jueves, 28 de abril de 2016

LIBRO ARPAS ETERNAS (Josefa Rosalia Luque)



DESDE EL LEJANO ORIENTE
Capitulo VIII
Mientras tanto, el himeneo grandioso de Júpiter y Saturno, al que poco después se unía Marte, había puesto en actividad las mentes iluminadas de Divino Conocimiento de los hombres que en este pequeño planeta sembrado de egoísmos y odios, habían sido capaces de mantenerse a la vera de las cristalinas corrientes, donde se reflejan los cielos infinitos y se bebe de las aguas que apagan toda sed. 
En la antigua Alejandría de los valles del Nilo, existía aún como una remembranza lejana de los Kobdas prehistóricos, una Escuela filosófica a pocas brazas de donde se había levantado un día el santuario venerado de Neghadá. 
Esta Escuela, había sido fundada siglos atrás por tres fugitivos hebreos, que encontrándose atacados de una larga fiebre que los llevó a las puertas de la muerte, no quisieron ni pudieron seguir el éxodo del pueblo de Israel cuando abandonó el Egipto. Y para que no muriesen entre los paganos, por misericordia, habían sido conducidos a las ruinas inmensas que existían ya casi cubiertas por el limo y hojarascas arrastradas por las aguas del gran río, a la orilla misma del mar.
Eran las milenarias ruinas del Santuario Kobda de Neghadá, de cuya memoria no quedaba ya ni el más ligero rastro entre los habitantes de los valles del Nilo. 
De dichas ruinas, se utilizaron muchos siglos después, bloques de piedra y basamentos de columnas para las grandes construcciones faraónicas, y aún para edificar la antigua Alejandría, en uno de cuyos mejores edificios estilo griego, después de la muerte de Alejandro, se instaló un suntuoso pabellón: Museo-Biblioteca, Panteón sepulcral, y a la vez templo de las ciencias, donde podía contemplarse en los primeros siglos de nuestra era, en una urna de cristal y plata, 
el cadáver de un hombre momificado que llenó el mundo civilizado con sus gloriosas hazañas de conquistador: 
Alejandro Magno. Nadie sabía qué ruinas eran aquellas, en torno de las cuales se tejían y destejían innumerables leyendas fantásticas, trágicas y horripilantes. 
Sólo las lechuzas, los búhos y los murciélagos, se disputaban los negros huecos cargados de sombras y de ecos de aquellas pavorosas ruinas. Algunos malhechores escapados a la justicia humana se mezclaban también a las aves de rapiña, que graznaban entre las arcadas derruidas, y donde de tanto en tanto, nuevos derrumbamientos producían ruidos espantosos como de truenos lejanos, o montañas que se precipitan a un abismo. 
Los piadosos conductores de los tres hebreos enfermos, creyéndoles ya en estado agónico, y llevándoles una delantera de tres días la muchedumbre israelita que se alejaba, los dejaron en sus camillas, en una especie de cripta sepulcral que encontraron al pie de aquellas pavorosas ruinas. 
Más muertos que vivos estaban en aquel lugar. 
Mas, no obstante dejáronles al lado, tres cantarillos de vino con miel y una cesta de pan, por si alguno de ellos amanecía vivo al día siguiente. Y allí agonizantes y exhaustos, en la vieja cripta del antiguo Santuario de Neghadá, orgullo y gloria de la prehistoria de los valles del Nilo, volvieron a la vida los tres abandonados moribundos, a quienes tal circunstancia unía en una alianza tan estrecha y fuerte, que no pudo romperse jamás; Zabai, Nathan y Azur, fueron los que sin pretenderlo fundaron la célebre Escuela filosófica de Alejandría, de la cual un solo individuo obtuvo los honores de la celebridad como filósofo de alto vuelo, contemporáneo de Yhasua: Filón de Alejandría. 
Los tres moribundos vueltos a la vida. 
Eran de oficio grabadores en piedra, en madera y en metales, y por tanto conocían bastante la escritura jeroglífica de los egipcios y la propia lengua hebrea en todas sus derivaciones y sus variantes. Comenzaron pues, por abrir un pequeño taller en los suburbios de la ciudad del Faraón, disfrazados de obreros persas, para no ser reconocidos como hebreos y sufrir las represalias de los egipcios. 
Y como continuaron ellos visitando la cripta funeraria en que volvieron a la vida, fueron haciendo hallazgos de gran importancia. Copiaban las hermosas inscripciones de las losas sepulcrales y en algunas que estaban derruidas, encontraron rollos de papiros con bellísimas leyendas, himnos inspirados de poesía y de sublime grandeza y emotividad. 
Encerrados en tubos de cobre, entre los blancos huesos de los sarcófagos, o entre momias que parecían cuerpos de piedra, encontraron un manuscrito en jeroglíficos antiquísimos y que al descifrarlo, comprendieron que era la ley observada sin duda por una fraternidad o Escuela de sabios solitarios que se llamaron Kobdas. 
Tales fueron los orígenes humildes y desconocidos de la Escuela filosófica de Alejandría, que adquirió gloria y fama en los siglos inmediatos, anteriores y posteriores al advenimiento de Yhasua, el Cristo Salvador de la humanidad terrestre. 
¡Qué de veces el joven y audaz conquistador Alejandro, se solazó con los solitarios mosaístas, que por gratitud a Moisés que salvó de la opresión a sus compatriotas, tomaron su nombre como escudo y como símbolo y se llamaron: 
Siervos de Moisés! La Escuela se formó primeramente de aprendices del grabado, y poco a poco fue elevándose a estudios filosóficos, astronómicos y morales. 
Dos años antes del nacimiento de Yhasua, Filón de Alejandría que era un joven de veinticinco años, fue enviado con otros dos compañeros a Jerusalén a buscar de ponerse en contacto con la antigua Fraternidad Esenia, que aunque oculta en la Palestina estaba conocida hasta en lejanos países por los mismos viajeros y mercaderes, por los perseguidos y prófugos que siempre hallaron en ella amparo y hospitalidad. 
Desde entonces, la Escuela de Alejandría fue considerada como una prolongación en el Egipto de los esenios de la Palestina. 
Fue así, que de la Escuela de Divina Sabiduría de Melchor, en las montañas de Parán, en las orillas del Mar Rojo, partió un mensajero hacia Alejandría a escudriñar los conocimientos de los Siervos de Moisés, referentes al advenimiento del Avatar Divino anunciado por los astros. El mensajero tardó tres lunas y volvió acompañado de uno de los solitarios de Alejandría, para emprender juntos el gran viaje hacia la dorada Jerusalén, en busca del Bienvenido. 

Mientras esta demora, Gaspar y Baltasar que venían de la Persia y del Indo, se encontraron sin buscarse en el mismo paraje, donde Melchor esperaba la caravana para continuar más acompañado este largo viaje: en Sela, a la falda del Monte Hor. Las grandes tiendas de los mercaderes, donde se reunían extranjeros de todos los países, fueron escenarios propicios para el encuentro feliz de aquellos, que sin conocerse y sin haberse puesto de acuerdo, se encontraban de viaje hacia un mismo punto final: Jerusalén de los Reyes y de los Profetas. ¿Cómo se descubrieron unos a los otros? Veámoslo. 
Cada cual en su propia tienda estaba absorbido por la causa única del largo viaje realizado. 
A ninguno de ellos le interesaron las tiendas de los mercaderes, donde exhibían riquezas incalculables. Deseando soledad y silencio para interpretar más claramente los anuncios proféticos de sus respectivos augures y libros sagrados, en un mediodía de feria en que toda la ciudad era un bullicioso mercado, Gaspar, Melchor y Baltasar se dirigieron separadamente hacia un cerro del vecino monte Hor, con sus cartapacios y rollos de papiros, y buscó cada cual el sitio que le pareció indicado para su trabajo. 
Encontraron extraña la coincidencia y movidos por un interno impulso se acercaron. 
Después de algunos ensayos para entenderse, lo lograron por medio del idioma sirio-caldeo, que era el más extendido entre las razas semitas. Y cada cual explicó las profecías y anuncios de sus clarividentes e inspirados, los fundamentos de sus respectivas filosofías, los ideales de perfección humana con que soñaban, en fin todo cuanto puede descubrir de su Yo, un hombre a otro hombre. 
Acabaron por comprender que las filosofías de Krishna, de Buda y de Moisés, en el fondo eran una misma, o sea: el buscar el acercamiento a la Divinidad y el buscar la perfección de todos los hombres, por el amor y el sacrificio de los más adelantados hacia los más débiles y retardados.
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Igual te resuena e igual no te resuena la verdad de alguien o el mensaje de alguien, está perfecto lo importante es el mensaje y no el mensajero....y repitiendo si te resuena tómalo si no déjalo pasar... no es para ti... mas también justo es a esto que se nos invita a no tener ningún ídolo, ningún Avatar, nadie a quien seguir... solo sigue tu propio corazón… justo de esto habla de los falsos profetas marcando a alguien en particular... pues todos somos maestros y alumnos a la vez y no en si el vehículo llamado cuerpo, y no la personalidad, sino el mensaje que llega a través nuestro o a través de los otros.


Continua......

LIBRO ARPAS ETERNAS (Josefa Rosalia Luque)



FLORECÍA EL AMOR PARA YHASUA

Capitulo VII (Tercer Escrito)

Bendecid, Gran Servidor, –pidió Lía–, el amor de estos hijos si es voluntad de Jehová que sean unidos. Entonces, todos se pusieron de pie, y las tres parejas con las manos juntas y las frentes inclinadas sobre la mesa, recibieron y escucharon la bendición acostumbrada por Moisés: Sed benditos, en nombre de Jehová, en los frutos de vuestro amor, en los frutos de vuestra tierra, en los frutos de vuestros ganados, en las aguas que fecunden vuestras simientes, en el sol que les dé energía, y en el aire que lleva su polen a todos vuestros dominios; como pan, miel, aceite y vino, sea todo para vosotros, si cumplís la voluntad del Altísimo. ¡Así sea! –contestaron todos. 
Los tres Levitas besaron las frentes de sus elegidas, y sirvieron de una misma ánfora, el vino nupcial a todos los que habían presenciado la ceremonia. Que beba también el niño de nuestro vino –añadió Nicodemus cuando Myriam bebía. 
Ella, entonces, mojó sus dedos en el rojo licor y los puso en la rosada boquita del niño dormido. 
Así terminó aquella inesperada fiesta de esponsales que, fue en verdad, una tierna comunión de almas enlazadas desde siglos por fuertes vínculos espirituales. 
Era una antigua costumbre que, por lo menos, pasaran siete lunas en el servicio del templo las doncellas que eran prometidas para esposas de los Levitas, éstos pidieron a Lía que internara sus hijas por ese tiempo. 
A la madre le apenaba apartarse así de sus tres hijas a la vez, y por tanto tiempo, en vista de lo cual, los sacerdotes esenios pensaron que había una excepción acordada también por la costumbre y la tradición. Consistía en que las siete lunas podían reducirse a tres, cuando las doncellas novias, habían estado consagradas dentro del hogar paterno a servir también al Templo, en el tejido del lino y de la púrpura, en los recamados de oro y pedrería para los ornamentos del culto.
Y éste caso era el de las hijas de Lía, cuyo hogar, a la sombra del tío Simeón, era uno de los más respetables hogares de Jerusalén, dentro de su modesta y mediana posición. 
Y así, acordaron que cada una de las tres se internara por turnos, para no dejar sola a la madre. 
Yhosep y Myriam tornaron pocos días después a la casa de Elcana en Betlehem, para esperar allí la llegada de los tres personajes que ya venían del lejano oriente, según el aviso de los Ancianos de Moab, y también para esperar a que el niño y la madre se encontrasen en estado de viajar hacia la provincia de Galilea. Apremiado por las necesidades relativas a su taller de carpintería, y de los hijos de su primera esposa, Yhosep realizó un viaje, solo, a Nazareth, dejando a Myriam y al niño, recomendados a sus parientes Sara y Elcana. 
Además, los amigos: Alfeo, Josías y Eleazar, eran diarios visitantes al dichoso hogar, que por cerca de un año albergó bajo su techo al Cristohombre en su primera infancia. 
Estas humildes familias de pastores y de artesanos, fueron testigos oculares de las grandes manifestaciones espirituales que se desbordaban sobre el plano físico en torno al niño mientras dormía, y que cesaban cuando él estaba despierto. ¿Qué fenómeno era éste? Un día lo presenciaron también dos peregrinos terapeutas que bajaron del Monte Quarantana, y ellos les dieron la explicación: El sublime espíritu de Luz encerrado en el vaso de barro de su materia, se lanzaba al espacio infinito, así que el sueño físico cerraba sus ojos, y para retenerlo en la propia atmósfera terrestre, las cinco Inteligencias Superiores que le apadrinaban, formaban un verdadero oleaje de luz, de amor, de paz infinita en la casita de Elcana y sus inmediaciones, emitiendo rayos benéficos de armonía, de dulzura, de benevolencia hasta las más apartadas regiones del país, lo cual produjo una verdadera época de bendición, de abundancia y de prosperidad en todas partes. 
Las gentes ignorantes de lo que ocurría, por más que estuvieran desbordantes de conocimientos humanos, lo atribuían todo a causas también humanas. 
Los gobernadores se alababan a sí mismos por la buena administración de los tesoros públicos, los mercaderes al tino 
y habilidad con que manejaban el comercio; los ganaderos y labradores, a su laboriosidad y acierto en la realización de todos sus trabajos. 
Sólo los esenios, silenciosos e infatigables obreros del pensamiento y estudiantes de la Divina Sabiduría, estaban en el secreto de la causa de todo aquel florecimiento de bienestar y prosperidad sobre el país de Israel. 
Y cual si una poderosa ráfaga de vitalidad y de energía pasara como un ala benéfica rozando el país de los profetas, eran mucho menos los apestados, las enfermedades livianas y ligeras se curaban fácilmente; muchos facinerosos y gentes de mal vivir que se ocultaban en los parajes agrestes de las montañas, se habían llamado a sosiego, debido a que un capitán de bandidos, de nombre Dimas, se había encontrado con Yhosep, Myriam y el niño, cuando regresaban a Betlehem. 
El hombre había quedado mal herido a un lado del camino y se había arrastrado hasta un matorral por temor de ser apresado. Mas, cuando vio el aspecto tan inofensivo de los tres personajes, pidió socorro, pues perdía mucha sangre y se abrasaba de sed. Tenía una herida de jabalina en el hombro izquierdo.
Myriam iba a dejar su niño sobre el musgo del camino para ayudar a Yhosep a vendar al herido, mas, él les dijo: 
Soy un mal hombre que he quitado la vida a muchas personas; pero os prometo por vuestro niño que no mataré a nadie jamás. Dádmelo que yo lo tendré sobre mis rodillas hasta que me curéis. 
Myriam, sin temor ninguno, dejó su niño dormido sobre las rodillas del bandido herido. Mientras preparaban vendas e hilas de un pañal del niño, vieron que aquel hombre se doblaba a besar sus manecitas, mientras gruesas lágrimas corrían por su rostro hermoso pero curtido de vivir siempre a la intemperie. 
Como sintiera gran dolor en la herida, levantó al niño hasta la altura de su cuello y su cabecita fue a rozar su hombro herido. Lo hizo, sin duda, inconscientemente; pero, apenas hecho, gritó con fuerza: No me duele ya más; el niño me ha curado; debe ser algún dios en destierro o vosotros sois magos de la Persia. 
Buen hombre –díjole Yhosep–, si nuestro niño te ha curado, será por la promesa que has hecho de no matar a nadie. Déjanos, pues, vendarte y que sigamos nuestro viaje. 
El asombro de ellos fue grande cuando al abrir las ropas de Dimas, vieron que la herida estaba cerrada y sólo aparecía una línea más rojiza que el resto de la piel. 
Yhosep y Myriam se miraron. Después miraron a Dimas, que de rodillas, con el niño en brazos, lo besaba y lloraba a grandes sollozos.
 ¿Qué Dios benéfico eres, que así te apiadas de un miserable? 
le preguntaba al niño que continuaba sumergido en el más dulce sueño, mientras las fuerzas y corrientes emanadas de su propio espíritu desprendido de la materia, obraba poderosamente sobre el alma y el cuerpo de aquel hombre. 
Por fin lo entregó a su madre, y levantándose se empeñó en acompañarles hasta Betlehem, después que ellos le dieron palabra de no denunciarle a la justicia.
Si Dios ha tenido piedad de ti, nosotros que somos servidores suyos, no haremos lo contrario. Dimas tomó la brida del asno donde iba montada Myriam y el niño, y le fue tirando del cabestro hasta llegar a la ciudad. 
Ya casi anochecía y Yhosep dijo a Dimas: No es justo que te vayas sin comer. Entra con nosotros a esta casa de nuestros parientes donde nada tienes que temer. 
Dadme más bien, pan y queso, y yo seguiré a los montes de Betsura, donde me esperan mis hombres. 
Yhosep y Elcana entregaron a Dimas un pequeño saco lleno de provisiones y le dejaron partir. Aquel hombre no tenía más que diecinueve años y representaba treinta, su bronceada fisonomía casi cubierta por una espesa barba y desgreñados cabellos. 
Un poderoso señor de la ciudad de Joppe había asesinado a su padre y su madre, para robar a su hermana, a la cual había precipitado en la deshonra y en la mayor miseria en que puede hundirse una mujer en su florida juventud. 
Tal hecho había empujado a Dimas al abismo de abandono y de crimen en que se hallaba sumido.
Elcana y Yhosep tuvieron la solicitud de sacar al huésped sus ropas manchadas de sangre, y le dieron una casaca, morral y calzas de las usadas comúnmente por los pastores. 
Y a esta circunstancia se debió que no le reconocieron los pesquisantes, que desde Rama le venían siguiendo. 
Aunque aquel joven cumplió su palabra sobre el Santo Niño, de no matar a nadie jamás, pasó el resto de su vida prófugo por los montes más áridos y escabrosos, porque al frente de una docena de hombres, había quitado los bienes y la vida a casi todos los miembros de la familia de aquel poderoso señor causante de su desgracia. 
Un hecho en la vida de un hombre, marca rutas a veces para todo el resto de sus días, por largos y numerosos que sean. Yhosep y Myriam alrededor del fuego hogareño de Elcana, referían con minuciosos detalles, cuanto les había ocurrido en la ciudad de los Reyes y de los Profetas. 
En la casita humilde del tejedor, donde se reunían a diario los tres esenios que conocemos, comenzó a elaborarse la dorada filigrana de la vida extraordinaria del Cristo-hombre, desde sus primeros pasos por el plano físico terrestre. 
Si la inconsciencia y los antagonismos no hubiesen desperdiciado aquel hermoso conjunto de recuerdos y de tradiciones, y los biógrafos del Ungido, hubiesen tenido el acierto de espigar en ese campo, ¡qué historia más completa y acabada habría tenido la humanidad del pasaje terrestre de Yhasua, el Cristo Salvador de los Hombres! 
Los terapeutas peregrinos que pasaban por allí todas las semanas, eran quienes recogían en sus carpetitas de tela encerada, cuantos sucesos de orden espiritual les referían los que observaban de cerca al niño que era Verbo de Dios.
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Igual te resuena e igual no te resuena la verdad de alguien o el mensaje de alguien, está perfecto lo importante es el mensaje y no el mensajero....y repitiendo si te resuena tómalo si no déjalo pasar... no es para ti... mas también justo es a esto que se nos invita a no tener ningún ídolo, ningún Avatar, nadie a quien seguir... solo sigue tu propio corazón… justo de esto habla de los falsos profetas marcando a alguien en particular... pues todos somos maestros y alumnos a la vez y no en si el vehículo llamado cuerpo, y no la personalidad, sino el mensaje que llega a través nuestro o a través de los otros.

miércoles, 27 de abril de 2016

LIBRO ARPAS ETERNAS (Josefa Rosalia Luque)




FLORECÍA EL AMOR PARA YHASUA
Capitulo VII (Segundo Escrito)

Habiendo dejado explicada clara y lógicamente, la parte esotérica de lo ocurrido en la presentación de Yhasua a la Divinidad, continuemos nuestra narración: A pocos días de lo ocurrido, Simeón de Betel, el sacerdote esenio que consagró a Yhasua, se presentó en la casa de Lía acompañado de tres Levitas: José de Arimathea, Nicodemus de Nicópolis y Rubén de En-Gedí, otro de los del grupo aquel que esperaron al Divino Niño a la salida del Templo y presenciaron la curación de Nicodemus. 
Allí tuvieron la inmensa satisfacción de encontrar tres de los setenta Ancianos del Monte Moab, con uno de los terapeutas peregrinos del pequeño santuario del Quarantana. 
Todos ellos vestidos de peregrinos de oscuro ropaje, tal como usaban aquellos en todas sus excursiones al exterior. 
En esta hermosa y tierna confraternidad de seres pertenecientes todos a la alianza del Cristo encarnado, se manifestaron naturalmente nuevas y más íntimas alianzas, porque a la claridad radiante del que traía toda Luz a la Tierra, las almas se encontraron sin buscarse, se amaron y se siguieron para toda la vida. 
Los tres jóvenes Levitas: José de Arimathea, Nicodemus de Nicópolis y Rubén de En-Gedí, encontraron sus almas compañeras en las tres hijas de Lía. José miró a Susana, la sensitiva, la que meditaba siempre buscando el fondo de todas las cosas, y ella bajó los ojos a su telar en que tejía lino blanco. Pero, aquella mirada de alma a alma hizo descubrirse a entrambos. Y se amaron como necesariamente deben amarse los que desde antes de nacer a la vida física se habían ofrecido en solemne pacto el uno al otro. Ana, la segunda, se acercó a Nicodemus, el de los ojos profundos, a ofrecerle el lebrillo de agua perfumada para lavarse las manos antes de tomar la refección de la tarde, según la costumbre, y los rostros de ambos se encontraron unidos en el agua cristalina, en el preciso momento en que el Levita iba a sumergir sus dedos en ella. ¡Lástima romper el encanto de las dos frentes unidas!, –exclamó él mirando a los ojos de ella, que toda ruborizada estuvo a punto de soltar el recipiente lleno de agua. 
Nicodemus lo notó y se lavó de inmediato, aceptando el blanco paño de enjugarse que pendía del hombro de la joven. 
Él tomó el lebrillo y dijo a Ana: Decidme si tenéis una planta de mirto para vaciar esta agua en su raíz.  ¿Por qué eso? –preguntó tímidamente la jovencita. 
Porque el mirto hará que se mantenga en nuestra retina el encanto de las frentes unidas en el agua. Y siguió a Ana, que le llevó a pocos pasos de la puerta que del gran comedor daba al jardín.
Un frondoso mirto, cuyas menudas hojitas parecían susurrar canciones de amor, recibió toda el agua del lebrillo que le arrojó Nicodemus.  ¡Mirto, planta buena, criatura de Dios!, –exclamó el joven–. Sea o no verdad que mantienes toda la vida el encanto de las uniones de amor, Ana y yo te regaremos siempre, si cantas para nosotros algunos de tus poemas inmortales. ¿Es cierto, Ana?...  ¡Sí, es cierto!... –contestó ella ruborizada. 
Fue toda la declaración de amor recíproco de Ana y Nicodemus, al atardecer de aquel día, junto al mirto frondoso del huerto de Lía. Nicodemus tornó al cenáculo y Ana se metió presurosamente en su alcoba. 
Se oprimió el corazón que parecía saltarse de su pecho, y murmuró en voz muy queda: ¡Señor!... ¡Señor!... ¿Por qué fui a enseñarle dónde estaba el mirto?... Oyó que su madre la llamaba y acudió a ayudar a sus hermanas a disponer la mesa. Observó que Rubén, el más joven de los tres, bebía un vaso de jugo de cerezas que le ofrecía Verónica, después de haberlo ofrecido también a los ancianos y demás familiares.  ¿Cómo te llamas? –le preguntó él. —Verónica, para serviros –repuso con gracia.  ¡Hermoso nombre! Paréceme que somos los más pequeños de esta reunión, y si me lo permites te ayudaré a servir a los comensales. Como gustes; pero, no sé si mi madre lo permitirá –advirtió ella. Yo lo permito todo, hija mía, en este día cincuenta del divino Niño de Myriam. ¿Qué queríais? –preguntó gozosa Lía dando los últimos toques a la mesa del festín. Pedía yo a Verónica ayudarla a servir a los comensales –dijo Rubén. Muy bien, comenzad pues –consintió Lía pasando al interior del aposento. Antes, en señal de eterna amistad, bebamos juntos este licor de cerezas. Los persas consagran así sus amistades. Aunque nosotros no somos persas..., bebamos juntos si te place. Y la hermosa adolescente mojó apenas sus labios en la copa de Rubén.  ¡Pero, estos jovenzuelos celebran esponsales!, –exclamó Myriam entrando en el comedor con su niño en brazos, y mirando a las tres jóvenes que, sin buscarlo, estaban cerca de los tres Levitas. 
La sensibilidad de Myriam había sin duda percibido la onda de amor que de su niño surgía, y a su niño tornaba después de producir suavísimas y sutiles vibraciones en las almas preparadas de los tres Levitas y de sus tres elegidas. 
Las jovencitas se ruborizaron al oír las palabras de Myriam y los tres muchachos sonreían radiantes de felicidad.
Y el Anciano Simeón, tío de Lía, con la sonrisita peculiar de los viejos cuando ven reflejarse en los jóvenes su lejano pasado, decía:  ¡El pícaro amor, es como el ruiseñor que canta escondido...! ¿Qué sabemos nosotros si hay en nuestro huerto algún nidal oculto?“Elije en la juventud la compañera de toda tu vida y que su amor sea la vid que sombree tu puerta hasta la tercera generación”, dice nuestra Ley –recordó con solemnidad uno de los tres Ancianos de Moab. ¿Será acaso, que sin pretenderlo y sin sospecharlo siquiera, traje yo tres tórtolos que tenían aquí sus compañeras? –preguntó Simeón de Betel, el sacerdote. “Cuando el esposo está cerca, las flores se visten sus ropajes de pétalos, los pajarillos cantan y las almas se encuentran”, cantó en sus poemas proféticos nuestro padre Essen. 
Y he aquí que estando bajo este techo el Ungido del Amor, que es el esposo de todas las almas, ¿qué otra cosa puede suceder, sino que el amor resplandezca como una floración de estrellas bajadas sobre este huerto? –Estas palabras dichas por otro de los Ancianos, no fueron casi oídas por los tres Levitas que hablaban por lo bajo con Simeón de Betel, el cual, puesto de pie en medio de la reunión, dijo a la viuda Lía:Estos tres jóvenes Levitas acaban de autorizarme para que pida la mano de tus tres hijas como esposas suyas: Susana para José de Arimathea; Ana para Nicodemus de Nicópolis, y Verónica para Rubén de En-Gedí. Nuestro niño, trae fiesta de amor a todos los corazones confesó Yhosep a Myriam, sentados en una de las cabeceras de la mesa.  ¡Pero, yo no esperaba esta sorpresa! –declaró Lía mirando alternativamente a sus tres hijas–. ¿Sabíais vosotras algo?... — ¡No, madre, no! –contestaron las muchachas que parecían tres rosas encarnadas. 
¡El Cristo-niño es responsable de todo!, –exclamó el tercer Anciano que aún no había hablado–. ¿No sabemos, acaso, que él viene a traer fuego de amor a la tierra? Pues dejad que la llamarada se levante y consuma toda la escoria. Bien, bien añadió Lía–, entonces, esta sencilla comida es una celebración de esponsales. ¡Que Jehová os bendiga, hijos míos, si hacéis con esto su santa voluntad! El mayor de los tres Ancianos bendijo el pan y lo partió entre todos. Ocupó con sus dos compañeros la otra cabecera de la mesa, mientras las tres parejas de jóvenes, Lía, su tío y los demás esenios ocupaban los costados laterales.  ¡Somos quince personas!, –exclamó el tío Simeón que los había contado. 
Somos dieciséis, tío –rectificó Myriam, poniendo su niñito como una flor de rosa y nácar sobre la mesa.  ¡Cierto..., cierto!... ¡Bendito! ¡Bendito sea! ¡Que presida la mesa! Todas estas exclamaciones surgieron al mismo tiempo de todos los labios. La presidirá muchas veces cuando nosotros tengamos hebras de plata en nuestras cabezas –vaticinó Susana con su mirada perdida como en un lejano horizonte. Sigue, niña, diciendo lo que ves –díjole el mayor de los Ancianos de Moab, que estaba dándose cuenta del estado espiritual de la joven. 
Veo a un gran Profeta que preside una comida de bodas donde Myriam está a su lado. Le veo en el lujoso cenáculo de un ilustre personaje, y que una desconsolada mujer rubia, unge los pies del Profeta con finas esencias y los seca con sus cabellos. “Le veo, presidiendo una cena a la luz de una lámpara de trece cirios, después de la cual, el profeta lava y seca los pies de sus discípulos. Yo sé que ésta es cena de despedida, porque el va a..., partir a un viaje que no tiene regreso.  ¡No, no! ¡Eso no!, –exclamó como en un grito de angustia Myriam, levantando su niño y guardándolo bajo su manto. ¡Basta ya, niña, de las visiones! Jehová te bendiga; y tú, Myriam, nada temas, que tu hijo envuelto en la voluntad Divina, como en una fuerte coraza, nada le sucederá sino lo que él mismo quiera para sí. 
Es Señor de todo cuanto existe sobre la tierra y todo obedecerá a su mandato. Y justamente allí estará el mérito de su victoria final. –Estas palabras las pronunció el más Anciano de los tres esenios de Moab. Simeón de Betel y los otros esenios habían tomado anotaciones de las clarividencias de Susana. 
Y comenzó la comida entre las tiernas emociones de unos esponsales inesperados, y de la brumosa perspectiva de un futuro lejano lleno de promesas de gloria y de tristes incertidumbres. 
Cuando terminaba ya la cena, dijo el mayor de los Ancianos: Sabemos que por los caminos del oriente avanzan lentamente tres viajeros ilustres por su sabiduría y por sus obras, que vienen mandados por tres Fraternidades ocultas como la nuestra, para rendir homenaje al Cristo-hombre, cuyo advenimiento les anunciaron los astros. Llegarán de aquí a tres lunas, por lo cual, conviene que Yhosep y Myriam tornen a Betlehem antes de ese tiempo, para que su llegada no promueva alarmas en Jerusalén. “Hay quien vigila en los cielos y en la tierra, mas bueno es obrar con prudencia y cautela.
Continua....
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Igual te resuena e igual no te resuena la verdad de alguien o el mensaje de alguien, está perfecto lo importante es el mensaje y no el mensajero....y repitiendo si te resuena tómalo si no déjalo pasar... no es para ti... mas también justo es a esto que se nos invita a no tener ningún ídolo, ningún Avatar, nadie a quien seguir... solo sigue tu propio corazón… justo de esto habla de los falsos profetas marcando a alguien en particular... pues todos somos maestros y alumnos a la vez y no en si el vehículo llamado cuerpo, y no la personalidad, sino el mensaje que llega a través nuestro o a través de los otros.

LIBRO LOS 50 PRINCIPIOS DEL MILAGRO (XXII-XXIII)


PRINCIPIO 22 

Los milagros se asocian con el miedo debido únicamente a la creencia de que la oscuridad tiene la capacidad de ocultar. Crees que lo que no puedes ver con los ojos del cuerpo no existe. Esta creencia te lleva a negar la visión espiritual. Permítanme dedicarle un poco más de tiempo a éste. 
El ego nos enseña que el centro de nuestro ser es este oscuro lugar pecaminoso que es nuestra culpa, y que ésto es lo que realmente somos. Hay una lección que dice que si realmente se mirara introspectivamente, usted creería que si la gente lo viera como usted cree que es, se alejaría de usted como si se tratase de una serpiente venenosa (L-pI.93.1:1-2). 
Creemos que somos miserables personas pecaminosas. Entonces creemos que de algún modo podemos protegernos del horror de jamás acercarnos a esto defendiéndonos con todas las armas que usa el ego. 
Estas son lo que Freud llamó los mecanismos de defensa, y los más importantes de éstos son la negación y la proyección. Nosotros simulamos que esto no es lo que somos, después que primero habíamos simulado que esto es exactamente lo que somos. Luego tratamos de esconderlo cubriéndolo con un manto de inconsciencia y proyectándolo hacia afuera. Finalmente, no veo más que ese oscuro lugar de culpa está en mí; lo veo en otros y los ataco por ello. 
Esto significa que creemos que esta defensa puede esconder lo que está debajo. Al proyectar sobre otra persona, creo que mi culpa puede esconderse de mí. Esta es la creencia de que la oscuridad tiene la capacidad de ocultar. La "oscuridad" en esta aseveración puede equipararse con la palabra "defensa.
" Mi defensa puede ocultar esto, lo que quiere decir que necesito mi defensa para protegerme de mi propia culpa. 
El ego me enseña que si renuncio a esto, no voy a tener nada que me proteja de mi culpa, y voy a tener muchas dificultades. El ego enseña que las defensas nos protegen; la oscuridad puede ocultar. Esto, pues, aumenta el miedo de que si renuncio a la oscuridad, me voy a exponer completamente a esta culpa y voy a tener dificultades. El ego jamás nos dice que las defensas no ocultan: el hecho de que yo no vea la culpa no significa que la misma no esté ahí. Una importante línea que aparece más adelante en el texto dice que "las defensas dan lugar a lo que quieren defender" (T-17.IV.7:1), lo cual es un principio muy importante. La razón de que invirtamos tanto tiempo y esfuerzo y energía en mantener las defensas es que creemos que éstas nos protegerán de aquello que tememos. El propósito de todas nuestras defensas es protegernos de nuestra culpa. 
Lo que el ego jamás nos dice es que mientras más invirtamos en una defensa, más afirmamos, de hecho, que hay algo horrible dentro de nosotros. Si yo no tuviera esta culpa horrorosa, no tendría que molestarme con la defensa. Por lo tanto, mientras más invierta en tener una defensa contra mi culpa, a la cual le temo, más temeroso me voy a sentir porque el hecho de que tengo una defensa me dice: "Mejor te cuidas; hay algo dentro de ti que es vulnerable." Eso es lo que quiere decirnos Un curso en milagros cuando afirma que "las defensas dan lugar a lo que quieren defender." Su propósito es defendernos del miedo, pero realmente refuerzan el mismo. El ego jamás nos dice eso. 
En una sección muy poderosa en el Capítulo 27 del texto titulada El temor a sanar (T-27.II), el Curso aclara por qué el ego nos enseña a tenerle miedo a los milagros y a la curación. 
El ego enseña que si usted escoge el milagro y renuncia a las defensas del ataque (i.e., ver a su hermano como su amigo y no como su enemigo), no tendrá nada sobre lo cual proyectar su culpa. Esta permanecerá con usted y lo destruirá. Y entonces el miedo crece en realidad. 
Ese es otro ejemplo de lo que quiere decir el Curso más adelante cuando afirma que cuando usted comienza a escuchar la Voz del Espíritu Santo y a prestarle atención a lo que El dice, su ego se tornará perverso (T- 9.VII.4:4-7). 
La perversidad del ego es siempre alguna forma de miedo, de terror, el cual se proyecta luego en forma de ira, destrucción, etc. El ego enseña que si nos desprendemos de nuestras defensas, se desatará el mismo infierno, literalmente. 
Los psicólogos caen en la misma trampa cuando enseñan que si usted no tiene defensas se pondrá psicótico. Es realmente lo contrario. Si usted no tiene defensas se sanará, no se volverá psicótico. Pero eso no quiere decir que usted despoje a la gente de sus defensas. El proceso tiene que ser muy suave y amoroso, y el terapeuta a menudo tiene que ser muy paciente. 
Para repetir, esto no significa que debamos despojarnos de todas las defensas. Lo que sí quiere decir es que si usted sigue la dirección del Espíritu Santo, la meta será no tener defensas. 
Y luego cuando mire introspectivamente, usted no verá pecado; verá que no hubo pecado. Ese es el final del viaje. 
"Los milagros se asocian con el miedo únicamente debido a la creencia de que la oscuridad tiene la capacidad de ocultar." Una vez usted puede reconocer que la oscuridad no tiene la capacidad de ocultar, que las defensas no hacen lo que dicen que hacen, entonces usted está listo para dar el próximo paso, el cual se explica más adelante en el Capítulo 1 del texto (T-1.IV). Entonces usted comprende que no hay nada que haya que ocultar porque la culpa no es nada terrible; es sólo un tonto sistema de creencias que desaparecerá. 
Es por eso que tenemos miedo de escoger un milagro, lo cual se traduce a por qué tenemos miedo en verdad de perdonar a alguien, de realmente desprendernos del pasado y entender que no somos víctimas no importa cuán convincentemente las experiencias del mundo nos quieran enseñar esa creencia. Todos somos muy buenos cuando se trata de racionalizar por qué no queremos renunciar a todo esto. 
La verdadera razón por la cual no queremos renunciar a todo esto es porque no queremos estar en paz. 
De esto es que habla el Curso más adelante como la atracción de la culpa del ego (T-19.IV-A..i). Preferimos ser culpables y hacer la culpa real; luego tenemos que defendernos contra la misma. Creemos que lo que nuestros ojos físicos no ven no existe. Este es realmente el principio del avestruz, que es el principio de la represión o negación. Si no veo un problema, éste no existe. Si cubro mi culpa, entonces no está ahí. 
Esa es la idea, repito, de que la oscuridad tiene la capacidad de ocultar. Esto conduce luego a la negación de la "visión espiritual," el término que se utiliza en las primeras secciones del Curso en vez de "visión." Y, cuando Un curso en milagros habla sobre visión, o vista espiritual, no se refiere a ver con los ojos de uno. Habla de ver con los ojos del Espíritu Santo, lo cual es una actitud. No tiene nada que ver con la vista física. 
PRINCIPIO 23 
Los milagros reorganizan la percepción y colocan todos los niveles en su debida perspectiva. Esto cura ya que toda enfermedad es el resultado de una confusión de niveles.
Los niveles que se están confundiendo son los niveles de la mente y del cuerpo. El ego toma el problema de la culpa en nuestras mentes, que es la verdadera enfermedad, y dice que no es la mente la que está enferma, que es el cuerpo el que está enfermo. Cambia del nivel de la mente al nivel del cuerpo. 
El milagro regresa el problema adonde comenzó, y afirma que no es el cuerpo el que está enfermo, es la mente la que está enferma. Eso es todo lo que hace el milagro. Regresa el problema adonde radica. Repito, el milagro le devuelve a la causa (la mente) la función de causalidad. El Curso es muy, muy enfático al respecto. No hay nada de clase alguna que esté enfermo en el cuerpo. El cuerpo no hace absolutamente nada. El cuerpo es neutral. Hay una lección en el libro de ejercicios que dice: "Mi cuerpo es algo completamente neutro" (L-PII.294). El cuerpo meramente lleva a cabo los dictados de la mente. Como dije antes, el cuerpo no puede sanarse porque el cuerpo jamás estuvo enfermo. Es la mente la que está enferma y, por consiguiente, es la mente la que tiene que sanarse. 
La enfermedad de la mente es la separación, o la culpa; la cura de la mente es el perdón, o la unión. El milagro logra esto al devolver el problema al lugar donde radica. 
Kenneth Wapnick

martes, 26 de abril de 2016

LIBRO LOS 50 PRINCIPIOS DEL MILAGRO (XX-XXI


PRINCIPIO 20 
Los milagros despiertan nuevamente la consciencia de que el espíritu, no el cuerpo, es el altar de la verdad. 
Este reconocimiento es lo que le confiere al milagro su poder curativo. Ahí está, otra vez, la misma idea, de que la verdad y la santidad no se encuentran en el cuerpo, se encuentran en nuestras mentes. 
Cuando nuestras mentes se sanen totalmente recordaremos que la verdad está en nuestra Identidad como espíritu. 
Más adelante el Curso habla acerca del templo del Espíritu Santo como una relación (T-20.VI.5:1). 
No se halla en el cuerpo; se halla en la relación. 
El Espíritu Santo no puede estar en el cuerpo porque no hay cuerpo. Dios no ubicaría al Espíritu Santo en un lugar que no existe y donde no existe ningún problema. Los cuerpos no se enferman, ni se sanan. Sólo la mente puede estar enferma, y sólo la mente puede sanarse. 
Dije antes que cuando la separación pareció ocurrir, Dios creó al Espíritu Santo. Ubicó al Espíritu Santo, a Quien se define también en el Curso como la respuesta de Dios y Su Voz, en el lugar donde se necesita (T- 5.I.5; T-5.II.2). 
Donde se necesita al Espíritu Santo no es aquí en el mundo, porque el mundo no es el problema. El es necesario en nuestra mente. Es ahí donde radica el altar de la verdad. El cuerpo no es el templo del Espíritu Santo, el uso del cuerpo lo es, el cual se encuentra siempre en términos de una relación: el unirse en un propósito común. Para el Curso, el templo del Espíritu Santo, donde Este se manifiesta y donde se encuentra, es en una relación. 
Hay un pasaje donde Jesús dice que él está presente en la relación santa (T- 19.IV-B.5:3; 8:3). Esto no significa que él no esté presente en una relación profana. Lo que quiere decir es que cuando estamos en una relación profana, que es lo que Un curso en milagros llama una "relación especial," una relación donde la culpa es la meta y la separación es el principio, entonces aquel que manifiesta el perdón y la unión se hace invisible para nosotros. 
Si elegimos escuchar la voz de separación y culpa del ego, no vamos a oír la voz o a experimentar la presencia de aquel que representa la unión, el perdón, la cura. 
No es que Jesús no esté presente en una relación especial, sino que su presencia se ha opacado. 
Cuando él dice que está presente en la relación santa, quiere decir que cuando en verdad perdonemos y cambiemos el propósito de nuestra relación de la culpa del ego al perdón suyo, entonces sabremos que él permanece ahí. 
Los velos de culpa que lo mantenían escondido desaparecen. 
El dice en un lugar en el Curso: "No enseñes que morí en vano. Enseña más bien, que no morí, demostrando que vivo en ti" (T-11.VI.7:3-4). La forma de demostrar que Jesús vive y que está bien, y que sí hizo lo que dijo que hizo, es vivir de acuerdo con el mismo principio que él vivió: el principio del perdón o la trascendencia del cuerpo; al cambiar totalmente la percepción de sí mismo como víctima a la de verse unido a todos los demás, y practicarlo en las relaciones de nuestras vidas personales. 
Es así como demostramos que él vive en nosotros.
En las palabras basadas en el Evangelio de Juan: "En esto conocerán que todos sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros" (Jn.13:35). La versión del Curso sobre eso sería: "Todos sabrán que sois mis discípulos si os perdonáis los unos a los otros." La idea cabal del milagro, repito, es cambiar del cuerpo y de tener toda nuestra atención centrada en el cuerpo, de vuelta a la mente. Es ahí donde radica el altar de la verdad, es ahí donde se encuentra Dios. 
Este es el reconocimiento que conduce al poder sanador del milagro. 
Lo que sana, pues, es comprender 1) donde radica el problema, o sea que éste no está en nuestro cuerpo sino en nuestra mente; y 2) comprender Quién es el Que sanará esa mente. Así que, no debemos centrar nuestra atención en la conducta, en lo externo, puesto que ese no es el criterio de bueno o malo, de enfermedad o de salud. Como dijera Hamlet "Nada hay bueno ni malo, si no lo hacemos así con el pensamiento" (II.ii). Lo importante son nuestros pensamientos (el contenido); no nuestras acciones (la forma). 
PRINCIO 21
Los milagros son expresiones naturales de perdón. 
Por medio de los milagros aceptas el perdón de Dios al extendérselo a otros. 
He aquí la primera aseveración del Curso acerca del perdón. Como mencioné al principio, Dios no perdona. 
Cuando Un curso en milagros habla del perdón de Dios, realmente se refiere al Amor de Dios. P: Yo creía que los milagros eran el perdón. R: Lo son. Es por eso que he dicho que todo es lo mismo: "milagro", "perdón", "curación", "Expiación." Son sólo palabras distintas para describir el mismo proceso. Realmente se podría dar una lista de palabras que dicen la misma cosa: "visión," "el mundo real", "el instante santo," "la relación santa," "salvación", "redención," "corrección," "el rostro de Cristo," "percepción verdadera." Todas son diferentes palabras que reflejan distintos aspectos del mismo proceso básico. Básicamente, el perdón, como lo define el Curso en otra parte, es perdonar al hermano por lo que no ha hecho (T-17.III.1:5; L-pII.1.1:1). 
En otras palabras, usted se percata de que no le han hecho nada; todo se lo ha hecho usted a sí mismo. 
Lo que ocurre con los milagros es que cambiamos del odio y ataque del ego al Amor del Espíritu Santo, el cual se convierte entonces en la extensión del Amor de Dios hacia nosotros, y luego hacia los demás a través de nosotros. 
Esto es lo que el Curso quiere decir con perdón. 
Es un ejemplo del pasaje que yo acabo de citar donde Jesús dice que demostramos que él no murió en vano al demostrar que él vive en nosotros, lo cual significa que vivimos de acuerdo con los mismos principios del perdón que él demostró. 
Y mientras más hagamos lo que él dice, más entenderemos lo que él enseñó y más nos acercaremos a él. 
Igualmente con el Curso, mientras más podamos practicar sus lecciones de deshacer la culpa a través del perdón, más capaces seremos de comprender lo que dice el texto. Y por supuesto, mientras más podamos entenderlo, más fácil resultará aplicarlo en nuestras vidas diarias. Es un proceso recíproco. 

LIBRO ARPAS ETERNAS (Josefa Rosalia Luque)




FLORECÍA EL AMOR PARA YHASUA
Capitulo VII
Cuando Myriam y Yhosep abandonaban el Templo, encontraron en el pórtico exterior un grupo de Levitas que les esperaban en el sitio más apartado y detrás de una gruesa columna. Entre ellos estaban los dos hijos de Simeón, tío de Lía. Eran un grupo de Levitas esenios, el más resuelto de entre ellos se acercó a Yhosep y le dijo: Déjanos besar a tu niño, porque sabemos que es un Gran Profeta de Dios. Yhosep accedió, pero los dulces ojos cargados de temor con que los miró Myriam, les llenaron de compasión. No temas, mujer –les dijo el Levita–, que nosotros somos amigos vuestros. ¿No me reconoces, Yhosep? “Piensa en el anciano sacerdote Nathaniel, de la sinagoga de Arimathea, aquel a quien salvaste la vida cuando fue arrastrado por las cabalgaduras desbocadas...  ¡Oh, oh!,
exclamó Yhosep. ¿Y eras tú el jovenzuelo enfermo que iba dentro del carro? —Justamente, era yo. Y los dos, Yhosep y José, se abrazaron tiernamente; pues el joven era José de Arimathea, más tarde conocido Doctor de la Ley.
Entonces Myriam abrió su manto y dejó ver al pequeñín quietecito entre sus brazos. 
Como le vio despierto le tomó en los suyos y estrechándole a su corazón con indecible ternura le decía: — ¡Yo sé quién eres, Yhasua!..., ¡yo sé quién eres! ¡Y porque lo sé, te juro por el Tabernáculo de Jehová que seré tu escudo de defensa hasta la última gota de mi sangre! Juradlo también vosotros –suplicó a sus compañeros, presentándoles el niño para que lo besaran. 
Lo juramos –iban diciendo los Levitas mientras besaban las rosadas mejillas del niñito de Myriam. El último que se acercó era un hermoso y esbelto joven, cuyos ojos oscuros llenos de tristeza le hacían interesante a primera vista. 
Tomó el niñito en brazos y le dijo con solemne acento: 
 ¡Si eres el que eres, sálvame porque me veo perdido! 
Todos le miraron con asombro, casi con estupor. El niñito apoyó inconscientemente su dorada cabecita en el pecho del joven Levita que le tenía en brazos. Todos pensaron que el niño estaba cansado de pasar de brazo en brazo y que buscaba descanso y apoyo. Sólo el que le tenía comprendió que su ruego había sido escuchado y devolviendo el niño a su madre, se abrió la túnica en el pecho y les mostró una úlcera cancerosa que allí tenía. ¡Cuál no sería su asombro cuando en el sitio de la llaga sólo aparecía una mancha rosada, como suele aparecer la piel demasiado fina en una herida recientemente curada! 
El joven Levita abrazó las cabezas unidas de Yhosep y de Myriam mientras sus ojos se nublaban de lágrimas. 
Por esta úlcera cancerosa –confesó cuando pudo hablar–, debía abandonar el templo en la próxima luna, perdiendo todos mis estudios y esta carrera, esperanza de mi anciana madre y de mis dos hermanos. 
Mi mal no podía mantenerse oculto por más tiempo, y ya sabéis la severidad de la Ley para con enfermedades de esta índole. Este es el milagro número tres –certificó José de Arimathea–, y hay que anunciarlo al tribunal del Templo.  ¡No lo hagáis, por piedad de mi hijo y de mí!, –exclamó Myriam llena de angustia. Los terapeutas peregrinos nos han mandado callar cuanto ha sucedido antes del nacimiento de este niño. Callad por piedad también vosotros porque es consejo de sabios. 
Lo prometemos –juraron todos a la vez–, si nos permitís visitaros mientras estáis en Jerusalén. Venid –les dijeron al mismo tiempo, Myriam y Yhosep–. 
Somos huéspedes de nuestra parienta Lía y de su tío Simeón, padre de estos dos –indicaron, señalando a los Levitas Ozni y Jezer. El joven de la úlcera en el pecho era de familia pudiente y entregó a Myriam un bolsillo de seda púrpura con monedas de oro.
Myriam se negó a recibirlo, diciendo: 
Somos felices con nuestra modesta posición. No necesitamos nada.  ¡Tomadlo, haced el favor! Es la ofrenda de oro puro que hacemos los veintiún Levitas esenios al Dios hecho hombre, como base para su apostolado futuro. 
“Mas, si antes de que él sea mayor, lo necesitáis, usadlo sin temor. Hay siete monedas por cada Levita de los veintiuno que somos. Queremos ser nosotros los primeros cimientos del Santuario que ha de fundar. Si es así –asintió Yhosep–, lo tomamos, para tenerlo como un depósito sagrado hasta que el niño sea mayor. El levita de la úlcera en el pecho se llamaba Nicodemus de Nicópolis. 
La tradición ha conservado su nombre juntamente con el de José de Arimathea, por el solo hecho de que pidieron al Gobernador Pilatos el cadáver de Cristo; pero, antes de esta tremenda hora trágica, muchas veces hemos de encontrarnos con ellos como con otros muchos, cuya actuación quedó perdida entre el polvo de los siglos, debido al conciso relato evangélico y al secuestro que desde el siglo III se hizo de todos los relatos, crónicas y narraciones escritas por discípulos y amigos del Verbo encarnado. 
Myriam y Yhosep regresaron a casa de Lía en la primera hora de la tarde. Alabado sea Jehová que hemos terminado con las prescripciones de la Ley. “Estoy ansiosa por encerrarme en casa y no asomar más por donde andan las gentes –suspiró Myriam, dejándose caer con muestras de gran fatiga, sobre un banco junto al hogar. 
¿Por qué, Myriam, hablas así? ¿Recibiste daño de alguno en el Templo? –preguntó Lía algo alarmada. No, daño ninguno; pero susto y espanto sí.  ¿Puedo saber?... 
Los terapeutas peregrinos no se cansaban de recomendarnos silencio, secreto y discreción; pero, es el caso que a todas partes que vamos, se va divulgando este secreto que pronto no lo será para nadie. ¡Y temo tanto por este hijo!... Myriam refirió lo que había ocurrido en el Templo, desde que llegaron hasta que salieron. Era en verdad el relato de Myriam, fiel y exacto de los acontecimientos ocurridos en el plano físico, percibidos y palpados por los sentidos corporales. 
Pero, el aspecto esotérico y real, desde el punto de vista en que vamos analizando todas las cuestiones, tenía otros relieves más definidos, otros alcances mucho más amplios y sublimes.
Las cinco Inteligencias Superiores que apadrinaban a Yhasua en su última encarnación mesiánica, habían descendido junto con él a la esfera astral del planeta Tierra con la investidura etérea usada por los Cirios de la Piedad, llámanse así ciertos espíritus de gran adelanto que voluntariamente quedan en esos planos para ayudar en determinadas obras, a las cuales consagraron de tiempo atrás sus actividades, y ya se comprenderá que durante la infancia del Cristo debían prestar gran atención a despertar las conciencias de la humanidad, a la cual él se acercaba. 
Tanto debían observar el campo esenio como el Levítico y Sacerdotal, para preparar a Yhasua el escenario más conveniente a la victoria final de su obra. 
El poderoso pensamiento y voluntad de estas Superiores Inteligencias, puestas en la corriente afín y simpática de los sacerdotes esenios que actuaban en el Templo a la entrada del Cristo-niño bajo sus naves; fueron los verdaderos operadores de los fenómenos supranormales, que todos pudieron observar, en los momentos de la presentación del Cristo-Niño a la Divinidad. 
Entre las innumerables fuerzas del Universo, que desconocen por completo la mayoría de los encarnados en el planeta Tierra, está la llamada Onda simpática o Corriente simpática, fuerza formidable que, cuando se consigue unificarla a la perfección, ella sola puede derrumbar montañas, murallas, ciudades, puentes y templos por fuertes y bien cimentados que ellos sean. ¿Saben, acaso, los hombres qué fuerzas actuaron en el abrirse de una cordillera atlante provocando la primera invasión de las aguas sobre ese continente? ¿Conocen, acaso, los hombres, las fuerzas tremendas que producen muchos de los grandes cataclismos, que han llenado a las gentes de terror y espanto en diversas épocas de la humanidad? Por eso hemos dicho siempre que, la interrupción o trastorno de las leyes naturales, no existe. Lo que existe es un cúmulo de fuerzas sujetas a leyes inmutables y precisas que están en el universo, y que manejadas por Inteligencias de grandes poderes, pueden producir los efectos maravillosos que el hombre califica de milagros. 
Hecha esta breve explicación, los tres hechos ocurridos en el día de la consagración de Yhasua a la Divinidad, son pequeñas manifestaciones del poder divino adquirido por Espíritus de gran evolución que han llegado a ser señores de sí mismos, señores de los elementos y de todas las especies de corrientes y de fuerzas que vibran eternamente en el universo. 
¿Qué finalidad impulsaba a aquellas Superiores Inteligencias a producir tales hechos? Fácil es comprenderlo. Fue el llamado divino a las mentes y a las conciencias de los altos dirigentes de la fe y de la ideología religiosa del pueblo hebreo, cuya educación en la Unidad Divina lo hacía el más apto para colaborar en la obra mesiánica de esa hora. 
Mas ellos, permanecieron ciegos y duros por el excesivo apego al oro, y en general, a las conveniencias materiales, y dieron lugar a que se cumpliera en ellos lo que Moisés percibió en sus radiantes éxtasis del Monte Horeb, y que la calcó a fuego en el cap. 30 de su Deuteronomio, uno de los pocos párrafos que no ha sido interpolado ni transformado en las muchas traducciones hechas. 
En aquel formidable capítulo, Moisés anunció al pueblo hebreo, que sería dispersado por toda la faz de la tierra, perseguido y odiado por todos los hombres, si hacían oídos sordos a la voz de Jehová cuando les llamase para un nuevo pacto. 
Obraron justamente como aquel Faraón egipcio, Seti I, que aún cuando veía los efectos de las corrientes tremendas de justicia sobre él y su pueblo, por la durísima esclavitud en que habían encadenado a Israel, continuaba empedernido en el mal, diciendo: “Yo, Faraón, con mi corte de Dioses, venceré al Dios de Moisés”. Hay quien dirá que todos los pueblos y todas las razas han delinquido más o menos contra la Divina Ley. 
Es verdad. Pero el pueblo hebreo, fue quien recibió de Moisés el mandato divino, y fue conducido por él mismo a la fértil región en que había de practicar esa Ley: ¡De amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo!... 
Y apenas muerto Moisés, y, aún antes de poner los pies en aquella tierra de promisión que manaba leche y miel según la frase bíblica, la Santa Ley fue olvidada y despreciada por un código feroz de venganzas, de degüello, lapidación y exterminio de todo cuanto se oponía a su paso. 
Pronto se cumplirán los veinte siglos desde Yhasua hasta la actualidad, y el pueblo de Israel dispersado por todo el mundo, maldecido, perseguido y odiado, no ha podido aún tornar como nación a la tierra prometida para su dicha, y que él regó con sangre inocente. Tan solo Israel había escuchado de labios de Moisés el mandato divino: No matarás. Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. 
Mas el pueblo hebreo dijo: Jehová es grande y glorioso en los cielos. Pero el oro está sobre la tierra, y sin oro no podemos construir taberná- culos y templos de Jehová. 
Y hoy, después de XX largos siglos, el oro al que sacrificó su fe y su ley, le ha aplastado, destruido, aniquilado. 
La espantosa persecución a los hebreos hoy día, no reconoce otra causa que el afán de tiranos ambiciosos, de despojar a Israel de todo oro acumulado por su raza en el correr de los siglos. ¡Cuánto más le habría valido a la nación hebrea, recoger como migajas de pan del cielo, las palabras del Gran Ungido!: —“No amontonéis tesoros que el orín consume y los ladrones roban; sino tesoros de Verdad y de Justicia que perduran hasta la Vida Eterna”.
Continua.....

lunes, 25 de abril de 2016

LIBRO ARPAS ETERNAS (Josefa Rosalia Luque)




HA NACIDO UN PARVULITO
Capitulo VI (Quarto Escrito)
Hondas son estas cuestiones para que las tratemos nosotros, Hermano Simeón –alegó Yhosep, dando un corte a la conversación, pues varias veces en el curso de ella, estuvo a punto de hablar sobre las manifestaciones extraordinarias que se habían notado desde antes del nacimiento de su hijo. 
Lía, que había oído en silencio toda esa conversación, recordaba la carta de su Hermano Elcana, esenio del segundo grado, como ella y su marido ya muerto, y creyó mejor guardar el secreto que su hermano le recomendaba. 
Pensó con mucho acierto: “Si Yhosep, que es el padre del niño, no habla; si el sacerdote Esdras, esenio adelantado, calla; yo, pobre mujer que no sé si mis revelaciones harían acaso un desastre, con mayor motivo debo callar”. 
Y muy disimuladamente hizo que acomodaba los troncos de leña que chisporroteaban en el hogar, y arrojó a la llama la carta de su Hermano, sepultando así en el fuego aquel secreto que le hacía daño. 
En el corazón de Lía, única mujer hierosolimitana que lo sabía, quedó sepultado el divino secreto del Cristo-hombre cobijado bajo su techo, muy cerca del Gran Templo, en plena ciudad Santa, mientras el orgulloso Sanhedrín y demás Príncipes Sacerdotes se devanaban los sesos pensando cómo podía ser que hubieran fallado los astros y las antiguas profecías de los videntes de Israel. 
Los sacerdotes más ancianos decían, rasgando sus vestiduras en señal de funestos presagios: Cuando los astros y las profecías han fallado nueva desgracia amenaza a Israel. 
Terribles signos son éstos que en otra hora fueron anuncio de dispersión, de incendios y de muerte. Acaso la llegada de la nueva centuria nos encontrará a todos en el Valle de Josaphat y a nuestros hijos cautivos en tierra extranjera. 
Tal era el ambiente en el Templo de Jerusalén el día que llegaba la humilde pareja: Myriam y Yhosep con el Cristo-niño en los brazos. 
Era poco antes del mediodía, y un sol de oro caía como una lluvia de arrayanes sobre la magnífica cúpula del templo, que recibía bajo sus naves al Cristo-hombre, sin saberlo aquellos fastuosos sacerdotes, cuya regia indumentaria de púrpura y pedrería dejaba muy atrás a los reyezuelos de la Palestina. 
Por aviso espiritual, los Sacerdotes y los Levitas esenios estaban enterados, y la noticia fue confirmada por los dos hijos de Simeón, que la víspera lo supieron por su padre y Yhosep cuando estuvieron a preguntar la hora en que serían atendidos. Y de acuerdo todos ellos, se unieron para ofrecer en el altar de los perfumes, holocaustos de pan de flor de harina rociado del más puro aceite de oliva aromatizado de esencias, vino puro 
de uva con incienso y mirra, frutos de manzano, flores de naranjo y cuanta flor y fruto de aroma pudieron reunir. Pretextaron que era aniversario de cuando Moisés hizo brotar agua fresca de la roca en el desierto. 
Los dos sacerdotes esenios que estaban de turno, Simeón y Eleazar, podían realizar aquella liturgia usada todos los años. Las doncellas del Templo fueron invitadas para cantar salmos al son de sus cítaras y laúdes. Los catorce sacerdotes esenios con sus veintiún Levitas, provistos de incensarios de oro daban vueltas cantando alrededor del Tabernáculo en el preciso momento en que Yhosep y Myriam llegaban al atrio. 
Una vez realizado el rito de la purificación, Myriam con su niño en brazos penetró al Templo hasta el sitio donde era permitido llegar a los seglares. 
El gran velo del Templo corrido severamente, no les permitía ver lo que los Sacerdotes y Levitas realizaban detrás de él en el Sancta Sanctorum. Las vírgenes en un alto estrado con rejas de bronce, cantaban el más vibrante salmo de alabanza a Jehová. Y cuando Myriam y Yhosep entregaban las tórtolas del holocausto y Simeón tomaba en sus brazos al divino niño para ofrecerlo a Dios, sin que nadie supiera los motivos, el gran velo del Templo fue abatido hacia un lado, como si un vendaval poderoso hubiese hecho correr las anillas de plata que lo sostenían en una larga vara del mismo metal. 
Todos los presentes sintiéronse sobrecogidos de respeto y admiración, al ver cómo una corriente de poderosa afinidad obró lo que podía bien tomarse como una extraordinaria manifestación espiritual, que ponía de manifiesto la excelsa grandeza del ser que se ofrecía a Dios en aquel momento. Mientras tanto Simeón de Betel, tenía al niño levantado en alto al pie del altar de los perfumes y añadía a las frases del ritual aquellas palabras que ha conservado la tradición: 
“Ahora, Señor, puedes echar polvo en los ojos de tu siervo porque ellos han visto tu Luz sobre la Tierra”. 
Una anciana paralítica de nombre Ana, que todos los días se hacía llevar en una camilla hasta el interior del Templo para orar a Jehová que enviase su Mesías Salvador, salió corriendo por sus propios medios hacia el altar de los perfumes, y no se detuvo hasta caer de rodillas a los pies de Simeón, dando gritos de gozo y anunciando a todos: He aquí el Mesías Salvador de Israel, cuyo acercamiento ha curado mi mal de hace treinta años. Para hacerla callar y que no causase alarma alguna, fue necesario dejarla que besara una manecita del niño y que prometiera allí mismo guardar el más profundo secreto. 
Los rituales terminaron y todo volvió a su acostumbrada quietud y silencio, pero el hecho de haberse corrido el velo del Templo sin motivo visible y real, trascendió a otros de los sacerdotes que no estaban en el secreto, y fue causa de que el Sanhedrín llamase a una asamblea de consulta sobre cuáles podían ser los motivos de aquel extraño fenómeno. 
Los unos opinaron que el mismo Moisés había asistido, invisiblemente, a la celebración de aquel aniversario de una de sus grandes manifestaciones del oculto poder de que era dueño. Ante esta opinión los sacerdotes de bronce se sentían despechados de que tal manifestación, la hubieran recibido los sacerdotes de cera en unión de las vírgenes que cantaron los salmos. 
Otros opinaron que se hubiera producido una pequeña desviación de nivel en la gran vara por donde corrían las anillas que sostenían el velo. Y no faltó quien afirmase que a esa hora se produjo una gran ola de viento y que al abrir la puerta del atrio de las mujeres puso en comunicación las corrientes con los otros atrios, lo cual produjo el hecho de que se trataba.
Para sondear la opinión del bando de bronce, Simeón de Betel dijo:  ¿Y no se podría suponer que este fenómeno fuera anuncio de la llegada del Mesías-Salvador?  ¡Imposible...!, –exclamó el Pontífice–. Nuestros agentes han recorrido todas las sinagogas del país y no ha sido encontrado ni un solo primogénito varón en la dinastía de David. No obstante –arguyó nuevamente Simeón–, yo acabo de ofrecer a Jehová un primogénito nacido en Betlehem.  ¿Pero, quién es? ¡Un hijo de mendigos...! 
Espetó el Gran Sacerdote. De artesanos –rectificó Simeón–. ¿Acaso David no fue pastor?  ¿Pero pensáis que el Mesías Rey de Israel va a nacer de artesanos, cuando todos los Príncipes, Sacerdotes y Levitas de dinastía real, hemos tomado poco antes de la conjunción de los astros, esposas vírgenes y de noble alcurnia para dar oportunidad al Mesías de elegir su casa y su cuna? “Sostener otra cosa sería tergiversar el sentido de las profecías y renunciar hasta al sentido común. 
“¿Creéis que el Mesías Libertador de Israel, va a salir de la hez del pueblo, para ser el escarnio y la mofa de nuestros dominadores? “El Mesías-Rey saldrá como una flor de oro de las grandes familias de la aristocracia hebrea, o no saldrá de ninguna parte. 
Y, ¿cómo explicaremos entonces que las profecías han quedado sin cumplimiento y que los astros han mentido? –preguntó Esdras el esenio, que sentía lástima por la ceguera de aquellos hombres. 
Yo pienso contestó uno de los doctores de bronce, que todo el año de la conjunción astral puede ser apto para la llegada del Mesías, porque la influencia de esos planetas puede llegar hasta la Tierra en un período más o menos largo. ¿Podemos acaso encadenar la voluntad y el pensamiento de Jehová?
Justamente, era así mi pensamiento –añadió Simeón de Betel–, que ni nosotros ni nadie sobre la Tierra podemos encadenar el pensamiento y la voluntad de Jehová, cuando quiere Él manifestarse a los hombres. 
Pero, ¿qué quieres decir con eso? –interrogó el mismo doctor que había expresado aquel pensamiento. Quiero decir, que si Dios quiere enviar a la Tierra su Mesías Salvador, nosotros no podemos imponerle nuestra voluntad de que aparezca en una familia de la alta aristocracia o de una humilde familia de artesanos. Digo esto, porque el motivo de esta asamblea es el hecho de haberse corrido por sí solo el velo del Templo en el preciso momento en que yo ofrecía a Jehová un primogénito hebreo; y a más la viejecita paralítica que todos hemos visto desde treinta años pegada al suelo como molusco a una roca, salir corriendo hasta llegar a donde estaba yo con el niño, y en su gozo de verse curada comenzó a gritar como una loca: 
“He aquí el Mesías Salvador de Israel que ha curado con su presencia mi mal de hace treinta años”. Y no se pudo hacerla callar ni quitarla de encima hasta que le fue permitido besar al niño. Son hechos, que si nada confirman por sí solos, no dejan de ser dignos de estudio y de nuestra atención, ya que para ello nos hemos reunido. 
El Gran Sacerdote y otros con él fruncieron el ceño, pero la lógica de Simeón no admitía réplica.  ¿Se han tomado datos precisos de su familia y antecedentes? –preguntó el Gran Sacerdote.
Yo –dijo Esdras–, estuve, como sabéis, en Betlehem a indagar sobre los nacidos en aquella ciudad, y estando enfermo el Sacerdote de aquella Sinagoga, fui yo el actuante cuando llevaron este niño a circuncidar. 
Sus padres son artesanos acomodados y tienen en Nazareth sus medios de vida. Ambos son originarios de Jericó y descendientes de familia sacerdotal, encontrándose en Betlehem en visita a unos parientes cercanos de la esposa, que fue una de las vírgenes del Templo donde se educó justamente por su procedencia de familia sacerdotal; y Yhosep, el marido, la buscó entre las vírgenes del Templo por fidelidad a la costumbre de que los hijos o nietos de sacerdotes, busquen esposa entre las vírgenes del Templo, y Yhosep es hijo de Jacob, hijo de Eleazar, sacerdote que algunos de los presentes hemos conocido. 
Es cuanto puedo decir. Bien –ordenó autoritariamente el Pontífice–, que tres miembros de la comisión de Genealogías reales se encarguen de estudiar este asunto y pasen luego el informe correspondiente. 
Y sin más trámite se dio por cancelado este asunto, el cual no se volvió a tocar, pues en los momentos que atravesaba la política del país con Herodes el Grande al frente, no era nada oportuna la presencia del Mesías Rey de Israel, que  provocaría desde luego un formidable levantamiento popular en contra del usurpador idumeo.
Conviene que este asunto no trascienda al exterior –añadió todavía el Gran Sacerdote–, y que esa familia no sospeche ni remotamente que nos hemos ocupado de ese niño cuya seguridad está en el silencio. 
El tiempo se encargará de revelar la verdad. 
El tiempo se encargará de revelar la verdad –repitieron como un hecho los sacerdotes esenios convencidos plenamente de que aquellas palabras eran proféticas. 
Y fue así, como pasó desapercibido en toda la Palestina el advenimiento del Cristo-hombre. Dios da su luz a los humildes y la niega a los soberbios. Hacía muchos siglos que el pueblo de Israel esperaba un Mesías Salvador. Y cuando él llegó como una estrella radiante a iluminar los caminos de los hombres, no lo reconocieron sino los pequeños, los que se ocultaban para vivir en las entrañas de los montes, o en la modestia de sus hogares entregados al trabajo y a la oración.
Continua.....
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