara que la pregunta era cruel, porque finalmente tendría que descubrir la verdad, «de otra manera el dolor siempre estará presente». La mujer se fue diciendo que de momento estaba demasiado confusa y afligida para pensar, pero volvió varios meses después, una vez que su esposo hubo muerto, diciendo que entonces podía ver las cosas con más claridad. «Su pregunta me trastornó más de lo que puedo expresar», dijo, y volviendo al tema declaró: «El amor es una mezcla de muchas cosas.» Krishnamurti descartó su evasiva y la apremió a que se enfrentara con la verdad, después de lo cual ella admitió —diciendo que estaba horrorizada de sí misma por hacerlo— que no había amado a su esposo en absoluto.

 

La verdad, la realidad de lo que es, puede doler, pero entonces el dolor también se convierte en parte de lo que es, entra en el flujo que es, siempre y simultáneamente, un final y un nuevo principio. Sólo el dolor que se evita perdura; sólo la mentira que no se reconoce, la explicación alcanzada para consuelo, la palabra disfrazada de la cosa y la solución que se encuentra por medio del pensamiento matan la perceptividad y hacen que nuestros problemas perduren. Quizá, secretamente queremos que perduren, porque no podemos imaginar qué seríamos o qué sería la vida sin ellos. Esa es nuestra elección, pero es una elección de esclavitud. Krishnamurti no ofreció ninguna respuesta, pero, lúcida e inequívocamente, nos mostró la alternativa..

 

Jiddu Krishnamurti

 

Fuente: La Iluminacion Espiritual


sábado, 7 de enero de 2023

SI NO HAY MUERTE, NO HAY MIEDO

 

 


En mi ermita en Francia hay un arbusto de japónica, membrillo japonés. El arbusto suele florecer en la primavera, pero un invierno había sido bastante cálido y los capullos de las flores brotaron antes de tiempo. Durante la noche llegó una ola de frío y se produjo una helada. Al día siguiente, mientras hacía mi meditación caminada, me di cuenta de que todos los capullos del arbusto habían muerto. Vi esto y pensé, este Año Nuevo no tendremos suficientes flores para decorar el altar del Buda.

 

Unas semanas más tarde, el clima volvió a calentarse. Mientras caminada en mi jardín vi nuevos brotes en el japónica manifestando otra generación de flores. Le pregunté a las flores del japónica: "¿Sois las mismas flores que murieron en la helada o sois otras diferentes?" Las flores me respondieron: "Thay, no somos las mismas y no somos diferentes. Cuando las condiciones son las adecuadas nos manifestamos y cuando las condiciones no lo son nos ocultamos. Es tan simple como eso."

 

Esto es lo que el Buda enseñó. Cuando las condiciones son adecuadas, las cosas se manifiestan. Cuando las condiciones ya no son las adecuadas, las cosas se retiran. Esperan hasta que el momento sea adecuado para manifestarse de nuevo.

 

Convertirse en nada

Nuestro mayor temor es que cuando muramos nos convertiremos en nada. Muchos de nosotros creemos que toda nuestra existencia es solo una vida que comienza en el momento en que nacemos o que somos concebidos y termina en el momento en que morimos. Creemos que nacemos de la nada y que nos convertiremos en nada cuando muramos. Y así sentimos un profundo miedo a la aniquilación.

 

El Buda tiene una comprensión muy diferente de nuestra existencia. Es la comprensión de que el nacimiento y la muerte son solo ideas. No son reales. El hecho de que creamos que son verdaderas crea una poderosa ilusión que causa nuestro sufrimiento.

 

El Buda enseñó que no hay nacimiento; no hay muerte; no hay venida; no hay marcha; no hay lo mismo; no hay diferente; no hay un yo permanente; no hay aniquilación. Solo creemos que hay eso. Cuando comprendemos que no podemos ser destruidos, nos liberamos del miedo. Es un gran alivio. Podemos disfrutar de la vida y apreciarla de una manera nueva.

 

Nada nace, nada muere

Un científico francés, cuyo nombre es Lavosier, declaró, "Rien ne se cree, rien ne se perd". "Nada se crea, nada se pierde". Aunque nunca realizó prácticas budistas sino científicas, encontró la misma verdad que descubrió el Buda.

 

Nuestra verdadera naturaleza es la naturaleza del no nacimiento y no muerte. Solo cuando contactamos con nuestra verdadera naturaleza podemos trascender el miedo de no-ser, el miedo de la aniquilación.

 

El Buda dijo que cuando las condiciones son adecuadas algo se manifiesta y decimos que existe. Cuando una o dos condiciones fallan y la cosa no se manifiesta de la misma manera, entonces decimos que no existe. Según el Buda, calificar algo como existente o no existente es incorrecto. En realidad, no hay tal cosa como totalmente existente o totalmente no existente.

 

Podemos ver esto muy fácilmente con la televisión y la radio. Podemos estar en una habitación que no tenga televisión o radio. Y mientras estamos en esa habitación, podríamos pensar que los programas de televisión o los programas de radio no existen en esa habitación. Pero todos sabemos que el espacio en la habitación está repleto de señales. Las señales de estos programas llenan el aire por todas partes. Solo necesitamos una condición más, un receptor de (señales de) radio o televisión, y aparecerán muchas formas, colores y sonidos.

 

Hubiera sido erróneo decir que las señales no existen porque no teníamos una radio o un televisor para recibirlas y manifestarlas. Solo parecían no existir porque las causas y las condiciones no eran adecuadas o suficientes para que se manifestara el programa de televisión. Así que en ese momento, en esa habitación, no existen. Solo porque no percibamos algo, no es correcto decir que no existe. Es solo nuestra idea de ser y no-ser lo que nos hace pensar que algo existe o no existe. Las ideas de ser y no-ser no pueden aplicarse a la realidad.

 

Thich Nhat Hanh


Fuente: No Dualidad Info


jueves, 5 de enero de 2023

DARSE CUENTA

 

 


Interlocutor: Me gustaría saber lo que usted quiere decir con darse cuenta (1) porque ha dicho con frecuencia que el darse cuenta es lo que en realidad está envuelto en su enseñanza. He tratado de comprenderlo escuchando sus pláticas y leyendo sus libros, pero parece que no avanzo mucho. Sé que ello no implica una práctica y comprendo por qué usted rechaza tan enfáticamente cualquier práctica, ejercicio, sistema, disciplina o rutina, no importa su naturaleza. Veo la importancia de esto porque de lo contrario la acción se convierte en algo mecánico, y al final la mente se embota y se vuelve estúpida. Me gustaría, si se me permite, que exploremos juntos y hasta su final, lo que significa el darse cuenta. Usted parece darle un significado especial y más profundo a esta palabra (awareness), y, sin embargo, me parece que nos damos cuenta de lo que está pasando todo el tiempo. Sé cuando estoy airado, cuando estoy pesadumbrado y cuando estoy alegre.

 

Krishnamurti: Me gustaría saber si en realidad nos damos cuenta de la ira, de la tristeza y de la felicidad. ¿O es que nos damos cuenta de estas cosas sólo después que han pasado? Vamos a comenzar como si no supiéramos nada en absoluto de ello y empecemos en cero. No hagamos afirmaciones, sean dogmáticas o sutiles, sino exploremos este asunto. Y si lo penetramos con suficiente profundidad, nos revelará un estado extraordinario que la mente probablemente nunca ha alcanzado, o una dimensión de la cual no estamos ni superficialmente conscientes. Comencemos desde lo superficial y trabajemos desde ahí.

 

Vemos con nuestros ojos, percibimos con nuestros sentidos las cosas que nos rodean ―el color de la flor, el colibrí libando la flor, la luz de este sol californiano, los miles de sonidos de diferentes cualidades y sutilezas, la profundidad y la altitud, la sombra del árbol y el árbol mismo. Igualmente sentimos nuestros cuerpos, los cuales son instrumentos de todas estas diferentes clases de percepciones superficiales. Si estas percepciones se mantuvieran en su nivel superficial, no habría confusión de clase alguna. Esa flor, esa trinitaria esa rosa, están ahí, y eso sería todo. En ello no hay preferencia, comparación, aceptación o rechazo; o sea, únicamente la cosa está ante nosotros sin ninguna complicación sicológica. ¿Está bastante claro lo relativo a la percepción sensoria superficial, al darse cuenta? Podríamos, mediante el uso de todos los instrumentos de la tecnología moderna, extenderla hasta las estrellas, hasta las profundidades del mar, y hasta las remotas fronteras de la observación científica.

 

I: Si, creo que comprendo eso.

 

K: Entonces usted ve que la rosa y todo el universo y toda la gente en él, su propia esposa si tiene una, las estrellas, los mares, las montañas, los microbios, los átomos, los neutrones, esta habitación, la puerta, están realmente ahí. Ahora, viene el siguiente paso: lo que usted piensa de estas cosas, o lo que usted siente en relación con ellas es su respuesta sicológica a las mismas. Y a esto lo llamamos pensamiento o emoción. Por lo tanto, el darse cuenta, superficialmente es una cosa muy sencilla: la puerta está ahí. Pero la descripción de la puerta no es la puerta, y cuando uno se envuelve emocionalmente en la descripción de ella, no la ve. Esta descripción puede consistir en una palabra, en un tratado científico o en una respuesta emocional intensa; pero nada de eso es la propia puerta. Es muy importante entender esto desde el mismo comienzo. Si no lo comprendemos estaremos cada vez más y más confundidos. La descripción nunca es lo descrito. Aún cuando estemos describiendo algo ahora mismo y tengamos que hacerlo, la cosa que describimos no es nuestra descripción de ella. Es pues, necesario, que tengamos esto en mente durante nuestra conversación. Nunca confunda la palabra con la cosa que ésta describe. La palabra nunca es lo real, y nos desorientamos fácilmente cuando llegamos a la nueva faceta del darse cuentas, pues ante ella reaccionamos de un modo personal o emocional.

 

Así que existe la percepción superficial del árbol, del pájaro, de la puerta, y también existe la respuesta a ello, la cual es pensamiento, sentimiento, emoción. Ahora bien, cuando nos damos cuenta de nuestra respuesta, podemos llamarla una segunda profundidad del darse cuenta. Podemos darnos cuenta de la rosa, darnos cuenta de la reacción o respuesta a la rosa. Con frecuencia no nos damos cuenta de esta respuesta a la flor. En realidad es el mismo estado de sensibilidad el que ve la rosa y que ve la respuesta. Es un mismo movimiento, y es erróneo hablar de conciencia externa e interna. Cuando tenemos conciencia visual del árbol sin ninguna implicación sicológica, no existe división en la relación. Pero cuado hay una respuesta sicológica en torno del árbol, esta respuesta es condicionada; es el recuerdo del pasado, de experiencias pasadas, y esta respuesta es una división en la relación. Esta respuesta es el comienzo de lo que llamaremos el yo y el no-yo en la relación. Así nos situamos en la relación con el mundo. Así creamos al individuo y la comunidad. No vemos el mundo como es, sino en sus variadas relaciones con el yo de la memoria. Esta división es la vida y el florecimiento de todo lo que llamamos nuestro ser sicológico, y de aquí surgen todas las contradicciones y las divisiones. ¿Percibe usted esto claramente? Cuando nos damos cuenta del árbol, no hay evaluación. Pero cuando hay una respuesta al árbol, cuando se juzga con agrado o desagrado, entonces surge una división en esta percepción en términos del yo y del no-yo, del yo que es diferente de la cosa observada. Este yo es la respuesta, en relación, de las memorias y experiencias del pasado. Ahora bien, ¿puede haber una percepción, una observación del árbol, sin que haya juicio alguno, y puede haber una observación de la respuesta, de las reaciones, sin juicio alguno? En esta forma eliminamos el principio de la división, el del yo y del no-yo, tanto al mirar el árbol como al mirarnos a nosotros mismos.

 

I: Estoy tratando de entenderlo. Veamos si estoy en lo correcto. Existe el darse cuenta del árbol, y eso lo comprendo. Existe la respuesta sicológica al árbol, y eso también lo comprendo. La respuesta sicológica consiste en recuerdos y experiencias del pasado, en lo agradable y lo desagradable, y esto crea la división entre el árbol y el yo. Sí, creo que comprendo todo eso.

 

K: ¿Es esto tan claro como el árbol en sí, o se trata simplemente de la claridad de la descripción? Recuerde que, como hemos dicho antes, la cosa descrita no es la descripción. ¿Qué es lo que usted ha captado, la cosa o su descripción?

 

I: Creo que ha sido la cosa.

 

K: Por lo tanto, no existe el yo, el cual es la descripción cuando vemos este hecho. En el ver cualquier hecho no existe el yo. O existe el yo o el ver; no pueden existir ambos. El yo es no-ver. El yo no puede ver, no puede ser consciente.

 

I: ¿Me permite que interrumpamos la conversación ahora? Me parece que he captado el sentir de todo, pero tengo necesidad de dejarlo que penetre hondamente. ¿Podría volver mañana?

 

* * *

 

I: Me parece que en realidad he comprendido no sólo verbalmente lo que usted dijo ayer. Existe el darse cuenta del árbol, y también la respuesta condicionada del árbol, y también la respuesta condicionada al árbol, y esta respuesta condicionada es conflicto, es la acción de la memoria y de las experiencias del pasado, es lo agradable y lo desagradable, es prejuicio. También comprendo que esta respuesta del prejuicio engendra lo que llamamos el yo, o el censor. Veo claramente que el yo, el mi, existe en toda clase de relación. Ahhora bien, ¿existe un yo que no dependa de relación alguna?

 

K: Hemos visto lo fuertemente condicionadas que son nuestras respuestas. Su pregunta de si existe un yo que no dependa de la relación, se vuelve especulativa hasta tanto estemos libres de estas respuestas condicionadas. ¿Ve usted esto? Por lo tanto, nuestra primera preguntano es si existe o no existe un yo que no esté afectado por las respuestas condicionadas, sino más bien si la mentem en la cual están incluidos todos nuestros sentimientos, puede estar libre de este condicionamiento, que es el pasado. El pasado es el yo. No hay yo en el presente. Mientras la mente funcione en el pasadom existirá el yo, y la mente es ese pasado, la mente es ese yo.

 

No podemos señalar en forma separada la mente y el pasado, y decir que son dos cosas distintas. La mente es el pasado, bien se trate de varios días o de diez mil años. Así que la pregunta es: ¿puede la mente misma liberarse del pasado? Pero hay varias cosas envueltas en ello, ¿no es así? En primer lugar, hay una percepción superficial. Luego hay el darse cuenta de la respuesta condicionada. Después viene el darse cuenta de que la mente es el pasado, de que la mente es la respuesta condicionada. Entonces está la pregunta de si la mente misma puede liberarse del pasado. Y todo ello es una acción unitaria del (darse cuenta) en la cual no hay conclusiones. Cuando decimos que la mente es el pasado, la realización de ello no es una conclusión verbal, sino la percepción real de un hecho. Los franceses usan la palabra constatation para expresar esa percepción de un hecho. Cuando preguntamos si la mente puede estar libre del pasado, ¿es el yo, el censor, que es el propio pasado, el que hace la pregunta?

 

I: ¿Puede la mente liberarse del pasado?

 

K: ¿Quién hace la pregunta? ¿Es la entidad que es el resultado de muchísimos conflictos, recuerdos y experiencias; o surge la pregunta por sí misma como resultado de la percepción del hecho? Si es el observador el que interroga, entonces está tratando de evadir el hecho, que es él mismo, porque dice: he vivido en solor, en dificultades y en sufrimiento por tanto tiempo, que desearía ir más allá de esta constante lucha. Si hace la pregunta por ese motivo, su respuesta será refugiarse en algún escape. O uno se enfrenta a un hecho, o huye de él. Y tanto la palabra como el símbolo constituyen una huida. El solo hecho de hacer esta pregunta es, en realidad, un escape, ¿no es así? Seamos conscientes de si esa pregunta es o no un escape. Si lo es, es ruido. Si no hay observador, entonces hay silencio; lo cual es una negación completa de la totalidad del pasado.

 

I: Ahora estoy perdido. ¿Cómo puedo eliminar el pasado en unos pocos segundos?

 

K: Debemos tener presente que estamos hablando del hecho de darse cuenta. Ahí está el árbol, y la respuesta condicionada al árbol, que es el yo en relación, el yo, que es el mismo centro del conflicto. ¿Es este yo, el que hace la pregunta, este yo que, según hemos dicho antes, es la estructura misma del pasado? Si la pregunta no es formulada desde la estructura del pasado, o por el yo, entonces no existe estructura alguna del pasado. Cuando es la estructura la que hace la pregunta, está funcionando con relación al hecho de lo que es ella en sí misma, tiene miedo de sí misma y actúa para escapar de sí misma. Cuando no es la estructura la que formula la pregunta, no actúa en relación consigo misma. Recapitulando: ahí está el árbol, ahí está la palabra, que es la respuesta al árbol, que es el censor, o el yo, que viene del pasado; y entonces surge la pregunta: ¿puedo escapar de todo este torbellino y agonía? Si es el yo el que pregunta, está perpetuándose a sí mismo.

 

Ahora bien, como se da cuenta de eso, ¡no formula la pregunta! Al darse cuenta de ello y de todas sus implicaciones, la pregunta no puede ser formulada. Y no la fórmula porque ve la trampa. ¿Ve usted entonces que toda esta percepción es superficial? Es la misma percepción que ve el árbol.

 

I: ¿Existe alguna otra clase de darse cuenta? ¿Tiene el darse cuenta de alguna otra dimensión?

 

K: Repito que debemos tener cuidado, tener muy claro que no estamos haciendo esta pregunta con ningún motivo. Si existe algún motivo, estamos otra vez en la trampa de la respuesta condicionada. Cuando el observador está totalmente silencioso sin que lo hayamos forzado a estar en silencio, surge seguramente una calidad distinta del darse cuenta.

 

I: ¿Qué clase de acción puede surgir cualesquiera circunstancias en que no exista el observador? Me refiero a qué cuestión o a qué acción.

 

K: Repito, ¿está usted haciendo esa pregunta desde esta orilla del río, o desde la otra margen? Si usted estuviera en la otra orilla, no haría la pregunta; si está en esa orilla, su acción será desde allá. Así que hay un darse cuenta de esta orilla, con toda su estructura, su naturaleza y todas sus trampas, y el tratar de escapar de la trampa es caer en otra trampa. ¡Y qué monotonía letal hay en todo ello! El darse cuenta nos ha revelado la naturaleza de la trampa y, por lo tanto, de ahí surge la negación de todas las trampas, de manera que ahora la mente está vacía del yo y de la trampa. En esta mente hay una calidad distinta y una dimensión distinta del darse cuenta. Este darse cuenta no está consciente de que se da cuenta.

 

I: Por Dios, esto es demasiado difícil. Usted dice cosas que parecen ciertas, que suenan como ciertas, pero todavía no ha llegado allí ¿Podría expresarlo usted en forma diferente? ¿Puede usted empujarme fuera de mi trampa?

 

K: Nadie puede sacarlo fuera de su trampa ―ningún gurú, ningún maestro, ninguna droga, ningún mantra, nadie, inclusive yo mismo― nadie, especialmente yo. Todo lo que uno puede hacer es darse cuenta, sensible, desde el principio hasta el fin, no distraerse en medio del camino. Esta nueva calidad de darse cuenta es atención, y en esta atención no existe frontera alguna establecida por el yo. Esta atención es la más alta forma de virtud y, por lo tanto, es amor. Es inteligencia suprema, y ​​no puede existir la atención si no somos sensibles a la estructura ya la naturaleza de estas trampas hechas por el hombre

 

Notas:

Del inglés awareness que puede ser convertido también por "ser consciente" o "tener conciencia" de algo. Como sustantivo en el contexto advaita se traduce generalmente como "Conciencia" sinómino de Unidad, Realidad, nuestra verdadera naturaleza, etc.

Fuente: J. krishnamurti. Urge un cambio psicológico (Orión, 1973)


Fuente: No Dualiad

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