domingo, 23 de agosto de 2015

Libro Volver al Amor de un Curso de Milagros (Marianne Williamson)






LA RESURRECCIÓN (Capitulo-V 2ª Parte)

«Tu resurrección es tu re-despertar.»
El propósito de nuestra vida es dar nacimiento a lo mejor que llevamos dentro.
El Cristo viene como un niño pequeño porque el símbolo del recién nacido es el de alguien cuya inocencia no está echada a perder por la historia pasada ni por la culpa.
El Cristo niño que llevamos dentro no tiene historia. Es el símbolo de una persona a quien se le da la oportunidad de volver a empezar. 
En última instancia, la única manera de sanar las heridas del pasado es perdonándolas y no aferrándose a ellas.
El obrador de milagros ve que su propósito en la vida es que lo usen al servicio del perdón de la humanidad, para despertarnos de nuestro sueño colectivo.
En el Curso leemos que «en la Biblia se menciona que sobre Adán se abatió un sueño profundo, mas no se hace referencia en ninguna parte a que haya despertado». Hasta ahora, no ha habido un «amplio re-despertar o renacimiento».
Todos podemos contribuir a un renacimiento global en la medida en que nos permitamos despertar de nuestro propio sueño personal de separación y culpa, liberar nuestro pasado y aceptar una vida nueva en el presente.
Sólo por mediación de nuestro despertar personal podrá despertarse el mundo.
No podemos dar lo que no tenemos.
A todos nos ha sido asignado un sector del jardín, un rincón del universo que nos corresponde transformar. 
Nuestro rincón del universo es nuestra propia vida -nuestras relaciones, nuestro hogar, nuestro trabajo, nuestras circunstancias actuales- exactamente tal como es. 
Cada situación en que nos encontramos es una oportunidad, perfectamente planeada por el Espíritu Santo, para enseñar el amor en vez del miedo. En cualquier sistema de energía del que formemos parte, nuestro trabajo es sanarlo, purificar las formas del pensamiento purificando nuestro propio pensamiento. 
En realidad nunca hay una circunstancia que necesite cambiar: somos nosotros quienes necesitamos cambiar.
La plegaria no es tanto para que Dios nos cambie la vida, sino más bien para que nos cambie a nosotros.
Ese es el mayor milagro, y en última instancia el único: que te despiertes del sueño de la separación y te conviertas en otro tipo de persona. La gente se preocupa constantemente por lo que hace: si ha conseguido lo suficiente, ha escrito el mejor guión o ha creado la empresa más poderosa.
Pero ni otra gran novela, ni otra gran película ni otra gran empresa comercial salvarán al mundo. Lo único que lo salvará será la aparición de grandes personas.
Si en un recipiente de cristal, cerrado, introducimos a presión más agua de la que puede contener, se quebrará. 
Lo mismo sucede con nuestra personalidad. El poder de Dios, particularmente en esta época, se introduce dentro de nosotros a un ritmo muy rápido, a gran velocidad. Si nuestro recipiente, nuestro vehículo, nuestro canal humano, no está adecuadamente preparado por la devoción y por una profunda reverencia ante 
la vida, el mismo poder cuya intención es salvarnos nos puede destruir. Entonces nuestra creatividad, en vez de hacernos personalmente poderosos, nos vuelve histéricos. 
Por eso la vivencia del poder creativo -de Dios dentro de nosotros es la de una espada de doble filo: si se lo recibe con gracia, es una bendición; si se lo recibe sin gracia, nos enloquece.
Esta es una de las razones por las que tantas personas creativas se han volcado a un uso destructivo de las drogas: en realidad, para amortiguar la vivencia de la recepción del poder de Dios, no para realzarla. Ser penetrados por el poder de Dios, en una cultura que no tenía nombre para él ni forma de reconocer la auténtica experiencia espiritual, nos asustó tanto que nos precipitamos al alcohol y otras drogas para no sentir lo que realmente sucedía. 
Sólo cuando estábamos embriagados teníamos el coraje de reconocer cómo propia nuestra experiencia.
«Todo el mundo tiene derecho a los milagros -se dice en Un curso de milagros-, pero antes es necesario una purificación.»
Las impurezas, ya sean mentales o químicas, contaminan el sistema y profanan el altar interior. 
Nuestro vehículo, entonces, no puede resistir la vivencia de Dios. Las aguas del espíritu se precipitan dentro de nosotros, pero el recipiente empieza a resquebrajarse. 
Tenemos que trabajar no con el flujo del poder -el amor de Dios se vierte dentro de nosotros con la precisa rapidez que somos capaces de manejar-, sino con nuestra propia preparación para recibirlo.
Un curso de milagros nos compara con personas que estuvieran en una habitación muy iluminada, quejándose de que está oscura al no darse cuenta de que se están tapando los ojos con las manos.
La luz ha entrado, pero no la vemos. No nos damos cuenta de que el presente es siempre una oportunidad de volver a empezar, un momento colmado de luz. Reaccionamos ante la luz como si fuese oscuridad, y entonces, la luz se convierte en oscuridad.
 A veces, sólo retrospectivamente podemos ver que nos fue concedida otra oportunidad en la vida, una nueva relación o lo que fuere, pero como estábamos demasiado ocupados reaccionando ante el pasado, nos perdimos la ocasión de algo radicalmente nuevo.
Cuando somos verdaderamente sinceros con nosotros mismos, nuestro problema no es que las oportunidades de éxito no hayan aparecido. Dios siempre está expandiendo nuestras posibilidades. Se nos dan multitud de oportunidades, pero tendemos a sabotearlas. Nuestras energías conflictivas lo echan todo a perder. 
Pedir otra relación u otro trabajo no nos sirve de mucho si en la nueva situación nos vamos a mostrar exactamente tal como nos mostramos en la anterior. 
Mientras no nos sanemos de nuestros demonios internos, 
de nuestros hábitos mentales atemorizantes, convertiremos cada situación en la misma dolorosa tragedia que la anterior. Todo lo que hacemos está impregnado de la energía con que lo hacemos. Si estamos frenéticos, nuestra vida será frenética. Si estamos en paz, nuestra vida será pacífica.
Así, en cualquier situación, nuestro objetivo es la paz interior. Nuestro estado interno determina las experiencias de nuestra vida, y no nuestras experiencias las que determinan nuestro estado interno.
El término «crucifixión» alude a la pauta energética del miedo. Representa el sentimiento limitado y negativo del ego, y la forma en que éste siempre intenta limitar, contradecir o invalidar al amor.
El término «resurrección» alude a la pauta energética del amor, que reemplaza al miedo y lo trasciende. La función de un obrador de milagros es el perdón. 
Al realizar nuestra función, nos convertimos en canales para la resurrección.
Dios y el ser humano son el equipo creativo fundamental. Dios es como la electricidad. 
Una casa puede disponer de instalación eléctrica, pero si no hay ningún aparato eléctrico, ¿de qué servirá? Si vemos a Dios 
como la electricidad, nosotros somos Sus lámparas. No importa el tamaño de la lámpara, ni su forma ni su diseño. Lo único que importa es que esté conectada. No importa quiénes somos, ni cuáles son nuestros dones. 
Lo único que importa es que estemos dispuestos a que Él nos use a Su servicio. Nuestra disposición, nuestra convicción, nos dan un poder milagroso. Los servidores de Dios llevan la impronta de su Maestro.
Las lámparas sin electricidad no dan luz, y la electricidad sin lámparas, tampoco. Juntas, sin embargo, eliminan toda oscuridad.
4. LA MADUREZ CÓSMICA
«Criatura de Dios, fuiste creado para crear lo bueno, lo hermoso y lo santo.»
A medida que nos convertimos en canales más puros para la luz de Dios, se intensifica nuestro apetito de la dulzura que es posible lograr en este mundo. La meta de un obrador de milagros no es pelear con el mundo tal como es, sino crear el mundo que podría ser.
Limitarse a tratar el síntoma de un problema no es en realidad tratarlo. Tomemos las bombas nucleares, por ejemplo. Si todos nos empeñamos mucho, firmamos suficientes peticiones y elegimos funcionarios nuevos, podremos erradicarlas.
Pero, ¿de qué nos servirá eso, en última instancia, si no nos liberamos del odio que hay en nuestro corazón? Nuestros hijos o los hijos de nuestros hijos fabricarán una fuerza destructiva más 
poderosa que esas bombas, si aún siguen albergando dentro de sí el miedo y el conflicto.
Todo en el universo físico forma parte del viaje que nos adentra en el miedo o del que nos devuelve al amor, según de qué manera lo use la mente. Lo que dedicamos al amor se usa con fines de amor.
 De este modo, trabajamos dentro de este ilusorio mundo, en el nivel político, social, ambiental o en lo que sea, pero 
reconocemos que la verdadera transformación del mundo no proviene de lo que estemos haciendo, sino de la conciencia con que lo hagamos. De hecho, lo único que hacemos es ganar tiempo hasta que la verdadera transformación de las energías globales tenga oportunidad de abrirse paso.
El propósito del obrador de milagros es espiritualmente magnífico, no personalmente ostentoso. 
El gran drama cósmico no es tu carrera, tu dinero, ni ninguna de tus experiencias mundanas.
Ciertamente, tu carrera es importante, y también tu dinero, tu talento, tu energía y tus relaciones personales.
Pero sólo son importantes en la medida en que están consagrados a Dios para que los use para Sus fines. Cuando dejamos atrás la 
inmadura preocupación por nuestro pequeño yo, trascendemos nuestro egoísmo y alcanzamos la madurez cósmica.
Mientras no encontramos esa madurez cósmica somos pueriles. Nos preocupamos por las letras del coche, por nuestra carrera, nuestra cirugía plástica, nuestras mezquinas heridas, mientras la situación política deriva hacia el desastre y el agujero en la capa de ozono empeora día tras día.
Somos pueriles cuando estamos tan preocupados por cosas que en última instancia no importan, que perdemos nuestra conexión esencial con lo que verdaderamente importa.
Hay una diferencia entre pueril e infantil.
Infantil implica espiritualidad, como en la ternura, y un no saber 
profundo que hace que estemos abiertos a las nuevas impresiones.
Somos infantiles cuando nos vemos a nosotros mismos en los brazos de Dios. Aprendemos a hacernos a un lado y a dejar que Él nos señale el camino.
Dios no está separado de nosotros, porque es el amor que mora en nuestra mente. 
Todos los problemas, los de adentro y los de afuera, se deben a que alguien está separado del amor.
Treinta y cinco mil personas por día se mueren de hambre en la tierra, y no hay escasez de alimentos.
La cuestión no es qué clase de Dios dejaría morir de hambre a los niños, sino más bien qué clase de personas dejan morir de hambre a los niños. 
Un obrador de milagros devuelve el mundo a Dios haciendo un viraje consciente hacia un modo de vida más lleno de amor. Esperar con cínica resignación que el mundo se hunda hace de nosotros parte del problema, no la respuesta al problema. Debemos reconocer conscientemente que, para Dios, «no hay grados de dificultad en los milagros». El amor sana todas las heridas. Ningún problema es demasiado pequeño para merecer la atención de Dios, ni demasiado grande para que Él no pueda resolverlo.
Todos los sistemas del mundo -en lo social, en lo político, en lo económico, en lo biológico- comienzan a desmoronarse bajo el peso de nuestra propia crueldad. Sin milagros, se podría argumentar que se acabó la fiesta, que ya es demasiado tarde para salvar el mundo. Mucha gente está convencida de que el mundo se encamina a un colapso total inevitable.
Cualquier persona inteligente sabe que el mundo se mueve en muchos sentidos en una espiral descendente, y todo objeto sigue moviéndose en la dirección que en este momento siga a menos que se le aplique una fuerza opuesta más fuerte.
Esa fuerza opuesta son los milagros. Cuando el amor alcance una masa crítica, cuando haya suficiente gente en cuya mentalidad tenga cabida el milagro, el mundo experimentará un cambio radical.
Esta es la undécima hora. El Curso nos dice que no es cosa nuestra lo que aprendamos, sino sólo si aprendemos mediante la alegría o mediante el dolor. 
Aprenderemos a amarnos los unos a los otros, pero que lo aprendamos dolorosamente o pacíficamente es cosa nuestra.
 Si seguimos en nuestro oscuro camino y llegamos a la guerra nuclear, entonces, incluso si no quedaran sobre el planeta más de cinco personas al final de la conflagración, esas cinco personas habrán comprendido.
Seguramente, se mirarán y dirán: «Tratemos de llevarnos bien». Pero si lo deseamos, podemos soslayar el guión de un holocausto nuclear.
La mayoría de nosotros ya hemos padecido nuestros propios desastres personales. No hay necesidad de pasarlos otra vez de 
manera colectiva. Podemos entenderlo así más adelante, o podemos entenderlo ahora. Saber que tenemos una opción es comprender el mundo de un modo auténticamente adulto.
Después de que Dorothy hubo terminado su dramático viaje a Oz, el mago bueno le dijo que lo único que hubiera tenido que hacer era entrechocar tres veces los talones y decir: «Quiero irme a casa», «Quiero irme a casa», «Quiero irme a casa».
No habría sido necesaria la larga y fatigosa caminata por el sendero de ladrillos amarillos. Dorothy, que estaba muy ofendida, estoy segura, preguntó:
-¿Por qué no me lo dijiste? 
Y el mago replicó:
-¡Porque no me habrías creído!
En las antiguas tragedias griegas hay un recurso común, conocido como el «Deus ex machina».
La trama va evolucionando hasta una culminación desastrosa, y precisamente cuando toda esperanza parece perdida, 
aparece un dios y salva la situación. Esta es una importante información arquetípica.
En el último momento, cuando todo parece perdido, Dios tiende a aparecer.
 No porque tenga un sentido del humor sádico y espere a que estemos totalmente desesperados antes de mostrarnos su poder. Tarda tanto porque no es hasta ese momento cuando nos molestamos en pensar en Él. 
Durante todo este tiempo creíamos que Lo estábamos esperando. Poca idea teníamos de que era Él quien nos estaba esperando a nosotros.
5. EL RENACIMIENTO
«Eso es lo que se quiere decir con “los mansos heredarán la tierra". Literalmente, se apoderarán de ella debido a su 
fortaleza.»
Es hora de que cumplamos nuestro propósito, de que vivamos sobre la tierra y no tengamos más pensamiento que el del Cielo. "De este modo, el Cielo y la Tierra se convertirán en uno solo. 
No continuarán existiendo como estados separados."
Hay veces que el pensamiento milagroso no es fácil, porque nuestras pautas mentales habituales están impregnadas de miedo. Cuando así sucede -cuando parece que el enojo, los celos o el dolor se nos han adherido al corazón y no podemos desprendernos de ellos-, entonces, ¿cómo hacemos milagros? Pidiendo al Espíritu Santo que nos ayude.
El Curso nos dice que podemos hacer muchas cosas, pero lo que nunca podremos hacer es invocar al Espíritu Santo en vano. Según el Curso, "no le pedimos demasiado a Dios; de hecho, le pedimos demasiado poco". 
Cada vez que nos sentimos perdidos, trastornados o asustados, lo único que tenemos que hacer es pedirle ayuda. Quizá la ayuda no venga de la manera que esperábamos, o incluso que creíamos desear, pero vendrá y la reconoceremos por la forma en que nos sentiremos. A pesar de todo, nos sentiremos en paz.
Pensamos que hay diferentes categorías en la vida: el dinero, la salud, las relaciones... y además, para algunos, la «vida espiritual». 
Pero sólo el ego establece categorías. En realidad, solamente se desarrolla un drama en nuestra vida: nuestra separación de Dios y nuestro reencuentro con Él. Simplemente, repetimos el 
mismo drama de diferentes maneras.
El Curso dice que "creemos tener muchos problemas diferentes, pero en realidad sólo tenemos uno". 
La negación del amor es el único problema, y su aceptación la única respuesta. El amor sana todas nuestras relaciones: con el dinero, con el cuerpo, con el trabajo, con la sexualidad, con la muerte, con nosotros mismos y con los demás. Por mediación del poder milagroso del puro amor, nos desprendemos de nuestra historia pasada, en todos los ámbitos, y volvemos a empezar.
Si tratamos los principios milagrosos como si fueran juguetes, serán como juguetes en nuestra vida. Pero si los tratamos como al poder del universo, eso serán para nosotros.
El pasado quedó atrás. No importa quiénes seamos, de dónde venimos, lo que nos decían mamá y papá, los errores que cometimos, las enfermedades que tuvimos o lo deprimidos que nos sentimos. El futuro se puede reprogramar en este mismo momento.
 No necesitamos otro seminario, otro título, otra vida ni la aprobación de nadie para que esto ocurra.
Lo único que tenemos que hacer es pedir un milagro y dejar que suceda, no resistirnos a él.
Puede haber un nuevo comienzo, una vida diferente de la anterior. Nuestras relaciones se renovarán. Nuestra carrera, nuestro cuerpo, nuestro planeta se renovarán. Ese es el modo en que se hará la voluntad de Dios, así en la tierra como en el 
Cielo. No más adelante, sino ahora. No en ninguna otra parte, sino aquí. No por mediación del dolor, sino de la paz. Así sea. Amén.

Libro Volver al Amor de un Curso de Milagros (Marianne Williamson)




LOS MILAGROS (Capitulo V)
«Tu santidad invierte todas las leyes del mundo. Está más allá de cualquier restricción de tiempo, espacio, distancia, así como de cualquier clase de límite.»
1. EL PERDÓN
«Ante el glorioso Resplandor del Reino, la culpabilidad se desvanece, y habiéndose transformado en bondad, ya nunca 
volverá a ser lo que fue.»
«Los milagros ocurren naturalmente como expresiones de amor.» Reflejan un cambio en nuestra manera de pensar, un cambio que libera el poder de la mente hacia los procesos de sanación y rectificación.
Esta sanación asume muchas formas. A veces, un milagro es un cambio en las condiciones materiales, como puede ser una curación física. Otras veces es un cambio psicológico o emocional. 
Y no tanto un cambio en una situación objetiva -aunque con frecuencia también eso ocurra- como en la forma en que nosotros la percibimos. 
Lo que cambia es, principalmente, la manera como se nos aparece en la mente una experiencia, es decir, la vivencia que tenemos de ella.
El mundo humano, con nuestra absoluta concentración en el comportamiento y en todo lo que acontece fuera de nosotros, es un mundo engañoso. Es un velo que nos separa de un mundo más real, un sueño colectivo.
El milagro no consiste en disponer de otra manera las imágenes del sueño. El milagro es despertarnos.
Al pedir milagros, lo que buscamos es un objetivo práctico: un retorno a la paz interior.
 No pedimos que cambie nada externo a nosotros, sino algo que está en nuestro interior. Vamos en busca de una perspectiva 
vital más suave, más tierna.
La vieja física newtoniana sostenía que las cosas tienen una realidad objetiva independiente de cómo las percibimos.
La física cuántica, y más especialmente el principio de incertidumbre de Heisenberg, nos revela que a medida que nuestra percepción de un objeto cambia, el objeto mismo, literalmente, también cambia. 
La ciencia de la religión es la ciencia de la conciencia, porque en última instancia toda creación se expresa por mediación de la mente. Así pues, tal como se afirma en Un curso de milagros, nuestra herramienta más eficaz para cambiar el mundo es nuestra capacidad para «cambiar de mentalidad con respecto al mundo.»
Como el pensamiento es el nivel creativo de las cosas, cambiar la mente es la potenciación personal fundamental. Aunque escoger el amor en vez del miedo sea una decisión humana, el cambio radical que ésta produce en todas las dimensiones de nuestra vida es un regalo de Dios. Los milagros son unas "intercesiones 
en nombre de nuestra santidad", procedentes de un sistema de pensamiento que se encuentra más allá del nuestro. En la presencia del amor, las leyes que rigen el estado normal de las cosas quedan superadas. 
El pensamiento que ya no tiene ningún límite nos aporta una experiencia que ya no tiene ningún límite.
Nuestra herencia son las leyes que rigen el mundo en que creemos. Si nos consideramos seres de este mundo, entonces nos regirán las leyes que lo rigen: las de la escasez y la muerte.
Si nos consideramos hijos de Dios, cuyo verdadero hogar se encuentra en un nivel de conciencia allende este mundo, nos percataremos entonces de que «no nos gobiernan otras leyes que las de Dios».
Nuestra percepción de nosotros mismos determina nuestro comportamiento. Si creemos que somos criaturas pequeñas, limitadas, inadecuadas, tenderemos a comportarnos de esa manera, y la energía que irradiemos reflejará esa creencia, no importa lo que hagamos. Si pensamos que somos criaturas magníficas, con una abundancia infinita de amor y de capacidad de dar, entonces tenderemos a conducirnos de esa manera, y la 
energía que nos rodee reflejará nuestro estado de conciencia.
"Los milagros, como tales, no se han de dirigir conscientemente."
Se producen como efectos involuntarios de una personalidad amorosa, de una fuerza invisible que emana de alguien cuya intención consciente es dar y recibir amor. A medida que nos liberamos de los miedos que bloquean el amor que llevamos dentro, nos convertimos en instrumentos de Dios, en Sus obradores de milagros.
Dios, en cuanto amor, se expande constantemente, floreciendo y creando nuevas pautas para la expresión y el logro del júbilo. Cuando a nuestra mente, centrada en el amor, se le permite que sea un canal abierto por el que Dios se expresa, nuestra vida se convierte en el medio de expresión de ese júbilo. Este es el significado de nuestra vida. Estamos aquí como representaciones físicas de un principio divino. Decir que estamos en la tierra 
para servir a Dios significa que estamos en la tierra para amar. No fuimos, sin más, arrojados al azar sobre un mar de rocas. Tenemos una misión, que es salvar al mundo mediante el poder del amor. El mundo tiene una desesperada necesidad de sanar, como un pájaro con un ala rota. La gente lo sabe, y los que han rezado son millones.
Dios nos ha oído. Y envió ayuda. Te envió a ti.
Convertirse en un obrador de milagros significa tomar parte en 
un movimiento espiritual clandestino que está revitalizando el mundo, participando en una revolución de sus valores en el nivel más profundo posible. Esto no quiere decir que hayas de anunciárselo a nadie.
Un miembro de la resistencia francesa no iba a enfrentarse con un oficial del ejército alemán que había ocupado París para 
decirle: «Hola, soy Jacques, de la Resistencia francesa». De la misma manera, tú no le cuentas a gente que no tiene la menor idea de lo que estás diciendo que has cambiado, que ahora trabajas para Dios, que Él te ha enviado con una misión de sanador y que el mundo ha de prepararse para grandes cambios. Los obradores de milagros aprenden a guardar silencio.
Es importante saber que cuando se habla de la sabiduría espiritual en un momento o lugar inadecuado, o con una persona inadecuada, el que habla más parece un necio que un sabio.
El Curso, cuando habla del plan de Dios para la salvación del mundo, lo llama "el plan de los maestros de Dios". 
El plan llama a los maestros de Dios a sanar el mundo valiéndose del poder del amor. Esta enseñanza tiene muy poco que ver con la comunicación verbal, y todo que ver con una cualidad de la energía humana. 
«Enseñar es demostrar.» Un maestro de Dios es cualquiera que opte por serlo. «Los maestros de Dios proceden de todas partes del mundo y de todas las religiones, aunque algunos no pertenecen a ninguna religión. Los maestros de Dios son los que han respondido.» La frase «Muchos son los llamados, pero pocos 
los escogidos» significa que "a todos se los llama, pero pocos se preocupan por escuchar".
La llamada de Dios es universal, se emite para todas las mentes en todo momento. Sin embargo, no todos optan por atender a la 
llamada de su propio corazón. Como demasiado bien lo sabemos todos, poco les cuesta a las voces chillonas y frenéticas del mundo exterior sofocar la tímida vocecita interior del amor.
Nuestro trabajo como maestros de Dios, si decidimos aceptarlo, consiste en buscar constantemente, en nuestro interior, una mayor capacidad de amor y de perdón. Hacemos esto mediante una «forma selectiva de recordar», mediante una decisión consciente de recordar únicamente los pensamientos amorosos y de desaferrarnos de cualesquiera pensamientos atemorizantes. Este es el significado del perdón, una importante piedra angular de la filosofía de Un curso de milagros.
Como muchos de los términos tradicionales usados en el 
Curso, también éste se utiliza de una manera nada tradicional.
Tradicionalmente, pensamos que perdonar es algo que debemos hacer cuando creemos que alguien es culpable de algo. En el Curso, sin embargo, se nos enseña que nadie es culpable, que no hay culpa, porque sólo el amor es real. Nuestra función consiste en ver, a través de la falsa idea de la culpa, la inocencia que está 
más allá. «Perdonar no es otra cosa que recordar únicamente los pensamientos amorosos que diste en el pasado, y aquellos que se te dieron a ti. Todo lo demás debe olvidarse.» Lo que se nos pide es que extendamos nuestra percepción más allá de los errores que nuestras percepciones físicas nos revelan -lo que alguien hizo, lo que alguien dijo-, para captar la santidad en ellos que sólo el corazón nos revela. 
Entonces, de hecho, no hay nada que perdonar. 
Lo que tradicionalmente se ha entendido por perdón -lo que en el Canto de la oración se llama «perdón para destruir» es, por lo tanto, un acto de enjuiciamiento. Es la arrogancia de alguien que se ve a sí mismo como mejor que otra persona, o quizá como igualmente pecador, lo que sigue siendo una percepción errónea y una expresión de la arrogancia del ego.
Como todas las mentes están conectadas, que alguien rectifique su percepción es, en algún nivel, una sanación de la mente de la raza humana como tal.
La práctica del perdón es la contribución más importante que podemos hacer a la sanación del mundo. De personas enfadadas no se puede esperar que creen un planeta pacífico. A mí me divierte recordar cómo me enojaba cuando la gente no quería firmar mis escritos en petición de la paz.
El perdón es un trabajo de dedicación completa, y a veces muy difícil. No conseguimos perdonar siempre, pero hacer el esfuerzo es nuestra vocación más noble. Es la única probabilidad real que podemos ofrecer al mundo de volver a empezar. 
Un perdón radical es una liberación completa del pasado, tanto respecto a las relaciones personales como respecto a las tragedias colectivas.
El perdón es un trabajo de dedicación completa, y a veces muy difícil. No conseguimos perdonar siempre, pero hacer el esfuerzo es nuestra vocación más noble. Es la única probabilidad real que podemos ofrecer al mundo de volver a empezar.
Un perdón radical es una liberación completa del pasado, tanto respecto a las relaciones personales como respecto a las tragedias colectivas.
2. VIVIR EN EL PRESENTE
«Todo tu pasado, excepto su belleza, ha desaparecido, y no queda ni rastro de él, salvo una bendición.»
Dios existe en la eternidad. El único punto donde la eternidad se encuentra con el tiempo es el presente.
«El presente es el único tiempo que hay.» Un milagro es un cambio que nos lleva de la idea de lo que podríamos haber hecho en el pasado o de lo que deberíamos hacer en el futuro a pensar en lo que nos sentimos libres de hacer en este mismo lugar y en este mismo momento. 
Un milagro es una liberación de la servidumbre interior. 
Nuestra capacidad de brillar es igual a nuestra capacidad de olvidar el pasado y el futuro.
Por eso los niños pequeños resplandecen. No recuerdan el pasado y no se relacionan con el futuro. Sed como niños pequeños, 
para que el mundo finalmente pueda crecer.
Uno de los ejercicios del Cuaderno de Trabajo de Un curso de milagros dice: «El pasado ya pasó. No me puede afectar». Perdonar el pasado es un paso importante para permitirnos la experiencia de los milagros. 
El único significado de cualquier cosa que pertenezca al pasado es que nos trajo aquí, y tal es el honor que merece. Lo único que es real en nuestro pasado es el amor que dimos y el que recibimos. Todo lo demás es ilusorio. El pasado no es más que una idea que tenemos. Todo está, literalmente, en nuestra mente. El Curso nos dice: «Entrégale el pasado a Aquel que puede hacer que cambies de parecer con respecto a él por ti». 
Entregar el pasado al Espíritu Santo es pedir que en nuestra mente no queden más que pensamientos de amor acerca de él, y que todo lo demás desaparezca.
Lo que nos queda entonces es el presente, el único momento en que suceden los milagros. 
"Ponemos tanto el pasado como el futuro en manos de Dios." La frase bíblica «El tiempo ya no existirá» significa que un día 
viviremos plenamente en el presente, sin obsesionarnos por el pasado ni por el futuro.
El universo nos provee a cada momento de una hoja en blanco; la creación de Dios no tiene nada en contra nuestra. Nuestro problema es que no nos lo creemos. Pidamos perdón, no a "Dios, que jamás nos ha condenado", sino a nosotros mismos, por todo lo que creemos que hicimos y que dejamos de hacer. Démonos 
permiso para volver a empezar.
Todos hemos deseado, en un momento u otro de nuestra vida, no haber hecho algo que hicimos, o haber hecho algo que no hicimos. Son los momentos, no importa que se remonten a ayer o a varios años, que no nos animamos a evocar. 
Una de las técnicas más liberadoras que nos ofrece Un curso de milagros es una plegaria mediante la cual damos instrucciones al universo para que des-haga nuestros errores:
«... el primer paso en el proceso de deshacimiento es reconocer que decidiste equivocadamente a sabiendas, pero que con igual empeño puedes decidir de otra manera. 
Sé muy firme contigo mismo con respecto a esto, y mantente plenamente consciente de que el proceso de deshacimiento, que no procede de ti, se encuentra no obstante en ti porque Dios lo puso ahí. 
Tu papel consiste simplemente en hacer que tu pensamiento retorne al punto en que se cometió el error, y en entregárselo allí a la Expiación en paz.
Repite para tus adentros lo que sigue a continuación tan sinceramente como puedas, recordando que el Espíritu Santo 
responderá de lleno a tu más leve invitación:
Debo haber decidido equivocadamente porque no estoy en paz.
Yo mismo tomé esa decisión, por lo tanto, puedo tomar otra.
Quiero tomar otra decisión porque deseo estar en paz.
No me siento culpable porque el Espíritu Santo, si se lo permito, desvanecerá todas las consecuencias de mi decisión equivocada.
Elijo permitírselo, al dejar que Él decida en favor de Dios por mi.»
¡Y ya está! Se trata de un Curso sobre milagros, no de un Curso sobre mover los muebles. "Los milagros invierten las leyes físicas. El tiempo y el espacio están bajo su control."
En cuanto al futuro, el Curso señala que no hay manera de que sepamos lo que va a suceder mañana, pasado mañana o dentro de cinco años. Sólo el ego hace conjeturas sobre el futuro. 
En el Cielo "ponemos el futuro en manos de Dios". 
El Espíritu Santo nos devuelve una fe y una confianza totales en que si hoy vivimos con el corazón totalmente abierto, el mañana se cuidará de sí mismo. Tal como dijo Jesús en el Sermón de la 
Montaña: «No os afanéis, pues, por el día de mañana, que el día de mañana traerá su propio afán».
"El ego basa su percepción de la realidad en lo que ha sucedido en el pasado, traslada esas percepciones al presente y crea, por lo tanto, un futuro similar al pasado." Si sentimos que hubo carencias en nuestro pasado, nuestras ideas sobre el futuro se basan en esa percepción. Entonces convertimos el presente en un esfuerzo por compensar el pasado. 
Como esa percepción es nuestra creencia central, volvemos a crear las mismas condiciones en el futuro. «El pasado, el presente y el futuro no son estados continuos, a no ser que impongas 
continuidad en ellos.» En el presente tenemos la oportunidad de romper la continuidad del pasado y el futuro pidiendo la intervención del Espíritu Santo. Este es el milagro. Queremos una vida nueva, un nuevo comienzo. 
Deseamos una vida que no esté contaminada por ninguna negrura del pasado, y como "tenemos derecho a los milagros", tenemos derecho a esa plena liberación. Esto es lo que quiere decir que Jesús nos purifica de nuestros pecados. Él nos limpia de los pensamientos faltos de amor. 
Renunciamos a todo pensamiento que implique juzgar y nos mantenga así atados al pasado. 
Renunciamos a todo pensamiento de apego que nos mantenga con la mano tendida hacia el futuro.
El mundo del ego es un mundo de cambios constantes, de altibajos, de luz y oscuridad. 
El Cielo es un ámbito de paz constante, porque es la conciencia de una realidad que está más allá del cambio. «Y el Cielo no 
cambiará, pues nacer al bendito presente es liberarse de los cambios.»
El mundo que nos revela el Espíritu Santo trasciende este mundo, y se nos revela por mediación de una percepción diferente. Morimos en uno de estos mundos para poder nacer en el otro. «Renacer es abandonar el pasado y contemplar el presente sin condenación.» El mundo del tiempo no es el mundo real; el mundo de la eternidad es nuestro verdadero hogar. Cargados de posibilidades, vamos en camino hacia allí.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...