lunes, 1 de febrero de 2016

Libro Volver al Amor de un Curso de Milagros (Marianne Williamson)

Capito IX (Tercer Escrito)


NUEVOS CORAZONES, NUEVOS TRABAJOS
«Criatura de Dios, fuiste creado para crear lo bueno, lo hermoso y lo santo. No te olvides de eso.» 
El ego dice: «Tu valía se basa en tus credenciales. 
Necesitas un título universitario o su equivalente para conseguir un buen trabajo». 
Pero algunas de las mejores y más brillantes personas de nuestra generación se educaron más en la vida que en la escuela.
 La mayoría de talentos de nuestra sociedad han estado por todas partes y han hecho de todo, pero tienen pocas credenciales que lo demuestren. 
Nuestros logros han sido principalmente internos. 
Nuestros ministerios -nuestras nuevas carreras- reflejarán estos logros internos. Expresarán una nueva integración de la mente y el corazón. 
Expresarán la conciencia de la gente que contribuye con sus recursos individuales a una corriente general de sanación. Crearemos estas carreras como reflejos individuales de nuestros peculiares talentos. 
No «encontraremos» estos trabajos; los crearemos. 
En la sección de ofertas y demandas de los periódicos no hay anuncios que pidan obradores de milagros ni salvadores del mundo. Las nuevas formas de empleo van emergiendo en respuesta a energías nuevas. 
Carl Jung aconsejaba que se estudiara minuciosamente los cuentos de hadas o los mitos que a uno más especialmente lo habían atraído en su niñez. 
Cuando yo era pequeña me encantaba un cuento de hadas que se llamaba «La joven del vestido de retales». Y el argumento era el siguiente. 
El príncipe de un reino recorre el país en busca de novia. 
En un pueblo, se prepara un gran baile para que el príncipe pueda conocer a todas las jóvenes del lugar. Una de ellas quiere ir al baile, pero no tiene dinero para comprar la tela con que hacerse un hermoso vestido, de modo que se las arregla como puede: recoge los retales que les sobran a las otras jóvenes y con ellos se hace un vestido. 
La noche del baile, al entrar en el salón, se siente violenta al ver lo hermosos que son los vestidos de las otras jóvenes y, avergonzada, se oculta en un armario. 
El príncipe llega a la fiesta, baila con todas las jóvenes presentes y, llegado cierto momento, se cansa, se aburre y decide irse a casa, pero cuando se dispone a salir del salón advierte que entre las puertas de un armario asoma un trocito de tela. 
Ordena a sus guardias que lo abran y allí descubren a la joven del vestido de retales. El príncipe baila con ella, la encuentra más interesante que a ninguna otra y se casa con ella. 
Ya adulta, al pensar en aquel cuento entendí por qué había significado tanto para mí cuando era niña. 
Me reveló un arquetipo muy importante en mi vida.
Yo probaba un poquito de casi todo lo que podía ofrecerme la vida. Así jamás llegaría a tener un título, pero sí adquiriría una especie de visión general. Esa visión de las cosas llegaría a ser la base de mi carrera. Mucha gente somos como la joven del vestido de retales. Sabemos un poco de esto y un poco de aquello, y con ello no podemos obtener un título universitario de persona que anduvo por todas partes y que hizo de todo. 
En resumidas cuentas, no disponemos de ningún título, pero somos personas interesantes y tenemos cosas interesantes que explicar. El vestido de retales simboliza una conciencia global, de alguien que sintetiza, mientras que los demás vestidos hermosos simbolizan la conciencia de un especialista. 
Ambos puntos de vista son importantes en el funcionamiento de una sociedad sana. 
En última instancia no son nuestras credenciales sino nuestro compromiso con un propósito superior lo que nos hace eficientes en el mundo. Los títulos sólo son importantes si creemos que lo son. 
Una noche cené con Bárbara, una amiga mía que es una excelente escritora. 
Le mencioné a un amigo que nos acompañaba y que trabaja en una editorial que Bárbara debería escribir una columna mensual en alguna de las principales revistas femeninas, algo con un título como «Perspectivas de sanación», «Noticias de la Tierra del Corazón» o algo parecido. Todos los meses podría escribir algo interesante sobre cómo el hecho de romper con el miedo y avanzar hacia el amor tiene una influencia sanadora sobre algún estado negativo, sea éste personal o social. 
Yo sentía que la columna podía dar esperanza a la gente. 
Pero nuestro amigo de la editorial tenía un punto de vista diferente: -Bárbara no podría hacer eso -dijo-.
 Ninguna revista se lo publicaría.
 No tiene ningún título universitario ni es una autoridad. 
No la verán como una voz autorizada. Me hubiera gustado poder volverme hacia Bárbara para taparle los oídos. 
No quería que escuchara aquellas palabras, que creyera ese pensamiento limitado, que se cerrara mentalmente a la posibilidad de los milagros. 
Recuerdo que hace años, mientras tomaba una taza de café una noche, ya tarde, como lo había hecho muchas veces, un amigo me preguntó: -¿Cómo puedes hacer eso? ¿No te mantiene despierta toda la noche? Pues esa vez sí que el café me mantuvo despierta toda la noche. 
Antes nunca había establecido una conexión consciente entre el café, la cafeína y el insomnio, de modo que jamás me había pasado. Tampoco hay necesariamente una conexión automática entre una falta de credenciales y una falta de oportunidades. 
El deseo de servir a Dios crea los medios que nos permiten hacerlo. Nuestro poder no reside en los títulos o los contactos que tenemos. Nuestro poder no reside en lo que hemos hecho, ni siquiera en lo que estamos haciendo. 
Nuestro poder reside en ver con claridad la razón por la que estamos en la tierra.
Seremos actores importantes si pensamos así. 
Y los actores importantes de los próximos años serán las personas que consideran que están aquí para contribuir a la sanación del mundo. En comparación con esto, todo lo demás es trivial. No importa a qué escuela hayas ido, ni siquiera si fuiste a la escuela. Dios puede usar cualquier curriculum, por más corto que sea. Puede utilizar los dones más pequeños. Sea cual fuere el regalo que hagamos a Dios, por más humilde que parezca, Él puede convertirlo en una poderosa obra en Su nombre. 
Nuestro mayor regalo para Él es nuestra devoción. 
Desde este punto de poder se abren las puertas y las profesiones florecen. Nosotros sanamos, y también sana el mundo que nos rodea.
LOS OBJETIVOS «Dios es mi único objetivo hoy.» Marcarse objetivos es algo que se ha vuelto muy popular en los últimos años. Concentrar la mente en los resultados que deseamos no es más que otra manera de tratar de conseguir que el mundo haga lo que nosotros queremos que haga. No es una entrega espiritual. Un curso de milagros hace mención de la diferencia entre «la magia y los milagros». Cuando nos concentramos mentalmente en los resultados que deseamos, y entregamos a Dios nuestra lista de aspiraciones, diciéndole qué queremos que haga por nosotros, eso es magia. Los milagros se dan cuando preguntamos a Dios qué podemos hacer por Él. Los milagros nos llevan de la mentalidad del «conseguir» a la del «dar». El deseo de conseguir algo refleja una creencia central: que todavía no tenemos bastante. Mientras sigamos creyendo que hay escasez dentro de nosotros, seguiremos creando escasez a nuestro alrededor, porque esa es nuestra idea básica. No importa lo que consigamos; nunca será suficiente. Cuando nuestro deseo es dar en vez de conseguir, nuestra creencia central es que tenemos tanta abundancia que podemos permitirnos derrochar. La mente subconsciente se guía por nuestras creencias centrales y fabrica brillantemente situaciones que las reflejan. Nuestra disposición a dar indica al universo que nos dé. En todas las circunstancias, el objetivo del obrador de milagros es la paz de la mente. Un curso de milagros nos dice que "no sabemos lo que nos haría felices, aunque pensemos que sí". Todos hemos tenido cosas que pensábamos que nos harían felices y no fue así. Si nos proponemos conseguir un Mercedes Benz formulando afirmaciones, el poder de la mente subconsciente es tal que probablemente lo consigamos. Pero una vez que lo tengamos no seremos necesariamente felices. Tener conciencia de la mentalidad milagrosa es hacer de la felicidad misma nuestro objetivo y renunciar a la idea de que conocemos la manera de ser felices. No sabemos lo que va a pasar dentro de un mes o de un año. Si consiguiéramos lo que queremos ahora, tal vez más adelante nos encontraríamos en peores circunstancias precisamente por culpa de eso. Digamos que vas a una entrevista de trabajo. Te interesa mucho conseguirlo, y alguien te ha sugerido que hagas afirmaciones para lograrlo, haciendo de ello tu objetivo. Pero el único objetivo de los obradores de milagros es la paz. Así conseguimos orientar la mente para que se concentre en todos los factores que pueden incidir en nuestra paz, y dejar todo lo demás fuera de nuestra consideración consciente. La mente, como los ojos, se ve inundada por tantas impresiones al mismo tiempo que dispone de un mecanismo censor que enfoca la percepción y escoge en qué nos hemos de fijar y en qué no. Marcarnos como objetivo cualquier otra cosa que no sea la paz interior es emocionalmente autodestructivo. Pongamos que nuestro objetivo sea conseguir un trabajo: si lo logramos nos sentiremos muy bien, pero si no, nos deprimiremos. En cambio, en el caso de que nuestro objetivo sea la paz interior, si conseguimos el trabajo será estupendo, pero si no, seguiremos en paz. El Curso nos dice que es importante establecer un objetivo al comienzo de una situación, para que ésta no evolucione de forma caótica. Si nuestro objetivo es la paz interior, pase lo que pase estaremos programados para la estabilidad emocional. La mente estará orientada a ver la situación desde un punto de vista sosegado. Si no conseguimos el trabajo que queríamos, eso no será tan importante. Comprenderemos que pronto nos sucederá algo mejor, que ese no era en realidad el trabajo perfecto para nosotros. Tendremos fe en Dios. El milagro es que realmente «sintamos» nuestra fe. No será sólo un ungüento de sentimentalismo barato para suavizar nuestro dolor. Las emociones fluyen de los pensamientos, y no al revés. Otro problema con el establecimiento de objetivos específicos es que pueden ser limitativos. Quizás estemos pidiendo algo bueno cuando la voluntad de Dios era que recibiéramos algo grande. Al mirar por encima del hombro de Dios lo único que hacemos es interferir en Su capacidad de hacernos felices. Una vez que comprendemos que la voluntad de Dios es que seamos felices, ya no sentimos la necesidad de pedirle nada más que «hágase Tu voluntad». Una vez, mientras daba una conferencia en Nueva York, se levantó un joven que me preguntó por las afirmaciones. En aquella época, Canción triste de Hill Street era una serie de televisión muy popular. -Cada noche, antes de acostarme, escribo cincuenta veces: «Tengo un papel estable en Canción triste de Hill Street. Tengo un papel estable en Canción triste de Hill Street». ¿Quieres decir que no debería hacerlo? -me preguntó. -Puedes escribir esa afirmación cincuenta veces cada día antes de acostarte, y probablemente consigas ese papel, porque la mente es muy poderosa. Pero, ¿quién sabe si dentro de un año un director importante no te querrá ofrecer el papel principal de una gran película, sin poder conseguirte porque estarás bajo contrato con un papelito insignificante en Canción triste de Hill Street? -le dije.
El problema subyacente en nuestra necesidad de indicar a Dios lo que tiene que hacer es nuestra falta de confianza. Tenemos miedo de dejar las cosas en Sus manos porque no sabemos qué hará con ellas. Tenemos miedo de que se Le pierda nuestro expediente. Si hemos de marcarnos algún objetivo, que sea el de vernos sanados de la creencia de que Dios es miedo y no amor. Recordemos que, como dice el Curso, «nuestra felicidad y nuestra función son la misma cosa». Si Dios es nuestro objetivo, eso es lo mismo que decir que la felicidad es nuestro objetivo. No tiene sentido creer que Dios no puede imaginarse los detalles o que no tiene recursos para hacer que algo suceda.

EL PLAN DE DIOS «Sólo el plan de Dios para la salvación tendrá éxito.» En el trabajo, a veces nos enfadamos porque creemos que la tarea que nos han encomendado es indigna de nosotros, o nos sentimos heridos por el hecho de que el jefe sea otro y no nosotros. Tenemos prisa por llegar a la cumbre, sin darnos cuenta de que, al difundir el amor, vamos ascendiendo con naturalidad. Quizá no con más rapidez, pero recuerda el cuento de la tortuga y la liebre. La tortuga, andando lenta pero ininterrumpidamente, llegó a la meta antes que la veloz liebre. Decir «Que se haga la voluntad de Dios» es lo mismo que decir «Que me convierta en lo mejor que soy capaz de ser». A medida que crecemos como personas, vamos adquiriendo una energía más responsable. La gente querrá contratarnos y trabajar con nosotros, y nuestro progreso será fácil. El éxito será un logro sin esfuerzo. Las cosas sucederán, sin más. Ya puedes tener un gran currículum, que si eres una persona desagradable, llegará un momento en que las cosas se te pondrán difíciles. Un buen curriculum puede asegurarte una entrevista importante, pero si no les gustas no conseguirás el trabajo. Gran parte de la orientación psicológica de hoy en día es frágil, a causa de que todos hacemos demasiados esfuerzos porque pensamos que debemos hacerlos. La vía de la entrega es como dejar que Dios sea el escultor y nosotros la arcilla. En las clases de escultura que seguí en la escuela secundaria, teníamos que rociar la arcilla con agua todos los días porque si se nos secaba no podíamos trabajarla. Así es como debemos ser para Dios: maleables, como arcilla húmeda. Si nos apegamos rígidamente a algún objetivo, incluso el de que las cosas salgan tal como pensamos que tienen que salir, no estamos relajados, y entonces tenemos muy poco espacio para las intuiciones espontáneas. En realidad nunca sabemos por qué vamos a alguna parte. Yo he establecido contactos que me parecían profesionales y que resultaron ser personales, y viceversa. En el mundo de Dios no hay más que un trabajo en marcha, y es el de la preparación de Sus maestros, de los que hacen la demostración del amor. El Espíritu Santo, dice el Curso, se vale de cualquier situación que se le entrega a Él como-una lección de amor para todos los que participan en ella. Pero tenemos que estar dispuestos a renunciar a nuestro apego a un resultado determinado en cualquier situación. Por ejemplo, podríamos ver cierto proyecto como un medio para hacer dinero, y entonces sentirnos decepcionados si no resulta así. Nos sentimos confundidos porque pensábamos que al hacer el esfuerzo seguíamos la guía del Espíritu Santo. Pero podría ser que el verdadero propósito de ese proyecto no fuera de ningún modo hacer dinero. No siempre sabemos por qué el Espíritu Santo nos dirige como lo hace. La función del obrador de milagros es simplemente seguir instrucciones con el deseo de servir a Dios. Nuestra compensación, material y emocionalmente, llegará en el momento y de la manera que Dios quiera. Una de las razones de que siempre intentemos tener bajo control los resultados de nuestros proyectos es que creemos que el universo, cuando se lo deja librado a sus propios recursos, es caótico. Pero Dios es el orden esencial. Es el principio de expansión constante del amor en acción, en todas las dimensiones, durante toda la vida. Su poder es completamente impersonal. A Él no Le gustan algunas personas más que otras. Funciona como un ordenador. Confiar en Dios es como confiar en la gravedad. Recuerda estos dos puntos, porque son muy importantes: 1. El plan de Dios funciona. 2. Los tuyos no. Tal como dice Un curso de milagros: «No tengo que añadir nada a Su plan. Mas para aceptarlo, tengo que estar dispuesto a no sustituirlo por el mío. Y eso es todo. Añade algo más, y estarás simplemente desvirtuando lo poco que se te pide». No es cosa nuestra imaginar cómo hemos de cumplir los propósitos de Dios sobre la tierra. Eso no es ayuda, sino interferencia. El trabajo que debemos hacer no es otro que poner nuestro corazón y nuestro espíritu de parte de Su espíritu, que está dentro de nosotros; que nuestra vida se convierta así en un instrumento involuntario de Su voluntad. Las intuiciones se producen. Las situaciones cambian. Nuestros esfuerzos por controlar conscientemente el despliegue de lo bueno no producen nada bueno, sino que más bien ponen de manifiesto la terquedad humana. He oído decir que vivir de nuestra visión es más poderoso que vivir de nuestras circunstancias. Aferrarse a una visión invoca las circunstancias mediante las cuales se logra. La visión es contenido; las circunstancias materiales son mera forma. Tengo un amigo que ambiciona el poder político. Tras muchos años de estar metido en la política, tiende a pensar que su éxito depende de que sea un buen político. Pero parte de la decadencia de nuestro orden social se ha generado porque estamos gobernados por políticos y no por líderes. Lyndon Johnson era un gran político pero no tenía mucho de líder. John Kennedy era un gran líder pero no tenía mucho de político. La fuerza de una visión positiva para Estados Unidos, que inspire a toda la gente que desea desesperadamente ver sanar a nuestra nación, hará más por conseguir que alguien sea elegido que cualquier cantidad de politiquería convencional. Nos tocará el corazón. Dije a mi amigo que la clave del éxito de una campaña sería ponerla en manos del Espíritu Santo y pedirle que la usara como un instrumento de Su paz. Él me contestó que aquello sonaba estupendo, pero que necesitaba un plan para hacerlo. Le dije que no tenía que planear nada. -Lo único que tienes que hacer es estar dispuesto. El Espíritu Santo acude allí donde Lo invitan. Tú te mostrarás brillante, carismático. No intentes planear tu mensaje; limítate a preguntarle a Dios qué quiere que digas. Hazte a un lado y deja que Él te guíe. Una plegaria silenciosa antes de cada discurso y de cada mitin político le ayudaría a armonizar sus energías con la verdad. Una vez lo acompañé a un mitin, y mientras íbamos en el coche me hizo partícipe de algunos comprensibles juicios suyos sobre ciertas personas que estarían allí. -Pide que sean sanadas tus percepciones -le dije mientras entrábamos en el edificio-. Tu objetivo es conducirnos hacia una sociedad compasiva, pero no puedes dar lo que no tienes. Empieza por ser compasivo con la gente que acuda al mitin. A medida que tu mente sane, su efecto sobre los demás será automático. Ni siquiera tendrás que pensar qué decir. Te saldrán directamente las palabras perfectas, porque el amor guiará tu mente. Eso es lo que significaba dejar que Dios le organizara la campaña. Y lo mismo pasa con cualquier otra ocupación. Antes del mitin o de la entrevista o de la sesión o de lo que sea, prueba a decir esta oración: «Dios amado, te entrego esta situación. Que sea usada para tus propósitos. Sólo te pido que mi corazón esté abierto para dar y recibir amor. Que todos los resultados se produzcan de acuerdo con tu voluntad. Amén». Hagas lo que hagas, hazlo por Dios. Somos lo bastante fuertes como para hacer cualquier trabajo que Él nos pida que hagamos. No te preocupes por tu propia buena disposición, dice el Curso, pero ten continuamente conciencia de la Suya. No eres tú quien hace el trabajo, sino el espíritu que está dentro de ti. Olvidar esto provoca miedo. Un curso de milagros dice que la presencia del miedo es una señal inequívoca de que sólo confiamos en nuestras propias fuerzas. «Si sólo confías en tus propias fuerzas, tienes todas las razones del mundo para sentirte aprensivo, ansioso y atemorizado.» Ninguno de nosotros por sí solo tiene la capacidad de hacer milagros; sin embargo, con "el poder que tenemos dentro, pero que no es nuestro, no hay nada que no podamos hacer".

DE LAS VENTAS AL SERVICIO «El amor siempre producirá expansión.» Cuando estamos motivados por el deseo de vender no nos ocupamos más que de nosotros mismos. Cuando estamos motivados por el deseo de servir, también nos ocupamos de los demás. Los milagros nos llevan de una mentalidad de ventas a una mentalidad de servicio. 
Como en el ámbito de la conciencia sólo conseguimos conservar lo que damos, una mentalidad de servicio es una actitud que implica mucha más abundancia. 
El sistema de pensamiento que domina nuestra cultura se fundamenta en valores egoístas, y renunciar a ellos es mucho más fácil de decir que de hacer. 
El viaje hacia un corazón puro puede ser sumamente desorientador. 
Quizás hayamos trabajado durante años para conseguir poder, dinero y prestigio. Ahora, repentinamente nos damos cuenta de que son los valores de un mundo que se extingue. 
Ya no sabemos dónde buscar motivación. 
Si no trabajamos para hacernos ricos, entonces, ¿por qué trabajamos? ¿Qué se espera que hagamos todo el día? ¿Quedarnos sentados mirando la televisión? De ninguna manera, aunque se trata de una fase temporal por la que pasan muchas personas cuando los valores del mundo en decadencia ya no les atraen, pero los del nuevo todavía no les llegan al alma. 
Ya lo harán. Llega un momento, no muy lejano en el viaje hacia Dios, en que la idea de que el mundo podría funcionar estupendamente si le diéramos la oportunidad de hacerlo empieza a fascinarnos y se convierte en nuestra nueva motivación. La noticia ya no es lo mal que andan las cosas, sino lo bien que podrían andar. 
Y nuestra propia actividad podría formar parte de la influencia del Cielo sobre la' tierra. No hay motivación más poderosa que sentir que se nos hace partícipes de la creación de un mundo donde el amor haya sanado todas las heridas. 
Ya no ambicionamos nada para nosotros mismos. Lo que nos inspira es la visión de un mundo sanado, y esta inspiración da una disposición nueva a nuestras energías. De nuestro interior manan un poder y un sentido nuevos.
Ya no sentimos que estamos solos ante el peligro, rodeados de fuerzas hostiles. Nos sentimos, en cambio, como si los ángeles nos empujaran por detrás y nos fueran despejando el camino según avanzamos. La pureza de corazón no nos empobrecerá. 
La exaltación de la pobreza como virtud espiritual pertenece al ego, no al espíritu. Una persona que actúa motivada por la voluntad de colaboración y servicio logra un nivel tan elevado de autoridad moral, que el éxito mundano es el resultado natural. Pon todos tus dones al servicio del mundo. Si quieres pintar, no esperes una beca. Pinta una pared de tu pueblo o de tu barrio que te parezca fea y triste. Nunca se sabe quién puede llegar a verla. Sea lo que fuere lo que quieras hacer, hazlo al servicio de tus semejantes. En mis conferencias en Los Ángeles me harté de oír que los actores se quejaban de que no conseguían trabajo. -Id a los hospitales, a las residencias de ancianos, a los manicomios -les decía-. El oficio de actor existió antes de que hubiera ningún trabajo de actor. Si queréis actuar, hacedlo. Algunas de las personas que me oyeron formaron un grupo, The Miracle Players, para hacer precisamente eso. Decir «No quiero hacer eso porque no me da para vivir» es un rayo de luz muy débil para enviarlo al universo. Yo estuve por lo menos dos años dando conferencias sobre Un curso de milagros antes de que se convirtiera en mi fuente de ingresos. Cuando empecé a dar conferencias, no sabía que eso llegaría a ser mi profesión. Hay cosas que uno hace sólo porque son lo que hay que hacer. Decir «Haré esto porque es un servicio, aunque no me paguen por ello», es un rayo de luz de gran potencia. Comunica al universo que eres una persona muy formal. Y cuando eres formal con el universo, el universo también lo es contigo. Jamás he sentido la necesidad de hacer publicidad de mis conferencias. Pienso que si en la gente hay un interés auténtico, ya se enterarán. Con esto no quiero decir que la publicidad sea mala, mientras la motivación de los anuncios sea informar a la gente y no manipularla. Arnold Patent escribió que si uno tiene sinceramente algo que decir, hay alguien que sinceramente necesita oírlo. No tenemos que inventarnos un público, sino pulir el mensaje que queremos transmitirle una vez que llegue. Servir a tres personas es tan importante como servir a trescientas. Una vez que tenemos claro cómo tratar a una pequeña audiencia, la gran audiencia se formará automáticamente, si eso trae algún beneficio al mundo. Nuestro poder reside en la claridad con la que veamos el papel que puede desempeñar nuestro trabajo en la creación de un mundo más hermoso. El milagro es pensar que nuestra carrera es nuestra contribución, por más pequeña que sea, a la sanación del universo. El mundo del ego se basa en recursos finitos, pero el mundo de Dios no. En el mundo de Dios, que es el mundo real, cuanto más damos, más tenemos. Que tengamos un pedazo del pastel del mundo no significa que haya menos para los demás, y que otras personas tengan un pedazo del pastel no significa que haya menos para nosotros. 
De modo que no necesitamos competir, ni en los negocios ni en nada. Nuestra generosidad hacia los demás es la clave para que obtengamos una experiencia positiva del mundo. Hay lugar suficiente para que todos seamos hermosos. Hay lugar suficiente para que todos seamos triunfadores. Hay lugar suficiente para que todos seamos ricos. Lo único que bloquea la posibilidad de que esto suceda es nuestro pensamiento. La gente que ha logrado más que tú, en el campo que sea, sólo se te ha adelantado medio paso en el tiempo. Bendícelos y ensalza sus dones, y bendice y ensalza también los tuyos. 
El mundo sería menos rico sin sus aportaciones, y sería menos rico sin las tuyas. No sólo hay lugar de sobra para todos, sino que, en realidad, todos somos necesarios. A medida que vamos sanando, también va sanando el mundo. Hacer cualquier cosa con otra finalidad que el amor significa revivir nuestra separación de Dios, perpetuándola y manteniéndola. Cada persona es una célula en el cuerpo de la conciencia humana. Actualmente, es como si el cuerpo de Cristo tuviera un cáncer. El cáncer lo producen células que deciden dejar de funcionar en colaboración con la totalidad. En vez de formar parte del sistema de apoyo de la sangre o del hígado, estas células se ponen a construir su propio reino. Eso es un crecimiento maligno, que amenaza con destruir el organismo. Lo mismo pasa con el cuerpo de la humanidad. Todo el mundo se dedica a lo suyo: «mi» carrera profesional, «mi» tienda, «mi» dinero... Hemos perdido de vista nuestra interrelación esencial, y este olvido amenaza con destruirnos. La mentalidad «mi» es el ego. Es la creencia en la separación. Es la enfermedad cósmica. Tomar lo que tenemos y consagrarlo a la restauración de la totalidad es nuestra salvación y la del mundo. Nuestra devoción se convierte entonces en nuestro trabajo, y nuestro trabajo se convierte en nuestra devoción.
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