viernes, 29 de enero de 2016

Libro Volver al Amor de un Curso de Milagros (Marianne Williamson)



Capitulo IX (Segundo Escrito)
EL DINERO
«La dicha no cuesta nada.»
Haz lo que te guste, lo que haga que tu corazón cante.
Y nunca lo hagas por dinero.
No trabajes para ganar dinero; trabaja para difundir la alegría. Busca primero el reino de los Cielos, y el Maseratti llegará cuando sea el momento. Dios no tiene conciencia de pobreza.
No quiere que lleves una vida aburrida ni que tu trabajo te harte. No tiene nada en contra de las cosas de este mundo.
"El dinero no es malo; simplemente no es nada."
Como todo lo demás, se lo puede usar con fines sagrados o impíos. Una vez tuve una pequeña librería. Un día entró un hombre que me dijo que me enseñaría a ganar dinero. -Cada persona que entra por esa puerta- me explicó es un comprador en potencia.
Y eso es lo que usted tiene que decirse para sus adentros cada vez que un cliente entre en la tienda:
«Comprador en potencia, comprador en potencia».
Lo sentí como el consejo de un explotador.
Me estaba aconsejando que considerase a los demás como peones en mi propio juego.
Recé y recibí las siguientes palabras: «Tu tienda es una iglesia».
Desde el punto de vista esotérico, iglesia alude a la reunión de almas. No es un fenómeno del plano exterior, sino más bien del interior. La gente no acude a tu tienda o tu empresa para que tú consigas algo.
Esas personas te son enviadas para que puedas darles amor. Después de la oración y de haber sentido realmente que mi tienda era una iglesia, entendí que mi único trabajo era amar a la gente que venía a ella. Y fue lo que hice: cada vez que veía entrar a un cliente, lo bendecía en silencio. No todos me compraban un libro cada vez que entraban, pero la gente empezó a considerar que yo era su librera.
Los clientes sentían la atracción de una atmósfera de paz.
Aunque la gente no sepa exactamente de qué se trata, percibe cuándo se está irradiando amor en su dirección.
Yo me quedo atónita cuando me encuentro con dependientes groseros, que se comportan como si al dejarte estar en la tienda te hicieran un favor.
La rudeza es destructiva para la trama emocional del mundo.
En el lugar donde yo crecí, la gente no va a una tienda que irradia esa clase de energía, porque uno no se siente bien allí.
Cuando nuestro objetivo es hacer dinero, la creatividad se desvirtúa. Si yo creyera que el dinero es el objetivo final de mi enseñanza, tendría que pensar más en lo que le gustaría oír a la gente y menos en lo que yo siento que es importante que diga.
Mi energía quedaría contaminada por mis esfuerzos para conseguir venderles mi conferencia y que volvieran otra vez trayendo a sus amigos. Pero si el propósito de mi trabajo es canalizar el amor de Dios, entonces sólo estoy ahí para abrir el corazón, el cerebro y la boca.
Cuando no trabajamos más que por el dinero, nuestra motivación se centra en obtener y no en dar. La transformación milagrosa significa pasar de una mentalidad de ventas a una mentalidad de servicio. Mientras no realizamos este cambio, funcionamos desde el ego y nos concentramos en las cosas de este mundo y no en el amor. Esta idolatría nos arroja a un territorio emocional extraño, en el que siempre tenemos miedo. Tenemos miedo tanto del éxito como del fracaso.
Si nos acercamos al éxito, lo tememos; si nos aproximamos al fracaso, también lo tememos. El problema no está en el éxito ni en el fracaso, sino en la presencia del miedo, y en su inevitabilidad allí donde el amor está ausente.
Como todo lo demás, el dinero puede ser sagrado o impío, según cuál sea el fin a que lo destine la mente. Tendemos a hacer con él lo mismo que hacemos con el sexo: lo deseamos, pero juzgamos el deseo. Entonces es el juicio lo que deforma el deseo, convirtiéndolo en una expresión desagradable. Como nos avergüenza admitir que deseamos esas cosas, fingimos de una manera insidiosa que no es así; por ejemplo, condenamos nuestros deseos incluso en el momento en que nos entregamos a ellos.
Y, por lo tanto, la falta de pureza está en nosotros, no en el dinero ni en la sexualidad, que no son más que pantallas sobre las que proyectamos nuestro sentimiento de culpabilidad.
Así como la mente temerosa es la fuente de la promiscuidad, y no el sexo, que sólo es el medio por el cual ésta se expresa, tampoco el dinero es la fuente de la codicia, sino sólo una de las maneras de expresarse que ésta tiene. La fuente de la codicia es la mente.
Tanto al dinero como a la sexualidad se los puede usar con fines sagrados o impíos. Como con la energía nuclear, el problema no está en la energía, sino en cómo se la aplica.
Nuestro concepto de la riqueza es, en realidad, una estratagema del ego para asegurarse de que nunca lleguemos a tener nada.
Una vez conducía por un barrio de Houston habitado por personas muy ricas, y pensé: «Esta gente trabaja para las grandes empresas multinacionales que oprimen al Tercer Mundo».
Entonces, yo misma me detuve: «¿Cómo puedo saber de qué manera se ganan la vida todas estas personas y qué es lo que hacen con su dinero?». Mi actitud enjuiciadora, disfrazada de conciencia política, era en realidad el intento de mi ego de asegurarse de que nunca tuviera dinero. Lo que mentalmente no permitimos a los demás, nos lo negamos a nosotros mismos.
Lo que bendecimos en los demás, lo atraemos hacia nosotros. Cuando era una muchacha, tenía la creencia de que al ser pobre estaba, de alguna manera, demostrando mi solidaridad con los más necesitados. Ahora veo que detrás de aquella idea se escondía mi miedo de fracasar si intentaba hacerme rica.
Al final me di cuenta de que los pobres no tenían tanta necesidad de mi simpatía como de dinero en efectivo. No hay nada de puro ni de espiritual en la pobreza.
Hay personas necesitadas que son muy santas, pero no lo son porque sean pobres.
He conocido a gente rica sumamente espiritual, y a gente pobre que no lo era en absoluto. La Biblia dice que es más difícil para un rico entrar en el reino de los Cielos que para un camello pasar por el ojo de una aguja. Eso se debe a que el apego al dinero hace que nos apartemos del amor. Pero el imperativo moral no es rechazar el dinero en nuestra vida. El reto consiste en espiritualizar nuestra relación con él, teniendo claro que su único fin es sanar al mundo. En una sociedad iluminada, los ricos no tendrán necesariamente menos dinero, sino que los pobres tendrán mucho más.
El problema, contrariamente a la forma en que lo percibe el ego, no es simplemente de distribución de la riqueza, sino de la conciencia que la acompaña. El dinero no escasea ni es un recurso finito.
No somos pobres porque los ricos sean ricos, sino porque no trabajamos con amor. Tenemos que recordar que nuestro dinero es el dinero de Dios; aceptemos tener todo lo que Él quiera que tengamos para poder hacer lo que Él quiere que hagamos.
Dios quiere que tengamos la base material necesaria para conseguir nuestra mayor felicidad.
El ego intenta convencernos de que Dios exige sacrificios, y de que la vida de servicio ha de ser una vida de pobreza, pero no es así. "Nuestro objetivo aquí en la Tierra es ser felices, y la función del Espíritu Santo es ayudarnos a lograrlo.
Él nos conduce a la abundancia material que necesitamos para avanzar alegremente en el mundo, sin esclavizarnos a ella.
Hay mucho trabajo por hacer para sanar al mundo, y parte de él cuesta dinero. Con frecuencia el Espíritu Santo nos envía dinero para que podamos llevar a cabo tareas que Él quiere ver cumplidas en Su nombre.
Una actitud responsable hacia el dinero es estar abiertos para recibir lo que venga, y confiar en que nunca nos faltará.
Al pedir milagros, pedimos al Espíritu Santo que elimine los obstáculos que impiden que recibamos dinero, obstáculos que toman la forma de ideas como: el dinero es impuro, si tenemos dinero es que somos codiciosos, los ricos son malos, o yo no debería ganar más dinero del que ganan o ganaron mis padres.
Tener dinero significa que podemos dar trabajo a otras personas y sanar al mundo. Lo que le sucede a una sociedad cuando el dinero deja de circular no es nada agradable. Uno de los principios que hay que recordar en lo que se refiere al dinero es la importancia que tiene pagar por los servicios que otras personas nos prestan.
Si negamos a alguien su derecho a ganarse la vida, lo mismo nos negamos a nosotros.
Lo que demos recibiremos, y lo que no queramos dar nos será negado. Y para el universo no hay diferencia alguna entre robar a una gran multinacional y robar a una arrugada y simpática ancianita. El universo apoyará siempre nuestra integridad.
A veces nuestras deudas son tan grandes o confusas que, aunque tengamos la mejor de las intenciones, la carga y la culpa resultan abrumadoras, y simplemente amontonamos las facturas en el fondo de un cajón y tratamos de olvidarlas.
O cambiamos de número de teléfono. El universo no nos apoyará en eso. Una gran persona no es alguien que nunca se cae, sino alguien que, cuando se cae, hace lo necesario para ponerse de nuevo en pie. Como siempre, de lo que se trata es de pedir un milagro.
En general, nadie va a la cárcel en nuestro país por tener deudas. Una vez más, como dice Un curso de milagros, «Todo el mundo tiene derecho a los milagros, pero antes es necesario una purificación».
La pureza de corazón hace que progresemos rápidamente.
Si tienes deudas, por grandes que sean, escribe una carta a las empresas o personas a quienes debes dinero, reconoce el problema, discúlpate si es necesario y hazles saber que les ofreces un plan de pagos, efectivo a partir de ese momento. Envíales algo de dinero con la carta, y no te prepares para el fracaso.
Si puedes pagarles quince mil pesetas al mes, perfecto.
O págales cinco mil, si no llegas a más. Pero no te olvides de pagar regularmente y con puntualidad. No importa si la deuda es de cinco millones de pesetas.
El Curso afirma que «no hay grados de dificultad en los milagros». No importa la forma que asuma un problema ni su magnitud; un milagro puede resolverlo. ¿Qué significa esto? Que en cualquier momento podemos volver a empezar.
No importa cuál sea el problema; si mentalmente tomamos una actitud respetuosa, el universo siempre nos ayudará a solucionar el desastre y empezar de nuevo. Arrepentirse significa volver a pensar. En cualquier aspecto de nuestra vida, el universo nos apoyará en la misma medida en que lo apoyemos.
La mayoría de nosotros arrastramos algún lastre con respecto al dinero, que puede ir desde una necesidad inadecuada de tenerlo a un concepto inadecuado de lo que es. De niños, muchos recibimos intensos mensajes sobre el dinero. De palabra o con hechos, nos enseñaron que es de suma importancia, o que no es espiritual, o que es difícil de ganar, o que es la raíz de todo mal.
Muchos tenemos miedo de que los demás no nos quieran si no tenemos dinero, o si tenemos demasiado. Se trata de un ámbito en el que, individual o colectivamente, necesitamos una sanación radical de nuestros hábitos mentales. Recemos: «Dios amado, en Tus manos pongo todos mis pensamientos sobre el dinero, todas mis deudas, toda mi riqueza.
Abre mi mente para que reciba abundantemente. Por mi mediación, canaliza Tu abundancia de una manera que sirva al mundo. Amén».
EL MINISTERIO.
«Y esa sola Voz te asigna tu función, te la comunica, y te proporciona las fuerzas necesarias para poder entender lo que es, para poder llevar a cabo lo que requiere, así como para poder triunfar en todo lo que hagas que tenga que ver con ella.»
No hay manera más potente de agradecer a Dios los dones que te da, o de incrementarlos, que compartiéndolos.
En el mundo te será concedido tanto poder como estés dispuesto a usar en Su nombre. Piensa que tu trabajo es tu ministerio.
Haz de él una expresión de amor puesta al servicio de la humanidad.
Dentro de la ilusión mundana, todos tenemos diferentes trabajos: podemos ser artistas, empresarios, científicos... Pero en el mundo real que está más allá de todo esto, todos tenemos el mismo trabajo: atender a los corazones humanos.
Todos estamos aquí como ministros de Dios.
Hace algunos años regresé a Houston para una reunión especial de la sección de teatro de mi escuela secundaria.
Nuestro profesor se jubilaba, y los ex alumnos de todo el país acudimos a rendirle homenaje.
Durante la cena se habló de que muchos de los alumnos del señor Pickett habían llegado a ser actores de éxito, y también de que muchos otros habían llegado a ser personas de éxito y punto.
Al enseñarnos la verdad de la actuación, nos había enseñado la verdad de la vida. Una vez que aprendes a dejar tus problemas personales detrás de los bastidores, a tratar el libreto con sinceridad y dignidad y sin intentar embellecerlo, y a dar lo mejor de ti sin que te importe cuánta gente hay en la sala, entonces sabes todo lo que hay que saber para hacer una auténtica carrera profesional.
Saber la verdad sobre algo es saber la verdad sobre todo.
Al aprender los principios del ministerio, aprendemos los principios del éxito, independientemente de cuál sea la forma que asuma nuestro ministerio. Una de las cosas que he comprendido es que en realidad solamente he tenido una profesión.
Todos los trabajos que he realizado tenían en común un elemento básico: yo.
Mis diferentes ocupaciones tenían que ver principalmente con los puntos en que me encontraba en cada momento de mi vida, y cada una de ellas me enseñó algo esencial para la «evolución de mi carrera profesional». Como ministros de Dios, dejamos que nuestra profesión sea una expresión de nuestros sentimientos más íntimos, de lo que realmente nos importa.
Saber que actuamos en nombre de un propósito superior a nuestro propio engrandecimiento nos proporciona la alegría que todos buscamos. Sea lo que fuere lo que hagamos, sea cual fuere nuestro trabajo, puede ser un medio de enseñar el mensaje de la salvación: que el Hijo de Dios es inocente, y que todos somos Hijos de Dios.
Ser bondadosos con Él transforma el mundo.
Esta enseñanza no solemos transmitirla de palabra, sino más bien de una manera no verbal. El problema que tienen la mayoría de las personas es que no les preocupa tanto lo que quieren expresar como la forma de expresarlo.
Y es así porque no saben qué quieren expresar.
Esta generación, esta cultura, está llena de gente que desea desesperadamente escribir su propio libro de éxito, pero por razones equivocadas.
He conocido a personas que quieren estar bajo la luz de los reflectores, pero que no tienen ni idea de lo que dirían si se encontraran en esa situación. Esta postura es fraudulenta. Significa que nos interesa más el contrato de la empresa discográfica que la satisfacción de hacer música.
El mayor premio que podemos obtener por una labor creativa es la alegría de ser creativos. Si el esfuerzo de crear se hace por cualquier otra razón que el júbilo de estar en ese lugar lleno de luz, de amor, de Dios o de cualquier nombre que queramos darle, le falta integridad.
Nos empequeñece. Reduce la inspiración a una simple operación de venta.
Hace unos años estuve en Hauai.
Un amigo y yo hicimos una excursión en barco a lo largo de la costa de esta isla hawaiana.
El barco formaba parte de una flota propiedad de un hombre conocido como capitán Zodiac. Zodiac es la palabra con que designan en Hawai las increíbles formaciones costeras que hay en esa zona. Este hombre estaba tan enamorado de esa costa que incorporó la palabra a su propio nombre. Un día, alguien le dijo: -Tú sabes muchísimo sobre esta costa y su historia.
A muchas personas les encantaría poder ver lo que tú ves y saber lo que tú sabes. ¿Por qué no organizas excursiones en barco para la gente? Las excursiones del capitán Zodiac son un gran servicio para los turistas en Kauai. Difunden la alegría, elevan la vibración cultural, y además son un gran negocio cuyo origen fue el amor.
La cuestión es si trabajamos por dinero o si lo hacemos por amor. Lo que necesitamos averiguar es cuál de estas dos actitudes produce mayor abundancia.
Como sabe el capitán Zodiac, y contrariamente a los argumentos del ego, el amor es efectivamente un buen negocio.
Cualquier trabajo puede convertirse en un ministerio, siempre que esté consagrado al amor. Tu carrera puede ser una hoja en blanco en espera de lo que en ella escriba Dios.
Sean cuales fueren tus talentos o capacidades, Él puede usarlos. Nuestro ministerio se convierte en una experiencia jubilosa tanto para nosotros mismos como para los demás en la medida en que nos dejamos guiar por una fuerza misteriosa.
Simplemente, seguimos instrucciones.
Permitimos que el espíritu de Dios se mueva a través de nosotros, usando nuestros dones y recursos de la manera que Le parezca adecuada para hacer Su trabajo en el mundo.
Esta es la clave de una carrera de éxito. El éxito no es contrario a la naturaleza; es la cosa más natural del mundo porque es el resultado natural de la cocreación entre el hombre y Dios.
En París era una fiesta, Hemingway escribe sobre la actividad de escribir. Describe la diferencia entre escribir un relato y que el relato se escriba solo.
Cuando él se daba cuenta de que estaba escribiendo el relato en lugar de dejar que se escribiera solo, sabía que era el momento de terminar el trabajo del día.
Nuestra vida ha de ser un relato que misteriosamente se escribe solo, y nuestro trabajo es el fruto creativo de nuestra vida.
«Dios, sírvete de mí, por favor» es la afirmación más poderosa que podemos hacer para que nuestra carrera profesional esté llena de abundancia. Es el milagro de la plegaria del trabajador.
Todo el mundo quiere tener un trabajo maravilloso.
Acepta que ya te ha sido dado. El hecho de que estés vivo significa que te ha sido asignada una función: abrir tu corazón a todos y a todo. De esa manera eres un canal de Dios. No te preocupes por lo que has de decir o hacer. Él te lo hará saber.
Yo solía considerarme una perezosa. Siempre estaba cansada.
En realidad, simplemente estuve bloqueada hasta que descubrí el propósito de mi vida.
Cuando nuestra energía se aplica en el sentido de la cocreación con Dios y nos disponemos a brindar amor allí donde antes no lo había, de nuestras profundidades emerge una energía nueva.
El mundo nunca te da permiso para brillar. Sólo el amor lo hace. Recuerdo que cuando era camarera una noche entré a trabajar pensando: «Claro, ¡ya lo entiendo! Ellos creen que esto es un bar!». Como estudiosa de Un curso de milagros, ahora lo veo de otra manera: «Esto no es un bar, ni yo soy una camarera. No es más que una alucinación. Todos los establecimientos son la fachada de una iglesia, y yo estoy aquí para purificar las formas del pensamiento, para atender a los hijos de Dios».
Podemos tomarnos en serio nuestra propia vida, aunque nadie más lo haga. En realidad, ningún trabajo tiene más influencia potencial sobre el planeta que otro. En todo momento influimos en el mundo en que vivimos, por medio de nuestra presencia, de nuestra energía, de nuestra interacción con los demás. -
La cuestión es qué clase de influencia tenemos.
Conocí una vez a una mujer que quería ser actriz, pero no conseguía trabajo en esta profesión.
Mientras tanto, trabajaba como secretaria personal de un escritor profesional, que estaba muy satisfecho de su trabajo y quería que ella viajase con él por todo el país, haciendo giras, preparándole conferencias y ayudándole de diferentes maneras.
Ella me dijo que, aunque trabajar con él le resultaba muy estimulante, no quería irse de Los Ángeles porque si salía algún trabajo de actriz quería estar disponible para la prueba.
-Nada sería mejor para tu trabajo de actriz -le contesté- que empezar a ser la estrella en tu propia vida.
Muchas personas quieren ser actores o actrices no porque tengan una verdadera vocación artística, sino porque desean desesperadamente crear algo hermoso en su propia vida. ¡Destaca! ¡Sé entusiasta! ¡Pon un poco de energía en tu vida! ¿Cómo vas a impresionar a nadie con tus cualidades de estrella si esperas a convertirte en estrella para cultivarlas?
¿Cómo decidiría un obrador de milagros si irse de viaje o quedarse en Los Ángeles? Para tomar decisiones le pedimos al "Espíritu Santo que decida por nosotros".
Siempre hay demasiados factores en la vida que desconocemos.
"No tomamos ninguna decisión por nuestra cuenta", sino que le pedimos cómo podemos ser más útiles para llevar a cabo Su plan. La autoridad moral que nos confiere esta actitud crea en nosotros cualidades de estrella.
Lo que nos convierte en estrellas es nuestra humildad, nuestro deseo de servir, no nuestra arrogancia.
Una idea del ego que tienta a mucha gente es la insistencia en despreciar ciertos trabajos.
Hay una antigua tradición zen en virtud de la cual los discípulos se pasan años quitando el polvo de los altares de sus maestros como parte de su preparación y su entrenamiento.
El aprendiz aprende por el hecho de estar en presencia del maestro, por servirlo, y con el tiempo llegará a superarlo.
Como dice el I Ching, el universo colma al modesto y humilla al orgulloso. En la modestia dejamos florecer las cosas.
No nos avergüenza admitir que todavía estamos en el proceso de aprendizaje.
El ego insiste más en el objetivo que en el proceso mediante el cual lo alcanzamos, y de este modo, lo que en realidad hace es sabotearnos.
Nos volvemos orgullosos y duros, y por lo tanto somos menos atractivos. No hay nada agradable en el falso orgullo.
No nos ayuda a conseguir trabajo ni a tener más éxito.
Nuestro trabajo es crecer como personas, alcanzar la gracia, la integridad y la humildad. No necesitamos otro objetivo.
El núcleo de nuestro ser se convierte entonces en un poder sustancial, tanto exterior como interiormente.
Nuestro ministerio se transforma en una línea creativa directa desde Dios a toda la humanidad a través de nosotros.

Libro Volver al Amor de un Curso de Milagros (Marianne Williamson)


Capitulo IX
EL TRABAJO
«Estoy aquí únicamente para ser útil.
Estoy aquí en representación de Aquel que me envió.
No tengo que preocuparme por lo que debo decir ni por lo que debo hacer, pues Aquel que me envió me guiará. Me siento satisfecho de estar dondequiera que Él desee, porque sé que Él estará allí conmigo. 
Sanaré a medida que le permita enseñarme a sanar.» 
LA CONSAGRACIÓN DE NUESTRA CARRERA PROFESIONAL.
«El Espíritu Santo escoge y acepta tu papel por ti, toda vez que ve tus puntos fuertes exactamente como son, y es igualmente consciente de dónde se puede hacer mejor uso de ellos, con qué propósito, a quién pueden ayudar y cuándo.
» El éxito significa que por la noche nos vamos a dormir sabiendo que usamos nuestros talentos y capacidades de forma útil para los demás.
Nos sentimos compensados con las miradas de agradecimiento de la gente, con la mayor o menor riqueza material que nos proporcione el hecho de trabajar con alegría y energía, y el magnífico sentimiento de que hoy hicimos nuestra pequeña contribución para salvar al mundo. La Expiación significa poner por delante el amor, en todo, tanto en el trabajo como en todo lo demás. Trabajas para difundir el amor. Tu guión cinematográfico debe difundir el amor, Tu salón de belleza debe difundir el amor.
Tu oficina debe difundir el amor Tu vida debe difundir el amor.
La clave del éxito en tu carrera es darte cuenta de que no es algo aparte del resto de tu vida, sino más bien una extensión de tu yo más básico. Y tu yo más básico es el amor. Saber quién eres y por qué has venido aquí -que eres un hijo de Dios y has venido aquí para sanar y que te sanen- es más importante que saber qué quieres hacer. Lo que quieres hacer no es lo importante.
Lo importante es que te preguntes: «Cuando hago cualquier cosa, ¿cómo debo hacerla?». Y la respuesta es: «Con bondad».
La gente no asocia normalmente el trabajo o los negocios con la bondad, porque son actividades que han llegado a ser consideradas como meros instrumentos para hacer dinero. Los obradores de milagros no trabajan solamente para hacer dinero, sino también para inyectar amor en el mundo.
A cada uno de nosotros le toca desempeñar un papel determinado en el «plan de Dios para la salvación». Es tarea del Espíritu Santo revelarnos nuestra función y ayudarnos a llevarla a cabo.
"El Espíritu Santo nos pregunta si sería razonable suponer que Él nos asigne una tarea y después no nos proporcione los medios para cumplirla." Una vez más, no decidimos por nuestra propia cuenta qué papel hemos de desempeñar en la vida, sino que pedimos que nos sea revelado dónde quiere Él que vayamos y qué quiere que hagamos. Le entregamos nuestra carrera profesional.
Durante la segunda guerra mundial, los generales aliados controlaban todos los movimientos de las tropas desde un cuartel general desde el cual se emitían las órdenes. Los comandantes de los diversos frentes no sabían necesariamente de qué manera se adecuaban sus movimientos a la totalidad del plan militar:
Sólo sabían que se adecuaban, porque sabían que había una «inteligencia» general respaldando sus órdenes.
Lo mismo pasa con nosotros. Quizá no sepamos cómo o dónde estarían mejor aprovechados nuestros talentos, pero el Espíritu Santo sí lo sabe. Un curso de milagros nos enseña "a evitar los planes que nosotros mismos ideamos y a someter, en cambio, nuestros planes a Dios". Algunas personas me han dicho:
«Pero me da miedo dejar mi carrera en manos de Dios.
Yo soy músico... ¿Y si Él quisiera que fuese contable?». Y yo les respondo que por qué habría de ser así. ¿No querrá Él, más bien, que ese trabajo lo haga alguien que entienda de números?
Si tienes talento para la música, ese talento es de Dios. Si algo hace que tu corazón cante, esa es la manera que Dios tiene de decirte cuál es la contribución que espera de ti. Compartir nuestros dones es lo que nos hace felices.
Cuando somos felices somos más poderosos, y el poder de Dios se manifiesta mejor sobre la tierra. Un curso de milagros dice que «el único placer verdadero proviene de hacer la voluntad de Dios».
Lo esencial para la salvación, en cualquier ámbito, es un cambio en nuestro sentimiento de finalidad. Las relaciones, la profesión, el cuerpo, todos estos ámbitos de la vida renacen en el espíritu cuando los consagramos a los fines de Dios, pidiendo que sean usados como instrumentos para sanar al mundo.
Ese cambio es un milagro, y como siempre, lo pedimos conscientemente.
«Dios amado, te ruego que des a mi vida un sentimiento de finalidad. Úsame como instrumento de tu paz. Usa mis talentos y capacidades para difundir el amor. Te consagro mi trabajo. Ayúdame a recordar que mi verdadera misión es devolver la salud al mundo mediante el amor. Muchas gracias. Amén.»
LA VOLUNTAD DE DIOS
«¿Adónde quieres que vaya? ¿Qué quieres que haga? ¿Qué quieres que diga, y a quién?» La gente cree que no se puede servir a Dios y ser feliz al mismo tiempo. Como la jerarquía de algunas religiones ha presentado la vía espiritual como una vida de sacrificio y austeridad, a muchas personas les resulta difícil imaginarse que una vida en estrecho contacto con Dios sea una vida llena de júbilo. Un curso de milagros dice que "el único placer verdadero proviene de hacer la voluntad de Dios". Dios no exige sacrificios.
La vida sacrificada es la que llevamos antes de encontrar un sentimiento superior de identidad y de finalidad: sacrificamos el recuerdo de lo magníficos que en realidad somos y el importante trabajo que hemos venido a hacer aquí. Y eso es mucho sacrificio, porque cuando no podemos recordar por qué vamos a alguna parte, nos cuesta mucho rendir al máximo cuando llegamos allí.
El amor da energía y dirección. Es el combustible espiritual. Cualquier profesión, cuando se la consagra al Espíritu Santo, se puede usar como parte del plan de restauración del mundo.
Ningún trabajo es demasiado grande ni demasiado pequeño para que Dios se sirva de él. Tú, yo y todo el mundo llevamos dentro el poder ilimitado del universo.
No es algo de lo que hayamos de enorgullecernos personalmente, ni por lo que hayamos de sentirnos culpables.
Nuestro verdadero poder emana de una fuerza que está en nosotros pero no nos pertenece. «Sé humilde ante Dios -dice el Curso- y sin embargo, grande en Él.» Recuerda esto para mantenerte en conexión con tu inocencia y que el poder siga manando a través de ti. Olvídalo, y el grifo podría cerrarse en cualquier momento.
Deja de bendecir al universo, y parecerá que el universo deja de bendecirte. Sea cual fuere tu actividad, limítate a pedir que sirva para bendecir al mundo. Recuerdo haberme quejado un día a mi amiga June de lo desdichada que era, y su respuesta fue: «Marianne, no quiero ser dura contigo, pero, ¿alguna vez haces algo por alguien?». Su comentario me cayó como un jarro de agua fría, y en aquel momento apenas hice nada al respecto.
Sin embargo, varios años después, cuando ya había pasado mi período de profunda depresión, el sufrimiento de los demás se convirtió para mí en algo mucho más importante.
Se me partía el corazón por las personas que sufrían aunque sólo fuera una parte de lo que yo había sufrido, y nacía en mí el deseo de ayudarlas. Entonces me pareció que Dios me decía: «La gente sufre profundamente, y toda tu vida has estado rodeada de personas que sufrían. Pero no te dabas cuenta.
Ibas de compras». Yo, como muchas personas, solía preocuparme por lo que se esperaba que hiciera con mi vida. Era como si nunca pudiera perseverar mucho tiempo en nada, ni ganar dinero ni encontrar ninguna verdadera satisfacción en mi trabajo.
Me sentía paralizada. Recuerdo haber pedido una vez a Dios que me revelara lo que Él quería que yo supiera para poder cambiar.
Me arrodillé y me concentré hasta alcanzar un elevado estado de meditación. Vi imágenes de un cielo glorioso y de un grupo de ángeles que desfilaban entre las nubes para traerme Su respuesta. Un par de querubines empezaron a desenrollar un pergamino.
El corazón se me aceleró mientras esperaba el mensaje de Dios, que indudablemente sería de suma importancia. Muy despacio, las letras empezaron a formar palabras: «Marianne, eres una mocosa malcriada». Me quedé paralizada porque había perdido el contacto con un recuerdo de mi alma: la razón por la que vine a la tierra. Decirme que era una mocosa malcriada era la información perfecta, la llave para abrir la cerradura que inmovilizaba mis energías. El problema era mi egoísmo. Como aquellos actores que se han pasado tanto tiempo aprendiendo a actuar que no aprendieron a vivir, y entonces terminan por ser unos malísimos actores porque en última instancia no tienen nada auténtico que revelar de la vida, a veces perdemos nuestro poder personal al olvidar por qué lo tenemos.
Estudiamos cómo triunfar en los negocios, sin detenernos a pensar por qué nos dedicamos a los negocios, como no sea para hacer dinero. Este no es un camino espiritualmente poderoso, y el universo lo tolerará cada vez menos a medida que avance la década de los noventa.

EL PODER PERSONAL
«Todo poder es de Dios.» No le pidas a Dios que te conceda una brillante carrera profesional, sino más bien que te enseñe el brillo que hay dentro de ti. El reconocimiento de nuestro brillo es lo que lo libera y nos permite expresarlo.
Hasta que no hemos experimentado una conmoción interior, no se producen efectos externos estables e importantes.
Una vez que la experimentamos, los efectos externos inevitablemente se hacen notar.
Todos podemos experimentar una conmoción interior; más aún, estamos codificados para vivirla. Es nuestro potencial de grandeza. Nuestros logros no provienen de lo que hacemos, sino de quiénes somos. Nuestro poder terrenal es el resultado de nuestro poder personal. Nuestra carrera profesional es una extensión de nuestra personalidad.
La palabra «carisma» fue originariamente un término religioso. Significa «del espíritu». Carisma es el poder de llevar a cabo las tareas de la tierra desde un ámbito interior invisible, y es el derecho y la función natural del Hijo de Dios.
Las nuevas fronteras son internas. La verdadera expansión está siempre dentro de nosotros.
En vez de expandir nuestra capacidad o nuestra disposición para salir y conseguir algo, expandamos nuestra capacidad de recibir lo que ya está aquí para nosotros.
Un curso de milagros analiza un concepto cristiano tradicional llamado «los dones del Espíritu Santo»: cuando consagramos nuestra vida al Espíritu Santo para que la ponga al servicio de Sus fines, dentro de nosotros emergen nuevos talentos. No empezamos por organizar nuestra vida para después consagrársela a Dios, sino que más bien Le consagramos la vida y entonces las cosas empiezan a organizarse.
Cuando abrimos el corazón, nuestros talentos y nuestros dones florecen. Muchas personas me dicen que cuando hayan tenido éxito y hayan ganado muchísimo dinero se valdrán de ello para ayudar al mundo.
Pero eso es un aplazamiento mediante el cual el ego intenta evitar que nos mostremos plenamente en nuestra vida.
Aunque consideremos que todavía no hemos tenido éxito, podemos consagrar ahora nuestro trabajo para que sea usado al servicio de la sanación del mundo, y nuestra carrera profesional arrancará desde ese punto de poder. No importa lo que hagamos, podemos hacer de ello nuestro ministerio. No importa qué forma asuma nuestro trabajo o nuestra actividad, el contenido es el mismo que el de todos los demás: estamos aquí para ayudar a los corazones humanos.
Cuando hablamos con alguien o vemos a alguien, e incluso cuando pensamos en alguien, tenemos la oportunidad de aportar más amor al universo. Desde una camarera hasta el director de un estudio de cine, desde un ascensorista hasta el presidente de una nación, no hay nadie cuyo trabajo no sea importante para Dios.
Cuando sabes esto, cuando vives plenamente lo que significa tener la oportunidad de sanar, alcanzas una energía que te impulsa hacia adelante en los afanes mundanos. El amor te hace más atrayente. Eso significa que atraes como un imán. Y no atraes simplemente a la gente, sino también circunstancias que vuelven a reflejar sobre ti el poder de tu devoción.
Tu poder personal no se va a revelar en algún momento futuro.
Eres una persona poderosa en cualquier momento que decidas serlo. La opción de ser un instrumento del amor, aquí mismo, ahora mismo, es, un poder personal que ya posees.
Un curso de milagros nos dice que todos los hijos de Dios tienen poder y sin embargo ninguno tiene un poder «especial».
"Todos somos especiales", y al mismo tiempo, nadie es especial. Nadie tiene más potencial que ninguna otra persona para irradiar el amor y la luz de Dios. Muchas de nuestras ideas tradicionales sobre el éxito se basan en que nos hemos convencido de que somos especiales y de que tenemos algo especial para ofrecer.
La verdad es que ninguno de nosotros es especial, porque si lo fuéramos seríamos diferentes de los demás y estaríamos separados de ellos. La unidad de Cristo hace que esto sea imposible.
Por consiguiente, la creencia en que hay «seres especiales» es un engaño y por eso engendra miedo. Lo que hicieron Beethoven, Shakespeare o Picasso no es tanto «crear» nada como haber tenido acceso a ese lugar dentro de sí mismos a partir del cual pudieron «expresar» lo que Dios ha creado. Su genialidad, pues, en realidad radicaba en la expresión y no en la creación.
Por eso el gran arte nos conmueve con el impacto del reconocimiento, y deseamos haber sido nosotros quienes hubiéramos expresado eso. El alma se estremece al evocar lo que todos ya conocemos.
El Curso dice que "un día todo el mundo compartirá los dones de Dios por igual". Todos tenemos el potencial de la grandeza, pero nos lo arrancan precozmente. El miedo se inicia cuando alguien nos dice que hay un primero, un segundo y un tercer premio; que algunos esfuerzos merecen un «sobresaliente» y otros apenas un «regular». Pasado un tiempo, una parte de nosotros ya no se anima siquiera a intentar hacer ciertas cosas.
Lo único que tenemos para dar al mundo es lo que nosotros mismos vemos en él, y el ego dice que eso no es suficiente.
Nos induce a ocultar nuestra sencilla verdad y a intentar inventar otra mejor. Pero al hacerlo no nos protege, aunque finja que lo hace, como siempre. No nos evita pasar por tontos, sino que nos impide tener la experiencia de ser realmente nosotros, privándonos de la brillantez de expresarlo y de la alegría que esa expresión nos traería, a nosotros y a los demás.
Me encanta el cuento de la niña que le mostró a su maestra un dibujo de una vaca de color púrpura. -Tesoro, yo nunca he visto una vaca de color púrpura -le dijo la maestra. -¿Ah, no? ¡Qué pena! -contestó la niña. No podemos fingir la autenticidad. Creemos que necesitamos ser nuestros propios creadores, y nos pasamos la vida superponiendo remiendos a nuestra personalidad, porque tratamos de ser especiales, no reales. Patéticamente intentamos adaptarnos a los demás, hacer lo mismo que ellos.
Un tulipán no se esfuerza por impresionar a nadie.
No pugna por ser diferente de una rosa, ni lo necesita.
Ya es diferente. Y en el jardín hay lugar para todas las flores.
Tú no tuviste que esforzarte por hacer que tu cara fuera diferente de las de todos los demás. Es así. Eres un ser único, porque fuiste creado de esa manera. Fíjate en los niños pequeños. Todos son diferentes, sin proponérselo.
Y mientras sean ellos mismos, sin darse cuenta de que lo son, inevitablemente resplandecerán. Sólo más adelante, cuando se les enseñe a competir, a esforzarse por ser mejores que los demás, se desvirtuará su luz natural.
La luz natural de Dios que todos llevamos dentro es lo que el Curso llama nuestra grandeza.
Los esfuerzos del ego por embellecer nuestro estado natural son lo que el Curso llama grandiosidad. «Es fácil distinguir la grandeza de la grandiosidad -dice el Curso-, porque el amor puede ser correspondido, pero el orgullo no.»
El ego interfiere en la clara expresión de nuestro poder intentando hacer que lo realcemos. Ese intento es en realidad una trampa mediante la cual entorpece nuestra capacidad de expresar cómo somos en realidad y de aceptar el pleno reconocimiento de los demás.
Insisto una vez más en que el objetivo del ego es la separación. 
Hace tiempo, me paseaba continuamente por una montaña rusa emocional, sintiendo a veces que era mejor que los demás y otras que era peor. «Soy mejor, no, no soy tan buena, soy mejor, no, no soy tan buena.» Ambas afirmaciones constituyen el mismo error.
La verdad es que todos somos iguales. Reconocerlo -reconocer que no somos mejores ni peores que nadie porque esencialmente todos somos iguales- es una idea que sólo nos parece deslucida mientras no entendemos del todo a qué clase de club pertenecemos.
La humanidad es un grupo de criaturas infinitamente poderosas. "Nuestro poder, sin embargo, está en nosotros pero no es nuestro." Es el espíritu de Dios inherente en nosotros lo que nos ilumina y nos vivifica. Librados a nosotros mismos, en realidad no somos gran cosa. Esta idea me ha ayudado en mi trabajo.
Subo a una tarima, y a veces hablo para más de mil personas.
No puedo imaginarme sometida a la presión de convencerme a mí misma de que tengo algo especial que ofrecer. Ni lo intento.
No tengo que impresionar a nadie, y como esto es lo que pienso, no me queda otra cosa por hacer que relajarme. Subo a la tarima sin sentir la necesidad de hacer que la gente piense que soy alguien especial, porque sé que no lo soy. Lo único que hago es hablar con amigos, despreocupadamente y con entusiasmo, eso es todo.
No hay nada más. Todo lo demás no son más que espejismos.

El Hijo de Dios no tiene necesidad de adornos. Nos tienta pensar que impresionamos más si presumimos, y no es cierto, en absoluto; cuando lo hacemos, somos más bien patéticos. «La grandiosidad es siempre un disfraz de la desesperación.» La luz de Cristo brilla más en nosotros cuando nos relajamos y la dejamos manar, permitiendo que su resplandor borre nuestros delirios de grandeza.
Pero tenemos miedo de quitarnos la máscara.
Y no es que inconscientemente nos estemos defendiendo de nuestra pequeñez. En realidad, lo que hace nuestro ego es defenderse de Dios. Tal como interpreto el Curso, "lo que más miedo nos da no es ser incapaces. Lo que más miedo nos da es ser poderosos más allá de toda medida. Es nuestra luz, no nuestra oscuridad, lo que más nos asusta". «¿Quién soy yo para ser una persona brillante, hermosa, dotada, fabulosa?» En realidad, ¿quién eres para no serlo? Eres un hijo de Dios, y si juegas a empequeñecerte, con eso no sirves al mundo.
Encogerte para que los que te rodean no se sientan inseguros no tiene nada de iluminado. Todos estamos hechos para brillar, como brillan los niños. Nacimos para poner de manifiesto la gloria de Dios, que está dentro de nosotros. No sólo en algunos, sino en todos nosotros.
Y si dejamos brillar nuestra propia luz, inconscientemente daremos permiso a los demás para hacer lo mismo. Al liberarnos de nuestro propio miedo, nuestra presencia automáticamente liberará a los demás. Un obrador de milagros es un artista del alma.
No hay arte más elevado que el de vivir una vida bondadosa.
Un artista informa al mundo de lo que hay por detrás de las máscaras que usamos. Todos estamos aquí para hacer eso mismo. La razón de que tantas personas estén obsesionadas por llegar a ser estrellas es que todavía no lo son en su propia vida.
Los reflectores cósmicos no están enfocados sobre ti, sino que irradian desde tu interior. Yo solía tener la sensación de estar esperando que alguien me descubriera, que alguien fuera mi «productor». Finalmente me di cuenta de que la persona a quien estaba esperando era yo misma. Si esperamos que el mundo nos dé permiso para brillar, jamás lo recibiremos.
El ego no nos da ese permiso. Sólo lo concede Dios, y ya lo ha hecho. 
Él te ha enviado aquí como su representante personal y te pide que canalices Su amor hacia el mundo. ¿Todavía esperas un trabajo más importante? Pues no lo hay.
Existe un plan para cada uno de nosotros, y cada uno de nosotros es un ser valioso. A medida que abrimos más nuestro corazón, se va moviendo en la dirección en que se espera que vayamos.
Nuestros dones nos brotan desde nuestro interior, y se extienden por sí solos. Logramos las cosas sin esfuerzo. ¿Cómo podía no haber pintado Leonardo da Vinci? ¿Cómo podía Shakespeare no haber escrito? En las Cartas a un joven poeta, Rilke dice a un escritor novel que escriba solamente si tiene que hacerlo.
Hemos de hacer lo que para nosotros es profundamente imperativo, psicológica y emocionalmente. Ese es nuestro punto de poder, la fuente de nuestro resplandor. La motivación de nuestro poder no es racional ni voluntaria. Es un don divino, un acto de gracia.

Libro Volver al Amor de un Curso de Milagros (Marianne Williamson)





Capitulo VIII (Tercer Escrito)

18. EL MATRIMONIO «Juntos asumisteis la empresa de invitar al Espíritu Santo a formar parte de vuestra relación.»
 Al matrimonio, como a todo lo demás, tanto lo puede usar el ego como el Espíritu Santo. Su contenido no está nunca predeterminado. Es un organismo viviente que continuamente refleja las opciones de los individuos que lo forman. 
Muy poco hay en este mundo que siga siendo sagrado, pero hay algo que debe ser tratado con reverencia para que la trama moral del mundo no se desintegre: un acuerdo entre dos personas. 
Un matrimonio iluminado es un compromiso para participar en el proceso de recíproco crecimiento y mutuo perdón, compartiendo el objetivo común de servir a Dios. 
Un hombre me contó una vez que su relación con su ex mujer funcionó estupendamente durante el primer año que vivieron juntos. En aquella época ambos participaban activamente en una organización dedicada al crecimiento personal, pero cuando la abandonaron, el matrimonio se fue a pique. De todos modos, esto no significa que el matrimonio no tuviera nada a su favor, sino que más bien revela la importancia de un contexto mayor que las preocupaciones personales de uno de los miembros de la pareja, e incluso de los dos. ¿Por qué el matrimonio es un compromiso más profundo que otras formas de relación, como la de una pareja que simplemente convive? Porque es un acuerdo en el sentido de que, por más que pueda haber una buena cantidad de sacudidas y gritos, nadie se irá dando un portazo. Ambos tenemos la seguridad de que podemos expresar cualquier emoción que brote de nuestras profundidades -y si somos honestos admitiremos que a veces estamos muy alterados-, de que hacerlo en este ámbito es seguro. Nadie se irá. 
El compromiso del matrimonio se declara públicamente. 
Cuando hay invitados a la boda y la ceremonia es religiosa, se cumple con un ritual en el que las plegarias colectivas forman un círculo de luz y de protección en torno de la relación. 
Un matrimonio es un regalo de Dios para un hombre y una mujer, un regalo que después Le ha de ser devuelto. 
La esposa de un hombre es literalmente el regalo que le hace Dios. El esposo de una mujer es el regalo que le hace Dios. 
Pero los regalos de Dios siempre son para todos. Por lo tanto, se supone que un matrimonio ha de ser una bendición para el mundo, porque es un contexto en el que dos personas pueden llegar a ser más de lo que habrían sido solas. 
Para el mundo entero es una bendición la presencia de gente sanada. Uno de los ejercicios del Libro de ejercicios reza así: «Cuando me curo, no soy el único que se cura». El apoyo y el perdón de nuestra pareja nos permiten situarnos más magníficamente en el mundo. Un curso de milagros nos dice que el amor no ha de ser exclusivo, sino inclusivo. 
Hace varios años se popularizó una canción cuyo estribillo decía: «Tú y yo contra el mundo». Si alguna vez un hombre me dijera eso, yo le diría que me cambio de lado. No nos casamos para escapar del mundo, sino para sanarlo y unirlo. Bajo la guía del Espíritu Santo, un matrimonio se compromete a crear un contexto en el que los recursos individuales de cada uno, tanto materiales como emocionales y espirituales, estén puestos al servicio del otro. Lo que demos recibiremos. Servicio no significa sacrificio de uno mismo, sino dar a las necesidades de otra persona la misma importancia que a las nuestras. 
El ego insiste en que una persona gane a expensas de la otra. 
El Espíritu Santo entra en cualquier situación llevando el triunfo a cada uno de los que participan en ella. 
En el matrimonio tenemos una maravillosa oportunidad de ver a través del espejismo de las necesidades separadas. La pareja no ha de pensar solamente en lo que es bueno para él o para ella, sino en lo que es bueno para los dos. Esta es una de las muchas maneras en que el matrimonio puede colaborar en la sanación del Hijo de Dios. Como sucede con todo, la clave del éxito de un matrimonio es la percepción consciente de Dios.
El matrimonio Le es ofrecido para que lo use para Sus propios fines. Es verdad el refrán que dice que la familia que reza unida se mantiene unida. El matrimonio iluminado incluye la presencia de un tercero místico. Se pide al Espíritu Santo que guíe las percepciones, los pensamientos, los sentimientos y las acciones para que en esto, como en todas las cosas, se haga la voluntad de Dios así en la tierra como en el Cielo. 


19. PERDONEMOS A NUESTROS PADRES Y A NUESTROS AMIGOS, PERDONÉMONOS A NOSOTROS MISMOS. 
«El más santo de todos los lugares sobre la tierra es aquel donde un viejo odio se ha convertido en un amor presente.» 
No podemos llegar a la conciencia sin perdonar a nuestros padres. Nos guste o no, nuestra madre es nuestra imagen primaria de una mujer adulta, y nuestro padre la de un hombre adulto. Mantener resentimientos contra la madre significa, para un hombre, que no será capaz de liberarse de la proyección de la culpa sobre otras mujeres adultas que aparezcan en su vida, y para una mujer, que no será capaz de escapar de la autocondena a medida que crezca y de niña pase a ser mujer. 
Quien cultive agravios contra el padre, si es mujer no será capaz de liberarse de la proyección de la culpa sobre otros hombres adultos que lleguen a su vida, y si es hombre no podrá escapar de la autocondena a medida que crezca y de niño pase a ser hombre. Así es. Llegados a cierto punto, perdonamos porque decidimos perdonar. La sanación se produce en el presente, no en el pasado. Lo que nos ata no es el amor que no recibimos en el pasado, sino el amor que no estamos dando en el presente. O bien Dios tiene el poder de renovarnos la vida, o no lo tiene. ¿Podría Dios estar mirándonos y diciendo: «Me encantaría proporcionarte una vida llena de alegría, pero es que tu madre fue tan terrible que tengo las manos atadas»? Actualmente se habla mucho de personas que han crecido en hogares problemáticos. ¿Quién no ha crecido en un hogar problemático? ¡Este mundo es problemático! Pero no hay nada que nos haya pasado, que hayamos visto o que hayamos hecho y que no podamos usar para hacer de nuestra vida algo más valioso ahora. Podemos crecer a partir de cualquier experiencia, y podemos trascender cualquier experiencia. 
Hablar así es blasfemo para el ego, que respeta el dolor, lo glorifica, lo adora y lo crea. El dolor es su principal centro de interés, y en el perdón encuentra a su enemigo. 
El perdón sigue siendo el único sendero que nos saca del infierno. No importa si se trata de perdonar a nuestros padres, a. nosotros mismos o a cualquier otra persona; las leyes de la mente siguen siendo las mismas: si amamos seremos liberados del dolor y si negamos el amor seguiremos en el dolor. 
A cada momento estamos enviando amor o proyectando miedo, y cada pensamiento nos acerca más al Cielo o al infierno. ¿Qué hará falta para hacernos recordar que "en el arca se entra de dos en dos", que no hay manera de entrar en el Cielo sin llevar a alguien contigo? La práctica y el compromiso son las claves del amor. En mi propio caso, y en otros que he visto, no es que nos opongamos al poder del amor. Puedo ver la verdad de todos estos principios, pero también he visto con qué frecuencia me resistía a la experiencia del amor, cuando aferrarme a un agravio parecía más importante que perdonarlo. Sobre el miedo se ha edificado todo un mundo, que no se dejará desmantelar en un momento. Podemos pasarnos cada instante de la vida trabajando en nosotros mismos. Lo que sana el mundo es cada pensamiento de amor, a cada momento. La madre Teresa dice que no hay grandes obras, sino sólo obras pequeñas, pero realizadas con un gran amor. Cada uno de nosotros tiene diferentes miedos, y diferentes manifestaciones del miedo, pero a todos nos salva la misma técnica: recurrir a Dios pidiéndole que salve nuestra vida rescatándonos mentalmente: «No nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal, porque el Amor es el Reino, y el Amor es la gloria, y el Amor es el poder, por los siglos de los siglos».
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