martes, 16 de febrero de 2016

Libro Volver al Amor de un Curso de Milagros (Marianne Williamson) FINAL DEL LIBRO


LAS PUERTAS DEL CIELO
Capitulo XI (Tercer Escrito y Final )
«No pienses que el camino que te conduce a las puertas del Cielo es difícil.» Estamos ante las puertas del Cielo.
En nuestra mente, salimos de allí hace millones de años.
Hoy regresamos a casa. Somos una generación de Hijos Pródigos. Nos fuimos de casa y ahora se respira emoción en el aire porque hemos vuelto. Lo hicimos todo para destruir el amor que sentíamos por nosotros y por los demás, antes de que empezara a atraernos una vida sana. Eso no constituye nuestra vergüenza sino nuestra fuerza. Hay ciertas puertas que no tenemos que abrir, no porque una falsa moral nos lo haya mandado, sino porque ya las abrimos y sabemos que no llevan a ninguna parte.
Lo extraño es que esto nos da una especie de autoridad moral. Hablamos por experiencia. Hemos visto el lado oscuro.
Estamos listos para seguir adelante. La luz nos atrae.
Cuando a Bhagwan Shree Rajneesh sus discípulos le preguntaron por qué en las Escrituras se dice que Dios ama al pecador, respondió: 
Porque suele ser una persona más interesante.
Nosotros somos una generación interesante, pero no nos damos cuenta de ello. Cuando comprendí lo decisiva que es nuestra época, cuando vi que las decisiones que se tomen en este planeta en los próximos veinte años determinarán el tiempo de supervivencia de la humanidad, sentí miedo por el mundo. ¿El destino del mundo está en nuestras manos? «No -pensé-, no en las nuestras.
En las de cualquiera, salvo en las nuestras. Somos unos mocosos malcriados, en bancarrota moral.» Pero cuando me fijé mejor me sorprendió lo que vi. No somos malos. Estamos heridos.
Y nuestras heridas constituyen nuestra oportunidad de sanar.
En el exterior de las puertas del Cielo, sanar es una palabra que está de moda, y la que da forma a nuestros deseos. Hoy se respira en el aire un retorno de lo sagrado, pese al dolor, pese a los conflictos; muchas personas han asumido su mandato, consciente o inconscientemente, y han provocado ya el sentimiento de una excitación contenida, de una esperanza del Cielo.
En todos los ámbitos hay por lo menos vagas señales de que cada vez más personas asumirán responsabilidades mayores.
Antes de que despertemos, el "Espíritu Santo convierte nuestras pesadillas en sueños felices". He aquí algunas reflexiones sobre unos pocos sueños felices que posiblemente podrían llevar al mundo entero un poquito más cerca del Cielo.
Tiene que haber un perdón masivo y colectivo de todo lo que ha sucedido para que nuestra cultura tenga la oportunidad de sanar y de volver a empezar. Algunas de las mejores personas y de las más inteligentes que Norteamérica tiene para ofrecer se están desaprovechando porque no pueden sacudirse su pasado de encima. Qué triste para Norteamérica que personas en cuyo pasado ha habido mucho sexo o drogas, por ejemplo, estén demasiado marcadas de cicatrices para entrar en política por miedo de que las crucifiquen por su historia personal.
En relación con nuestro pasado, lo importante no es lo que sucedió, sino lo que hayamos hecho con ello.
Cualquier cosa puede contribuir a que ahora, si así lo decidimos, podamos ser personas más compasivas. Lo importante nunca es lo que hicimos ayer, sino lo que hemos aprendido de ello y lo que estamos haciendo hoy.
Nadie puede aconsejar mejor a un alcohólico en recuperación que otra persona que haya pasado por lo mismo, que esté más adelantada en el camino de la recuperación.
Nadie puede ayudar tanto como alguien que haya sufrido lo mismo personalmente. Yo nunca me interesé demasiado por Richard Nixon hasta que lo vi por televisión algunos años después de que abandonara la Casa Blanca. «Este hombre –pensé ha sufrido una humillación total, de la que no puede culpar a nadie más que a sí mismo. La única manera de que una persona pueda sobrevivir a una experiencia tan aplastante es que se haya puesto de rodillas y se haya arrojado en los brazos de Dios.»
Al verlo en la pantalla, sentí que él había hecho precisamente eso. Vi en su rostro una suavidad que antes nunca le había visto. «Ahora este hombre es interesante -me dije-. Parece que haya probado los fuegos de la purificación.
Ahora tiene más que nunca para ofrecernos.
Ahora confío en él porque me habla desde un lugar más auténtico.» Cuando estamos justo ante las puertas del Cielo, no tenemos miedo de pedir disculpas. Qué maravilloso sería para Estados Unidos si, en nuestro corazón y frente a todo el mundo, ofreciéramos reparación por la violación de nuestros propios y más sagrados principios en nuestro trato con naciones como el Vietnam.
Somos un gran país, y como todas las naciones, hemos cometido errores. Nuestra grandeza no reside en nuestro poder militar, sino en que nos atengamos a nuestras sagradas verdades internas.
Una nación grande, igual que una gran persona, admite sus propios errores, los expía y pide a Dios y a los hombres una oportunidad para volver a empezar. Esto no nos haría parecer débiles frente al resto del mundo, sino humildes y honestos, dos rasgos sin los cuales no hay grandeza. ¿Y no sería maravilloso -Abraham Lincoln nos preparó el camino- que pudiéramos presentar nuestras enormes y sencillas disculpas a todos los norteamericanos negros?
«En nombre de nuestros antepasados, os pedimos disculpas por haberos traído aquí como esclavos desde vuestra tierra natal. Reconocemos el dolor que esta terrible violación ha causado a generaciones de buenas personas.
Hacednos el favor de perdonarnos, y volvamos a empezar.»
Y entonces, lo menos que podríamos hacer es construir un monumento grande y perdurable a la memoria de los esclavos norteamericanos. Internamente, los blancos lo necesitamos más que los negros. A los norteamericanos de origen africano les resultará mucho más fácil perdonarnos cuando les hayamos pedido perdón. Todas estas cosas, evidentemente, también son válidas para los indios de nuestro país.
Mientras no se produzca esta Expiación, poco margen habrá para una sanación milagrosa de nuestras tensiones raciales.
Los desfiles que se organizaron para nuestros soldados que regresaban del conflicto del Golfo Pérsico, para mí representaron en parte un intento de rectificar el duro tratamiento a que sometimos a nuestros veteranos del Vietnam.
Ojalá también hubiera desfiles para nuestros maestros, nuestros científicos y el resto de nuestros tesoros nacionales.
Y hablando de tesoros nacionales, nuestros niños son el recurso más importante que tenemos.
Por una fracción del coste de mantener a un criminal en la cárcel durante un año, podríamos proporcionar a un niño desamparado una plétora de oportunidades personales y educativas que acabarían con la propensión a una desesperación completa. Entonces disminuirían muchísimo la tentación a experimentar con drogas, la delincuencia y otras sendas que llevan a comportamientos criminales.
No hay cantidad de dinero, tiempo o energía que sea excesiva para gastarla en nuestros niños. Ellos son nuestros ángeles, nuestro futuro. Si les fallamos, nos fallamos.
Justamente en el exterior de las puertas del Cielo, hay mucho que hacer mientras permitimos que la motivación de transformar al mundo proporcione energía a nuestra alma y se manifieste en nuestras convicciones.
Debemos tener fe en Dios y en nosotros mismos. Él nos hará saber lo que quiere que hagamos, y nos enseñará cómo hacerlo. En todas las comunidades hay trabajo por hacer. En todas las naciones hay heridas por sanar. En todos los corazones existe el poder de hacerlo.


LA NAVIDAD
«El símbolo de la Navidad es una estrella: una luz en la oscuridad.» La Navidad es un símbolo de cambio.
Significa el nacimiento de un ser nuevo, cuya madre es nuestra condición humana y cuyo padre es Dios.
María simboliza lo femenino que todos llevamos dentro, impregnado por el espíritu.
Su función es decir sí, quiero, recibo, no abortaré este proceso, acepto con humildad mi función sagrada. El niño nacido de esta concepción mística es el Cristo en todos nosotros.
Los ángeles despertaron a María en mitad de la noche y le dijeron que la esperaban en el terrado. «En mitad de la noche» simboliza nuestra oscuridad, nuestra confusión, nuestra desesperación.
«Ven al terrado» quiere decir: apaga el televisor, deja de emborracharte, lee mejores libros, medita y reza.
Los ángeles son los pensamientos de Dios. Sólo podemos oírlos en una atmósfera mental de pureza. Muchos de nosotros ya hemos oído que los ángeles nos llaman al terrado. De otra manera, no leeríamos libros como éste. Lo que sucede en estos momentos es que se nos da la oportunidad, el reto, de aceptar el espíritu de Dios, de acoger Su simiente en nuestro cuerpo místico. Nosotros seremos Su seguridad y Su protección.
Y si consentimos en ello, permitiremos que nuestro corazón sea la matriz para el Cristo niño, un puerto donde pueda crecer en plenitud y prepararse para su nacimiento en la tierra.
Dios nos ha elegido para que Su hijo nazca por intermedio de cada uno de nosotros. «No hay sitio», dijo el posadero a José.
La «posada» es nuestro intelecto, donde hay poco o ningún lugar para las cosas del espíritu. Pero eso no importa, porque Dios no lo necesita. Lo único que precisa es un poco de espacio en el establo, un poco de buena disposición por nuestra parte para que Cristo nazca sobre la tierra. Ahí, «rodeado de animales», en unidad con nuestra natural condición humana, damos nacimiento al único que rige el universo.
Los pastores en el campo ven antes que nadie la «estrella de la Navidad». Son los que atienden los rebaños, los que cuidan, protegen y sanan a los hijos de la tierra. Es lógico que sean los primeros en ver el signo de la esperanza, porque son ellos quienes la ofrecen.
Han convertido su vida en un terreno fértil para los milagros.
Ven la estrella y la siguen. Y se encuentran con la escena de Jesús en los brazos del hombre. Y los reyes del mundo acuden a rendirle homenaje. Eso se debe a que el poder del mundo no es nada ante "el poder de la inocencia. El león duerme junto al cordero"; nuestra fuerza está en armonía con nuestra inocencia.
Nuestra dulzura y nuestro poder no están reñidos.
«Largo tiempo languideció el mundo en el error y el pecado, hasta que Él llegó y el alma sintió su valor», dice una canción navideña inglesa. Con el nacimiento de Cristo, no una vez por año sino en todo momento, nos permitimos llevar el manto del divino Hijo, ser más de lo que éramos hasta ese momento.
Expandimos nuestra conciencia de nosotros mismos y nuestra identidad.
"El hijo del hombre reconoce quién es, y al reconocerlo se convierte en el Hijo de Dios." Y así el mundo queda redimido, recuperado, sanado e integrado.
El sueño de la muerte ha terminado cuando recibimos la visión de la verdadera vida. Jesús en nuestro corazón no es más que la verdad grabada en él, «el alfa y el omega», el lugar donde empezamos y a donde regresaremos. Aunque tome otro nombre, aunque adquiera otro rostro, Él es en esencia la verdad de lo que somos.
Nuestras vidas unidas forman el cuerpo místico de Cristo.
Reclamar nuestro lugar en este cuerpo es regresar al hogar.
Una vez más encontramos la relación apropiada con Dios, con el prójimo y con nosotros mismos.

LA PASCUA DE RESURRECCIÓN
«El irresistible poder de la resurrección reside en el hecho de que representa lo que quieres ser.»
La Navidad y la Pascua son soportes de nuestra actitud para que alcancemos una visión iluminada del mundo.
Con una visión iluminada de la Navidad, comprendemos que tenemos el poder, por mediación de Dios, de dar nacimiento a un Yo divino. Con una visión iluminada de la Pascua, comprendemos que este Yo es el poder del universo, ante el cual la muerte misma no tiene realmente poder.
"La resurrección es el símbolo del júbilo." Es el gran «¡ajá!», el signo de la comprensión total del hecho de que no estamos a merced de la falta de amor, ni en nosotros mismos ni en los demás.
Aceptar la resurrección es comprender que ya no necesitamos esperar más para vernos como seres sanados y enteros.
Un día estaba sentada charlando con mi amiga Bárbara, que había recibido un triple golpe emocional: su padre se estaba muriendo, había roto con su novio, con quien tenía relaciones desde hacía siete años, y después se había liado apasionadamente con un típico «Peter Pan». Mientras hablábamos de los principios de la resurrección y de nuestro deseo de ir al Cielo, me comentó:
Me imagino que tengo que confiar en que Dios tenga un plan, y en que en su momento las cosas mejorarán.
Intenté hacer que comprendiera los principios del Curso con toda la profundidad posible; le señalé que teóricamente, como no hay tiempo, la cuestión no está en que Dios nos salve «más adelante».
El mensaje de la resurrección es que la crucifixión jamás sucedió, a no ser en nuestra cabeza. Le dije que tener conciencia de Cristo no significa creer que las heridas de la muerte de su padre sanarían, o que la ruptura con su novio se le haría más soportable con el tiempo, o que su aventura amorosa se convertiría algún día en una amistad. Tener conciencia de Cristo es comprender que el Cielo está aquí ahora: su padre no se moriría realmente cuando se muriera, el cambio de forma de una relación duradera no significa absolutamente nada, porque el amor en sí es inmutable, y la partida de Peter Pan tampoco significaría nada, porque el vínculo que los une es eterno.
Su tristeza no se basaba en hechos, sino en una ficción.
Era su interpretación de los acontecimientos, y no éstos en sí, lo que mantenía encadenado su corazón.
El Cielo es la transformación de estos acontecimientos en su mente. El mundo físico entonces prosigue. "La resurrección es nuestro despertar del sueño, nuestro regreso a la sensatez, y por lo tanto nuestra liberación del infierno."
Y así Barbara recuperó la alegría.
Las dos nos reímos como chiquillas mientras pasábamos revista a nuestras vidas, a las relaciones, las circunstancias y los acontecimientos que han contribuido a formar las cruces con las que cargamos. Reconocimos la avidez con que nos clavamos los clavos en manos y pies, aferrándonos a la interpretación terrena de las cosas cuando la opción de verlas de otra manera nos habría liberado y hecho felices.
Rezamos pidiendo tener la capacidad de recordar constantemente que lo único real es el amor.
Vimos, aunque sólo fuera por unos minutos, que nuestra desesperación era innecesaria. En aquel momento tuvimos un atisbo del Cielo y rezamos pidiendo ser capaces de experimentarlo con más asiduidad.
De Un curso de milagros: «El viaje a la cruz debería ser el último "viaje inútil". No te entretengas en él; dalo por finalizado. Si puedes aceptarlo como tu último viaje inútil, también eres libre de unirte a mí resurrección.
Mientras no lo hagas, tu vida realmente será un desperdicio.
No hará más que repetir la separación, la pérdida de poder, los inútiles intentos de reparación del ego y, finalmente, la crucifixión del cuerpo, la muerte.
Esas repeticiones continuarán indefinidamente hasta que se renuncie de forma voluntaria a ellas. No cometas el patético error de "aferrarte a la vieja y áspera cruz".
El único mensaje de la crucifixión es que tú puedes vencer a la cruz. Hasta que ese momento llegue eres libre de crucificarte con toda la frecuencia que quieras, pero este no es el evangelio que yo me proponía ofrecerte.
Tenemos otro viaje por emprender, y si lees cuidadosamente las lecciones que aquí se ofrecen, éstas te ayudarán a prepararte para iniciarlo.» Al final del Libro de ejercicios se nos dice: «Este Curso es un comienzo, no un final». Un sendero espiritual no es el hogar; es un camino hacia el hogar.
Nuestra casa está dentro de nosotros, y continuamente estamos escogiendo entre descansar en ella o luchar contra la experiencia. «Lo que verdaderamente nos aterra -dice el Curso- es la redención.» Pero dentro de nosotros hay Uno que conoce la verdad, a quien Dios ha confiado el trabajo de ser más listo que nuestro ego, más hábil que nuestro odio hacia nosotros mismos. Cristo no ataca al ego; lo trasciende.
Y "Él está dentro de nosotros en todo momento, en todas las circunstancias. Está a nuestra izquierda y a nuestra derecha, delante y detrás de nosotros", encima y debajo de nosotros.
"El Cristo responde plenamente a nuestra menor invitación."
Con nuestras oraciones Lo invitamos a entrar, a Él que ya está dentro. Cuando oramos, hablamos con Dios. Y Él nos responde con los milagros. La interminable cadena de comunicaciones entre amado y amante, entre Dios y el hombre, es la canción más hermosa, el poema más dulce. Es el arte supremo y el amor más apasionado. Dios amado, te doy este día, el fruto de mi esfuerzo y los deseos de mi corazón. En Tus manos pongo todas las preguntas, en Tus hombros deposito todas las cargas. Ruego por mis hermanos y por mí. Que podamos volver al amor. Que nuestra mente pueda sanar. Que todos seamos bendecidos. Que podamos encontrar el camino a casa, ir del dolor a la paz, del miedo al amor, del infierno al Cielo.
Venga a nosotros Tu reino, hágase Tu voluntad, así en la Tierra como en el Cielo. Porque Tuyo es el Reino, el Poder y la Gloria. Por los siglos de los siglos. Amén. FIN * * *
Este libro fue digitalizado para distribución libre y gratuita a través de la red Digitalizador: Desconocido - Revisión y Edición Electrónica de Hernán. Rosario - Argentina 4 de Marzo 2003 – 01:15

Libro Volver al Amor de un Curso de Milagros (Marianne Williamson)


LA PRÁCTICA ESPIRITUAL
Capitulo XI (Segundo Escrito)
 «Una mente sin entrenar no puede lograr nada.»
El amor es algo más que bellos arco iris; requiere disciplina y práctica. No es solamente un sentimiento dulce.
Es un compromiso radical con una manera de ser diferente, una respuesta mental a la vida que está en total desacuerdo con lo que piensa el mundo.
El Cielo es optar conscientemente por desafiar la voz del ego. Cuanto más tiempo pasamos con el Espíritu Santo, mayor es nuestra capacidad de concentrarnos en el amor.
Un curso de milagros nos dice que los cinco minutos que pasamos con Él por la mañana (haciendo los ejercicios del Curso o cualquier otra práctica seria de oración o de meditación) nos garantizan que Él estará a cargo de nuestros pensamientos en cualquiera de sus formas durante todo el día.
Eso significa que asumimos la responsabilidad de hacer lo que en Alcohólicos Anónimos llaman un «contacto consciente» con Él.
Así como vamos al gimnasio para desarrollar nuestra musculatura física, meditamos y oramos para desarrollar nuestra musculatura mental. El Curso dice que logramos tan poco porque tenemos la mente indisciplinada: instintivamente nos comportamos de forma paranoica o nos erigimos en jueces, reacciones temerosas en vez de amorosas.
El Curso afirma que somos «demasiado tolerantes con las divagaciones de la mente». La meditación disciplina la mente. Cuando meditamos, el cerebro emite, literalmente, otra clase de ondas. Recibimos información en un nivel más profundo que durante la conciencia normal de vigilia.
Un curso de milagros dice que lo fundamental son los ejercicios, porque "nos entrenan mentalmente para pensar según las líneas establecidas en el texto.
No es lo que pensamos lo que nos transforma, sino cómo pensamos". Los principios de los milagros se vuelven «hábitos mentales» en nuestro «repertorio para solventar problemas». Crecer espiritualmente no quiere decir volverse metafísicamente más complicado, sino más bien hacerse más simple a medida que esos principios básicos empiezan a impregnar cada vez más profundamente nuestra manera de pensar.
La meditación es un tiempo pasado con Dios en silencio y quietud, a la escucha. Es el tiempo durante el cual el Espíritu Santo puede entrar en nuestra mente y realizar Su divina alquimia.
A causa de ello, no sólo cambia lo que hacemos, sino también quienes somos.
El Libro de ejercicios de Un curso de milagros, un conjunto de ejercicios psicológicos para 365 días, nos proporciona un plan muy específico para abandonar una manera de pensar basada en el miedo y aceptar en su lugar otra basada en el amor.
Cada día se nos da un pensamiento para que nos concentremos en él, con los ojos cerrados, durante un tiempo determinado.
En la introducción se nos dice que aunque no nos gusten los ejercicios y hasta incluso si sentimos hostilidad hacia ellos, aun así debemos hacerlos. Nuestra actitud no influye en absoluto en su eficacia.
Si estoy levantando pesas en el gimnasio, en realidad no importa que la experiencia me encante o me harte. Lo único que afecta a mi cuerpo es si levanto o no las pesas, y lo mismo pasa con la meditación.
Los efectos de la meditación, al igual que los de los ejercicios físicos, son acumulativos. Cuando ejercitamos los músculos en el gimnasio durante una hora, al final de esa hora no podemos apreciar cambio alguno en el cuerpo. Pero si vamos al gimnasio treinta días seguidos, entonces sí que podremos apreciar el cambio. Lo mismo ocurre con la meditación. A veces, el cambio no lo vemos tanto nosotros como los demás.
Quizá ni siquiera nos demos cuenta de cómo influye en nuestro entorno y en las personas que nos rodean la calidad de nuestra energía y las emanaciones invisibles de nuestra mente.
Pero los demás lo perciben, y reaccionan de acuerdo con ello.
La práctica espiritual constituye la base del desarrollo del poder personal.
Las personas espiritualmente poderosas no son necesariamente gente que haga mucho; son más bien personas a cuyo alrededor se hacen cosas. Gandhi consiguió que los ingleses se fueran de la India, y no era un hombre que se moviera mucho.
A su alrededor se arremolinaban poderosas fuerzas.
El presidente Kennedy es otro ejemplo de ello. Legislativamente, obtuvo más bien poco, pero movilizó dentro de otros fuerzas invisibles que alteraron la conciencia de por lo menos una generación de norteamericanos.
Cuando nos encontramos en el nivel supremo de nuestro ser, no es necesario que hagamos nada. Estamos en paz mientras el poder de Dios actúa a través de nosotros. La meditación es una relajación profunda. En ella, la voz frenética del ego y sus vanas invenciones se consumen.
Todos tenemos dentro un receptor de radio en comunicación directa con la voz de Dios.
El problema es que hay muchas interferencias, que desaparecen en los momentos de tranquilidad que pasamos con Dios. Entonces aprendemos a oír Su voz. En el Cielo es la única voz que oímos, y por eso allí somos tan felices.


VER LA LUZ
«Hijo de la luz, no sabes que la luz está en ti.»
Sólo nuestra luz interior es real.
No tenemos tanto miedo de nuestra oscuridad como de la luz que llevamos dentro.
La oscuridad nos resulta familiar, es lo que conocemos.
«Sin embargo, ni el olvido ni el infierno te resultan tan inaceptables como el Cielo.»
La luz, es decir, pensar que efectivamente podríamos valer lo suficiente, es tan amenazadora para el ego que le hace sacar sus cañones más poderosos para defenderse de ella.
Alguien que conozco me comentó una vez de un amigo común: -Tiene un alma mezquina. -No -le dije-, tiene una personalidad mezquina. Su alma es una de las más brillantes que he visto.
Su mezquindad es simplemente una defensa contra la luz.
Si dejara entrar su luz y optara por expresar realmente todo su amor, su ego quedaría abrumado. Su mezquindad es su armadura, su protección contra la luz.
Nuestra defensa contra la luz es siempre alguna forma de culpa que proyectamos en nosotros mismos o en los demás.
Dios puede amarnos infinitamente, el universo puede apoyarnos interminablemente, pero mientras no coincidamos con la bondadosa apreciación que Dios tiene de nosotros y con el misericordioso comportamiento del universo, haremos todo lo que esté a nuestro alcance para mantener a raya los milagros a que tenemos derecho. ¿Por qué nos odiamos a nosotros mismos?
Como ya hemos visto, el ego es la interminable necesidad que tiene nuestra mente de atacarse a sí misma. ¿Y cómo podemos escapar de ello? Aceptando la voluntad de Dios como propia. Y Su voluntad es que seamos felices, que nos perdonemos, que encontremos nuestro lugar en el Cielo, ahora.
No es nuestra arrogancia sino nuestra humildad lo que nos enseña que siendo tal como somos ya valemos lo suficiente, y que lo que tenemos que decir es válido. Es nuestro odio hacia nosotros mismos lo que hace que nos parezca difícil apoyar y amar a otras personas, porque apoyar a los demás equivale a apoyarnos también a nosotros.
Cuando hablo en público, siento una palpable diferencia entre las personas que quieren verme triunfar y las que toman la actitud distante de: «¿Ah, sí? Pues, demuéstralo».
Las primeras crean un contexto en el que me invitan a brillar, las otras un contexto en el que me desafían a brillar. ¿No es bastante desafío la vida? ¿Hasta tal punto se ha reducido la bondad humana? Cuando sabemos que el amor es un recurso infinito, que hay suficiente abundancia de todo para todos y que sólo podemos conservar lo que damos, entonces dejamos de criticar a los demás y empezamos a bendecirlos.
Hace varios años viví durante un tiempo en una casa con una muchacha adolescente. Un día me la encontré sentada en la cama con cinco o seis amigas, mirando un cartel de Christie Brinkley.
Por más increíble que parezca, esas chicas estaban ahí empeñándose en encontrarle defectos: que en realidad no era tan guapa, o que si lo era, probablemente no era demasiado inteligente... Dulcemente, les señalé que lo que pasaba era que en el fondo todas deseaban parecerse a ella, pero como les parecía imposible, la criticaban.
Está bien que vosotras también queráis ser hermosas -les dije-. Cada una a vuestra manera, podéis serlo.
Y el modo de conseguirlo es bendecir su belleza, elogiarla, permitirle que sea guapa para que también vosotras os lo podáis permitir. Que Christie Brinkley sea hermosa no quiere decir que vosotras no podáis serlo. Hay suficiente belleza para todas.
La belleza es sólo una idea, y cualquiera puede tenerla.
Si bendecís la belleza que ella tiene, multiplicáis vuestras posibilidades de tenerla también. Una persona que tiene éxito en cualquier campo está creando más posibilidades de que otras hagan lo mismo. Aferrarse a la idea de los recursos finitos es una manera de aferrarse al infierno.
Debemos aprender a tener sólo pensamientos divinos. Los ángeles son los pensamientos de Dios, y en el Cielo los humanos piensan como ángeles. Los ángeles iluminan el camino, no envidian a nadie, no destruyen, no compiten, no cierran su corazón, no tienen miedo. Por eso cantan y vuelan. Nosotros, por supuesto, somos ángeles disfrazados.

EL FIN DEL MUNDO
«El mundo no acabará destruido, sino que se convertirá en el Cielo.»
El fin del mundo tal como lo entendemos no sería algo horrible, si se piensa en todas las formas de dolor y sufrimiento que hay en el mundo. En los «últimos días» no escaparemos de los horrores del mundo en vehículos que se eleven hacia el espacio exterior, sino en vehículos que se adentren en el espacio interior.
Esos vehículos serán nuestras mentes sanadas, guiadas por el Espíritu Santo. ¿Qué aspecto tiene el Cielo? La mayoría de nosotros no hemos tenido más que ligeros atisbos, pero han sido suficientes para que mantengamos la esperanza de regresar.
El Curso afirma que hay una «melodía ancestral» que todos recordamos y que siempre nos llama, incitándonos en todo momento a regresar. El Cielo es nuestro hogar. Es de ahí de donde vinimos. Es nuestro estado natural. Todos hemos tenido momentos celestiales sobre la tierra, generalmente en el pecho de nuestra madre o de otra persona.
Hay un sentimiento de paz interior que proviene de un abandono total del deseo de juzgar. No sentimos necesidad de cambiar a los demás ni de ser diferentes de como somos. Podemos ver, por la razón que fuere, toda la belleza de otra persona, y sentimos que los demás pueden ver igualmente la belleza en nosotros.
El mundo considera la relación especial, sea romántica o de otra clase, como el único contexto válido para tal experiencia.
Esta es nuestra neurosis primaria, nuestro engaño más doloroso. Seguimos buscando el amor en el cuerpo, pero no está ahí.
"Nos embarcamos en una búsqueda interminable de lo que no podemos encontrar": una persona, una circunstancia que tenga las llaves del Cielo. Pero el Cielo está dentro de nosotros. No tiene nada que ver con las ideas de los demás y tiene todo que ver con lo que escogemos pensar nosotros mismos, no solamente sobre una persona determinada, sino sobre todo el mundo.
Así, perdonar a la humanidad entera, a cualquiera en cualquier circunstancia, es nuestro billete al Cielo, nuestro único camino de vuelta a casa. Nuestro objetivo es Dios. Ningún otro nos dará alegría. Y tenemos derecho a la alegría.
Aunque somos relativamente conscientes del poder de transformación del dolor, sabemos muy poco del poder de transformación de la alegría, porque sabemos muy poco de ella misma. Hablar de alegría no es ser simplista.
Nadie dice que sea fácil; sólo afirmamos que es nuestro objetivo. Como ya hemos visto, no hay manera de llegar al Cielo sin reconocer el infierno, no en su realidad última, sino en la que tiene para nosotros mientras permanezcamos en este mundo ilusorio, una ilusión ciertamente muy poderosa.
Un curso de milagros no nos propone la negación de las emociones y la supresión de la oscuridad como camino hacia la luz.
Es un proceso psicoterapéutico mediante el cual la oscuridad es traída a la luz, y no lo contrario.
En el mundo iluminado, la psicoterapia, guiada por el Espíritu Santo, tendrá ciertamente su lugar. Como dice el Curso: «Nadie puede escapar de las ilusiones a menos que las examine, pues no examinarlas es la manera de protegerlas».
Ambos lados del camino al Cielo están llenos de demonios, así como el castillo de los cuentos de hadas está rodeado de dragones.
Un curso de milagros pregunta: «¿Qué es sanar sino retirar todo lo que obstaculiza el camino al conocimiento? ¿Y de qué otra manera se pueden disipar las ilusiones si no es mirándolas directamente, sin protegerlas?». El trabajo hacia la iluminación implica a menudo una desagradable y dolorosa movilización de lo peor que hay en nuestro interior, que se hace visible tanto para nosotros como para los demás, con el fin de que podamos conscientemente liberarnos de nuestra oscuridad personal. Pero sin un compromiso con la luz, sin un intento consciente de ir al Cielo, seguimos enamorados de la oscuridad, demasiado tentados por sus complejidades.
La tentación de "analizar la oscuridad como vía hacia la luz" queda ilustrada en algunos modelos tradicionales de psicoterapia. Cuando es el ego quien la usa, la psicoterapia es una herramienta para la investigación interminable del ego: culpabilización y concentración en el pasado.
Cuando la usa el Espíritu Santo, es una búsqueda de la luz.
Es una interacción sagrada en la que dos personas juntas, consciente o inconscientemente, invitan al Espíritu Santo a entrar en su relación y a convertir las percepciones dolorosas en conocimiento amoroso. La única razón de que todos estemos tan necesitados de terapia es que hemos perdido la conexión esencial con el significado de la amistad.
Cualquier verdadera relación, así como la verdadera religión, es una forma de psicoterapia. Lo único que piden los psicoterapeutas del Espíritu Santo, profesionales o no, es aceptar la Expiación para sí mismos con el fin de que sus propias percepciones sanadas puedan ayudar a iluminar a los demás.
En el mundo que ha de venir, las parejas usarán más y con mayor frecuencia la psicoterapia, no sólo en momentos de crisis, sino como un sistema de mantenimiento.
Hubo una época en que la mayoría de las personas veían en la terapia algo que sólo era para los «locos». Ahora la vemos como una valiosa herramienta para mantenernos cuerdos.
De modo que las parejas llegarán a ver el valor de una evaluación constante, coherente y formal de sus pensamientos y sentimientos mientras caminan de dos en dos hacia los brazos de Dios.
En el exterior de las puertas del Cielo hay mucha acción, dentro de una ilusión, evidentemente, pero una ilusión que debe ser transformada desde adentro.
El único significado de cualquier acontecimiento en el mundo de la forma es que simula dentro de nosotros un impulso para dar la espalda al Cielo o alcanzar sus puertas. Mientras estamos ante las puertas, sin saber hacia dónde ir, impulsados por el amor y sin embargo adiestrados para el miedo, necesitamos darnos cuenta de la sagrada responsabilidad que se nos ha puesto en las manos.
«Y así, caminas en dirección al Cielo o al infierno, pero no solo.» Tomamos decisiones por todos y para muchos años. Las decisiones que tomamos hoy, individual y colectivamente, determinarán si el planeta se irá al infierno o al Cielo. Una cosa, sin embargo, es segura: somos la generación de la transición. Las opciones críticas están en nuestras manos. Las generaciones futuras sabrán quiénes fuimos. Pensarán con frecuencia en nosotros. Nos maldecirán o nos bendecirán.

Libro Volver al Amor de un Curso de Milagros (Marianne Williamson)


EL CIELO
Capitulo XI
«El Cielo está aquí. No existe ningún otro lugar. El Cielo es ahora. No existe ningún otro tiempo.»
 LA DECISIÓN DE SER FELIZ
«El Cielo es la alternativa por la que me tengo que decidir.»
"La voluntad de Dios es que seamos felices" ahora.
Al pedir que se haga Su voluntad, damos instrucciones a la mente para que se concentre en la belleza de la vida, en cada una de las razones que tenemos para celebrar en vez de estar de duelo. Generalmente nos imaginamos lo que pensamos que nos haría felices, y después tratamos de hacer que suceda.
Pero la felicidad no depende de las circunstancias.
Hay personas que lo tienen todo para ser felices y no lo son, y otras que sí lo son a pesar de tener auténticos problemas.
La clave de la felicidad es la decisión de ser feliz.
En los últimos años se ha hablado mucho de «reconocer nuestros sentimientos». Es un concepto importante, pero que puede ser usado por el ego para sus propios fines.
La mayoría de las veces, cuando oímos decir «reconoce tus sentimientos», se refieren a los negativos:
«Sé consciente de tu dolor, o de tu rabia, o de tu vergüenza».
Pero necesitamos tanto apoyo para reconocer nuestros sentimientos positivos como para reconocer los negativos.
El ego se resiste a la vivencia de cualquier tipo de emoción auténtica. Necesitamos apoyo y permiso para sentir nuestro amor, nuestra satisfacción y nuestra felicidad.
El ego libra una secreta batalla contra la felicidad.
Recuerdo que cuando estaba en la universidad, solía pasearme con libros de poesía rusa bajo el brazo, cultivando una actitud sofisticada y cínica que me parecía propia de una persona inteligente.
Sentía que aquello indicaba que yo entendía la condición humana, hasta que me di cuenta de que mi cinismo revelaba muy poca comprensión de la condición humana, porque lo más importante de tal condición es que estamos siempre escogiendo.
Siempre podemos optar por percibir las cosas de otra manera.
Se dice que podemos ver el vaso medio vacío o medio lleno. Podemos concentrarnos en lo que nos va mal en la vida o en lo que nos va bien, y tanto en un caso como en el otro será precisamente de eso de lo que recibamos más.
La creación es una extensión del pensamiento. Piensa en la escasez y recibirás escasez, piensa en la abundancia y recibirás abundancia.
Puedo oír las voces que dicen: «Pero cuando actúo como si todo fuera estupendamente bien, no soy sincero conmigo mismo».
Pero el yo negativo no es nuestro yo verdadero; es más bien el impostor.
Necesitamos estar en contacto con nuestros sentimientos negativos, pero sólo para liberarnos de ellos y sentir el amor que se oculta debajo. No es tan difícil tener sentimientos y pensamientos positivos. El problema es que nos resistimos a ellos porque nos hacen sentir culpables.
Para el ego no hay mayor crimen que el de reclamar nuestra herencia natural. «Si soy rico -dice el ego-, otra gente será pobre.
Si tengo éxito, puedo herir los sentimientos de otras personas. ¿Quién soy yo para tenerlo todo? Seré una amenaza y ya no le gustaré nunca a nadie.» Estos son algunos de los argumentos que el ego nos mete en la cabeza.
El Curso nos advierte del peligro de las creencias ocultas.
Una creencia oculta que muchos compartimos es que está mal ser demasiado feliz. El dogma religioso del ego no nos ha ayudado.
Se ha glorificado el sufrimiento. La gente se ha concentrado más en la crucifixión que en la resurrección.
Pero la crucifixión sin la resurrección es un símbolo que no tiene significado. La crucifixión es la pauta de energía del miedo, la manifestación de un corazón cerrado.
La resurrección es la inversión de esa pauta, que se da cuando dejamos de pensar en el miedo para concentrarnos en el amor. Examina la crucifixión, dice Un curso de milagros, pero no te detengas en ella. «Bienaventurados los que tienen fe en lo que no pueden ver», dice Jesús. Es fácil tener fe cuando las cosas van bien, pero en la vida hay momentos en que tenemos que volar a ciegas, como un piloto que hace un aterrizaje con mala visibilidad y tiene que confiar en que los instrumentos decidan por él.
Y lo mismo pasa con nosotros cuando las cosas no son como nos gustaría que fueran. Sabemos que la vida es un proceso, y que siempre avanza hacia un mayor bien. Lo que pasa es que nosotros no podemos verlo.
En esos momentos confiamos en que nuestro radar espiritual navegue por nosotros. Confiamos en que haya un final feliz.
Por nuestra fe, mediante nuestra confianza, invocamos su señal.
La resurrección es una vehemente llamada a seguir avanzando. Representa la decisión de ver la luz en medio de la oscuridad.
El Talmud, el libro judío de la sabiduría, dice cómo hay que comportarse en épocas de oscuridad: «Durante el tiempo de la noche más oscura, actúa como si ya hubiera llegado la mañana». Dios nos da la respuesta a cada problema en el momento en que se produce. El tiempo, como ya hemos visto, no es más que una idea. Es el reflejo físico de nuestra fe o nuestra falta de fe.
Si pensamos que una herida va a necesitar mucho tiempo para sanar, lo necesitará. Si aceptamos la voluntad de Dios como algo ya cumplido, experimentaremos inmediatamente la sanación de todas nuestras heridas.
«Sólo la paciencia infinita produce resultados inmediatos.»
El universo fue creado para apoyarnos en todos los aspectos.
Dios está constantemente expresando Su infinito cuidado por nosotros. El único problema es que nosotros no estamos de acuerdo con Él. No nos amamos como Él nos ama, y por eso impedimos que se produzcan los milagros a los que tenemos derecho.
El mundo nos ha enseñado a creer que somos inferiores, que no somos perfectos, que es una actitud arrogante pensar que merecemos una felicidad completa.
Este es el punto donde nos quedamos atascados.
Si nos pasa algo -el amor, el éxito, la felicidad- que sólo parece adecuado para una persona «que realmente se lo merezca», nuestra mente subconsciente decide que eso no es para nosotros, y nos saboteamos las oportunidades de ser felices.
Pocas personas nos han agraviado como nosotros nos agraviamos. Nadie nos ha sacado los caramelos de las manos tantas veces como nosotros mismos los hemos tirado.
Hemos sido incapaces de aceptar el júbilo porque no concuerda con la idea que tenemos de nosotros mismos. En contraste con la ínfima apreciación que tiene el ego de nuestro valor, está la verdad tal como Dios la ha creado.
No hay luz más brillante que la que resplandece dentro de nosotros. No importa si la vemos o no. Está ahí porque ahí la puso Dios.
Ser felices no es sólo nuestro derecho sino, en cierto sentido, también nuestra responsabilidad. Dios no nos da la felicidad para nosotros solos. Nos la da para que podamos afirmarnos más en el mundo en Su nombre.
La felicidad es un signo de que hemos aceptado la voluntad de Dios. Es mucho más fácil fruncir el ceño que sonreír. Es fácil ser cínico. En realidad, es una excusa para no ayudar al mundo. Siempre que alguien me dice que está muy deprimido por el hambre que hay en el mundo, le pregunto si da cinco dólares mensuales a alguna de las organizaciones de ayuda a los necesitados.
Y lo pregunto porque he observado que la gente que participa en la solución de los problemas no parece estar tan deprimida por ellos como los que se quedan entre bastidores sin hacer nada.
La esperanza nace de participar en soluciones esperanzadoras. Somos felices en la medida en que optamos por ver y crear las razones para la felicidad.
El optimismo y la felicidad son los resultados del trabajo espiritual. Un curso de milagros afirma: «El amor espera la bienvenida, pero no en el tiempo». El Cielo sólo espera nuestra aceptación.
No es algo que vayamos a experimentar «más tarde».
«Más tarde» no es más que una idea. «Alegraos -decía Jesús-, porque he vencido al mundo.» Se daba cuenta, como podemos darnos cuenta también nosotros, de que el mundo no tiene poder ante el poder de Dios. No es real. No es más que una ilusión. Dios ha creado el amor como la única realidad, el único poder. Y así es.

NUESTRA CAPACIDAD DE BRILLAR.
«Puedes alzar la mano y tocar el Cielo.»
A los ojos de Dios, todos somos perfectos y tenemos una capacidad ilimitada de expresarnos brillantemente. Digo capacidad ilimitada y no potencial ilimitado porque este último concepto puede ser peligroso si lo utilizamos para esclavizarnos a nosotros mismos, para vivir en el futuro y no en el presente y para sumirnos en la desesperación comparándonos constantemente con lo que creemos que podríamos ser.
Mientras no seamos maestros perfectos, es imposible por definición que vivamos a la altura de nuestro potencial, que siempre será algo que sólo podremos alcanzar más adelante. Se trata de un concepto que puede hundirnos en la impotencia personal.
Si nos centramos en el potencial humano seguiremos siendo impotentes. Centrémonos en la capacidad humana, que se expresa en el presente. Es inmediata. La clave no está en lo que tenemos dentro, sino en lo que estamos dispuestos a reconocer de lo que tenemos dentro. No tiene sentido esperar a ser perfectos en todo lo que hacemos, o maestros iluminados, o doctores en filosofía de la vida, antes de abrirnos a lo que somos capaces de hacer ahora.
Por supuesto que hoy no somos tan buenos como seremos mañana; pero, ¿cómo vamos a llegar a la promesa de mañana sin hacer algo hoy? Recuerdo haberme pasado años tan preocupada por las opciones que me ofrecía la vida, que no me movía.
Estaba paralizada por tantas posibilidades.
No podía imaginarme qué camino me llevaría a la realización de mi «potencial», ese glorioso mito neurótico que siempre estaba ahí esperando, precisamente enfrente de todo aquello que yo podía manifestar en el presente. Por ello, me sentía siempre demasiado asustada para moverme.
Y el miedo, por supuesto, es el gran traidor del Yo.
La diferencia entre las personas que «viven su potencial» y las que no lo hacen no es la cantidad de potencial que poseen, sino la cantidad de permiso que se dan a sí mismas para vivir en el presente.
Somos la generación adulta.
Tenemos cuerpos adultos, responsabilidades adultas y profesiones adultas. Lo que a muchos de nosotros nos falta es un contexto adulto para nuestra vida, en el que nos demos permiso para brillar, para florecer plenamente, para mostrarnos poderosamente en el presente sin temor de no valer lo suficiente.
Esperar un futuro próspero es una manera de asegurarnos de que jamás llegue. Un adolescente sueña con lo que será.
Un adulto se regocija en el presente.
Una vez tuve una terapeuta que me dijo que mi problema era que quería ir directamente del punto A a los puntos X, Y y Z, y parecía incapaz de moverme del punto A al punto B, de ir paso a paso.
Es mucho más fácil soñar con el punto Z que moverse realmente hasta el punto B.
Es más fácil practicar nuestro discurso de aceptación del Oscar que ponerse en marcha y acudir a las clases de interpretación.
Con frecuencia tenemos miedo de hacer algo a menos que sepamos que podemos hacerlo perfectamente bien.
Pero al Carnegie Hall se llega practicando.
Recuerdo cuán liberador fue para mí hace varios años leer en una entrevista con Joan Baez que algunas de las primeras canciones de Bob Dylan no eran tan maravillosas como se decía.
Tenemos la imagen del genio surgiendo en plena madurez de la cabeza de Zeus. Una vez le pedí a alguien que diera una conferencia por mí mientras yo estaba fuera de la ciudad, y me respondió que sentía que no podía hacerlo tan bien como yo. -¡Claro que no! -le dije- ¡Yo hace años que lo hago! ¿Pero cómo vas a aprender a hacerlo si no empiezas alguna vez?
Creo que la razón de que la gente no tenga hoy tantas aficiones como solía tener en generaciones pasadas es que no podemos soportar hacer nada en lo que no seamos fabulosos.
Hace varios años empecé a tomar otra vez lecciones de piano, después de haber tocado durante muchos años cuando era niña.
No soy Chopin, pero el solo hecho de tocar tuvo para mí un gran efecto terapéutico.
Vi muy claramente que no hay que ser un virtuoso en todo para ser un virtuoso en la vida.
Esto último significa cantar, pero no necesariamente cantar bien. Casi todos nos sentimos en algún nivel como caballos de carreras que muerden el bocado y se agolpan contra el portón, esperando y rezando para que alguien venga a abrirnos la puerta y podamos finalmente correr. Sentimos tanta energía reprimida, tanto talento inmovilizado... En nuestro corazón sabemos que nacimos para hacer grandes cosas y tenemos un miedo profundo de desperdiciar nuestra vida. Pero la única persona a quien podemos liberar es a nosotros mismos. La mayoría lo sabemos.
Nos damos cuenta de que la puerta cerrada con llave es nuestro propio miedo. Pero a estas alturas hemos aprendido que en algún nivel nuestro terror de avanzar es tan grande que se necesitaría un milagro para liberarnos.
El ego quisiera que naciéramos con un gran potencial y muriéramos con un gran potencial. En medio hay un sufrimiento cada vez mayor. Un milagro nos deja en libertad para vivir plenamente en el presente, para liberar nuestro poder y reclamar nuestra gloria.
El Hijo de Dios se eleva al Cielo cuando libera el pasado y el futuro, y así se autolibera para ser quien es hoy.
"El infierno es lo que el ego hace del presente." El Cielo es otra manera de considerar la totalidad.
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