jueves, 3 de septiembre de 2015

Libro Volver al Amor de un Curso de Milagros (Marianne Williamson)






Capitulo VI-EL AMOR ROMÁNTICO (V Escrito)

«No hay otro amor que el de Dios.»
"No hay diferentes clases de amor. No hay una clase de amor entre madre e hijo, otra entre amantes y otra entre amigos. 
El amor real es el que está en el corazón de todas las relaciones. Ese es el amor de Dios, el cual no cambia con las formas ni con las circunstancias."
Una amiga mía me comentó recientemente:
-Tu relación con tu bebé debe de estar mostrándote toda una nueva clase de amor.
-No -le respondí-, pero sí me está mostrando una nueva profundidad de la ternura, que me enseña más sobre lo que es el amor.
La gente pregunta por qué no pueden encontrar un romance íntimo y profundo. La pregunta es comprensible, porque la gente se siente sola. 
La intimidad de un amor romántico, sin embargo, es como un curso de licenciados universitarios para doctorarse en amor, cuando muchos apenas si hemos salido de la escuela primaria. Cuando no tenemos ninguna relación de pareja, el ego nos hace creer que si la tuviéramos, todo sufrimiento desaparecería.
Y sin embargo, cuando una relación de pareja perdura termina por hacer aflorar a la superficie una gran parte de nuestro dolor existencial. Eso forma parte de su propósito. 
El amor pondrá a prueba toda nuestra capacidad de compasión, de aceptación, de liberación, de perdón y de desinterés.
Es probable que tendamos a olvidar los retos inherentes en una relación mientras no la tenemos, pero los recordamos con bastante claridad una vez que la encontramos.
Las relaciones no necesariamente nos libran del dolor. Lo único que nos «libra del dolor» es sanar de aquello que nos lo causa. No es la ausencia de otra persona en nuestra vida lo que provoca el dolor, sino más bien lo que hacemos con ella cuando está.
El amor puro no pide otra cosa que paz para un hermano, porque sabe que sólo de esa manera podemos estar en paz nosotros mismos. ¿Cuántas veces he tenido que preguntarme si lo que quería era que «él» estuviera en paz o que me llamara? El puro amor hacia otra persona es el restablecimiento de la «línea de comunicación del corazón». 
Por lo tanto, el ego se le opone con todas sus fuerzas. Hará todo lo que pueda para bloquear, de la forma que sea, la vivencia del amor. Cuando dos personas se unen en Dios, las murallas que aparentemente las separan desaparecen. Por un tiempo el ser
amado no parece un simple mortal, sino alguna otra cosa, algo más. Y la verdad es que «es» algo más. 
Todo el mundo es el perfecto Hijo de Dios, y cuando nos enamoramos, por un instante vemos la verdad total de alguien. No es nuestra imaginación: ese ser es perfecto.
Pero rápidamente se impone la locura. Tan pronto como aparece la luz, el ego se empeña enérgicamente en extinguirla. 
En un abrir y cerrar de ojos, proyectamos en el plano físico la perfección que hemos logrado atisbar en el plano espiritual.
En vez de comprender que la perfección espiritual no tiene por qué coincidir con la perfección material y física, empezamos a buscar esta última. Pensamos que con la perfección espiritual de
alguien no es suficiente. Además, tiene que vestir perfectamente, tiene que estar a la última, tiene que ser deslumbrante.
Y así nadie puede seguir siendo un ser humano. Nos idealizamos los unos a los otros, y cuando no nos mostramos a la altura del ideal, nos decepcionamos.
Rechazar a otro ser humano por el simple hecho de que es humano se ha convertido en una neurosis colectiva. 
La gente se pregunta cuándo encontrará a su alma gemela, pero rogar porque aparezca la persona adecuada no sirve de nada si no estamos preparados para recibirla.
Nuestros compañeros del alma son seres humanos, como nosotros, que pasan por el proceso normal de crecimiento.
Nadie está jamás «terminado». La cima de una montaña es siempre la base de otra, e incluso si encontramos a alguien cuando nos sentimos «por encima de todo», lo más probable es que muy pronto pasemos por alguna circunstancia que nos confronte. 
Y lo que hace que esto sea inevitable es nuestro compromiso de crecer. Pero al ego no le gusta el aspecto de las personas a quienes les están «pasando cosas». No es atrayente.
Como sucede con todo lo demás, es raro que el problema con las relaciones sea que no hayamos tenido maravillosas oportunidades o conocido a gente maravillosa. El problema es que no hemos sabido cómo sacar el mejor partido de las oportunidades que hemos tenido. A veces no nos dimos cuenta a tiempo de lo maravillosas que eran aquellas personas. El amor nos rodea por todas partes. El ego es lo que nos bloquea, no dejándonos percibir la presencia del amor. Y la idea de que hay una persona perfecta, sólo que todavía no ha llegado, es uno de nuestros principales bloqueos.
Nuestra vulnerabilidad al mito de la persona «adecuada» nace de nuestra glorificación del amor romántico. El ego usa este amor para sus fines «especiales», llevándonos a poner en peligro nuestras relaciones al sobrevalorar su contenido romántico. 
La diferencia entre una amistad y un romance se puede
ejemplificar con la imagen de una rosa de tallo largo. 
El tallo es la amistad; la flor es el romance. Como el ego está orientado a lo sensorial, automáticamente prestamos atención a la flor. Pero todos los elementos nutritivos que ésta necesita para vivir le llegan por mediación del tallo. 
En comparación con la flor, el tallo puede parecer deslucido, pero si se lo cortamos, la flor no durará mucho. Una vez usé esta imagen en una conferencia, y una mujer le añadió una idea encantadora: Un romance que perdura en el tiempo es como un rosal. 
En determinada estación se le caen las flores, pero si la planta está bien nutrida, cuando vuelva a ser la temporada le aparecerán otras nuevas. La desaparición del fervor romántico no anuncia necesariamente el final de una relación maravillosa, salvo para el ego. 
El Espíritu es capaz de ver las semillas del renacimiento en cualquier muestra de decadencia.
Un curso de milagros dice que "nuestra tarea no es buscar el amor; es buscar todas las barreras que oponemos a su llegada". Pensar que ahí afuera hay alguna persona especial que va a salvarnos es una barrera al puro amor, es una de las grandes armas del arsenal del ego, una manera de que se vale para mantenernos alejados del amor, aunque no quiere que nosotros lo sepamos. Buscamos desesperadamente el amor, pero
esa misma desesperación hace que lo destruyamos cuando lo tenemos. Pensar que una persona especial va a salvarnos nos lleva a imponer la carga de una tremenda presión emocional a cualquiera que se presente y que nos parezca adecuado para cumplir los requisitos.
No tenemos que recordarle a Dios que nos gustaría tener relaciones maravillosas. Él ya lo sabe. Un curso de milagros nos enseña que un deseo es una plegaria. 
Y la plegaria más inteligente no es «Dios amado, envíame
a alguien maravilloso», sino «Dios amado, ayúdame a darme cuenta de que soy alguien maravilloso».
 Hace años yo solía rezar para que viniera un hombre maravilloso que me librase de mi desesperación.
Finalmente, me pregunté por qué no trataba de resolver ese problema antes de que él apareciera. No puedo imaginarme que ningún hombre le diga a un amigo:
-¿Sabes qué? ¡Anoche conocí a una mujer desesperada fabulosa!
Buscar a la persona «adecuada» no lleva más que a la desesperación, porque no existe. 
Y no hay persona adecuada porque no hay persona inadecuada. Hay quienquiera que esté frente a nosotros, y las lecciones
perfectas que podemos aprender de esa persona.
Si lo que desea tu corazón es una pareja, podría ser que el Espíritu Santo te enviara a alguien que no sea tu pareja definitiva, sino algo mejor: alguien con quien te sea dada la oportunidad de elaborar aquellos aspectos tuyos que es necesario que sanes antes de estar preparado (o preparada) para una intimidad más profunda.
La creencia en el amor especial nos lleva a restar importancia a todo lo que no vemos como material para la «relación definitiva». De esa manera he dejado yo de prestar atención a algunos diamantes, en vez de sacar partido de situaciones que me habrían servido para acelerar mi crecimiento. 
A veces no llegamos a «cultivarnos» en las relaciones que tenemos ahí, frente a nosotros, porque pensamos que «la vida real» se inicia cuando «él» o «ella» llega. 
Esto no es, nuevamente, más que una treta del ego, para asegurarse de que busquemos pero no encontremos. 
El problema de no tomarse las relaciones en serio si no parecen «la persona adecuada» es el siguiente: De vez en cuando, esa persona llega -a veces hasta se nos aparece como la persona inadecuada transformada-, pero estropeamos la situación por falta de práctica. Está ahí, pero nosotros no estamos listos.
No nos hemos preparado porque estábamos esperando a la persona adecuada.
Un curso de milagros dice que un día nos daremos cuenta de que nada sucede fuera de nuestra mente. 
La forma en que parece que una persona se nos muestra está íntimamente vinculada con la forma en que nosotros optamos por mostrarnos a ella. 
He aprendido que mis respuestas más productivas en las relaciones no se dan cuando me concentro en los detalles referentes a otra persona, sino cuando me esfuerzo en desempeñar mi propio papel en la relación en el nivel más alto de que soy capaz.
El amor es una emoción que requiere nuestra participación.
En una relación santa asumimos un papel activo en la creación de un contexto en el que la interacción puede desplegarse de la manera más constructiva. 
Creamos activamente unas condiciones interesantes, en vez de mirar pasivamente a nuestro alrededor para ver si hay o no algo que nos pueda interesar.
Nadie es siempre maravilloso. Nadie es siempre sexy. Pero el amor es una decisión. Esperar a ver si alguien nos gusta lo suficiente es pueril, y no puede menos que hacer que la otra persona se sienta, en algún nivel, como si estuviera haciendo una prueba para conseguir el papel. 
En ese espacio nos sentimos nerviosos, y cuando nos sentimos nerviosos no estamos en nuestro mejor momento. El ego va en busca de alguien que le atraiga lo suficiente para brindarle su apoyo.
Las personas adultas que sabemos lo que son los milagros
brindamos apoyo a la gente para que sea atractiva. Parte del trabajo sobre nosotros mismos, con el fin de prepararnos para una relación profunda, es aprender cómo apoyar a otra persona para que sea lo mejor que puede ser. 
Cada uno de los miembros de una pareja ha de desempeñar un papel sacerdotal en la vida del otro.
Han de ayudarse el uno al otro a tener acceso a las partes más elevadas de sí mismos.
Yo he estado con hombres que, al parecer, jamás pensaron que valiera lo suficiente para ellos. También he estado con hombres que tenían la inteligencia de decirme «Esta noche estás preciosa» con la frecuencia necesaria para reforzar mi autoestima y ayudar a que me presentara de una manera mejor ante la vida.
Desde el punto de vista objetivo, nadie es realmente atractivo ni deja de serlo. Nada de eso. 
Hay personas que manifiestan el brillo que en potencia todos tenemos, y hay quienes no lo hacen. Los que lo hacen son
generalmente personas a quienes en algún momento de su vida alguien -el padre, la madre o un amante- les dijo, con palabras o sin ellas, que eran bellas y maravillosas. Para la gente, el amor es lo mismo que el agua para las plantas.
Examinar el pasado puede ayudar a que veamos más claramente muchos de nuestros problemas, pero la sanación no se produce en el pasado, sino en el presente. Hoy en día existe la manía de echar la culpa de nuestra desesperación a lo que nos sucedió en la niñez. 
Lo que el ego no quiere que veamos es que nuestro dolor no proviene del amor que no nos dieron en el pasado, sino del que nosotros mismos no nos damos en el presente. La salvación se encuentra en el presente. En cada momento tenemos una ocasión de cambiar nuestro pasado y nuestro futuro, reprogramando el presente. 
Este punto de vista es blasfemo para el ego, que nos juzga ásperamente por adherirnos a él. Aun si hemos aprendido de nuestros padres los caminos del desamor, perpetuar esas pautas negándoles hoy el amor no es la mejor manera de superar el problema. No se llega a la luz investigando eternamente la oscuridad. En cierto punto, la discusión siempre se vuelve circular. El único camino hacia la luz consiste en entrar en ella.
«Pobre de mí, mis padres jamás me dijeron que era hermosa»: esta no es una idea que conduzca al milagro, sino que más bien mantiene el sentimiento de ser una víctima. En este caso, la actitud que llevaría al milagro sería decirse: «Mis padres nunca me dijeron que era hermosa.
 El valor que tiene saberlo es que ahora veo con más claridad por qué me cuesta tanto dejar que me lo digan, y entiendo por qué no me he acostumbrado a decírselo a los demás. 
Pero puedo habituarme ahora. La decisión de dar lo que yo no he recibido es siempre una opción asequible». 
Recientemente, un hombre me contó que cuando era pequeño, su padre nunca le hacía regalos. Le sugerí que sanaría si ahora le enviaba a su padre montones de regalos.
Yo solía preocuparme mucho por si recibía o no apoyo, y no lo bastante por si yo misma estaba o no apoyando activamente a otras personas. En el ámbito del romance, me di cuenta de que lo que necesitaba era ayudar a un hombre a que se sintiera más hombre, en vez de pasarme el tiempo preocupándome por si él era
o no lo bastante hombre. Ayudamos a los demás a acceder a lo más elevado que tienen si accedemos nosotros a lo más elevado que tenemos. Para crecer hemos de concentrarnos en nuestras propias lecciones, no en las ajenas. Un curso de milagros nos enseña que «en cualquier situación, lo único que puede faltar es lo que tú no has dado». Yo me pasé años esperando que un hombre me hiciera sentir «como una mujer de verdad». 
Los hombres sólo empezaron a mostrarme la energía más masculina que yo tan ansiosamente esperaba cuando me di cuenta de que mi energía femenina no era un regalo que pudiera hacerme un hombre, sino más bien mi propio regalo para mí y para él.
El cuento de hadas «El príncipe rana» revela las profundas conexiones psicológicas entre nuestras actitudes hacia la gente y su capacidad de transformación. En el cuento, una princesa besa a una rana, y ésta se convierte en un príncipe. 
Lo que esto significa es que el poder milagroso del amor es capaz de crear un contexto en el que la gente, como si floreciera, alcanza naturalmente su potencial más elevado. Y esto es algo
que no pueden hacer las quejas, las críticas ni otras actitudes con las que se pretenda cambiar a la gente.
Según el Curso, creemos que queremos entender a la gente para ver si son dignos o no de nuestro amor, pero en realidad, hasta que no los amamos, no podemos entenderlos. Lo que no se ama no se entiende. 
Nos mantenemos aparte de los demás y esperamos que ellos se ganen nuestro amor, pero las personas merecen nuestro amor sólo por el hecho de ser como Dios las creó. Mientras esperemos que sean mejores, nos veremos constantemente decepcionados. Sólo cuando optamos por unirnos a los demás, aprobándolos y
amándolos incondicionalmente, se produce de repente el milagro para ambas partes. 
En las relaciones, esta es la clave principal, el milagro decisivo.

Libro Volver al Amor de un Curso de Milagros (Marianne Williamson)

Capitulo VI- LA RELACIÓN SANTA (IV Escrito)
«La relación santa es la relación no santa de antes transformada y vista con otros ojos.»
Si la relación especial es la respuesta del ego a la creación del Espíritu Santo, la relación santa es la respuesta del Espíritu Santo. "La relación santa es la relación especial de antes transformada." En la relación especial, el ego guía nuestro pensamiento y nos encontramos en el miedo, de máscara a máscara.



En la relación santa, el Espíritu Santo ha cambiado la idea que nos hacíamos del propósito del amor, y nos encontramos de corazón a corazón.

Un curso de Milagros describe la diferencia entre una alianza profana y una santa:
«Pues una relación no santa se basa en diferencias y en que cada uno piense que el otro tiene lo que a él le falta. Se juntan, cada uno con el propósito de completarse a sí mismo robando al otro. Siguen juntos hasta que piensan que ya no queda nada más por
robar, y luego se separan. Y así van deambulando por un mundo de extraños, diferentes de ellos, compartiendo quizá con su cuerpo un techo que no cobija a ninguno de los dos; en la misma habitación, y sin embargo, separados por un mundo de distancia.




Una relación santa parte de una premisa diferente.

Cada uno ha mirado dentro de sí y no ha visto ninguna insuficiencia. Al aceptar su compleción, desea extenderla
uniéndose a otro, tan pleno como él.»
El propósito de una relación especial es enseñarnos a que nos odiemos a nosotros mismos, en tanto que el propósito de una relación santa es sanarnos de nuestro auto aborrecimiento. 
En la relación especial estamos siempre tratando de ocultar nuestras debilidades. En la relación santa, se sobreentiende que todos tenemos lugares aún no sanados, y que el propósito de que estemos con otra persona es sanar. 
No intentamos ocultar nuestras debilidades, sino que más bien entendemos que la relación es un contexto para sanar mediante un perdón recíproco. 
Adán y Eva estaban desnudos en el jardín del Edén, pero no se avergonzaban de ello. 
Eso no significa que estuvieran físicamente desnudos. 
Significa que estaban desnudos emocionalmente, de una forma real y sincera, y sin embargo no se avergonzaban porque se sentían completamente aceptados tal como eran.
El Curso compara la relación especial a un cuadro montado en un marco. El ego está más interesado en el marco -la idea de la persona perfecta que lo «arreglará» todo- que en el cuadro, que es la persona misma. 
El marco es barroco, y está ornamentado con rubíes y diamantes. El Curso afirma, no obstante, que los rubíes son nuestra propia sangre y los diamantes nuestras propias lágrimas. 
Esa es la esencia del especialismo. No es amor sino explotación. Lo que llamamos amor es a menudo odio, o en el mejor de los casos, un robo.
Aunque tal vez no seamos conscientes de ello, siempre buscamos a alguien que tiene lo que creemos que a nosotros nos falta, y una vez que lo obtenemos de ellos nos sentimos listos para cambiar de relación. En la relación santa, nos interesamos en el cuadro en sí. No queremos otro marco que el que preste suficiente apoyo
al cuadro para mantenerlo en su lugar. No estamos interesados en nuestro hermano por lo que puede hacer por nosotros. Estamos interesados en nuestro hermano, y punto.
La relación santa es, por encima de todo, una amistad entre dos hermanos. No nos han puesto aquí para que nos sometamos a examen los unos a los otros, ni para juzgarnos ni para usar a los demás con el fin de satisfacer nuestras propias necesidades, las de nuestro ego. No estamos aquí para corregir, cambiar o despreciar a los demás. 
Estamos aquí para apoyarnos, perdonarnos y sanarnos los unos a los otros. 
En mi trabajo de consejera psicológica, me encontré una vez con una pareja que estaba a punto de acabar desagradablemente con su relación. El hombre se había ido de casa y salía con otra mujer, y su esposa estaba furiosa. 
Durante nuestra sesión, refiriéndose a la nueva pareja de él, le dijo:
-¡Te gusta únicamente porque no para de decirte lo maravilloso que eres!
Él la miró con aire muy serio y respondió en voz baja:
-Sí, creo que eso tiene algo que ver.
¿Cómo encontramos una relación santa? No pidamos a Dios que nos cambie de pareja, sino que nos cambie mentalmente.
No escapemos de alguien que nos atrae porque tenemos miedo de que sea una relación especial. Siempre que hay una relación en potencia, existe la posibilidad de que sea especial. 
Con frecuencia, pregunto a mi público qué es lo primero que debemos hacer cuando nos sentimos atraídos por alguien, y me
responden a coro: «¡Rezar!». 
La plegaria es más o menos así: «Dios amado, Tú sabes, y yo también, que en estas cosas tengo más potencial neurótico que en cualquier otra. Por favor, toma la atracción que siento por
esta persona, los pensamientos y sentimientos que me inspira, y úsalos para Tus propios fines. 
Permite que esta relación evolucione de acuerdo con Tu voluntad. Amén».
El progreso espiritual es como una desintoxicación. Las cosas tienen que aflorar para que podamos liberarnos de ellas. 
Una vez que hemos pedido que nos sanen, nuestras zonas enfermas se ven obligadas a salir a la superficie. 
Una relación usada por el Espíritu Santo se convierte en un lugar donde nuestros bloqueos contra el amor ya no son suprimidos ni negados, sino más bien llevados a nuestro conocimiento consciente.
No nos volvemos locos como suele pasarnos con la gente por quien nos sentimos atraídos. Entonces podemos ver claramente lo que funciona mal y, cuando estamos preparados, pedirle a Dios que nos muestre otro camino.
En cuanto templos de sanación, las relaciones son como una visita a la consulta del médico divino. ¿Cómo puede ayudarnos un médico si no le mostramos nuestras heridas? Tenemos que revelarle los lugares donde se alberga el miedo antes de que pueda sanarlos. Un curso de milagros nos enseña que "se debe llevar la oscuridad a la luz, y no al revés". Si una relación nos permite apenas evitar nuestras zonas enfermas, nos estamos ocultando en ella, no creciendo.
El universo no le prestará su apoyo.
El ego piensa que una relación perfecta es aquella donde todo el mundo muestra un semblante perfecto.
Pero no es necesariamente así, porque una exhibición de fuerza no siempre es sincera, no siempre es una expresión auténtica de nuestro ser. Si yo finjo que tengo las cosas claras en un campo donde realmente no es así, cultivo una falsa imagen de mí misma, y lo hago por miedo: miedo de que si tú vieras la verdad, mi verdad, me rechazarías.
La idea que tiene Dios y la que tiene el ego de una «buena relación» son completamente diferentes. 
Para el ego, una buena relación es aquella en la cual otra persona se conduce básicamente de la manera que nosotros
queremos y nunca nos saca de quicio, jamás sale de los límites de la zona en la que nos encontramos cómodos.
Pero si una relación existe para apoyar nuestro crecimiento, entonces existe, en muchos sentidos, precisamente para hacer todo eso, para forzarnos a abandonar nuestra limitada tolerancia y nuestra incapacidad para amar incondicionalmente.
No estamos alineados con el Espíritu Santo mientras la gente no
pueda comportarse de la manera que quiera sin que por eso se altere nuestra paz interior.
Ha habido ocasiones en que mi idea de una relación era: 
«Esto es terrible», hasta que al reflexionar más a fondo me daba
cuenta de que probablemente Dios estaría diciéndose: «Oh, qué bueno». Dicho de otra manera, Marianne tiene oportunidad de ver con mayor claridad sus propias neurosis.
Una amiga me contó una vez que había roto con su novio.
-¿Por qué? -le pregunté.
-Porque estuvo cinco días sin llamarme. No dije nada.
-Él sabe que necesito que me renueve continuamente la seguridad de su afecto -continuó-, de manera que pongo mis límites.
 ¿No te parece bien?
-No, me parece pueril -respondí, y después de una pausa, le pregunté-: ¿No has pensado en aceptarlo tal cual es?
-Vaya, gracias por tu apoyo -me dijo. -No hay de qué -respondí.
Yo sabía que para ella el apoyo era que los demás se mostraran de acuerdo en que su novio era culpable.
Es muy fácil encontrar apoyo para nuestra creencia en la culpa. Pero el verdadero apoyo es ayudarnos mutuamente a ver más allá de los errores de los demás, a renunciar a nuestros juicios y a ver el amor que hay más allá.
Nuestra neurosis en las relaciones se deriva generalmente de que tenemos un programa preestablecido para la otra persona, o para la relación como tal.
No es misión nuestra tratar de convertir una relación en lo que
nosotros creemos que debería ser. Si alguien no se comporta como una gran pareja romántica, quizá sea porque no tiene que serlo en relación con nosotros. 
Y no por eso se equivoca. No todas las relaciones tienen que ser el romance definitivo: si el tren no se detiene en tu estación, no es tu tren. 
El ego intenta usar una relación para satisfacer nuestras necesidades tal como nosotros las definimos; el Espíritu Santo pide que la relación sea usada por Dios para que sirva a Sus propósitos. 



Y Su propósito es siempre que podamos aprender a amar con más pureza. 

Amamos con pureza cuando permitimos a los demás que sean como son. El ego busca la intimidad mediante el control y la culpa. El Espíritu Santo la busca mediante la aceptación y la
liberación.
En la relación santa no procuramos cambiar a los demás, sino más bien ver qué hermosos son ya. Nuestra plegaria llega a ser: «Dios amado, deja caer el velo que tengo frente a los ojos y ayúdame a ver la belleza de mi hermano». 
Lo que nos hace sufrir en una relación es nuestra incapacidad de aceptar a la gente exactamente tal como es.
Nuestro ego no es otra cosa que nuestro miedo. Todos tenemos un ego, y eso no hace de nosotros malas personas.
El ego no es el lugar donde somos malos, sino donde nos sentimos heridos. El Curso dice que "a cierto nivel todos tenemos miedo de que, si los demás vieran cómo somos en realidad, retrocederían horrorizados". 
Por eso nos inventamos la máscara, para ocultar lo que verdaderamente somos. 
Pero nuestro ser auténtico -el Cristo dentro de nosotros- es lo más hermoso de nosotros.
Debemos revelarnos en nuestro nivel más profundo para descubrir hasta qué punto somos realmente dignos de amor. Cuando profundizamos lo suficiente en nuestra verdadera naturaleza, lo que encontramos no es oscuridad, sino una luz infinita. Eso es lo que el ego no quiere que veamos: que nuestra seguridad reside verdaderamente en despojarnos de la máscara. Pero no lo podremos hacer si constantemente tememos que nos juzguen. La relación sagrada es un contexto donde nos sentimos lo suficientemente seguros para ser nosotros mismos, sabiendo que nuestra oscuridad no será juzgada, sino perdonada. 
De esta manera se nos sana y se nos deja en libertad de adentrarnos en la luz de nuestro ser auténtico. 
Estamos motivados para crecer. Una relación santa es «un
estado mental común, donde ambos gustosamente le entregan sus errores a la corrección, de manera que los dos puedan ser felizmente sanados cual uno solo».

Libro Volver al Amor de un Curso de Milagros (Marianne Williamson)





Capitulo VI- LOS NIVELES DE ENSEÑANZA(III Escrito)

«Por lo tanto, el plan dispone que cada maestro de Dios establezca contactos muy específicos.»
Las relaciones son tareas que tenemos que realizar. Forman parte de un vasto plan para nuestra iluminación, el diseño del Espíritu Santo mediante el cual a cada alma se la conduce a una conciencia y una expansión del amor mucho mayores. 
Las relaciones son los laboratorios del Espíritu Santo, en los cuales Él reúne a personas que así tienen la máxima oportunidad de crecimiento. Él evalúa quién puede aprender más de quién en
cualquier momento dado, y después asigna a esas personas la una a la otra. 
Como un ordenador universal gigantesco, sabe exactamente qué combinación de energías, y en qué contexto exacto, es más útil para llevar adelante el plan de salvación divino. 
Ningún encuentro es accidental. «Los que tienen que conocerse se conocerán, ya que juntos tienen el potencial para desarrollar una relación santa.»
El Curso afirma que hay "tres niveles de enseñanza" en las relaciones. 
El primer nivel consiste en lo que parecen ser encuentros fortuitos, por ejemplo el de dos extraños en un ascensor o el de dos estudiantes que «por casualidad» vuelven a casa juntos después de la escuela. El segundo nivel «es una relación más
prolongada en la que, por algún tiempo, dos personas se embarcan en una situación de enseñanza, aprendizaje bastante intensa, y luego parecen separarse».
El tercer nivel de enseñanza se da en relaciones que, una vez formadas, son de por vida. En estas situaciones de enseñanza-aprendizaje «se le provee a cada persona de un compañero de aprendizaje determinado que le ofrece oportunidades ilimitadas de aprender».
Incluso en el primer nivel de enseñanza, las personas que se encuentran en el ascensor pueden mirarse con una sonrisa y los estudiantes pueden hacerse amigos. 
Es principalmente en los encuentros casuales donde se nos da la oportunidad de practicar el arte de cincelar las aristas ásperas de nuestra personalidad. 
Sean las que fueren las características personales que se ponen en evidencia en nuestras interacciones casuales, aparecerán inevitablemente magnificadas en otras relaciones más intensas. Si nos mostramos irritables con el cajero del banco, difícilmente seremos más afables con las personas que amamos.
En el segundo nivel de enseñanza, se reúne a las personas para hacer un trabajo más intenso.
Durante el tiempo que estarán juntas, pasarán por todas aquellas experiencias que les suministren las siguientes lecciones que han de aprender. Cuando la proximidad física ya no sirve de base al más elevado nivel de enseñanza y de aprendizaje posible entre ellas, la tarea les exigirá la separación física.
Sin embargo, lo que entonces se nos aparece como el fin de la relación no es realmente un final. Las relaciones son eternas.
Pertenecen a la mente, no al cuerpo, porque las personas son energía y no sustancia física. La unión de los cuerpos puede o no denotar una auténtica unión, porque la unión es algo mental. Puede ser que personas que han compartido durante veinticinco años el mismo lecho no estén verdaderamente unidas, y otras a miles de kilómetros de distancia no estén en modo alguno separadas.
Con frecuencia, parejas que se han separado o divorciado ven con tristeza el «fracaso» de su relación. 
Pero si ambas personas han aprendido lo que tenían que aprender, entonces la relación fue un éxito. 
Ahora ha llegado el momento de la separación física, de modo que se pueda seguir aprendiendo de otras maneras. 
Esto no sólo significa aprender en otra parte, de otras personas; significa también aprender la lección de puro amor que encierra el hecho de tener que renunciar a una relación.
Las relaciones del tercer nivel, que duran toda la vida, son generalmente pocas, porque «su existencia implica que los que intervienen en ellas han alcanzado simultáneamente un nivel en el que el equilibrio enseñanza-aprendizaje es perfecto».
Esto no significa, sin embargo, que necesariamente reconozcamos las tareas que nos son asignadas en el tercer nivel; la verdad es que en general no es así. 
Hasta es probable que sintamos hostilidad hacia esas personas. Alguien con quien tenemos lecciones que aprender durante toda la vida es alguien que nos obliga a crecer. A veces es alguien con quien compartimos amorosamente toda la vida, y a veces es alguien a quien sentimos durante años, o incluso para siempre, como una espina clavada en el corazón. El solo hecho de que alguien tenga mucho que enseñarnos no significa que esa persona nos guste.
La gente que más tiene que enseñarnos suele ser la que nos muestra, como si los reflejara, los límites de nuestra propia capacidad de amar, la gente que consciente o inconscientemente cuestiona nuestras actitudes temerosas y nos muestra nuestras murallas. Nuestras murallas son nuestras heridas, los lugares donde sentimos que ya no podemos amar más, no podemos conectarnos con más profundidad, no podemos perdonar
más allá de cierto punto. Estamos, cada uno, en la vida de los otros para ayudarnos a ver dónde tenemos más necesidad de sanar, y para ayudarnos a sanar.




6. LA RELACIÓN ESPECIAL

«La relación de amor especial es el arma principal del ego para impedir que llegues al Cielo.»
Todos podemos reconocer en nosotros el deseo de encontrar la pareja perfecta; es casi una obsesión cultural. Pero de acuerdo con Un curso de milagros, la búsqueda de la persona perfecta, que represente la «solución», es una de nuestras peores heridas psíquicas, y uno de los engaños más poderosos del ego. 
Es lo que el Curso llama «la relación especial». 
Aunque la palabra «especial» alude normalmente a algo maravilloso, desde la perspectiva del Curso significa diferente y, por lo tanto, aparte o separado, que es una característica
del ego más bien que del espíritu. Una relación especial es una relación basada en el miedo.
"Dios creó solamente un Hijo unigénito, y nos ama a todos como si fuéramos uno. 
Para Él nadie es diferente ni especial porque en realidad nadie está separado de nadie. Como nuestra paz reside en amar como Dios ama, debemos esforzarnos por amar a todo el mundo. Nuestro deseo de hallar una «persona especial», una parte de la Condición de Hijo que nos complete, es dañino porque es engañoso. Significa que estamos buscando la salvación en la separación más bien que en la unidad. El único amor que nos completa es el amor a Dios, y el amor a Dios es el amor a todo el mundo.
Esto no significa que la forma de relacionarnos tenga que
ser la misma con todas las personas, sino que debemos buscar en todas las relaciones el mismo contenido: un amor fraternal y una amistad que trascienden los cambios de forma y los cuerpos.
De la misma manera como "el Espíritu Santo fue la respuesta de Dios a la separación, de igual modo la relación especial fue entonces la respuesta del ego a la creación del Espíritu Santo. Después de la separación empezamos a sentir en nuestro interior un enorme agujero, y la mayoría de nosotros seguimos sintiéndolo. 
El único antídoto para esto es la Expiación o retorno a Dios, porque el dolor que sentimos es efectivamente nuestra propia negación del amor. El ego, sin embargo, nos dice otra cosa. Sostiene que el amor que necesitamos debe venir de otra persona, y que ahí afuera hay alguien especial que puede llenar ese hueco.
Como el deseo de ese alguien especial surge en realidad de nuestra creencia en que estamos separados de Dios, el deseo mismo simboliza la separación y la culpa que sentimos a causa de ella. 
Nuestra búsqueda, entonces, carga con la energía de la separación y de la culpa. Por eso, con frecuencia, en nuestras relaciones más íntimas se genera tanta rabia.
Estamos proyectando en la otra persona la rabia que sentimos contra nosotros mismos por amputar nuestro propio amor.
Con frecuencia, cuando creemos que estamos «enamorados» de una persona, como indica Un curso de milagros, en realidad estamos cualquier cosa menos eso. 
La relación especial no se basa fundamentalmente en el amor, sino en la culpa. La relación especial es la fuerza de seducción del ego que pugna por alejarnos de Dios. 
Es una forma importante de idolatría, la tentación de pensar que algo diferente de Dios pueda completarnos y darnos paz.
El ego nos dice que ahí afuera hay una persona especial que hará que desaparezca todo el dolor. En realidad no nos lo creemos, evidentemente, pero de alguna manera sí nos lo creemos.
Nuestra cultura nos ha metido la idea en la cabeza, valiéndose de libros, canciones, películas, anuncios y, lo que es más importante, la conspiración de los otros egos. El trabajo del Espíritu Santo es hacer que la energía del amor especial abandone la falsedad para convertirse en algo sagrado.
La relación especial vuelve demasiado importante a otra persona: su conducta, sus opciones, su opinión de nosotros.
Nos hace pensar que la necesitamos, cuando en realidad estamos completos y enteros tal como somos. El amor especial es un amor «ciego», que se equivoca al elegir la herida que intenta sanar.
Se dirige a la brecha que hay entre nosotros y Dios, que en realidad no existe, aunque creamos que sí. Al dirigirnos a esta
brecha como algo real, y desplazar su origen hacia otra persona, en realidad nos fabricamos la experiencia que procuramos rectificar.
Con la guía del Espíritu Santo, nos reunimos para compartir el alborozo. Bajo la dirección del ego, nos reunimos para compartir la desesperación. Sin embargo, en realidad la negatividad no se puede compartir, porque es una ilusión.
«Una relación especial es un tipo de unión en el que la unión está excluida.»
Una relación no está destinada a ser la unión de dos inválidos emocionales. El propósito de una relación no es que dos personas incompletas se conviertan en una, sino que dos personas completas se unan para mayor gloria de Dios.
La relación especial es un dispositivo mediante el cual el ego nos separa en lugar de unirnos. 
Basada en la creencia en el vacío interior, está siempre preguntando: 
«¿Qué puedo conseguir?», mientras que el Espíritu Santo pregunta: «¿Qué puedo dar?». El ego procura usar a otras personas para satisfacer lo que define como nuestras necesidades. Actualmente, algunas voces siguen insistiendo interminablemente en si una relación «satisface o no nuestras necesidades».
Pero cuando intentamos usar una relación al servicio de nuestros
propios fines, vacilamos, porque reforzamos nuestra ilusión de necesidad. Bajo la dirección del ego andamos siempre en busca de algo, y sin embargo, continuamente saboteamos lo que hemos encontrado.
Una de mis amigas me llamó un día para decirme que había salido con un hombre que realmente le gustaba.
A la semana siguiente, me llamó y me dijo que él había anulado una cita con ella para irse al campo, y que después de todo, no le gustaba.
-No voy a aceptarle eso a nadie -me dijo-. Yo estoy preparada para una relación.
-No -le contesté-, no estás preparada para una relación si no puedes permitir a la otra persona que cometa un error.
El ego le había dicho que rechazara a ese hombre porque ella estaba preparada para una relación, pero lo que hacía en realidad era asegurarse de que no la tuviera.
El ego no busca alguien a quien amar, sino alguien a quien atacar. En lo relativo al amor, su precepto es «Busca, pero no halles». Va en busca de un reflejo de sí mismo, otra máscara que oculte la faz de Cristo.
En la relación especial, yo tengo miedo de mostrarte la auténtica verdad de mí misma -mis miedos, mis debilidades- porque temo que, si la ves, me abandonarás.
Estoy suponiendo que eres un crítico tan despiadado como yo.
Y sin embargo no estiro el cuello para ver tus puntos débiles, porque me pone nerviosa pensar que me he liado con alguien que tiene puntos débiles.
Todo el tinglado va en contra de la autenticidad, y por consiguiente, del auténtico crecimiento.
Una relación especial perpetúa la mascarada autopunitiva en la que todos buscamos desesperadamente atraer el amor siendo
alguien que no somos. Aunque vamos en busca del amor, en realidad estamos cultivando el odio hacia nosotros mismos, nuestra carencia de autoestima.
¿Cuál es aquí nuestro milagro? Es dejar de pensar en querer ser especial y empezar a pensar en la santidad.
Nuestras pautas mentales respecto a las relaciones están tan impregnadas de miedo -ataque y actitudes defensivas, culpa y egoísmo, por más bonitos disfraces que les pongamos-, que muchas veces terminamos de rodillas. Y ésta, como siempre, es una buena posición. 
Roguemos a Dios para que guíe nuestros pensamientos y sentimientos. «Puedes poner cualquier relación bajo el cuidado del Espíritu Santo y estar seguro de que no será una fuente de dolor.»
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