miércoles, 19 de agosto de 2015

Libro Volver al Amor de un Curso de Milagros (Marianne Williamson)




LA ENTREGA Capitulo 4 (1ª Parte)

«Pues descansamos despreocupados en las manos de Dios...»
1. LA FE
«No hay ningún problema que la fe no pueda resolver.»
¿Y si verdaderamente creyéramos que hay un Dios, un orden benéfico en las cosas, una fuerza que las mantiene unidas sin necesidad de nuestro control consciente? ¿Y si pudiéramos ver, en nuestra vida diaria, cómo opera esa fuerza? ¿Y si creyéramos que de alguna manera nos ama, se preocupa por nosotros y nos 
protege? ¿Y si creyéramos que podemos darnos el lujo de relajarnos?
El cuerpo físico está siempre funcionando, es un conjunto de mecanismos de un diseño tan brillante y de tal  eficacia que nuestras obras humanas jamás ni siquiera se le han acercado. 
El corazón late, los pulmones  respiran, los oídos oyen, el pelo crece. Y nosotros no tenemos que hacerlos funcionar: simplemente, funcionan. 
Los planetas giran alrededor del Sol, las semillas se convierten en flores, los embriones en bebés, sin  necesidad de nuestra ayuda. Su movimiento forma parte de un sistema natural. Tú y yo también somos partes integrantes de ese sistema. Podemos dejar que dirija nuestra vida la misma fuerza que hace crecer las flores... o podemos dirigirla por nuestra cuenta.
Tener fe es confiar en la fuerza que mueve el universo. La fe no es ciega, es visionaria. Tener fe es creer que el universo está de nuestra parte, y que sabe lo que hace. La fe es el conocimiento psicológico de que el bien despliega una fuerza que opera constantemente en todas las dimensiones. Nuestros intentos de dirigirla no hacen más que interferir en ella. Nuestra disposición a confiar en ella le permite operar en beneficio nuestro. 
Sin la fe intentamos frenéticamente controlar lo que no es asunto nuestro controlar, y arreglar lo que no tenemos poder para arreglar. Lo que tratamos de controlar funciona mucho mejor sin nuestra intervención, y lo que tratamos de arreglar, de todas maneras, no podemos arreglarlo. Sin fe, estamos perdiendo el tiempo.
Hay leyes objetivas y discernibles de los fenómenos físicos. Tomemos la ley de la gravedad, por ejemplo, o las leyes de la termodinámica. No se trata exactamente de que uno tenga fe en la ley de la gravedad, sino de que sabe que existe.
También hay leyes objetivas y discernibles de los fenómenos que no son físicos. Estos dos conjuntos de leyes -las del mundo externo y las del mundo interno- son paralelos.
Externamente, el universo apoya nuestra supervivencia física.
La fotosíntesis en las plantas y el plancton en el océano producen el oxígeno que necesitamos para respirar. Es importante respetar las leyes que rigen el  universo físico porque al violarlas amenazamos nuestra supervivencia. Cuando contaminamos los océanos o destruimos la vida vegetal, estamos destruyendo nuestro sistema de apoyo, y por lo tanto nos estamos autodestruyendo.
Internamente, el universo apoya también -emocional y psicológicamente- nuestra supervivencia.
El equivalente interno del oxígeno, lo que necesitamos para sobrevivir, es el amor. Las relaciones humanas existen para producir amor. Cuando contaminamos nuestras relaciones con pensamientos faltos de amor, o las  destruimos o abortamos con actitudes poco amorosas, estamos amenazando nuestra supervivencia emocional.
Es decir, que las leyes del universo se limitan a describir cómo son las cosas. No se inventa esas leyes, se las descubre.
No dependen de nuestra fe. Tener fe en ellas sólo significa que entendemos lo que son. La  violación de estas leyes no indica falta de bondad, sino falta de inteligencia. Respetamos las leyes de la 
naturaleza para sobrevivir. ¿Y cuál es la suprema ley interna? Que nos amemos los unos a los otros. Porque  en caso contrario, moriremos todos. La falta de amor nos puede matar con tanta seguridad como la falta de oxígeno.
2. LA RESISTENCIA
«La falta de fe no es realmente falta de fe, sino fe que se ha depositado en lo que no es nada.»
Un curso de milagros dice que "no existen personas sin fe".
La fe es un aspecto de la conciencia. Tenemos fe  en el miedo o en el amor. Tenemos fe en el poder del mundo o en el poder de Dios.
Lo que básicamente nos han enseñado es que, en cuanto adultos responsables, lo que nos corresponde es ser activos, ser de naturaleza masculina: salir a conseguir trabajo, llevar el control de nuestra vida, agarrar el  toro por los cuernos.
Nos han enseñado que ahí reside nuestro poder. Creemos que somos poderosos más bien por lo que hemos logrado que por lo que somos, de manera que caemos en la trampa de sentirnos 
impotentes para lograr nada hasta que ya lo hemos logrado.
Si alguien nos sugiere que nos dejemos llevar por la corriente y arrojemos un poquito de lastre, nos ponemos  realmente histéricos. De todas maneras, a la vista está que en ciertos aspectos somos totalmente improductivos, y lo último que nos podemos imaginar es ser todavía más pasivos de lo que somos.
La energía pasiva tiene su propia clase de fuerza. El poder personal resulta de un equilibrio entre las fuerzas masculina y femenina. La energía pasiva sin energía activa se convierte en ociosidad, pero la energía activa sin  energía pasiva se convierte en tiranía. Una sobredosis de energía masculina, agresiva, es machista, controladora, desequilibrada y antinatural.
El problema es que la energía agresiva es la única que nos han 
enseñado a respetar. Nos dijeron que la gente agresiva es la que triunfa en la vida, para que exaltáramos  nuestra conciencia masculina, que cuando no la atempera la femenina, es dura y rígida. Por consiguiente, así somos: todos, hombres y mujeres. Nos hemos creado una mentalidad batalladora. Siempre estamos 
«luchando» por algo: por el trabajo, el dinero, una relación, para dejar una relación, perder peso, abandonar la bebida, para que nos entiendan, para conseguir que alguien se quede o se vaya, y así interminablemente. Jamás deponemos las armas.
El lugar femenino y de entrega que hay en nosotros es pasivo. 
No «hace» nada. El proceso de espiritualización -tanto en los hombres como en las mujeres- es un proceso de feminización, un aquietamiento de la mente. Es el cultivo del magnetismo personal.
Si tienes una pila de limaduras de hierro y quieres realizar con ellas hermosos diseños, puedes hacerlo de dos maneras: tratar de disponer los minúsculos fragmentos de hierro en hermosas líneas como telarañas con  los dedos... o comprarte un imán. El imán, que simboliza nuestra conciencia femenina, la cual ejerce su poder mediante la atracción más bien que mediante la actividad, atraerá las limaduras.
Este aspecto de nuestra conciencia -atrayente, receptivo, femenino- es el espacio de la entrega mental. 
En la filosofía taoísta, el «yin» es el principio femenino, que representa las fuerzas de la tierra, mientras que el  «yang» es el principio masculino, que representa el espíritu. Cuando nos referimos a Dios como «Él», toda la humanidad se convierte en «Ella». No se trata de una cuestión hombre-mujer. La referencia a Dios como principio masculino no afecta en modo alguno a la convicción feminista. Nuestra parte femenina es exactamente tan importante como la masculina.
La relación correcta entre el principio masculino y el femenino es tal que en ella lo femenino se entrega a lo masculino. La entrega no es debilidad ni pérdida. Es una poderosa no resistencia. Mediante la apertura y la receptividad por parte de la conciencia humana, se permite que el espíritu impregne nuestra vida, que le dé significado y dirección. En términos de la filosofía crística, María simboliza lo femenino que hay dentro de nosotros, lo que es fecundado por Dios. La hembra permite este proceso y se realiza entregándose a él. Esto  no es debilidad de su parte; es fuerza. El Cristo sobre la tierra tiene como padre a Dios, y como madre a nuestra condición humana. Por mediación de una conexión mística entre lo humano y lo divino, damos nacimiento a nuestro Yo superior.
3. LA RENUNCIA A LOS RESULTADOS
«Nunca perderás el rumbo, pues Dios es quien te guía.»
Cuando nos entregamos a Dios, nos entregamos a algo mayor que nosotros, a un universo que sabe lo que está haciendo. Cuando abandonamos el intento de controlar los acontecimientos, éstos se suceden por sí solos en un orden natural, un orden que funciona. 
Nosotros descansamos, mientras un poder mucho mayor que el nuestro se hace cargo de todo y lo hace mucho mejor que nosotros. Aprendemos a confiar en que el poder que mantiene unidas las galaxias puede manejar las circunstancias de nuestra vida, relativamente poco importantes.
La entrega significa, por definición, renunciar al apego a los resultados. Cuando nos entregamos a Dios, nos desprendemos de nuestro apego a la forma en que suceden las cosas afuera y empezamos a preocuparnos más por lo que pasa en nuestro interior.
La experiencia del amor es una opción que hacemos, una decisión de la mente: ver el amor como el único objetivo y el único valor real en cualquier situación. Mientras no elegimos esta opción, seguimos luchando por obtener resultados que creemos que nos harían felices. Pero todos hemos adquirido cosas que pensábamos que nos harían felices, sólo para descubrir que no era así.
Esta búsqueda externa de cualquier cosa -menos el amor- que nos complete y sea la fuente de nuestra felicidad, es la idolatría. El dinero, el sexo, el poder o cualquier otra satisfacción mundana no nos ofrecen más que un alivio temporal de nuestro pequeño dolor existencial.
«Dios» significa amor, y «voluntad» significa pensamiento. 
La voluntad de Dios es, pues, un pensamiento de amor.
Si Dios es la fuente de todo bien, entonces el amor que hay dentro de nosotros también es la fuente de todo bien. Cuando amamos, nos colocamos automáticamente en un contexto de actitudes y comportamientos que conducen a un despliegue de acontecimientos en el nivel supremo del bien para todos los afectados. No siempre sabemos cómo será ese despliegue, pero tampoco lo necesitamos. Dios hará Su parte si nosotros
hacemos la nuestra. Nuestra única tarea en cada situación consiste simplemente en aflojar nuestra resistencia al amor. 
Lo que entonces suceda es asunto Suyo. Nosotros hemos renunciado al control. Estamos dejándole  conducir a Él. Tenemos fe en que sabe cómo hacerlo.
El tópico dice que algunas personas son más fieles que otras.
Una aseveración más verdadera es que, en  algunos dominios, algunos de nosotros estamos más entregados que otros. Lo primero que entregamos a  Dios, ciertamente, son las cosas que no nos importan demasiado.
Hay personas que no tienen inconveniente en abandonar su apego a los objetivos profesionales, pero no hay manera de que renuncien a las relaciones románticas, o viceversa. Todo lo que en realidad no nos importa tanto... estupendo, Dios puede disponer de ello. Pero si es realmente importante, nos parece mejor administrarlo nosotros. La verdad, naturalmente, es 
que cuanto más importante sea para nosotros, tanto más importante es renunciar a ello. 
Aquello que se entrega es lo que mejor cuidado estará. Poner algo en las manos de Dios es entregarlo mentalmente a la  protección y el cuidado de la sociedad de beneficencia del universo. Guardárnoslo para nosotros significa un constante aferrar, atrapar y manipular. Continuamente abrimos el horno para ver si el pan se cuece, y con eso lo único que logramos es que jamás llegue a hacerlo.
Allí donde nos apegamos a los resultados, nos resulta difícil renunciar al control. Pero, ¿cómo podemos saber qué resultado tratar de conseguir en una situación cuando no sabemos lo que va a suceder mañana? 
¿Qué es lo que pedimos? En vez de «Dios amado, por favor deja que nos enamoremos, o por favor dame este trabajo», digamos «Dios amado, mi deseo, mi primera prioridad es la paz interior. Quiero la vivencia del amor. 
No sé lo que eso me aportará, y dejo en Tus manos el resultado de esta situación. Confío en lo que Tú quieras. 
Hágase Tu voluntad. Amén».
Yo sentía que no podía darme el lujo de relajarme porque Dios tenía que pensar en cosas más importantes que mi vida. Finalmente me di cuenta de que Dios no es caprichoso, sino que es más bien un amor impersonal  por todo lo que vive. Mi vida no es ni más ni menos preciosa para Él que cualquier otra. Entregarnos a Dios es aceptar el hecho de que Él nos ama y se ocupa de nosotros, porque ama y se ocupa de todo lo que vive. La 
entrega no obstruye nuestro poder; lo intensifica.
Dios es simplemente el amor que hay dentro de nosotros, de manera que retornar a Él es retornar a nosotros mismos.
4. LA VIDA ENTREGADA
«Bendita criatura de Dios, ¿cuándo vas a aprender que sólo la santidad puede hacerte feliz y darte paz?»
Relajarte, sentir el amor en tu corazón y hacer que sea tu luz interior en cualquier situación... tal es el significado de la entrega espiritual. Y eso nos cambia, nos convierte en personas más profundas, más atractivas.
En el budismo zen hay un concepto que se llama la «mente zen» o la «mente del principiante». Con esto quieren decir que la mente debe ser como un tazón de arroz vacío. Si ya está lleno, el universo no puede llenarlo. Si está vacío, tiene espacio para recibir. Esto significa que cuando creemos que ya tenemos las cosas resueltas, no se nos puede enseñar nada más. La auténtica visión intuitiva no puede darse en una mente que no está abierta para recibirla. La entrega es un proceso de vaciamiento de la mente.
En la tradición crística, este es el significado de «llegar a ser como un niño pequeño». Los niños pequeños no creen que saben lo que significan las cosas. A decir verdad, saben que no saben. Le piden a alguien mayor y que sepa más que se lo explique. Nosotros somos como niños que no saben, pero creemos que sí.
La persona sensata no pretende que sabe lo que es imposible saber. «No sé» puede ser un enunciado que confiera autoridad. Cuando nos encontramos en una situación desconocida, dentro de nosotros hay algo que sabe. Con nuestra mente consciente, "nos hacemos a un lado para que un poder más elevado en nuestro interior pueda hacer acto de presencia y mostrarnos el camino a seguir".
Necesitamos menos pose y más carisma auténtico. Carisma era originariamente un término religioso que significaba «del espíritu» o «inspirado». Se refiere a dejar que la luz de Dios irradie a través de nosotros. Es una chispa que algunas personas poseen y que no se puede adquirir con dinero. 
Es una energía invisible con efectos visibles. 
Si nos despreocupamos, amamos y nada más, no nos convertimos en personas cuya vida es gris. Muy al contrario, es entonces cuando nos volvemos realmente brillantes. Porque dejamos brillar nuestra propia luz.
Estamos hechos para ser de esa manera. Estamos hechos para brillar. Mira a los niños pequeños. Son todos tan únicos, antes de que empiecen a tratar de serlo, por que demuestran el poder de la auténtica humildad. 
Esta es también la explicación de «la suerte del principiante». Cuando nos encontramos por primera vez en una situación y desconocemos las reglas, no fingimos que las conocemos, y todavía no sabemos de qué hay que tener miedo. Esto libera a la mente para crear a partir de su propio poder superior.
Las situaciones cambian y «las luces se encienden» simplemente porque nuestra mente se ha abierto para recibir al amor. 
Hemos dejado de ser un estorbo en nuestro propio camino.
El amor es una manera de ganar, una vibración triunfante y atractiva. Si pensamos que el éxito es difícil, entonces, para nosotros, lo será. El éxito en la vida no tiene por qué conllevar ninguna tensión negativa. No tenemos que pelearnos continuamente. Si lo piensas bien, verás que «agarrar el toro por los cuernos» es algo muy peligroso. De hecho, la tensión de la ambición limita efectivamente nuestra capacidad para el éxito porque nos mantiene en un estado de contracción emocional y física. Parece que nos diera energía, pero en realidad no es así, como si fuera el azúcar blanco de la salud mental; tras un ascenso rápido, sobreviene una caída. El cultivo del descanso mental, o de la entrega, es como comer alimentos sanos. No nos dan un inmediato empujón hacia arriba, pero con el tiempo nos proporcionan mucha más energía.
Para ello no es necesario pasarse el día sentado en la postura del loto. Sigue habiendo una excitación, pero más suave. Muchas personas asocian la vida espiritual con una película de serie B. Sin embargo, Dios no hace desaparecer todo el dramatismo de la vida, sino solamente el dramatismo barato. No hay nada más dramático que el auténtico crecimiento personal. Nada puede ser más auténticamente dramático que los niños que se convierten en hombres de verdad y las niñas que llegan a ser verdaderas mujeres.
Cuando nos entregamos y nos limitamos a amar sucede algo sorprendente. Nos introducimos en otro mundo, en un ámbito de poder que está ya dentro de nosotros. El mundo cambia cuando nosotros cambiamos, se  ablanda cuando nos ablandamos, nos ama cuando nos decidimos a amarlo. Entrega es la decisión de dejar de pelear con el mundo y, en cambio, empezar a amarlo.
Es una paulatina liberación del dolor. Pero liberarse no es separarse por la fuerza de algo, sino "fundirse serenamente con lo que realmente somos". Nos despojamos de nuestra armadura y descubrimos la fuerza de nuestro yo crístico. 
Un curso de milagros nos dice que si bien «pensamos que sin el ego todo sería caótico, lo que es verdad es lo opuesto.» Sin el ego, todo sería amor».
Lo que se nos pide es, simplemente, que cambiemos nuestra manera de enfocar las cosas y experimentemos una percepción más tierna. Es todo lo que Dios necesita. Apenas un único y sincero momento de entrega, en que el amor sea más importante que nada, y ya sabemos que nada más importa realmente, en absoluto.
Lo que Él nos da a cambio de abrirnos a Él es un desbordamiento de Su poder desde muy adentro de nosotros.
Recibimos Su poder para compartirlo con el mundo, para sanar todas las heridas, para despertar todos los corazones.

Libro Volver al Amor de un Curso de Milagros (Marianne Williamson)


EL ESPÍRITU SANTO- Capitulo 4

«El Espíritu Santo es la llamada a despertar y a regocijarse.»
Libre albedrío significa que podemos pensar todo lo que queramos pensar pero "ningún pensamiento es  neutro.
No hay pensamientos fútiles. Todo pensamiento produce forma en algún nivel".
Asumir la responsabilidad de nuestra vida significa, pues, asumir la responsabilidad de nuestros pensamientos. Y rogar a Dios que «salve» nuestra vida significa rogarle que nos salve de nuestros propios pensamientos negativos.
Cuando apareció el primer pensamiento de temor, el más antiguo, Dios sanó el error. En su condición de amor perfecto, Él corrige todos los errores en el momento en que se producen.
No puede forzarnos a volver al amor, porque el amor no fuerza; sin embargo, crea alternativas. La alternativa de Dios al miedo es el Espíritu Santo.
El Espíritu Santo es el "eterno vínculo de comunicación entre Dios y Sus Hijos separados", un puente para regresar a pensamientos bondadosos, «el Gran Transformador de la percepción», que de miedo la transforma en amor. Se llama con frecuencia al Espíritu Santo el «Consolador». 
Dios no puede imponerse a nuestro pensamiento porque eso sería una violación de nuestro libre albedrío. Pero el Espíritu Santo es una fuerza de nuestra conciencia interior que «nos libera del infierno», del miedo, siempre que le pidamos conscientemente  que así lo haga, colaborando con nosotros en el nivel Causal, convirtiendo nuestros pensamientos de miedo en  pensamientos de amor. No podemos invocarlo en vano. Al haber sido creado por Dios, forma parte de nuestro  «ordenador». Se nos aparece bajo múltiples formas, desde una conversación con un amigo hasta una verdadera senda espiritual, desde la letra de una canción hasta un excelente terapeuta. Es el inexorable impulso hacia la totalidad que llevamos dentro, por más desorientados o locos que podamos estar. En nuestro interior siempre hay algo que anhela regresar a casa, y Él es ese algo.
El Espíritu Santo nos encamina hacia una percepción diferente de la realidad, una percepción basada en el amor. A la corrección hace que nuestra percepción que la llamamos la Expiación. Lo único que falta en cualquier  situación es nuestra propia conciencia del amor. Al pedir al Espíritu Santo que nos ayude, expresamos nuestra  disposición a percibir de otra manera una situación. Renunciamos a nuestras propias interpretaciones y opiniones, y pedimos que sean reemplazadas por las Suyas. Cuando sufrimos, rezamos: «Dios amado, estoy  dispuesta (o dispuesto) a ver esto de otra manera». Poner una situación en manos de Dios significa poner en  Sus manos lo que pensamos de ella. Todo lo que damos a Dios, Él nos lo devuelve renovado a través de la  visión del Espíritu Santo. Hay personas que piensan que si nos entregamos a Dios, renunciamos a nuestra responsabilidad personal, pero la verdad es lo contrario. Asumimos la responsabilidad final de una situación al hacernos responsables de lo que pensamos de ella. Somos lo bastante responsables como para saber que, librados a nuestros propios recursos mentales, responderemos instintivamente movidos por el miedo. Y somos  lo bastante responsables como para pedir ayuda.
A veces la gente piensa que recurrir a Dios significa dar entrada en nuestra vida a una fuerza que nos lo  mostrará todo de color de rosa, y la verdad es que significa dar entrada a todo aquello que nos obligará a  crecer... y el crecimiento puede ser desordenado, confuso. El propósito de la vida es que crezcamos hasta alcanzar nuestra perfección. Una vez que recurrimos a Dios, topamos con todo aquello que puede enfurecernos. ¿Por qué? Porque el lugar donde nos entregamos al enojo y no al amor es nuestra muralla, nuestro límite. Cualquier situación que nos saque de quicio es una situación donde no tenemos aún la capacidad de amar incondicionalmente.
 Es misión del Espíritu Santo llamarnos la atención sobre eso y  ayudarnos a ir más allá de ese punto.
Nos movemos con comodidad en las pocas áreas donde nos es fácil amar. Es tarea del Espíritu Santo no respetar esas zonas de comodidad, sino destruirlas. No estaremos en la cumbre de la montaña mientras no nos resulten cómodas todas las zonas. 
El amor no es amor si no es incondicional. No tendremos la vivencia de quiénes somos en realidad hasta que no tengamos la vivencia de nuestro amor perfecto.
Para asegurar nuestro avance hacia el objetivo de la iluminación, "el Espíritu Santo tiene para cada uno de nosotros un programa de estudios sumamente individualizado". Cada encuentro, cada circunstancia, puede ser para Él un medio para Sus fines. Transita entre nuestra locura mundana y nuestro perfecto yo cósmico. Se adentra en el delirio para guiarnos más allá de él.
Se vale del amor para crear más amor, y considera que "el  miedo es una petición de amor".
El Holocausto no fue la voluntad de Dios, como no lo es el sida. Ambos son productos del miedo. Sin embargo, cuando rogamos al Espíritu Santo que entre en estas situaciones, Él las usa como razones y oportunidades para hacernos crecer hasta el preciso nivel de profundidad de amor merced al cual situaciones como éstas se ven erradicadas de la tierra. Entonces son un acicate para que amemos más profundamente de lo que jamás hemos amado antes.
Si realmente deseamos dar una respuesta moral al Holocausto, emplearemos todo nuestro poder para crear un mundo en el que aquello jamás pueda volver a suceder. Como sabe cualquier persona inteligente, Hitler no actuaba solo. Jamás podría haber hecho lo que hizo sin la ayuda de miles de personas que, aunque no compartieran su maldad, no tuvieron la fibra moral necesaria para oponérsele. ¿Qué quiere el Espíritu Santo que hagamos ahora? Aunque no podamos garantizar que nunca volverá a nacer otro Hitler, sí podemos crear un mundo donde, aun si aparece un Hitler, haya tanto amor que casi nadie lo escuche o colabore con él.
El camino espiritual es, pues, simplemente el viaje de vivir cada cual su vida. Todo el mundo se encuentra en un sendero espiritual, pero la mayoría de la gente no lo sabe.
El Espíritu Santo es una fuerza mental que hay  en nosotros; nos conoce en nuestro estado natural de amor perfecto -que hemos olvidado-, entra con nosotros en el mundo de ilusiones y miedos, y se vale de nuestras vivencias en él para recordarnos quiénes somos. Lo hace mostrándonos la posibilidad de un propósito de amor en todo lo que pensamos y hacemos. Revoluciona  nuestro sentimiento de por qué estamos en la tierra. Nos enseña a ver que el amor es nuestra única función. 
Todo lo que hagamos en la vida será usado, o interpretado, por el ego o por el Espíritu Santo. 
El ego se vale de  todo para internarnos más en la angustia. 
El Espíritu Santo se vale de todo para conducirnos a la paz interior.


5. LOS SERES ILUMINADOS.

«La iluminación es simplemente un reconocimiento, no un cambio.»
Hay personas que han vivido sobre la tierra, y quizás haya personas que actualmente viven en ella, cuya  mente ha sido completamente sanada por el Espíritu Santo. 
Han aceptado la Expiación. En todas las religiones  se nos habla de santos o profetas que hicieron milagros. Eso se debe a que cuando la mente regresa a Dios, se convierte en un receptáculo de Su poder. El poder de Dios trasciende las leyes de este mundo. Los santos y los profetas, al aceptar la Expiación, han «realizado» su Cristo interior. 
Se han visto purificados de pensamientos atemorizantes y lo único que permanece en su mente es el amor. A estos seres purificados se los llama «iluminados».
La luz significa comprensión. Los iluminados «comprenden».
Los iluminados no tienen nada que nosotros no tengamos.
Llevan dentro el amor perfecto, como nosotros. La diferencia está en que ellos no tienen nada más. Los seres iluminados -"entre ellos Jesús- existen en un estado que está tan sólo latente en el resto de nosotros". La mente crística no es otra cosa que la perspectiva del amor incondicional. Tú y yo tenemos la mente de Cristo en no menor medida que Jesús. La diferencia entre él y nosotros es que nosotros nos sentimos tentados de negarla.
Él está más allá de eso. Cada uno de sus pensamientos y de sus actos emana del amor. El amor incondicional, o el Cristo dentro de él, es "la verdad que nos hace libres", ya que es la perspectiva que nos salva de nuestros propios pensamientos atemorizantes.
Desde el punto de vista evolutivo, Jesús y otros maestros iluminados son nuestros hermanos mayores. De acuerdo con las leyes de la evolución, una especie se desarrolla en cierta dirección hasta que esa forma de desarrollo deja de estar bien adaptada para la supervivencia. Llegado ese punto, se produce una mutación. 
Aunque ésta no representa a la mayoría de la especie, representa la línea evolutiva mejor adaptada para la supervivencia de la especie. Entonces, los que sobreviven son los descendientes de la mutación.
Nuestra especie tiene problemas porque nos peleamos demasiado. Nos peleamos con nosotros mismos, con los demás, con nuestro planeta y con Dios. Nuestras actitudes, dominadas por el miedo, ponen en peligro nuestra supervivencia. Una persona que ama cabal y completamente es como una mutación evolutiva que manifiesta un ser que pone siempre el amor por delante, y así crea el contexto en el que se producen los milagros. En última instancia, es lo único «inteligente» que se puede hacer.
Es la única orientación vital capaz de apoyar nuestra supervivencia.
Los mutantes, los iluminados, nos muestran a todos los demás nuestro potencial evolutivo. Nos indican el camino. Hay una diferencia entre ser un indicador del camino y ser una muleta. Hay personas que dicen que ellas no necesitan de una muleta como Jesús. Pero Jesús no es una muleta; es un maestro.
Si quieres ser escritor, lees a los clásicos. Si quieres ser un gran músico, escuchas la música que crearon los grandes compositores que te han precedido. Si te estás preparando para ser pintor, es una buena idea que estudies a los grandes maestros. Si Picasso entrara en tu habitación mientras estás aprendiendo a dibujar y te dijera: 
«Hola, dispongo de un par de horas... ¿Quieres que te dé alguna idea?», ¿acaso le dirías que no? Lo mismo pasa con los maestros espirituales: Jesús, Buda o cualquier otro iluminado.
Fueron genios por su manera de usar la mente y el corazón, así como Beethoven fue un genio con la música o Shakespeare con las palabras. ¿Por qué no aprender de ellos, seguir su liderazgo, estudiar lo que hacían bien? Un curso de milagros usa la terminología cristiana tradicional, pero de una manera muy poco tradicional. 
Palabras como Cristo, Espíritu Santo, salvación, Jesús, y otras, se utilizan según su significación psicológica más bien que religiosa. Como estudiante y maestra de Un curso de milagros, he podido comprobar la gran resistencia que muchas personas muestran a los términos cristianos. Como judía, yo pensaba que eran sólo los judíos los que tenían un problema con la palabra «Jesús», pero me equivocaba. No son sólo los judíos los que se ponen nerviosos al oír mencionar su nombre. Si pronuncias la palabra Jesús ante un grupo de cristianos moderados, es probable que provoque tanta resistencia como en cualquier otro grupo.
Y entiendo por qué. Tal como se afirma en el Curso, «se han hecho amargos ídolos de aquel que sólo quiere ser un hermano para el mundo». Son tantos los términos cristianos de que se ha echado mano para crear y  perpetuar la culpa, que muchas personas inteligentes han decidido rechazarlos por completo.
En muchos casos, a decir verdad, el problema es peor para los cristianos que para los judíos. Generalmente, a los niños judíos no se les enseña absolutamente nada sobre los términos cristianos, mientras que para muchos niños cristianos estas palabras están cargadas de culpa, castigo y miedo al infierno.
Las palabras no son más que palabras, y siempre se puede encontrar otras nuevas para reemplazar a las que agravian o disgustan. En el caso de Jesús, sin embargo, el problema no es tan simple como para resolverlo sencillamente encontrando otra palabra. Jesús es su nombre, y de nada sirve hacer como si se llamara Alberto. Al rechazar automáticamente a Jesús, basándose en lo que algunos cristianos tradicionales han hecho con y en su nombre, muchas personas han tirado el grano junto con la paja. En relación con Un curso de milagros y otras presentaciones esotéricas de la filosofía crística, han rechazado sin más el material, basándose únicamente en su lenguaje. 
Al hacerlo han caído en una trampa mental que en Alcohólicos Anónimos se conoce como «desprecio anterior a la investigación».
Hace años, acudí a una cena en Nueva York. En la mesa, el tema de conversación era una novela que se acababa de publicar, y alguien me preguntó si la había leído. Yo sólo había leído la reseña del libro en el New York Times, pero mentí y dije que sí. Me sentí muy avergonzada de mí misma. No había leído el libro, pero tenía la información suficiente para fingir, durante un momento, que sí. Estaba dispuesta a dejar que una opinión ajena pasara por ser la mía.
No mucho tiempo después, recordé aquel incidente cuando estaba decidiendo si leer o no un libro -que por cierto era uno de los libros de Un curso de milagros- que trataba de Jesús, sobre quien no había aprendido  nada en mi niñez. Simplemente, me habían dicho: «Nosotros no leemos esas cosas, cariño». Pero los judíos, además, son conocidos por la forma en que estimulan los logros intelectuales en sus hijos. A mí -aunque nadie lo hubiera dicho a juzgar por mi comportamiento en aquella cena me habían enseñado a leer y a pensar por mi  cuenta... y solía hacerlo. 
A mi modo de ver, Un curso de milagros no promociona a Jesús. "Si bien los libros proceden de él, queda muy claro en ellos que se puede ser un estudiante avanzado del Curso y no tener una 
relación personal con Jesús."
El Curso entiende nuestras resistencias, pero no las alimenta.
Es hora de que se produzca una verdadera revolución en nuestra manera de entender la filosofía crística, y muy particularmente en nuestra manera de entender a Jesús. La religión cristiana no tiene ningún monopolio sobre Cristo ni sobre el propio Jesús.
En cada  generación debemos volver a descubrir lo que es verdad para nosotros.
¿Quién es Jesús? Es un símbolo personal del Espíritu Santo.
Al haber sido totalmente sanado por el Espíritu Santo, se ha vuelto uno con Él. Jesús no es el único rostro que toma el Espíritu Santo. Es uno de ellos. Es decididamente una vivencia de la cima de la montaña, pero eso no quiere decir que sea el único que está allá arriba.
Jesús vivió en este mundo del miedo y sólo percibió el amor.
Cada acción suya, cada palabra, cada idea estaba guiada por el Espíritu Santo, no por el ego. Fue un ser totalmente purificado. Pensar en él es pensar en el amor perfecto que hay dentro de nosotros, y por consiguiente invocarlo.
Jesús alcanzó la realización total de la mente crística, y Dios le confirió entonces el poder de ayudar al resto de los humanos para que lleguemos a ese lugar que está dentro de nosotros mismos. Tal como Él mismo  afirma en el Curso, «Yo estoy a cargo del proceso de Expiación». Y como comparte con Dios la visión de las cosas, se ha «convertido» en esa visión. Ve a cada uno de nosotros tal como Dios nos ve -inocentes y perfectos, amorosos y dignos de amor- y nos enseña a vernos de esa manera. Así es como nos guía para salir del infierno y llevarnos al Cielo.
Ver con sus ojos es expiar los errores de nuestra percepción. Ese es el milagro que él opera en nuestra vida, la luz mística que irrumpe desde el interior de nuestra alma. Nuestra mente fue creada para que fuera un altar al Hijo de Dios. Él representa al Hijo de Dios. Adorarlo es adorar el potencial de amor perfecto que hay en todos nosotros.
Los cuentos de hadas son alusiones místicas al poder del ser interior, transmitidas de generación en generación. Son historias de transformación. Cuentos como los de Blancanieves y la Bella Durmiente son metáforas de la relación entre el ego y la mente divina. La mala madrastra, que es el ego, puede hacer dormir a 
la Bella Durmiente o a nuestro Cristo interior, pero jamás podrá destruirlos. Lo que ha sido creado por Dios es indestructible. Lo más destructivo que ella puede hacer es hechizarnos, hacer que la belleza se duerma. Y lo hace. Pero el amor que hay dentro de nosotros no se extingue; sólo se queda dormido durante un tiempo muy largo. En todos los cuentos de hadas llega el Príncipe. Su beso nos hace recordar quiénes somos y por qué vinimos aquí. El Príncipe es el Espíritu Santo, que viene, con vestimentas y disfraces diversos, a despertarnos con Su amor. 
En el momento en que casi se ha perdido toda esperanza, cuando parece que el mal ha triunfado por fin, nuestro Salvador aparece para tomarnos en sus brazos. Tiene múltiples rostros, y uno de ellos es el de Jesús. No es un ídolo ni una muleta. Es nuestro hermano mayor. Es un regalo.
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