martes, 4 de agosto de 2015

Un viaje sin retorno: CAPITULO 11.- LA CENA



-Jesús, ¿podrás bajar tú solo esto?
-¿Y que vas a hacer tú mientras tanto?
-Pasaré por mi habitación. Quiero arreglarme un poco y ponerme guapa para la cena.
-Pero si ya estás preciosa…
-Bueno, pero puedo estarlo más.
-¿A quien quieres conquistar?
-No seas tonto. Es una ocasión muy especial y quiero estar lo mejor posible.
-Jajaja…se me había olvidado ya la coquetería femenina…
-¿Puedes bajar con todo o no?
-Claro, mujer…haré dos viajes y ya está.
-Entonces, me voy…bajaré enseguida con todos.
                              
Jesús era feliz. Su rostro radiaba de alegría. Aquella cena ya no iba a ser solo la despedida de sus queridos hermanos, sino también el comienzo de algo maravilloso, tremendamente humano. Los problemas y las dificultades se habían evaporado, al menos por esa noche. Raquel se quedaba con él, y también su inseparable amigo Juan. Lo que habían cambiado las cosas en tan poco tiempo…

-¿Jesús, estás arriba todavía?
-Ahora bajo María…esto pesa lo suyo…
-Dame, hermano…ya te ayudo yo.
-Gracias, Juan…se agradece…
-¿Dónde está Raquel…? Había subido a hablar contigo.
-Se ha ido a retocar la nariz.
-Ya me ha dicho que va a cenar con nosotros…
-Sí, Juan…no deseo que los demás se molesten, pero quiero que tú y Raquel os pongáis a mi lado.
-Entonces, Pedro, tendrá que ponerse al lado de Raquel… ¡horror!
-¿Qué problema hay en eso, hermano?
-Raquel le tiene repelús a Pedro. Se le ha atragantado un poco.
-No te preocupes Juan…llegarán a ser buenos amigos. Lo intuyo.

Cuando Raquel bajó las escaleras, ya todos estaban sentados alrededor de la mesa. Era el centro de atención de todos los allí presentes.


-Hola, a todos…
-¡Bienvenida, seas!
-¿Dónde me siento?
-¡Aquí…a mi vera, Raquel!
-¿Aquí…? ¡Hola, Pedro! ¿Vamos a ser compañeros de mesa, eh? Pedro, si me dejaras de mirar así…quizás los demás se olvidarían un poco de mí…me estoy poniendo nerviosa…
-Raquel…no te estamos mirando…estamos esperando a que hables.
-¡Ahhhh! ¿Es que tengo que hablar?
-Claro…te hemos concedido el honor de sentarte con el maestro. Te corresponde a ti abrir la mesa.
-¿Y en estas ocasiones que se dice?

Raquel, acercándose al oído de Jesús, le susurró unas palabras:

-Esto ha sido una encerrona.
-Ha sido cosa de Pedro…no mía…intenta salir airosa…

Tras unos breves momentos de mutismo por parte de Raquel, se levantó de la silla y se dirigió a los comensales.

-No soy persona de mucha oratoria. No os conozco a la mayoría de vosotros, y todo lo que dijera aquí, y ahora, no tendría ningún sentimiento. Lo que en estos momentos deseo pediros es que…aunque os marchéis, no nos olvidéis. Yo, al menos, sigo confiando en que el Cielo, aunque un poco en la retaguardia, seguirá apoyándonos. Se que quizás os sonará a ingenuo el que yo os invite a que penséis si…si con vuestra marcha habéis…
-Termina de hablar, muchacha. Habla sin miedo.
-¡No Pedro, no soy quien para decir nada!
-Te equivocas. Estás aquí sentada y tienes el mismo derecho que nosotros. Además…yo quiero saber lo que estás deseando decir. ¡Venga…!
-Muy bien…voy a ser clara y concisa. ¿Por qué no os quedáis aquí, en vez de tirar la toalla?
-Raquel, los hermanos ya lo han decidido así. Han apoyado este plan hasta donde han podido. Ahora ellos tienen que seguir con su propia evolución, que han interrumpido para ayudarme.
-¿Ah si…? ¡Pues vaya amigos que son! Se arriesgan solo hasta donde no les duele.
-Raquel, si Jesús ha decidido venir es porque ha querido. Ha sido una opción personal, intransferible. Nosotros le hemos apoyado en lo que hemos podido, pero no podemos ir más allá.
-Dime, Santiago… ¿no podéis o no queréis?
-Raquel, tu desconoces muchas cosas, por eso hablas así. Y nosotros te entendemos. Tus palabras llevan buena intención.
-Aquí, en mi dimensión de tercera, en este planeta que según el Cielo es ya un basurero, los amigos de verdad se apoyan hasta las últimas consecuencias.
-Sí, pero el sentido de la amistad no debería ser ese. Es un sentimentalismo que involuciona. Si un buen amigo toma una determinación errónea, que le va a ocasionar un serio problema, no conlleva el que sus amigos tomen el mismo camino y caigan todos en el mismo error. Se le podrá advertir, aconsejar, pero nunca cometer su mismo error. Este es uno de los errores del ser humano.
-Habláis del ser humano como si ninguno de vosotros hubiese pertenecido a esta condición. ¿Es esta la lección aprendida después de vuestra experiencia en este planeta? La verdad es que, viendo lo que hay después de la tercera dimensión, no me entusiasma en absoluto el seguir subiendo peldaños evolutivos.
-Raquel…tranquila, siéntate.
-Perdona, Jesús, perdonadme todos. ¿Veis cómo no debería haber hablado? No se nada, no conozco nada…no entiendo nada…Ha sido una equivocación. No he querido molestaros.

Raquel volvió a levantarse de la mesa, pero Pedro, viendo las intenciones de ella y lo tenso de aquella situación, le cogió de la mano por debajo de la mesa y la obligó a sentarse.

-¿Necesitas algo, Raquel? Yo puedo ir a buscártelo…
-No, Pedro, gracias…necesito ir al baño.
-Pues ya que te levantas, Raquel… ¿me harías el favor de traerme un poco de agua?
-¡Sí, claro, Pedro…! ¿Alguien quiere que le traiga algo más de la cocina?
-Sí…las verduras… ¡Están en el fuego!, pero ya voy contigo, Raquel.
-No, no te levantes, María…ya voy yo con ella.
-Está bien, Juan, pero tened cuidado…estarán hirviendo.

-Maestro…
-Dime, Pedro.
-¡Peligro a la vista!
-¿Y eso…por qué?
-Están los dos juntos en la cocina. Algo están maquinando…
-Déjales Pedro…jajaja. Son jóvenes e impulsivos. No estaría nada mal que se nos contagiara algo…

Y en la cocina…

-Raquel, ¿pero se puede saber por qué estás así?
-Me siento muy violenta, Juan. No os entiendo. Me he disculpado, pero no quería hacerlo, porque no tenéis ninguna razón. Quizás vosotros penséis que aquí la equivocada soy yo, pero no pienso ni siento lo mismo. No puedo aceptar y callar ante vuestra disposición. Lo siento por Jesús. El quería que esta cena fuese entrañable, bonita, y he creado un ambiente un poco hostil.
-La cena todavía no ha empezado, y tú puedes cambiar ese ambiente. Puedes hacerlo. Además…has estado estupenda, Raquel. Me moría de ganas por hacerlo yo, pero Jesús me prohibió hacerlo. Respeta la decisión de sus hermanos. Aunque son, somos sus amigos, sabe que la libertad es sagrada, y él lo acepta de buen grado.
-¿Qué lo acepta de buen grado? Quizás sí, pero su corazón desearía teneros a su lado, Juan.
-Para eso estáis vosotros aquí…Vosotros vivís reencarnados en este planeta. Sois de esta generación, y es, a ésta, a la que le corresponde actuar ahora. Nosotros estábamos evolucionando en otros niveles, y le hemos ayudado en lo que hemos podido.
-También nosotros, Juan…y nos ha cogido experimentando aquí…y hemos asumido este plan con el riesgo que conlleva, pero lo hacemos, y no nos supone ningún sacrificio, porque lo hacemos por amor y con amor. Se supone que vosotros deberíais estar más evolucionados en todo.
-Eso no es así, Raquel. El que estuviéramos evolucionando en otros niveles, no significa que seamos superiores a ti…cada cual está en su sitio, donde ha escogido experimentar. Hablas de “nosotros”… ¿a quienes te refieres, Raquel?
-Pues a mí, a Marga, a…
-¿Dónde están ellos…? Se realista, hermana, en estos momentos estás tu sola con él. El que yo apoye a Jesús, no significa que esté convencido de que esto pueda salir bien. Yo, Raquel, viví en mi propia carne un gran fracaso, el fracaso de todos. Y éramos muchos. Quizás esta generación tenga el arranque que nosotros no tuvimos. Quizás haya una posibilidad, pero… Lo que te quería decir, Raquel, es que nosotros, aunque tengamos un conocimiento superior al vuestro, no supone el que tengamos la razón. Vuelve a esa mesa…con la cabeza bien alta, y sobre todo con mi aprobación y mi apoyo, pero sin olvidarte de esa sonrisa…
-Juan…me cuesta creer que tú te marches.
-¡No voy a hacerlo, Raquel!
-¿Quieres decir…que te vas a quedar con nosotros?
-Sí, pero no estaré físicamente. Este trabajo os corresponde a vosotros. Yo solo haré acto de presencia cuando haya que arrimar el hombro, cuando las cosas se pongan un poco feas. Yo no quiero que esto fracase, Raquel…otra vez no.
-¿Y esto lo sabe Jesús?
-¡El muy puñetero ya lo sentía…nos tiene muy calados a los dos…jajaja!
-Juan… ¿tu le amas mucho, verdad?
-Sí, Raquel. Y si me quedo, es porque mi existencia no tiene ningún sentido sin él. Supongo que tanto tú como yo…estamos condenados por siempre a estar con él. Pero vamos a dejarnos de sentimentalismos y volvamos a la mesa. Entre los dos vamos a darle un vuelco total a la reunión. ¿De acuerdo?
-¡De acuerdo, Juan!

La Raquel que entraba de nuevo en el salón, era completamente distinta. Su rostro resplandecía. Era feliz. Ya tenía un aliado entre aquellas celebridades. Se sentía más fuerte y segura. Juan miró a Jesús. Jesús miró a Juan, y Pedro no perdía de vista a ninguno de los tres.

-¡Toma, Pedro, tu vaso de agua!
-¡Gracias, muchacha!
-Mientras voy sirviendo la verdura…ir comiendo, que se enfrían enseguida…
-¡Está muy buena la verdura, María…que rica está!
-¿Te gusta a ti,  Raquel?

Raquel, en ese preciso momento se llevaba a la boca un buen cucharón de aquellas hierbas aromáticas. De repente, las facciones de la muchacha se retorcieron. Los ojos empezaron a llorar y el esfuerzo sobrehumano que hacía para no vomitar lo que llevaba en la boca al plato, se le apreciaba en el cuello, que lo tenía tenso y duro como una piedra.

-¿Raquel…qué te pasa?

La muchacha, sin poder evitarlo, se levantó a todo correr de la mesa y salió hacia el huerto. María salió tras ella. Raquel estaba vomitando las verduras, el desayuno y la cena anterior. Aquellas hierbas aromáticas era lo más amargo que había probado en su vida.

-Raquel…tranquila…ya lo siento…nosotros tenemos costumbre de comer esta verdura, pero no pensé en ti.
-No te preocupes, María, ya pasó…
-¿Quieres que te prepare una infusión para que se te arregle el estómago?
-No, ahora no…no sería capaz de meterme en la boca más cosas de esas…Ya estoy bien…no ha pasado nada…

Cuando Raquel volvió a la mesa, todo el lápiz de los ojos, el colorete de las mejillas y el rimel de las pestañas habían hecho un dibujo abstracto con fondo negro a lo largo y ancho de su cara. Todos intentaban, por todos los medios, disimular su risa, pero en esta ocasión, fue el mismo Jesús el que rompió a reír a carcajadas. Ni qué decir tiene, que el contagio fue general. En esta ocasión, fue Pedro, el que por más experiencia o, quizás, por más compasión hacia Raquel, cogió un trozo de la servilleta, y mojándolo en agua, le limpió meticulosamente el rostro.

-¡Deja, Pedro, ya lo haré yo! En el espejo lo haré antes.
-No…no…deja…que sería peor. Ya me falta poco.
-¿Tan mal estoy?
-¡Ay, señor…señor…con lo bonitas que estáis las mujeres al natural y sin tantas porquerías en la cara…! No les hagas caso…son todos unos fantasmas…incluyendo al mismo anfitrión. ¡Ya estás, hija! ¿Qué te pasó con las verduras?
-Es que están muy amargas. Yo no se como podéis comer esa cosa…
-Ya estamos acostumbrados. Es la verdura que se come siempre en Pascua, antes de comer el cordero…para contrarrestar un poco la grasa de la carne… Solemos hacerlo en las reuniones nuestras, siempre que podemos…Es nuestra comida favorita.
-Pedro… ¿el cordero es amargo también?
-No, puedes comerlo tranquila…pero no se te ocurra entonces probar este pan…pues te parecerá un tanto amargo también…
-¿Todo el pan?
-¡No todo, Raquel…el que repartiré yo después, no!
-Gracias, Jesús…esperaré entonces comer de él.

La cena se desarrolló en un ambiente cordial. Raquel había puesto la típica nota de humor. El pequeño incidente del comienzo ya se había olvidado. Pero sí había movido intensamente un corazón, una conciencia. Terminado el cordero y la fruta, se hizo un alto, que la mayoría aprovechó, bien para estirar las piernas, para coloquiar o para asearse un poco. Luego venía la celebración más importante para todos.
Jesús había salido unos instantes a respirar aire puro al huerto. Pedro le vio salir y fue tras el.

-Jesús, me gustaría hablar contigo antes de seguir con la celebración.
-Ven, siéntate aquí, hay sitio para los dos. Hemos tenido poco tiempo para hablar tú y yo… ¿Te acuerdas Pedro de aquellas largas charlas que teníamos bajo un alcornoque, en el jardincito de nuestro amigo Lázaro?
-Sí… ¡como no…! ¡Y cuanto las echo de menos, maestro!
-Te veo muy sentimental, Pedro… ¿Qué te ocurre?
-Quiero quedarme, Jesús. No quiero partir con los demás. No podría… Jesús, la primera vez fracasamos…aunque ahora ya no pienso lo mismo…, pero no tuvimos el coraje suficiente… y me siento tan responsable como tu de ello. Si tú vienes a dar la cara otra vez… ¿no lo voy a hacer yo? Cuando oí hablar a esa muchacha, algo dentro de mí se ha rebelado. Todos hemos pasado por esta experiencia humana, pero a mí no se me ha olvidado lo que sentí, y lo que siento ahora por ti, por mi amigo, mi compañero de aventuras y desventuras, mi maestro, y por mis redes que no te dejo aquí a tu suerte. Y si el destino no está de nuestra parte…lo compartiré contigo.
-Pedro…ya sabes que si no atraviesas esa puerta dimensional que os está esperando, ya nunca más podrás atravesarla si todo fracasa. ¿Lo sabes, verdad?
-Dime, maestro… ¿qué pinto yo al otro lado de la puerta, si tu no estás conmigo?
-Pedro…hace mucho tiempo que no siento tu abrazo, y me muero de ganas por dártelo…
-Maestro… ¿hemos tenido que volver otra vez para sentirnos unidos de nuevo? ¡Dame ese abrazo…cuanto añoraba este momento! Ya no quiero dejar de sentir esta sensación nunca más…

Y ambos amigos se fundieron en un largo y profundo abrazo, donde no había palabras, pero donde el silencio lo decía todo…

-Entonces…amigo mío… ¿qué piensas hacer, que planes tienes?
-No quiero intervenir ahora. Quiero dejar paso a la juventud. Me quedaré rezagado por ahí, y cuando verdaderamente me necesitéis, apareceré.
-Entonces…hazme un favor… jajaja. Contrólame un poco a Juan. Vuelve a ser el mismo de entonces.
-¿Es que Juan va a quedarse?
-¡Tampoco él quiere perderme de vista!
-No se por qué me sorprendo…era de esperar. La verdad es que me habría defraudado un poco si no lo hubiera decidido así… Maestro… ¿dónde está el baño…? Después de tanto tiempo…no me acuerdo…jejeje.
-La primera puerta antes de las escaleras, viejo amigo...

Raquel salía al jardín con los oídos tapados con las manos. Iba a paso ligero…Cuando terminó Jesús de indicarle a Pedro, éste se dio cuenta de los gestos de Raquel, y fue hacia ella…

-¡Oye, chicos…por qué no dejáis de incordiar y os estáis calladitos…! ¡Ya está bien…bajar la potencia, hombre…!
-¿Con quien hablas, Raquel?
-¡Ayyyyy que susto me has dado!
-¿Qué haces hablando sola y mirando hacia arriba?
-¿Es que no les oyes?
-¿A quien…?
-Jesús…no te hagas el tontuelo ahora…me refiero a los de la nave…
-¿Y cómo sabes que están ahí?
-Por el zumbido de oídos. Siempre me pasa lo mismo. Cuando hay una nave cerca, los oídos no paran de zumbar. Es molesto.
-Sí, claro que se que están ahí. No te preocupes por tus oídos…pronto se irán. Ven, te voy a quitar esa molestia.
-¿Cómo?
-Mira… ¿ves que sencillo?
-¿Qué me has hecho en las orejas?
-En las orejas nada…tan solo te he puesto en sintonía con ellos. ¿Te está gustando esta reunión?
-Sí…
-No lo dices con mucho entusiasmo…
-Lo que pasa es que me siento extraña, ajena a casi todos. Es como si…no sintonizara con ellos. Y lo siento, Jesús, son tus amigos también, pero…
-¿Con todos te pasa lo mismo?
-¡No, claro que no! Me siento muy bien con Juan. Le quiero mucho. Se hace querer sin ningún esfuerzo. Y en cuanto a Pedro…no le conozco nada…pero sin embargo…siento por él un gran respeto y cariño. Le siento entrañable, bonachón y con un corazón de oro. Pero creo que es muy tímido, por eso es tan gruñón.
-¡Le has definido a la perfección…y eso que no le conoces…jajaja!
-¡Y yo también te agradezco esa observación, muchacha…!
-Pedro… pero bueno… ¿es que nunca voy a poder hacer una confidencia sin ser espiada?
-Yo no te espiaba…salía del baño y he oído tu conversación con Jesús. Además, de vez en cuando…me agrada escuchar cosas bonitas sobre mi persona…
-¿También te ha gustado lo de gruñón?
-¡Claro…si lo soy…y soy muy tímido…! Me pasa como a ti…en realidad, no somos gruñones…nos lo hacemos…jajaja.
-La lástima, Pedro, es que me habría gustado tratarte más, pero ya no queda mucho tiempo…os marcháis enseguida…
-¿Tu no te das por vencida nunca, verdad…muchacha…jajaja? Pues lo tendrás…tendrás tiempo de conocerme mejor. No os vais a deshacer de mi tan pronto. Yo me voy a la mesa. No tardéis en entrar…

-Jesús… ¿Por qué Pedro está tan contento? ¿Y por qué me ha dicho eso? Tú tienes una mirada muy especial… ¿Qué ha ocurrido aquí que me he perdido…?
-Raquel…Pedro no se va. Se queda conmigo…con nosotros. He vuelto a recuperar a mi entrañable amigo, a ese gruñón cabezota, a mi fiel compañero. Hacía tanto tiempo, Raquel, que no disfrutaba de él, de su compañía, de su amistad…de su abrazo… ¡qué hermoso ha sido el revivirlo!
-Yo no entiendo nada, Jesús. ¿Es que cuando andáis por esas alturas cósmicas, no os compartís como lo hacéis ahora?
-Sí, pero de muy distinta forma, Raquel. En esos niveles de consciencia se funciona siempre con energías muy puras. La densidad de un cuerpo no existe. Tu lo sabes…has estado como nosotros, pero no lo recuerdas.
-¡Mejor! ¿Dime, y eso es evolucionar? ¿Quieres decir que cuando regrese de nuevo, si es que lo hago…no sentiré ni vibraré como ahora?
-¡Como ahora no! Tendrás otro nivel vibracional.
-Pues mira, Jesús, si es necesario que ahora alcance el estado vibracional crístico para el buen desarrollo del Plan, lo intentaré, mejor dicho, lo haré. Pero luego quiero volver a ser como antes, normalita, de tercera dimensión. No quiero subir peldaños. No me gusta lo que hay allí arriba.
-Jajaja… pues para no gustarte…te costó mucho bajar…jajaja
-¿Qué quieres decir?
-Que ahora hablas así, porque no recuerdas. Pero tú has estado en el mismo lugar que todos nosotros.
-¿Pensarás que todo lo que te estoy diciendo son barbaridades, verdad?
-No, querida mía, tan solo no recuerdas.
-Yo solo se, Jesús, que cuando disfrutaba de ti a nivel de sexta dimensión, es decir, en abstracto…era feliz. Pero el tenerte aquí, en tercera, viviendo, sintiendo y amando como un ser humano normal, no lo cambiaría por nada.
-Pero el Jesús abstracto de sexta dimensión al que tú te refieres, te daba más seguridad. Tenía poder, y por lo tanto te protegía.
-Eso ya no es importante para mí. Ahora no. Ya no necesito protección ni seguridad. Me siento segura a tu lado. Tú me infundes esa seguridad en mí misma que nunca he tenido. Me has hecho libre. Tú, como hombre, me has quitado las esposas que apresaban mis manos, mi corazón, mi cerebro. Contigo he volado alto. El Jesús de mis sueños se ha quedado ya muy pequeñito e insignificante a tu lado.
-¡Por fin lo has dicho, mi amor…y con tus propias palabras, sin necesidad de robarte esa mirada que lo dice todo, y sin que esos dos tomates te afloren en la cara! ¡Toma, mi amor… quería dártelo en otro momento más tranquilo y relajado, pero quiero que este momento, esta cena, sean los más hermosos de tu existencia!
-¿Y qué es?

Jesús se abrió la camisa y dejó al descubierto en su pecho un colgante. Era un pequeño corazón, del color del coral, con transparencias violetas.

-Lo hice yo mismo con una piedra muy hermosa que encontré aquí hace ya…dos mil años…Lo hice para una buena amiga, pero no tuve la ocasión de dárselo. Lo he tenido conmigo todo este tiempo, y le tengo mucho cariño. Pero ha llegado el momento de dárselo a la mujer que iba destinado. ¡Es para ti, mi Camaleón, con todo el amor de tu amigo de entonces, de ahora y de siempre!
-¿Hace dos mil años? ¿Estuve aquí hace dos mil años? Y dime… ¿por qué no hubo ocasión entonces de…de entregármelo?
-Porque no viniste a mi cena. Sin embargo, esta vez, lo has hecho.
-¿Y por qué no fui la otra vez? ¿Quien era yo entonces, Jesús?
-¿Te interesa mucho saberlo?
-¿Crees tu que el saberlo me ayudaría en este momento?
-No, no tiene nada que ver aquella situación con la de ahora.
-Entonces… ¿para qué? Solo me gustaría saber si…si entonces dí la talla.
-¿Quieres saber si respondiste a mi llamada?
-Más o menos.
-Sí que respondiste. Me amaste mucho…y ese amor ha perdurado en el tiempo. Eras una joven muy tímida, cosa que todavía eres, servicial, bondadosa, una inmejorable amiga, pero no tenías la misma convicción de ahora, la misma seguridad, aunque tenías mucho coraje y fuerza de voluntad.
-En buenas palabras, vamos…que hubo mucho sentimiento, pero que ayudé entonces a que todo fracasara, ¿no…? Ahora entiendo ese empeño tuyo en la seguridad, en la decisión, en la consciencia…y aun así, con la experiencia de entonces, te ha costado sudar conmigo hasta que me has hecho reaccionar. No quiero fallarte otra vez, Jesús. ¡No lo permitas, por favor! Si es necesario, rómpeme el corazón, machácame el alma o rómpeme la cabeza, pero no dejes que tropiece otra vez en la misma piedra.
-¡Nunca me has fallado, Raquel…porque siempre has amado! Ya hemos dado el primer paso. Has acudido a mi lado y compartes conmigo ahora aquella cena que quedó pendiente. No dejaré que te escapes, mi amor…no lo permitiré nunca.
-¿Y es seguro tu sistema para hacerlo?
-Jajaja…si…es muy seguro. ¡Tu corazón es mío…y mi corazón, es tuyo!
-¿Me permitís un momento?
-¿Qué María…? ¿Vienes a buscarnos ya?
-Sí, pero quiero hablar un momento contigo, hermano. Luego, será más difícil.
-Os dejo pues, para que habléis. Me voy con los demás.

Y Raquel se fue hacia el comedor-salón. Jesús, viendo a María algo intranquila, le cogió de la mano y la acercó hacia el asiento de piedra.

-Ven, María, siéntate…te veo cansada y pensativa… ¿sucede algo, hermana?
-¡Estoy muy preocupada!
-¿Por qué, María?
-¿Qué vais a hacer a partir de mañana?
-No lo he pensado todavía, pero creo que tengo que esperar un poco antes de ponernos en marcha. Hay algunos hermanos que todavía andan un poco indecisos.
-¿Y crees que esos hermanos, aunque les des tiempo, vendrán a ti?
-¡No lo se, María, no lo sé!
-¿Y mañana…cuando Raquel despierte y vea la casa vacía, con un hombre y un niño de cinco años a su cuidado? Es joven todavía, y no tiene mucha experiencia en estas cosas. Esta es una casa antigua, sin todas esas comodidades a las que está acostumbrada. No sabe lo que es cocinar con carbón o con leña. No sabe cómo ordeñar una vaca. Ni tan siquiera había visto viva a una gallina, salvo en la olla…y por poco le da un aire ayer cuando me vio preparar a una…casi me llama asesina. ¡No…no te rías Jesús…que esto es muy serio! Además está en un país extranjero, con una lengua distinta, costumbres ajenas a ella, y con una guerra encima. Creo que es demasiado para ella.
-María…Raquel no es tan joven como piensas. Es ya una mujer muy madura, y sabe lo que hace.
-Pero no tiene ninguna experiencia, y el llevar una casa es sumamente importante. La armonía y el equilibrio son imprescindibles, y sobre todo en una aventura como la que quieres llevar a cabo.
-María, yo no quiero que Raquel lleve una casa. Tiene algo mucho más importante que hacer conmigo. Se que al principio le costará mucho, pero yo estaré con ella. Además, María, todo esto, lo establecido, no va a servir para nada. Quiero empezar con ellos de nuevo. Todo va a ser distinto. No te preocupes, mujer… ¡Venga ya, María…no llores! ¿Por qué te angustias de esta manera?
-¿Jesús…estás seguro de lo que vas a hacer?
-¡Sí, María, claro que sí!
-¿Y eres consciente de lo que puedes perder?
-Mi mayor tragedia, hermana, sería el perder al hombre.
-En ningún momento he apoyado tu iniciativa, ¿lo sabes…verdad, hermano?
-Sí, lo se… ¿pero qué me quieres decir?
-¡Quiero quedarme contigo, Jesús! Yo no intervendría en esta misión, pues no la comparto, pero quiero quedarme. Alguien tiene que cuidar de vosotros.
-Pero María…arriesgarlo todo por algo en lo que no crees…
-No te preocupes por eso, Jesús, no importa. Yo así seré feliz.
-¡Pues claro que me preocupo…no voy a permitir que lo hagas!
-Dime, Jesús, con sinceridad… ¿no ha habido ningún momento en el que hayas pensado que todo lo que hacías era como un suicidio, que buscabas tu propia destrucción? ¿O es que siempre has albergado en tu corazón una esperanza?
-Muchas veces he dudado, María, pero solo eso…dudas.
-¿Y sin embargo sigues adelante…por qué…?
-Porque les quiero, porque les amo con todo mi ser, y voy a luchar hasta el final por recuperarles.
-¿Y si no lo consigues, hermano…si pasa lo de la otra vez? Esta vez no es lo mismo, Jesús…
-Si pierdo al hombre, María…si pierdo a los que son mis hermanos…tus hermanos…ya nada me importaría…prefiero someterme a él, que ser su juez.
-Bien… tú amas al hombre, y yo amo a un hombre, a ti. Quiero quedarme contigo… ¿por qué no me aceptas?
-María, lo sabes muy bien. Quiero que los que estén a mi lado, asimilen este plan como suyo propio. Yo puedo fallar, y de hecho, no siempre me acompañarán las fuerzas, y entonces tendré que apoyarme en ellos. El que esta vez venga conmigo, tiene que compartirlo todo. De lo contrario…fracasaría. Te conozco muy bien, María, y aquí te necesitaríamos mucho, pero te destruirías a ti misma. Echarías por la borda algo muy preciado por nada, porque tú no crees en este plan. Para ti este plan carece de valor y de significado, como para la mayor parte de los hermanos que están aquí contigo y que permanecen en la nave. No quiero que te quedes, hermana. ¡Hazlo por mí, por favor! Cuando vuelvas de nuevo a tu condición en la Luz, lo comprenderás. ¿Sabes muy bien lo que nos jugamos con todo esto, verdad? Al más mínimo fallo…todo fracasaría.
-Bien…volveré con los demás, y si de algo os sirve…estaré siempre con vosotros. Os apoyaré aunque solo sea con el corazón y con el pensamiento.
-Toda la ayuda será poca, hermana. Pero lo mejor que podéis hacer todos los que marcháis, es confiar en que todo saldrá bien. Si el Cielo ha tirado la toalla, por lo menos, cogerla de nuevo. Darnos una oportunidad.
-¡Yo te la daré, hermano…ya lo sabes!

En aquel momento Pedro, desde la puerta de la cocina gritó:

-Eh, muchachos…que ya está todo preparado. Os estamos esperando.
-¡Enseguida vamos, Pedro!

Ya estaban todos alrededor de la mesa. El silencio y el recogimiento reinaban en la sala. Jesús levantó sus manos sobre la mesa, cogió la mano derecha de Juan y la izquierda de Raquel, y en unos instantes se había formado una rueda de energía. Todos cogidos de las manos, oraban en silencio.
Raquel comenzó a sentir un calor asfixiante. Le ardían las manos, la cara, el corazón se le salía de su sitio. Era incapaz de concentrarse. Las manos le abrasaban, pero no se atrevía a romper el magnetismo y el recogimiento del momento. De repente dejó de sentir aquel calor. Para decirlo más exacto, dejó de sentir su cuerpo.
Poco a poco fue perdiendo la visión y se sentía flotar, como si alguien, cogiéndola de la mano, la transportara hacia un lugar, y finalmente se vio absorbida por un punto de luz. Cuando aquella rueda terminó, y todos abrieron sus ojos, vieron que Raquel se encontraba aparentemente dormida sobre la mesa. Pedro quiso despertarla, pero Jesús le sujetó la mano.

-¡Déjala, hermano, no está dormida…sencillamente…no está aquí ahora!

Jesús observó que Raquel no llevaba colgado al cuello su preciado regalo. Se lo había llevado con ella. El sí que sabía donde estaba en aquellos momentos, y una sonrisa iluminó su rostro.

-Hermanos…podemos empezar.

Un viaje sin retorno: CAPITULO 10.- LA DESPEDIDA


Había amanecido. Los tres amigos bajaban a casa. Seguía haciendo mucho frío para ser una madrugada de Julio. Por un lado, los campesinos y los pastores comenzaban con cierta pereza el largo día de labor que tenían por delante. Por otro, los pescadores, en sus pequeñas embarcaciones familiares, clasificaban el pescado cogido en la noche y se disponían a guardar las redes.

En algunos hogares, los fuegos estaban ya encendidos. Olía a pan recién hecho, a leche hervida y a madera quemada. Era una sensación no vivida anteriormente por Raquel. La ciudad no permite esta clase de lujos a la sensibilidad. Entraron en la casa, y cuando llegaron a la cocina, Jesús vio con alegría que sus queridos amigos, hermanos y compañeros Pedro, Santiago y Tomás ya habían llegado de su largo viaje. Se disponían a tomar el desayuno.

-¡Hombre…sois vosotros! ¡Ya era hora…!
-Santiago…Pedro…Tomás… ¡qué alegría de veros, amigos! ¿Cómo habéis tardado tanto tiempo esta vez?
-Problemas, maestro…problemas…quisiéramos hablar contigo muy en serio. Por eso hemos venido un día antes de nuestra marcha, para hablar y cambiar impresiones.
-¿Cuándo os vais por fin?
-Mañana…de madrugada.
-Bien, supongo que habréis dejado algo de desayuno para tres pobres helados de frío y hambrientos.
-María nos ha puesto todo en la mesa…pero no habíamos empezado todavía. ¿Qué tal se ha portado Juan, maestro?
-Como siempre, Pedro…jajaja…como siempre. ¡Nunca dejará de ser un niño travieso!
-Maestro… ¿podemos hablar con tranquilidad?
-¿Y por qué no, Pedro?
-Maestro…si nos presentaras… ¿Quién es esa bella jovencita con cara de sueño que os acompaña?
-Soy parte de la nueva remesa… ¡Huy…perdón…!

Juan y Jesús soltaron una carcajada, a lo que los recién llegados, sin entender nada, contestaron con una leve sonrisa.


-Disculparme, amigos, es que vosotros no la conocéis, bueno…si…pero ahora es largo de contar. Es Raquel, y como muy bien dice, es parte de la nueva remesa…porque ella lo ha decidido así.
-¿Pero de qué remesa hablas, maestro?
-Ella, y espero que otros amigos más, van a compartir conmigo esta locura que vosotros no acabáis de entender y compartir.

Pedro estaba serio. No quiso seguir haciendo comentarios. Invitó a Jesús, a Juan y a Raquel a que se sentaran en la mesa. Pedro no quitaba la mirada de la muchacha. Esta, nerviosa, y un poco tímida ante el nuevo evento, salió con su forma de ser tan original, rompiendo así el tenso silencio.

-Pedro… ¿por qué tienes tan mala cara? Te llegan las ojeras hasta la barba.

Pedro, sorprendido por la pregunta inesperada de Raquel, levantó la cabeza del plato y le miró con gesto poco amistoso.

-Muchacha… ¿es que un hombre no tiene derecho a levantarse por la mañana de la cama con la única cara que tiene?
-Perdona…si te he molestado…pero es que esas ojeras… Bueno, creo que estaré mejor calladita y comiendo.
-Muchacha…es que he tenido pesadillas.
-¿De qué tipo?
-¿Es que no tienes hambre, muchacha?
-Yo lo decía porque…podría darte unos calmantes para que pudieses estar más relajado. Me eché algunos en la mochila…pero…creo que seguiré comiendo la tostada…incluso…me la termino en la cocina con María.
-¡Raquel…quédate aquí, por favor, y termina de desayunar!
-Aquí ahora soy un poco incomoda, Jesús. Creo que Pedro quiere hablar contigo sin extraños delante, y lo comprendo… ¡que aproveche a todos, amigos!

Raquel cogió su plato con la tostada y su cuenco de café, y salió hacia la cocina, pero María estaba fuera, en el huerto.

-Pedro, creo que te has portado mal con Raquel…intentaba romper el hielo contigo.
-Lo siento, maestro, ya me disculparé con ella, pero estoy nervioso, furioso, decepcionado y muy preocupado.
-¿Preocupado por qué, Pedro?
-¡Por ti, maestro!

Pedro se encontraba sentado frente a Jesús. Su rostro apoyado sobre el brazo de la silla y vuelto hacia la pared, estaba lleno de lágrimas. Jesús, dándose cuenta del estado de ánimo de su querido amigo, se levantó y se dirigió hacia él.

-¿Pero por qué esa tristeza en tu alma, Pedro?
-Maestro…no quiero irme de tu lado. Quiero estar contigo.
-Sabéis perfectamente que no puede ser. Vuestro trabajo ya ha terminado y debéis partir.
-Si al menos hubiese servido de algo, maestro… todo este tiempo no ha servido de nada. El hombre ha llegado a la ceguera total. No oye, ni ve, ni escucha, ni ama. Hemos vivido todos nosotros entre ellos, hemos sufrido con sus problemas, con sus carencias. Hemos intentado llevarles otra vez el mensaje de Amor, les hemos hablado de ti…maestro…y…
…y ellos…Pedro…ya no quieren saber nada de mí, ¿no es eso lo que tanto de duele y que me querías decir? Están cansados, amigo mío, cansados de oír hablar del amor cuando todo lo que les rodea es belicoso, ruin y materialista.
-¿Y a pesar de todo, maestro, quieres seguir con tu plan?
-¡Ahora más que nunca, Pedro, me necesitan!
-¿Qué te necesitan…? Te van a destrozar, no te van a dar oportunidad ni de mover un solo dedo. Son lobos sedientos de sangre y de destrucción. Ya no me reconozco en ellos… ¿Dónde está ese espíritu que con tanto amor hemos intentado alimentar?
-En el corazón de muchos hombres y mujeres, Pedro. Hay mucho amor todavía en esta generación, y yo he vuelto para recuperarlo y hacerlo indestructible.
-Recuperarlo… ¿Y a costa de qué?

Jesús no respondió a la pregunta de Pedro. Se levantó y se dirigió de nuevo a su silla. Bebió un poco de vino y comió del pan, acto que imitaron los demás.

-Hermanos, disfrutemos de estas horas que pasaremos juntos, y dejemos el tiempo pasado atrás. Pongamos toda nuestra esperanza, fuerza e ilusión en esta nueva generación…

No había terminado de hablar, cuando Raquel hizo acto de presencia con una caja pequeña en la mano y mucha fatiga.

-Toma, Pedro, son dos pastillas, tranquilizantes que te ayudarán a relajarte y a dormir bien. Tómate una ahora y la otra antes de acostarte a la noche.
-Gracias, muchacha, por tu interés. Pero creo que la que necesita ahora dormir y descansar bien…eres tu. Te veo muy nerviosa y agotada.

Jesús se adelantó y le tomó el pulso. Estaba muy acelerado y tenía mucha dificultad al respirar.

-Raquel, ¡ahora mismo te vas a meter en la cama…! ¿De acuerdo? Ahora subo yo a echarte un vistazo… ¡venga…a la cama sin demora!
-Sí, creo que me hace mucha falta dormir. Iré a despedirme de María.
-Que descanses, Raquel.
-¡Gracias! Me alegra mucho el haber podido conoceros. Hasta luego…


-Maestro… ¿y esta es la nueva remesa que se supone te va a apoyar?
-Pedro…piensa un momento…Tu la has tratado ásperamente y con muy poca sensibilidad, y ella, sin embargo, a pesar de su malestar, se ha preocupado por ti, y te ha traído unos calmantes para que duermas bien. ¿Cómo lo llamarías a eso? ¡Te ha dado una lección de amor, Pedro, a ti…! Reconozco que están todavía muy inmaduros. Son ingenuos y no tienen ninguna experiencia, pero sí lo más importante: amor en sus corazones y en sus mentes. Lo demás…tiene fácil solución. Aprenderán enseguida.

Mientras,  Raquel se dirigía hacia el pequeño huerto adosado a la cocina. María se encontraba encorvada removiendo la tierra.

-María, me voy a la habitación a descansar un poco. Estoy agotada.
-Muy bien, Raquel. Te sentará bien. Te despertaré para la cena. Partimos mañana y queremos despedirnos de Jesús con una bonita cena. ¿Me ayudarás a prepararla?
-Claro que sí. Soy buena cocinera. Despiértame luego si yo no lo he hecho antes.
-Así lo haré, Raquel. Vete tranquila.
-María…
-Si…
-¿Tu también quieres mucho a Jesús, verdad…? ¿Estuviste enamorada de él entonces?
-¿Te refieres a dos mil años atrás?
-Sí, Jesús me habló sobre tu identidad entonces.
-Sí…lo estuve…y mucho…como tú lo estás ahora.
-Ahora siento lo mismo por él que lo que sentí yo entonces….no se qué es enamorarse…pero siento que mi sentimiento hacia él, es mucho más sublime, más profundo…creo que el enamoramiento es como una cerilla…que cuando se agota…ya no hay fuego. Sin embargo el amor es como un volcán…que aunque esté apagado…está incandescente por dentro…y nunca se apaga…
-Estas enamorada…muy enamorada, Raquel, además de amarle. Y eso, una mujer…lo sabe.
-Eso mismo me dijo Juan…pero yo no se lo que se siente cuando una está enamorada. Lo que me inspira Jesús es una inmensa ternura, cariño, un profundo amor que me quema por dentro. La sangre hierve en mis venas y mi corazón quiere estallar. Siento una terrible necesidad de abrazarle, de sentir su corazón, de sentirle a él…eso es lo que siento por él.
-Es exactamente lo que sentí yo también entonces, Raquel… Ahora entre Jesús y tú hay una misma vibración afectiva y os tenéis el uno al otro a través del espíritu. Es tan intensa vuestra relación espiritual, que el físico no necesita hacer de puente para esa comunicación. Esto mismo sucede en otros niveles evolutivos. Cuando dos seres de distinto sexo se compenetran y complementan espiritualmente, no necesitan del contacto físico si no es para crear vida. Lo que detecto en ti, Raquel, es que tienes cierto miedo al acercamiento físico, a lo que comúnmente se le llama sexo. Y el sexo, hermana, es algo maravilloso, y sagrado. El hombre es el que ha hecho de él, con su mente y sus actos, algo repulsivo, sucio y denigrante. Pero dime, Raquel… ¿qué es lo que verdaderamente te preocupa?
-María…yo se de mis sentimientos, pero qué siente Jesús…no lo sé. Y eso me coarta mucho. Me da mucho apuro sacar a flote mis sentimientos, pues no se cómo va a reaccionar. Para mí, hasta hace poco, Jesús era un príncipe azul, pero sagrado. Y ahora lo tengo aquí. Un hombre de pies a cabeza, de tercera dimensión y por supuesto, creo yo, con instintos y tendencias puramente humanas.
-Y como hombre…has tenido el tiempo suficiente para conocerle un poco. ¿Qué piensas de él? ¿Has notado en él en algún momento esa reacción a la que tanto temes?
-No, en ningún momento.
-Raquel…lo que te he dicho…Jesús ahora es un ser humano, pero sus vibraciones espirituales y humanas van acordes con su capacidad de amor. El no necesita del contacto sexual para sentir, compenetrar y disfrutar de la persona amada. Es suficiente con el contacto emocional y espiritual. Tú vibras con él a un mismo nivel. Pero cambiando de tema… ¿Jesús te ha contado todo, incluso lo que piensa hacer?
-Sí, todo.
-¿Es lo que ahora más te preocupa, verdad?
-Tengo miedo María, miedo a no comprenderle, a no ser el apoyo que tanto necesita.
-¿Somos un poco extraños para ti, no es así Raquel?
-Pues si…un poco…Durante mucho tiempo habéis estado vivos en mi corazón y en mi mente, y también en mis sueños. Pero ahora…el sentiros tan reales, el veros, el hablar con vosotros…es tan real…que me da miedo. Todo ese mundo que tenía en mi despensa mental que me enriquecía y me daba fuerza, se ha desmoronado. Jesús es real…y debería ser la mujer más feliz de este planeta…pero tengo miedo.
-Te comprendo, Raquel, pero la verdad es que ya no queda tiempo de seguir soñando. ¡Ya no hay tiempo!
-¿Tan mal están las cosas, María?
-Todo el mundo está en guerra. Algunos países de Europa ya han hecho uso de armas nucleares contra sus hermanos, aunque sus efectos todavía no son visibles. Africa se está deshaciendo por las continuas guerras raciales, y muere de hambre y de sed. Asia se ha convertido en un foco mortal de epidemias y enfermedades. Y aquí, en Oriente, ya lo estás viendo. La maldita guerra entre dos pueblos hermanos. Muerte, destrucción, miseria, hambre…todos los días lo puedes ver en las calles. ¿Qué más quieres que ocurra, Raquel?
-Yo solo siento que en estos momentos el Cielo está siendo injusto.
-Pero Raquel… ¿hablas de injusticia divina cuando el único responsable de todo es el hombre?
-Admito que tengamos parte de culpa, pero nosotros no empezamos todo esto. El Cielo está siendo injusto, y lo digo bien clarito.
-¿Pero injusto por qué?
-¿Qué pasa con nosotros, María? Sí… con nosotros, los jóvenes. No tenemos culpa de nada, porque para nada de lo que está ocurriendo aquí abajo y allá arriba se nos ha pedido voto ni opinión. ¿Quienes son los que están en los altos cargos de la política, de la sociedad, de la iglesia, de las finanzas…? Viejos, viejos y más viejos…Gente de otras generaciones. Hombres podridos de años y de avaricia. ¿Qué pasa entonces con nosotros? No nos permiten hacer nada, y para colmo, nos drogan, nos lavan el cerebro y nos llevan a la desesperación. Nos están destruyendo nuestra casa, nos contaminan el aire que respiramos y destruyen todos los ideales que podrían salvarnos. Estamos malditos y olvidados del Cielo, María.
-¿Y qué pasa con Jesús? ¿Acaso ya lo habéis olvidado? ¿No es un ideal lo bastante fuerte y atractivo para vosotros? El vivió, luchó y dio la cara hasta las últimas consecuencias por darle al hombre una oportunidad, una esperanza, un camino que andar, una forma y un estilo de vida por la que vivir y luchar, pero estáis dormidos y no hacéis nada para salir de ese cómodo letargo y tomar vuestros puestos y responsabilidad en el presente.
-Ahí te doy toda la razón, María, pero la juventud sola no conseguirá nada. Sin armas, sin herramientas…no podemos hacer nada.
-¿Quién ha dicho que esto se soluciona con armas…? Este no ha sido nunca, ni es, ni será el método para conseguirlo. Esto se hace con amor, con entrega, con esfuerzo, desinterés, sacrificio…
-Yo no me refería a las armas de verdad…sino a herramientas…a oportunidades. Pero también es verdad, María que el tiempo de los románticos pasó ya hace mucho tiempo. Ahora la única ley que impera y que rige los destinos del hombre, es la ley del más fuerte.
-¿Pero la ley del más fuerte…en qué?
-¡En poder, María, en poder!
-Entonces…si esta es vuestra realidad…no entiendo cómo Jesús ha vuelto otra vez… ¿para qué…?
-¿No te das cuenta, María, de que si ahora los jóvenes saliéramos al mundo hablando del amor, de la paz, de compartir entre los pueblos, de la justicia, de Dios…nos machacarían a todos? Un joven gritando a favor del amor, no tiene nada que hacer frente a una pistola preparada para matar en su sien, si el Cielo no le ayuda.
-Entonces…si esta es vuestra realidad…repito que no se por qué Jesús ha vuelto de nuevo. Ni siquiera vosotros le vais a comprender, y mucho menos a compartir su plan de amor. Jesús no tiene nada que ver con ese tipo de poder. Solo es un hombre, no es un dios. Su única fuerza y poder es el amor, el inmenso amor que tiene al hombre. Me temo que se va a sentir más desamparado y terriblemente solo que la otra vez. Y lo peor de todo es que sus hermanos vemos el fracaso y queremos convencerle, pero confía ciegamente en vosotros. Queremos evitarle ese sufrimiento, pero él no quiere escucharnos. Tú misma lo has dicho: contra ese poder, el Amor no tiene nada que hacer. Si tú sabes que Jesús va a fracasar, ¿por qué no se lo haces ver tú?
-Pero es que le necesitamos, María, necesitamos al amigo, al compañero, luchando a nuestro lado, como uno más, compartiéndolo todo, y no a un dios juzgador. Sólo él es capaz de despertar nuestros corazones y de devolver a nuestros ojos la luz. ¡Le necesitamos, es el único que puede ayudarnos!
-Claro que sí. El puede ayudaros, para eso ha venido…pero vosotros… ¿ya seréis capaces de ayudarle a él cuando más os necesite? ¿O haréis como nosotros entonces…? No queremos que la historia se repita. Esta vez Jesús se juega todo, absolutamente todo. Es nuestro hermano…y le amamos.
-Pues no se nota mucho ese amor por él. ¡Vais a marcharos! ¿Por qué no os quedáis con él? Entre todos podríamos conseguirlo.
-¡No podemos hacerlo, Raquel! ¡No nos está permitido!
-¿Ah no…? ¿Acaso la Ley que rige el universo no es la ley del Amor? ¿Qué diferencia hay entre vosotros y él? El ha tenido que elegir, y ha elegido el único camino para no entorpecer ese orden cósmico del que tanto habláis… ¿por qué no hacéis vosotros lo mismo? ¿Por qué no os arriesgáis como él? Cuando hay verdadero amor…no hay nada medible. ¡O se entrega uno mismo o no se entrega!
-Raquel, hablas así porque no eres consciente de lo que te estás jugando.
-¿Qué me puedo jugar? ¿Mi evolución? ¿Quizás la segunda muerte, que está tan en moda hablar de ella ahora? ¿El formar parte de la nada? ¿Es eso lo que puede pasarle a él también? ¿Ese es el dios-amor vuestro? ¡Pues no quiero saber nada de él! ¿De qué sirve la evolución si al final de cada escaño no pudiera verle a él? ¡Prefiero hundirme con él, que seguir sin él!
-Entonces…si piensas así… ¿por qué tienes miedo, Raquel?
-¡No lo se…no lo sé…no lo se!

Raquel estaba tan fuera de sí misma, tan nerviosa y tan abstraída por la conversación con María, que no se percató de que Jesús, Pedro y Santiago, que salían del comedor-salón, la habían estado escuchando durante toda la conversación. Pedro se sintió entristecido por algo que Raquel había comentado respecto a los amigos. La  muchacha, al verles, se derrumbó, y hecha un manojo de nervios intentó una fortuita huída. Jesús se adelantó, y sujetándola por el brazo, la retuvo.

-¿Pero por qué me miráis todos así? ¡Déjame ir, Jesús!
-Raquel…querida mía, ¿a dónde vas a ir…al refugio otra vez? ¿De qué huyes ahora?
-¡Estoy confusa, Jesús!
-Mas bien estás hecha un manojo de nervios y agotada. Intenta relajarte un poco, mujer. Lo que te pasa es que llevas cuarenta y ocho horas sin parar de darle a tu cabecita, y estás agotada. Además, tienes fiebre. Vamos, ven conmigo. Subimos a la habitación y descansas que falta te hace, y verás como a la noche estás mucho mejor.
-Jesús… ¿has estado escuchando todo?
-A la fuerza, Raquel…más que hablar…gritabas.
-¿Pero toda la conversación?
-Creo que lo primero que he escuchado ha sido cuando le decías a María que te ibas a dormir un poco y que le ibas a ayudar en la cena.
-Entonces…lo has oído todo…
-¿Te perturba el que lo haya hecho?
-Pues si…pero a la vez…me tranquiliza…pero me da…mucha vergüenza…
-Raquel…ya hablaremos los dos sobre esto. Ahora sube a dormir. Quiero que esta noche estés recuperada y preciosa. Será una cena muy especial y me gustaría mucho que participaras de ella.
-Sí, Jesús, intentaré dormir un poco.
-¡Que descanses, pitufa!

Tras la mirada picarona y llena de ternura de Jesús, Raquel subió a su habitación. A los pocos minutos, María subía las escaleras con un tazón de leche caliente para ella para que le ayudara a descansar. En el salón, Pedro, Juan, Santiago y Tomás esperaban un poco preocupados y con caras serias. Jesús no tardó en volver a entrar en el salón.

-Jesús, ¿qué le ocurre a Raquel?
-Era de esperar, Juan. Todo ser humano tiene un límite, y Raquel ha llegado a él. Ahora tiene que sobrepasarlo. Un poco antes de lo que yo esperaba, lo confieso.
-¿Pero por qué se ha puesto así? Habrá sido a causa de la fiebre y del cansancio.
-Detrás de esa máscara ingenua, alegre, optimista, idealista, romántica…esa mujer vive su propio drama, la de todo ser humano. Y más aún cuando ha sido abordada por sucesos y experiencias demasiado fuertes y seguidos para su capacidad mental…aunque su corazón puede con todo. La reacción es más brusca y cruel, pero se le pasará. Esta transformación será muy dura y dolorosa, pero es necesaria, muy necesaria, hermano. Tiene un gran tesoro encerrado y celosamente guardado en su corazón, y si es necesario…se lo romperé, pero tiene que sacarlo.
-¡Eres duro, hermano…Raquel es joven todavía!
-Exactamente tiene la misma edad que tu cuando nos encontramos por primera vez. Sois como dos gotas de agua. Acuérdate Juan…te costó llorar sangre y sufrir para llegar a comprenderme, no a mí, sino el mensaje que yo encarnaba, lo que yo quería hacer llegar a vuestros corazones. Fuiste tu el que más sufriste, pero también el que más me amó, el que fue capaz de acompañarme en los momentos más amargos de mi misión. La Luz Crística se disipó, sin embargo la fuerza de tu corazón, tu coraje, tu corazón joven y tu gran capacidad para amar, ha llegado hasta estos días, y ellos son tu relevo, y la historia se repite. A mí se me rompía el corazón cuando te veía o te sentía medio escondido y acurrucado entre la maleza del bosque, llorando y rabiando por tu incapacidad para comprenderme, pero estaba seguro de que lo conseguirías. Había un lazo de amor y de cariño muy fuerte entre los dos, y eso te ayudó. Ahora es el turno de Raquel. Juan, yo la quiero con toda mi alma, y aunque se me parta el corazón, tiene que aprender sola. En este trance, no puedo ayudarla, y mucho menos cuando la causa de su pesar…soy yo.
-Jesús…ha habido algo que Raquel le comentaba antes a María, que me ha llegado al corazón, y que me ha hecho sentir mal, y es porque tiene mucha razón. Si nosotros queremos quedarnos contigo…nada ni nadie nos lo impide. Solo que como tú y ellos, tendríamos que elegir y decidir.
-Juan… ¿esto lo estas pensando…o ya lo tienes decidido?
-Ya veo que me conoces muy bien…jajaja.
-Sí…te conozco, hermano…y ahora te tengo duplicado. El otro doble está durmiendo ahora.
-Lo he decidido, hermano. Me iré con los demás mañana a primera hora, pero no del todo.
-Juan… ¿qué piensas hacer?
-Por ahora me desprenderé de mi espíritu y viviré durante un tiempo en ese niño que viene tan a menudo por aquí. Si veo que las cosas no van del todo bien, regresaré definitivamente a tu lado.
-Juan, no puedes hacerlo, y mucho menos intervenir en un ser humano. Lo sabes.
-No voy a intervenir en el niño. Voy a estar calladito. Sólo que él oirá y verá por mí. Si veo que no me necesitas, me iré definitivamente.
-Juan…te conozco…si no te vas ahora…no te irás nunca.
-¿Y si es así…que a lo mejor lo es…qué pasaría que no supiéramos todos ya? ¿Acaso no te atreves a cargar conmigo toda la eternidad…jajaja? Soy un chico estupendo…Está bien…hermano…es cierto…he decidido quedarme definitivamente, pero no quiero estar presente por ahora. Ellos tienen que intentarlo, y lo van a conseguir. Yo apareceré cuando más me necesiten. Quiero que también ellos tengan la oportunidad que yo tuve.
-Juan…lo estaba esperando de ti.
-Lo que me apena…es que si no hubiese sido por el comentario de Raquel, no habría caído en la cuenta de que tú nos necesitabas.
-Juan, pero te conozco…ahora no intentes  convencer a tu manera a tus hermanos. Ya sabes que los sentimientos quedaron aquí, en este planeta de tercera dimensión. Ahora todos nosotros nos regimos por otra Ley, la Ley del Amor, y ello conlleva la libertad de poder elegir cada cual su propio destino y evolución.
-Vosotros, hermanos, sois libres de hacer lo que creáis oportuno. Yo me considero todavía un ser humano, y aunque los sentimientos sean de tercera dimensión, no quiero renunciar a ellos jamás. El ser humano es maravilloso. Y me empezaba a sentir incómodo sin ellos. Quiero volver a sentir, sufrir, amar, abrazar a un amigo…lo echaba de menos, y Raquel tiene razón. Sí es buena la evolución, pero si tú no has de poder estar en cada escalón, con nosotros, prefiero quedarme como estoy ahora, contigo, hermano.

Jesús y Juan se habían quedado solos. Los demás, viendo que la conversación era personal, se fueron del salón. Se sentaron en el primer escalón de la escalera y siguieron conversando. De repente, María, bajando alterada las escaleras, pedía ayuda.

-¡Juan, Jesús…venid enseguida!
-¿Qué ocurre, María, que pasa?
-Raquel…es Raquel. Le di el calmante con un poco de leche, y perdió el conocimiento. No respira.

Tanto Jesús como Juan subieron en dos zancadas las escaleras. Se precipitaron en la habitación y vieron que el cuerpo de la muchacha se hallaba aparentemente sin vida. Sus ojos estaban abiertos, pero no reaccionaba. Su respiración era casi nula.

-Vamos, Juan…abre las ventanas y quítale la camisa, rápido. Hay que activarle el corazón como sea. No respira. ¡Respiración boca a boca, ya!

Los dos hombres lucharon desesperadamente para hacerla reaccionar, pero la muchacha seguía inmóvil.

-Hermano, la vamos a perder… ¡hay que hacer algo, Jesús!
-¡Juan, Juan…como echo ahora de menos mi fuerza…mi…me la están arrebatando, Juan, y no puedo hacer nada para evitarlo…! Y Jesús se echó a llorar sobre Raquel.
-Escucha, hermano, ella todavía está aquí, en este cuerpo. Yo, mientras sigo con los ejercicios de respiración, háblale tu con el alma, con tu espíritu, con todo el amor que sientes por ella… ¡Puedes ganar, hermano…vas a ganar…! ¡Hazlo!

Jesús cogió las manos de Raquel, y las llevó a la altura de su corazón. Luego puso su mano derecha sobre su frente, cerró los ojos y comenzó un movimiento de energías. Sus labios susurraban, y en sus ojos temblorosos, asomaban las lágrimas. Por fin, tras un breve tiempo, Jesús mandó parar a Juan, y poniéndose de pié, con las manos en alto, invocó al Amor.

-¡En el nombre del Amor que siento por ti, Raquel…vuelve…vuelve a nosotros. Te amamos y te necesitamos, hermana. Lucha…lucha fuerte, querida mía, y vuelve de nuevo a mí…no me dejes ahora, Raquel…por favor…vuelve…!
-Hermano…ahora no te derrumbes tú, por favor. ¡Confía en ella…volverá…es igual que yo, hermano…jejeje!
-¿Cuanto tiempo lleva ya sin respirar, Juan?
-¡Cinco minutos!

En aquel momento, Raquel comenzó a mover los labios y a parpadear, pero no podía moverse. Estaba totalmente paralizada. Poco a poco comenzó a sentir de nuevo su cuerpo, a recuperar el habla y el ritmo cardíaco. Su cuerpo comenzó a calentarse. Jesús se sentó a su lado, mientras Juan atenuaba la fuerte luz que ya entraba del exterior. Poco a poco ella se fue incorporando en la cama y abrazó intensamente a su querido amigo.

-Raquel…estoy aquí contigo…tranquila…Todo saldrá bien. Eres fuerte, y lo vas a conseguir.
-He pasado mucho miedo, Jesús…mucho miedo…Me querían llevar por un túnel mientras tu caías y caías a un vacío, y ellos me sujetaban, y entonces grité, y pedí ayuda a…al Padre…es la primera vez que le pido ayuda al Padre…y él me dio una fuerza tremenda en mis brazos y así pude deshacerme de ellos, y me dejé caer en el vacío, contigo. Me ví caer…y caer…y caer…hasta que llego hasta ti…y tu me coges de la mano.
-¿Le pediste ayuda al Padre…eh?
-Como veo hermana que ya estás bien…yo me voy abajo. Aquí te dejo en las mejores manos… Jesús…cuídamela…que es mi otro doble…jejeje.

Y Juan salió de la habitación con dirección al comedor.

-¡Qué susto me has dado, Raquel…creí que iba a perderte!
-¿Por qué me está pasando todo esto?
-Están saliendo al exterior todos tus temores, miedos, dudas. Estás luchando contra ti misma, Raquel.
-¡Contra mí misma…! ¿Pero por qué? No lo entiendo.
-El te está trabajando, y muy bien por cierto…
-¿El…te refieres a…Lucifer?
-No te olvides, Raquel, de que él está reclamando lo que le pertenece. Yo estoy luchando por ti, en la parte del Amor, y esas dos parte de ti, están luchando a muerte entre sí. Raquel, no quiero que sigas destruyéndote de esta forma. Te amo… ¿sabes pitufa?, y no quiero perderte. Si no puedes seguir adelante con esto, no importa. Tú eres mi amiga del alma y siempre estarás en mi corazón, pero no quiero que el amor que sientes por mí te lleve a hacer algo para lo que no estás preparada.
-¿Me estás echando de tu lado, Jesús?
-No, Raquel, claro que no. Pero no quiero que sufras por mí y que te autodestruyas. No quiero.
-¿Es que además de luchar contra él, tengo que hacerlo también contigo…? Fuera de mi vista, cornudo, tú no eres Jesús, tú no has conseguido atraparme antes, y quieres intentarlo ahora, desorientándome y confundiéndome, pero no lo vas a conseguir…¡¡fuera de aquí!!
-¿Pero Raquel, qué estás diciendo?
-¿Es que no te das cuenta de que él está hablando por ti? Te está utilizando para apartarme de ti.
-Pero Raquel…no…él no tiene nada que ver con esto. ¿Es acaso extraño el que como hombre y ser humano tenga miedo por ti? Me importas mucho, Raquel, y no quiero ser la causa de tu angustia. ¿Es que no puedes comprender eso? Yo también tengo miedo. Intenta comprender mi reacción.
-También tú echaste de tu lado una vez a Pedro llamándolo Satanás, ¿no te acuerdas? El también te quería y si intentaba apartarte de aquel tortuoso camino era porque le importabas mucho.
-Raquel, el que yo fuera en aquella ocasión un insensible hacia el amor que me prodigaba Pedro, no supone el que tú ahora me respondas con la misma moneda.
-¡No, no es eso, Jesús!
-Raquel, solo te pido que seas sincera contigo misma. No te quedes a mi lado solo porque me amas. Eso ya lo se, de sobra que lo sé. Si me quieres de verdad, Raquel, piénsalo bien. No solo voy a necesitar de ti cariño y amor, sino tu fuerza, voluntad, convicción, compenetración… Va a ser una lucha a muerte con fuerzas que desconocéis, y para salir de esto tendréis que estar al menos seguros de lo que estáis haciendo. Piénsalo, Raquel, y reflexiónalo, por favor. Se sincera conmigo y dime la verdad, tu verdad, pero una vez contrastada.
-Jesús, tu siempre que me miras a los ojos sabes de mis más íntimos pensamientos. Lees en mi corazón y yo acepto porque no tengo secretos para ti. ¿Por qué no lo haces ahora? ¿Por qué últimamente esquivas mi mirada?
-Raquel, yo también tengo miedo. Y en estos momentos no me atrevo a ver lo que hay dentro de tu cabeza. Además, sabes que no me gusta hacerlo. Siento un profundo respeto por la persona, y no soy quien para introducirme en tu intimidad.
-¡Siempre has estado en ella, Jesús!
-Raquel, por favor, intenta desprenderte del Jesús de tus sueños. Yo ahora soy real. Bájame del altar en el que me tienes y me adoras, porque ahora, tal y como yo soy y siento, no daría la talla. Es difícil, pero tienes que hacerlo. Si quieres hacerme partícipe de tus pensamientos y de tus sentimientos, dímelos. Me gusta más oírte hablar a ti, que escudriñar en tu cabezota.
-¿Pero si alguna vez te pido que lo hagas…lo harías?
-No hace falta esforzarse mucho para hacerlo contigo, pitufa. Tus ojos hablan continuamente.
-Te prometo Jesús, que seré contigo y conmigo misma, lo más honesta posible. No quiero perjudicarte. Aunque si decidiera marcharme, no sé cómo podría vivir pensando que tu estás aquí y yo allí.
-El día que cogieras el avión de regreso, dejarías aquí todas tus vivencias y experiencias vividas. No recodarías nada, siempre y cuando no quisieras recordar. Lo mismo sucederá con los demás. Tú podrás seguir teniéndome como siempre en tu corazón, en tu pensamiento, en tus ilusiones. Seguirías oyéndome al otro lado del teléfono. Todo seguiría igual. Tú seguirías con tu propia evolución, y este alto en el camino, desaparecería para siempre. Piensa bien en todo lo que te he dicho, Raquel. Una forma de ayudarme a mí y a ti misma, es ésta.
-Lo voy a hacer, Jesús…Puedes estar seguro de que lo haré.
Ahora intenta descansar un poco. A la noche nos veremos. Ahora a dormir.
-Jesús…
-Dime, Raquel
-¿No me deseas felices sueños?
-¿Vas a dejarme que te de un beso sin ruborizarte?
-¡Siiiii! Siempre besas en los labios y en los ojos…¿por qué?
-Son puntos de fuerza, donde los dos espíritus se encuentran, se acarician, y se hacen UNO.
-Ya puedes irte tranquilo, Jesús. Estoy más serena e intentaré dormir. Pensaré en lo que hemos hablado, y si veo que no voy a poder responder como se me pide, y no voy a ser un fuerte apoyo para ti, me retiraré, aunque se me parta el corazón y me sangre el alma. ¡Te lo aseguro! Decida lo que decida, puedes estar seguro de lo haré conscientemente. Te amo, y no quiero fallarte ya en el primer paso.
-Pero ahora no pienses…Duerme, te hace mucha falta. ¡Hasta luego, pitufa!


Ya había anochecido. Eran las siete de la tarde y la casa estaba silenciosa. Había un fuerte olor a asado. María andaba atareada por la cocina. Los preparativos para la cena estaban ya a punto de terminar.
En el pequeño huerto de la casa, apoyado en un arbusto, se encontraba Jesús hablando con un pequeño de unos cinco años. Su conversación era muy animada, y el muchachito, con su forma de hablar tan peculiar, hacía reír a Jesús.

-¿Te ha gustado el chiste, Jesús…a que sí…?
-¿Dónde lo has aprendido, si se puede saber?
-Es un secreto.
-¿Y no lo quieres compartir conmigo?
-Me gustaría, pero…es un secreto de un amiguete del cole. Yo tampoco le cuento a él nuestro secreto, porque tú también eres mi amigo.
-Muy bien Tico, me siento orgulloso de ti. Me has dado una buena lección de fidelidad.
-¿Qué es eso de filelidad?
-Se dice fidelidad, Tico, pero es algo que aprenderás con el tiempo. Eres muy pequeño todavía para entenderlo, aunque sin saberlo…ya lo estás siendo.
-¿Ser el qué?
-¡Fiel!
-Yo ya soy mayor. Tengo cinco años y mi abuela me dice que ya soy un hombrecito.
-¡Tico, no quieras crecer tan deprisa…lo bueno, requiere su tiempo!
-¡Claro que quiero, porque si no me hago grande, no podré ir contigo!
-Te prometo que vendrás conmigo, pero me tienes que dar tu palabra de hombrecito de que irás a la escuela todos los días y no harás enfadar a la abuela. Tienes que cuidarla y mimarla mucho. Está malita, ya lo sabes.
-Pero no quiero ir a la escuela…Los chicos y el maestro me dicen que mi mamá fue mala porque los hombres jugaban mucho con ella, y eso no es verdad. Mamá era muy buena. Y por eso yo me enfado y les pego puñetazos, y el profe me castiga.
-Ellos si que tienen la maldad en su corazón, mi pequeño…y no tu madre. Ella está con mi padre, en el Cielo. Yo la he visto. Te doy mi palabra.
-Jesús, cuando mi abuela se vaya al cielo con mi mamá y con tu papá… ¿me dejarás venir a tu casa a vivir?
-¡Claro que sí, Tico! ¡Esta es tu casa, mi pequeño!
-¡Te quiero mucho, Jesús, eres mi mejor amigo!
-¿De verdad?
-De verdad, de la buena.
-Pues demuéstramelo yendo disparado a la cama. No son horas ya para que un muchachito como tu esté dando tumbos en pijama por toda la casa.
-Oye…¿Quién es esa chica que está ahí escondida mirándonos?
-¿Qué chica?
-Está allí… ¿no la ves? Pero no te acerques…puede ser una espía peligrosa…
-¿Qué te parece si la obligamos a salir?
-¡Sí, yo lo haré, pero no se quien es ni como se llama!
-Se llama Raquel, y tiene muy malas pulgas, sobre todo ahora que se acaba de levantar de la cama. ¡Andate con cuidado!
-¡Eh…tu…la chica, Raquel…se que estás ahí…sal con las manos en alto!
-¡No, no quiero salir! Estoy muy bien aquí.
-Jesús…que no se rinde… ¿Qué hacemos?
-Dile con voz alta lo que le puede pasar si no lo hace.
-¡Si no sales ahora mismo…te haremos cosquillas en los pies y te mojaremos con la manguera!
-¡Será así, si me cogéis…jajaja!
-¡Tico…al ataque…venga!
-No…no…cosquillas no, por favor,  cosquillas noooooooo…ayyyyyyyyy.
-Bueno, creo que ya ha tenido bastante por hoy, seamos benévolos con ella, Tico ¿Qué te parece?
-Bueno…pero antes que nos diga por qué nos espiaba y si va a guardar el secreto…
-¡De acuerdo, Tico!
-¡Ya has oído las condiciones…tu dirás si aceptas o no!
-Yo no estaba espiando a nadie…y no he oído nada.
-No está diciendo la verdad, Jesús…nos ha oído…seguro…
-¿Eso quiere decir que no quiere confesar, no, Tico?
-¡Es una espía Jesús!
-Tienes razón, Tico…se merece una tanda de agua por su mal genio.
-Será…si me dejo…jajaja, y ahora es mi oportunidad. Decidme… ¿quien tiene ahora la manguera en la mano?
-¡Ay corre, Jesús…que nos moja, corre…corre!
-No huyas, Tico, no creo que sea capaz de…
-¿Qué no soy capaz, eh?

Raquel, cogiendo con fuerza la manguera que se encontraba en el suelo, abrió la llave del agua dirigiendo el chorro a presión hacia los dos inquisidores. Ni que decir tiene, que al momento, los dos quedaron caladitos hasta los huesos. Parecían dos mantas mojadas antes del centrifugado.

-¡Corta el agua, mujer…no seas tan vengativa!
-¡Pedirme perdón los dos, aquí…, de rodillas!
-Sí…sí, como quieras…pero corta el agua.
-Está bien…ya está cortada. Tú, el más grande de los dos, ven y arrodíllate delante de mí si no quieres que vuelva a enchufar el agua.
-¡Perdonadme, señora espía por… por haberla hecho sufrir…, pero era necesario, y no me arrepiento de nada, así que…ya puedes darle al agua otra vez!

Raquel no pudo contener más tiempo la risa. Tico, al verla reír de aquella forma, también lo hizo, y se puso de rodillas al lado de Jesús para seguir con aquella función de teatro. Raquel dejó la manguera en el suelo, y se arrodilló delante de los dos.
-¿Y tu Jesús…me perdonas a mí?
-¿Y qué es lo que debería perdonarte?
-Mi tozudez, ignorancia, arrogancia, orgullo, amor propio… ¿quieres que siga con la lista…?

Jesús, sin dejarla proseguir, la apretó contra él y ambos se dieron un largo y profundo abrazo. Ahora sí que se sentía segura a su lado. El pequeño, sin entender nada de lo que allí ocurría y un poco decepcionado del desarrollo de la operación “ a la caza de la espía”, cogió la manguera que Raquel había dejado en el suelo, y sin miramientos abrió el agua y dirigió el chorro hacia los dos.

-Tico… ¿pero qué haces…? ¡Suelta esa manguera!
-No, no la suelto…es muy divertido…jijiji.
-¡Pero bueno…qué demonios está pasando aquí!
-Es largo de contar, Pedro…, pero quítale a Tico la manguera de la mano…
-¿Pero muchacho…no te da vergüenza ser tan travieso?
-Yo no hacía nada malo, señor…estaba jugando con Jesús y esa chica a espías…
-Tico, anda…quítate enseguida esa ropa mojada, y a la cama enseguida.
-Jesús… ¿te has enfadado conmigo?
-¡Claro que no, campeón! Estábamos jugando y nos hemos divertido mucho…pero tanto tiempo mojados es peligroso…podemos coger un fuerte catarro…Anda, corre, dile a María que te ponga el otro pijama y te seque un poco la cabeza.
-Yo me lo he pasado bomba…además tu amiga es muy simpática y divertida…pero tiene el mismo genio que la abuela.
-¡Venga… dame un abrazo de los tuyos…y vete a dormir, pitufillo!
-¿Subirás a contarme un cuento?
-Hoy no podré, Tico, ya te he dicho que tengo a unos amigos en casa y vamos a cenar, pero mañana te contaré dos de los más bonitos.

En aquel momento apareció María en el jardín. Necesitaba que los hombres le echaran una mano con la mesa. Al ver a Jesús, Raquel y Tico calados de agua…se quedó perpleja.

-¿Pero qué ha pasado aquí?

Raquel y Jesús, ante la cara de pasmo de María, se  echaron a reír. Pedro, que los miraba atónito sin saber ni comprender nada, volvió a dejar la manguera en el suelo y se fue al comedor con Tico y a ayudar a María con la cena.

-¡Ay que dolor de estómago, madre mía!
-¿Te sientes mal, Raquel?
-No, claro que no…es que hacía años que no me reía tan a gusto, y el estómago no lo aguanta…
-Será mejor que nos cambiemos de ropa enseguida. Te veo mucho mejor, Raquel. Te ha sentado bien el dormir.
-Sí…me siento muy bien.
-Raquel… ¿vas a venir esta noche a la cena?
-¡Claro que sí, Jesús!
-Ah… se me olvidaba…ha venido Marga. Quería hablar contigo, pero no ha querido que te despertáramos.
-¿Ha pasado algo?
-No…venía a avisarte de que mañana al medio día vendrá Felipe a buscarte. Te ha traído todas las cosas que tenías en la tienda y el pasaporte con el visado. Os vais mañana a las dos de la tarde, en un avión de la embajada italiana.
-¿Pero por qué tan deprisa? Pensábamos al principio quedarnos todo el mes.
-Ahora estáis en peligro, Raquel.
-¿Por qué?
-Es muy posible que los americanos bombardeen esta zona, y ahora todos los extranjeros estáis en peligro, bien por las bombas o por las represalias de estas gentes.
-Pero mañana…tan pronto…
-Es vuestra última oportunidad. ¿Qué… pitufa… qué ha pasado con esa bonita sonrisa?
-Jesús, subo a cambiarme…ahora bajo.

Una vez cambiada de ropa, Raquel bajó al salón y buscó a Jesús. Tenía que hablar con él. Pero no le veía entre los presentes. Así que se dirigió a Juan.

-¿Juan…dónde está?
-Ha subido al ático a por la vajilla que faltaba. Me ha dicho que tú vas a cenar con nosotros. Me alegro mucho, Raquel, de verdad. ¿Y para que le quieres?
-Tengo que decirle algo importante.
-¿Y qué es ello…porque te brillan los ojos de una forma muy especial…?
-Juan, si me siento esta noche en esta mesa…es porque tengo algo que compartir con él.
-¡Sube y ayúdale a bajar la vajilla, andaaaaaaa!

Raquel subió las escaleras de tres en tres. El último rellano era muy empinado y las escaleras muy estrechas. El corazón se le salía de su sitio y a penas podía pronunciar palabra.

-¿Se puede…?
-¡Adelante…! Llegas a tiempo…échame una manita.
-Jesús…esta vez quiero que apures la copa con el vino y que me des un buen trozo de pan, por las veces que no lo he compartido contigo.
-¿Y eso…?
-Pues porque ahora ya tengo algo que compartir contigo. Me quedo, Jesús. No me marcharé jamás de tu lado. Te voy a incordiar por tiempo indefinido.
-Raquel…ven, acércate…

Raquel, temiendo que Jesús hiciera lo que se temía, intentó salir de aquella situación. Todavía, cuando Jesús la miraba, sentía cierto rubor.
-Que nos están esperando, Jesús… ¡pero qué tonta soy…! Estoy deseando abrazarte, sentirte…y hago todo lo contrario…¿pero por qué seré tan estúpidamente tímida? No tiene sentido, y mucho menos contigo.
-Acuérdate del ejercicio de control de Juan. Acércate a mí, cierra los ojos, cuanta hasta diez y entonces… ¡sorpresa!

Ante la inmovilidad de Raquel, Jesús dejó la vajilla en el suelo y fue hacia ella. La cogió fuertemente de los hombros, la volvió hacia él y sus ojos atravesaron como rayos los de ella. Raquel sintió cómo su corazón ardía. Sus pensamientos se desvanecieron y su equilibrio falló por un momento. No tenía fuerzas. Estaba flotando. Solo la fuerza de las manos de Jesús la mantenían de pie. Raquel consiguió reaccionar, y vio que los ojos de su amigo estaban inundados de lágrimas.

-Jesús…sea el que sea el veredicto…¡¡YO NO ME MARCHO!!
- Yo tampoco te dejaré partir, Raquel.
-¿Qué…qué has dicho?
-He visto en tus ojos lo que con tanto anhelo buscaba. Soy el hombre más feliz de la tierra.
-Jesús… ¿tanta fe habías puesto en mí?
-Raquel, aunque tú fueras la única persona, el único ser humano que aceptara compartir conmigo todo esto, solo por ti, mi amada, merecería la pena el hacerlo.
-¿Tan importante soy para ti?
-Con el tiempo lo comprenderás, Raquel. Esta noche va a ser una verdadera celebración. Quiero que estés a mi lado. Esta noche se celebra una despedida, pero quiero que el comienzo de todo, sea el que presida la ofrenda. ¿Aceptas?
-¡Lo estoy deseando…mi amor!
-¡Pues vamos allá!
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