martes, 5 de febrero de 2019

LIBRO TIERRA DE ESMERALDA.- CAPÍTULO 3: VISIÓN EN UNA AUTOPISTA


De este modo terminó nuestro período de aprendizaje.
Pasaron largas semanas en las que nos sentimos señalados por el ser singular aparecido en un mundo también muy singular.
« ¿Quién nos va a hacer creer semejantes pamplinas?» El eco de la reacción de algunos llega ya a nuestros oídos.
¿Somos pues tan frágiles que un testimonio tal nos moleste hasta el punto de hacer que lo rechacemos sin examinarlo seriamente? ¿Nos da miedo encontrarnos, de repente, en las arenas movedizas de la duda?
«Cuando un humano expira, ¿dónde está?», nos hemos preguntado con frecuencia igual que el Job de la Biblia. La narración de nuestros primeros pasos por el universo astral sólo aborda el problema dando lugar quizás a más preguntas que respuestas. ¿Qué ocurre con las enseñanzas religiosas? En el Más Allá, ¿no tiene límite la existencia?
Antes de tratar de contestar estas preguntas volvamos a los elementos que se nos ofrecieron en nuestras primeras salidas astrales.
El cuerpo humano tiene un doble que, en su estado habitual está exactamente superpuesto a él. Este doble está formado de una materia muy poco densa, extraordinariamente fluida, muy cercana, desde el punto de vista puramente físico, a una energía de naturaleza eléctrica, luminosa. Esta energía, o este cuerpo llamado
astral, es muy importante para la conservación de la existencia material de todos los seres.
La voluntad, la memoria y todas las facultades conscientes tienen en él su sede. Si por una u otra razón las partículas que forman su estructura están llamadas a vibrar con una frecuencia más rápida, toda esta forma de Luz entra en un mundo que corresponde a su naturaleza físicamente impalpable. Este mundo, tan real como nuestro universo cotidiano, no es sino el que cada uno de nosotros acaba por encontrar tras el paso hacia la muerte. Es sencillamente el doble astral de la Tierra. Tal y como había dicho el ser del rostro azul pasaron tres meses sin que pudiéramos adquirir conocimientos complementarios en este terreno.
Tres meses de reflexiones y preguntas ineludibles.

sábado, 2 de febrero de 2019

LIBRO TIERRA DE ESMERALDA.- CAPÍTULO 2: SEGUNDO AMANECER



El mundo brillaba a mí alrededor con mil chispitas centelleantes. Aquel día, no sé por qué ansia de evasión, por qué sed insaciable de saber había abandonado una vez más mi cuerpo, como quien se quita un abrigo excesivamente cálido o demasiado pesado.
¡Cinco años ya! Cinco años desde entonces, que se han deslizado hacia la inmensidad del pasado.
Parece que ningún lugar, ningún encuentro borrarán de mi memoria el instante que para mí será siempre el segundo amanecer. Durante meses viví buscando la Clave. ¡En encontrar la cerradura tardé cinco años! La cerradura del arca de las Maravillas, del baúl de las Esperanzas; la de la Puerta de un Mundo cuyo significado y valor no ignorarán quienes buscan el misterio de la Vida y de la Muerte; pero los arranques poéticos o entusiastas no lo son todo.
No quiero dirigirme a los lectores con medias palabras sino en términos sencillos y directos.
Aquel día había abandonado mi cuerpo, demasiado torpe, debajo de mí. Salir de mi envoltura de carne se había convertido, no en una huida hacia un mundo que me parecía mejor como podría pensarse sino más bien en una especie de válvula de seguridad, en un modo de beber a pleno pulmón una bocanada de aire puro y regenerador. Como siempre que me encontraba en semejante estado me sentía irresistiblemente atraído hacia arriba, hacia no sé qué cima invisible.
Finalmente decidí abandonarme a ese deseo persistente y casi incontrolable.
¿Quién sabe si un El dorado celeste no ejercía su influencia sobre mí cual un imán?
Esperaba tomar altura, contemplar la ciudad a lo sumo, desde un centenar de metros más arriba; pues ciertamente mi ascensión tenía que terminar en algún momento...
Efectivamente, tomé altura... pero simultáneamente se produjo un extraño fenómeno: mis brazos, mis piernas, todo mi cuerpo, sintieron una comezón y empezaron a centellear de forma desconocida para mí.
Mis miembros me parecieron de repente más diáfanos, menos reales, menos densos. Confieso que en ese preciso instante me invadió el miedo. ¡Durante un segundo, quizá menos! Entonces una gigantesca ola de silencio absorbió mi ser.
Una detonación muda hecha de luz blanca me envolvió. No existía nada fuera de una gran calma, una inmensa duna de suavidad, penetrante, palpable.
Todo se borró progresivamente como bajo la acción de una misteriosa goma de borrar. De aquella luz extraordinariamente blanca que aún me envolvía surgieron unas formas primero vagas, después más concretas cada vez. Finalmente llegaron a un estado de nitidez que me asombró.

LIBRO TIERRA DE ESMERALDA.- CAPÍTULO 1: PRIMER AMANECER


Hay días y noches que cuentan más que otros.
Hay segundos que viven y se alargan más que horas enteras.
Casi diez años ya...
El alba coloreaba ligeramente tras los cristales empañados de una pequeña habitación de estudiante. Con el espíritu extrañamente vacío había estado esperando la noche entera.
Y seguía esperando, inmóvil, echado en mi cama en actitud estática. ¿Qué había ocurrido? No había deseado nada, no había ido detrás de nada...
Las imágenes de la víspera no cesaban de volver a tomar forma ante mis ojos. Intentaba recordar sumaria, ordenada metódicamente, con la mayor precisión posible, los últimos instantes que precedieron a lo Increíble.
Me había acostado a las diez como todas las noches; una débil luz iluminaba todavía la pequeña habitación que había elegido como albergue por un año.
Pensamientos desordenados e intrascendentes ocupaban mi atención, mientras un ligero sopor se apoderaba de mí.
Fue entonces, súbitamente, cuando todo cambió.
¡Me sentí proyectado fuera de mí mismo, pegado contra el techo de la habitación! Me invadió un intenso frío un frío que venía de dentro.
Simultáneamente tuve la sensación de que me enderezaba, de que me daba la vuelta, no sé con exactitud, y me vi... Me vi, realmente me vi, desde fuera, en carne y hueso, como se ve a cualquier otro que no es uno mismo, a un amigo, a un extraño. Mis ojos estaban allí, en el techo, encima del armarito en el que guardaba mis libros; estaban allí y contemplaban mi cuerpo que yacía, dos metros más abajo, inerte, como una mera envoltura vacía.
¡Mis ojos y mi conciencia! Porque, sin duda alguna, era yo mismo quien pensaba y me contemplaba.
Yo era «dos», sencilla y extraordinariamente «dos».
¿Era eso la muerte?
¿Acababa de franquear, triste, banalmente la Gran Puerta en aquella fresca velada de abril? Por un momento, creí que todo no era más que un sueño; pero, no... mi espíritu estaba demasiado perspicaz, demasiado lúcido.

martes, 29 de enero de 2019

TIERRA DE ESMERALDA por A. y D. Meurois- Givaudan. INTRODUCCIÓN


«... que el alma existe después de la muerte del hombre y que el pensamiento conserva una cierta actividad y exige ser confirmado y demostrado afondo.»
Así se expresaba Platón algunos siglos antes de nuestra era y si escuchamos las preguntas que se sigue formulando el hombre contemporáneo, el problema sigue sin resolverse.
¡O, mejor dicho, sí! Siempre ha estado resuelto sin esfuerzo aunque llegando a conclusiones opuestas por los que, por un lado, han adoptado una religión y, por otro, han escogido el ateísmo. Las convicciones íntimas no se discuten. Son... como son y debemos respetarlas.
Pero, después de todo, ¿qué sabemos nosotros realmente en concreto sobre el tema?
En definitiva, prácticamente nada... ¡o tan poco!
Los postulados personales y perentorios prevalecen, con frecuencia, sobre el análisis objetivo.., y la experiencia.
Nuestra obra no pretende desde luego resolver por sí sola el problema. Se limita a ofrecerse como testimonio.
Quien dice testimonio dice, es evidente, experiencia vivida. De eso se trata precisamente en el más amplio sentido de la palabra. Creemos que para poder hablar de la muerte y de lo que hay más allá de sus puertas, es preciso haber vivido la muerte misma.
¿Podríamos hablar con honradez de un paraje lejano sin haberlo siquiera visitado? Sería perderse en suposiciones y afirmaciones en absoluto dignas de crédito.
¿Hemos sido víctimas de un terrible accidente? ¿Hemos padecido un coma profundo? ¿Nos han llevado de mala manera hasta el umbral último de la vida para poder hablar de un hipotético más allá? Nada de eso y ahí reside uno de los puntos capitales de nuestro testimonio.
«Espiritismo», pensarán ustedes. ¡Tampoco!
Se trata de una técnica, un procedimiento, viejo como el mundo, enseñado de forma regular a algunos privilegiados. Iniciados, diríamos nosotros.
¿Vamos a traicionar aquí los secretos de alguna secta misteriosa, extraña y dañina? ¡Nada de eso! Además no hay secreto alguno ni, menos aún, secta alguna.
Repetimos que sólo se trata de una técnica perfectamente natural, recalcando especialmente esta palabra: natural.
Los autores no han tomado nunca ninguna clase de droga.
Creemos importante esta precisión, puesto que el relato constituido por los siguientes capítulos es, a veces, de una naturaleza tal que algunos lectores podrían formarse opiniones erróneas.

jueves, 31 de mayo de 2018

EL SILENCIO HABLA.- CAPÍTULO 2: MÁS ALLÁ DE LA MENTE PENSANTE


La condición humana: perdidos en el pensamiento.
La mayoría de la gente se pasa la vida aprisionada en los confines de sus propios pensamientos. Nunca van más allá de un sentido de identidad estrecho y personalizado, fabricado por la mente y condicionado por el pasado.
En tí, como en cada ser humano, hay una dimensión de conciencia mucho más profunda que el pensamiento. Es la esencia misma de tu ser. Podemos llamarla presencia, alerta, conciencia incondicionada. En las antiguas enseñanzas, es el Cristo interno, o tu naturaleza de Buda.
Hallar esa dimensión te libera, y libera al mundo del sufrimiento que te causas a tí mismo y a los demás cuando sólo conoces el «pequeño yo» fabricado por la mente, que es quien dirige tu vida. El amor, la alegría, la expansión creativa y una paz interna duradera sólo pueden entrar en tu vida a través de esa dimensión de conciencia incondicionada.


EL SILENCIO HABLA.- CAPÍTULO 1: SILENCIO Y QUIETUD


Cuando pierdes contacto con la quietud interior, pierdes contacto contigo mismo. Cuando pierdes contacto contigo mismo, te pierdes en el mundo.
Tu sentido más interno de tí mismo, tu sentido de quién eres, es inseparable de la quietud. Ese es el Yo Soy que es más profundo que el nombre y la forma.
La quietud es tu naturaleza esencial. ¿Qué es la quietud? El espacio interno o conciencia en el que las palabras de esta página son percibidas y se convierten en pensamientos. Sin esa conciencia, no habría percepción, ni pensamientos, ni mundo.
Tú eres esa conciencia, disfrazada de persona.
El equivalente del ruido externo es el ruido interno.
El equivalente del silencio externo es la quietud interna.
Cuando quieras que haya silencio a tu alrededor, escúchalo. Esto significa que, simplemente, has de darte cuenta de él. Préstale atención. Escuchar el silencio despierta la dimensión de quietud dentro de tí, porque sólo la quietud te permite ser consciente del silencio.

jueves, 1 de junio de 2017

LIBRO ARPAS ETERNAS (Josefa Rosalia Luque)Capitulo IX


Capitulo IX
EN LAS CUMBRES DE MOAB

Dos caminos se presentan a la vista del lector de “Arpas Eternas”, que partiendo ambos de Betlehem, la ciudad del Rey Pastor, se dirigen: el uno hacia el norte de Palestina o sea el edén encantado de Galilea con sus colinas tapizadas de huertos, donde las vides, las higueras y los naranjos llenan el aire con aromáticas emanaciones; El otro hacia el sur, el árido desierto de Judea, con el tétrico panorama del Mar Muerto y de las rocas hirsutas y peladas, de los montes Quarantana y sus derivaciones. Por este último seguiremos, lector amigo, a los viajeros del lejano Oriente que conducidos por Eleazar, Josías y Alfeo, se dirigen al Santuario del Monte Quarantana que ya conocemos. 
Nuestros amigos sólo los acompañarían hasta allí, pues los solitarios se encargarían de conducirles hasta los altos Montes de Moab, donde les esperaban los Setenta. 
Los extranjeros comprendieron que en aquellos sencillos pastores y tejedores había espíritus de una larga carrera evolutiva a través de los siglos. Y con la clarividencia desarrollada por años de ejercicios metó- dicos y perseverantes, vieron a sus tres conductores formando parte de las porciones de humanidad que habían escuchado al Verbo Divino en sus distintas etapas terrestres, desde Juno hasta Moisés. 
Esto les permitió franquearse con ellos en cuanto a las elevadas y profundas enseñanzas esotéricas de sus respectivas escuelas. 
Y en los tres días de viaje por entre riscos, cavernas y abruptos cerros, los búhos y lechuzas agoreras, oyeron la palabra serena y mesurada de aquellos hombres venidos de lejanas tierras, que departían con los pastores y tejedores betlehemitas, sobre las arduas cuestiones metafísicas en relación con el gran acontecimiento que los reunía: la novena y última encarnación del Verbo Divino sobre la Tierra. Las noches aquellas pasadas en las cavernas a la luz de una hoguera, y recostados sobre lechos de heno y pieles, fueron noches de escuela, de aprendizaje y de desarrollo mental. Fueron asimismo noches de evocación, de recuerdos lejanos, pues los extranjeros quisieron compensar con descubrimientos psíquicos, el sacrificio de sus conductores. 
Y fue así, que los tres maestros de Ciencias ocultas, recibieron idénticas manifestaciones referentes a los tres amigos esenios. 
Y los viajeros llegaron por fin a la Granja de Andrés, desde donde fueron conducidos por el oculto camino que conocemos, al pequeño santuario del Monte Quarantana.
Mirad –contestó el esenio señalando las maderas lustrosas y desgastadas en los bordes, a fuerza de un prolongado uso ¡Cuántas cabezas se habrán apoyado en este respaldo! 
¡Cuántos pies habrán pisado estas tarimas! 
¡Cuántos brazos habrán descansado sobre estas mesas!... ¿Cuánto tiempo hace que empezasteis este santuario?
preguntó Baltasar. Siete años después de la muerte de nuestro padre Moisés fue la contestación.  ¡Larga cadena de mil quinientos eslabones!, exclamó Melchor, como abrumado por aquella enormidad de tiempo y de perseverancia de los discípulos de Moisés. ¡Quince centurias!repitió Filón de Alejandría, 
el más joven de los extranjeros y que por considerarse a sí mismo como un aprendiz aspirante a los estudios de oculta sabiduría, callaba siempre para escuchar más. 
Quince centurias excavando en las montañas para perfeccionar la obra de la naturaleza, o de inconscientes mineros del más remoto pasado, que no sospecharon seguro, que las cavernas abiertas por ellos en la entraña de la roca, servirían luego para templo de la Divina Sabiduría, y para albergue de las humildes abejitas que la cultivan –añadió Gaspar, mientras bebía a sorbos el vino caliente con castañas asadas. Y aquellos hombres, que ni aún en los momentos que dedicaban al alimento corporal, podían anular las actividades del espíritu, continuaron tejiendo la filigrana dorada de pretéritos recuerdos, conversación a la cual fueron aportando elementos valiosísimos, los Ancianos del Monte Abarín que tornaban a la sala de reposo, después de haberse despojado de las vestiduras de ceremonia. 
Entre ellos había siete Escribas o Notarios y éstos traían sus grandes cartapacios de telas, de papiros, de plaquetas de arcilla o de madera.Esto acabará por ponernos de acuerdo –reconoció el Gran Servidor, apoyando su diestra sobre aquellos viejísimos documentos.  ¿Y acaso no lo estamos ya? –preguntó Baltasar. —Aún no, con los fundamentos deseables y deseados. Acaso ni vosotros ni nosotros sabemos todo cuanto hay que saber para no discrepar en lo más mínimo. Y los esenios Escribas desprendieron de los muros todas las mesas que fueron armadas ante los estrados y allí colocada toda aquella porción de escrituras que hacía pensar a los extranjeros: 
“Precisaremos muchas lunas para conocer todo esto”. 
Los Setenta querían dejar establecido, que las Escuelas de Divina Sabiduría del Oriente, formaban parte del grandioso libro de Conocimientos Superiores que en el correr de los siglos, había traído al plano físico terrestre el Verbo Divino en todas las etapas que había realizado.

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