jueves, 31 de marzo de 2016

Libro Despertar La clave para volvernos más humanos (Julio Andres Pagano)


LA BUSQUEDA
Capitulo- 1 (Octavo Escrito)
Recuerdo de un pasado tormentoso
Para aprovechar el hermoso día, fui con la mujer y un guía hasta el cerro El Colchiquí. Había algo que me atraía sobremanera de ese lugar y como había aprendido a seguir mis sensaciones internas quise llegar hasta la cima. Costó subir, pero a medida que ascendíamos el paisaje era cada vez más bello. 
Metros antes de llegar hasta la parte más alta, me detuve sobre una ladera y comenté: “Miren lo que sería caerse desde acá”. 
La mujer decidió que en ese lugar se quedaría descansando, así que con el guía subimos hasta el pico del cerro. 
El 25 de mayo amaneció radiante. 
Nos preparamos bien temprano para salir. 
Instantes antes de subirnos a la camioneta, impulsado por una inquietante duda interna se me ocurrió preguntarle a la mujer: “Decime la verdad, en otra vida me porté muy mal, ¿no?”. 
Su respuesta, acompañada por una fría mirada, confirmó mi intuición. “Sí, te portaste muy mal, pero mejor no te cuento”. 
No podía cargar con tremenda inquietud, así que le pedí que me hiciera el favor de contarme. Tras asegurarse de que realmente quería saberlo, me explicó: “Mientras subías el último tramo del cerro El Colchiquí, vi que en otra vida fuiste un soldado raso español, que corría por la montaña matando indios y violando mujeres. 
Y por querer someter a una joven india te caíste y moriste, junto con otros soldados, en el mismo despeñadero que ayer te causó tanta impresión”.
Era una revelación demasiado impactante. Sobre todo para recibirla a las 8 de la mañana. Unos minutos más tarde, cuando nos dirigíamos al sitio donde por la noche teníamos que acampar, les dije que tenía que compartir algo con ellos. 
Me costó hilvanar las primeras frases. Sentí pudor por lo que estaba punto de manifestar: “Quiero decirles que aunque parezca una verdadera insensatez lo que me acaba de decir, hay tres cosas que hacen que tenga que dar crédito a sus palabras. 
La primera es que siempre sentí afinidad con España, al extremo que estuve a punto de irme a vivir a ese país. 
La segunda es que siempre le tuve pánico a las alturas; y según el reconocido psiquiatra estadounidense Brain Weiss, en uno de sus libros señala que las fobias están relacionadas con maneras traumáticas de morir en vidas pasadas. 
Y la tercera y última, y esto es algo que nunca me animé a contarle a absolutamente a nadie, porque me parecía un disparate tremendo, internamente sentía que fui un violador”. Luego de escuchar en silencio lo que les manifesté, la mujer agradeció mi sinceridad y se largó a llorar. 
“No saben lo difícil que es para mí dar crédito a lo que puedo ver. Por eso las palabras de Julio me hacen llorar tanto, ya que confirman que las cosas que me muestran son ciertas.
 No crean que yo no dudo sobre lo que canalizo. Soy humana como ustedes”, acotó. Para intentar cambiar el clima, empezaron las bromas y las cargadas. Esa era siempre la mejor manera que encontrábamos para salir de las situaciones emocionalmente comprometidas. 
Al llegar al sitio donde vivía Miguel, nos enteramos de que ese día era el cumpleaños del Padre Pío. 
Rezamos una oración todos juntos y le pedimos que nos protegiera mientras estuviésemos acampando en el cerro. Fernando se sumó al grupo. Dejamos la camioneta estacionada y desde lo de Miguel salimos caminando con las mochilas. 
El Pajarillo quedaba justo frente a su casa. Nos esperaban dos largas horas de caminata a través de terreno sin demarcar y arbustos con espinas.
Al llegar a la cima, armamos la carpa. Buscamos leña para hacer fuego. Luego vino lo mejor. Nos sentamos a contemplar el majestuoso paisaje que nos rodeaba, sin ningún tipo de preocupaciones. 
Gabriel, Alejandro, Fernando y yo estábamos a punto de quedarnos dormidos al sol, cuando la mujer nos llamó para que nos juntásemos a rezar el rosario. Rezongamos un poco, pero accedimos. Nos sentamos, en forma de cruz, tal como lo había canalizado. Estábamos por terminar el tercer misterio, cuando su voz se silenció por un instante, me miró fijamente y dijo:
 “Julio, frente a vos hay un jefe indio a caballo, que lleva el torso descubierto y tiene en su mano una lanza, con la que te está apuntando. Me dice si estás dispuesto a dar una prueba de tu arrepentimiento, por lo que le hiciste a su gente”. Quedé mudo. No sabía qué decir. Por la mañana había reconocido que, de acuerdo con mis sensaciones más secretas, tal vez fuese cierto que en otra vida fui un soldado español. Pero de ahí a sentir culpa y tener que hacer algo para enmendar el supuesto error, había una distancia sideral. 
Así que dudé y seguí sin emitir sonido alguno. “Julio –insistió, con vehemencia, la mujer–, te recuerdo que te está apuntando con una lanza y quiere que le respondas”. Por más que no divisaba al aborigen, el tono grave de sus palabras hizo que le dijera que sí. “Me dice que tenés que tallar, en madera, algo que manifieste tu arrepentimiento y colocarlo en el lugar desde donde caíste persiguiendo a su gente”, precisó. Ni bien transmitió su mensaje, el indio se retiró y continuamos rezando. 
Una vez que completamos el rosario y nos pudimos distender, Alejandro mencionó que también lo había visto y confirmó que era tal cual la mujer lo describió. Sus palabras me estremecieron. Cuando oscureció, el viento empezó a soplar muy fuerte y la temperatura estuvo por debajo de cero grado. Tanto temblaba que aprendí a tomar mate a la fuerza. Necesitaba calentar mi cuerpo.
A medianoche volvimos a rezar el rosario. 
La canalización marcaba que lo debíamos hacer cuatro veces. Nos sentamos los cinco en el interior de la carpa. Estábamos por concluir el segundo misterio. Repentinamente, el perro que nos había acompañado (el mismo que en la piedra lamió mi frente) empezó a torear intensamente. 
“No se alarmen –sostuvo Alejandro–. Se están presentando los espíritus de los indios, simplemente nos vienen a observar”.
 Se escuchaban pasos a nuestro alrededor. El perro realmente ladraba como si estuviese viendo lo que pasaba. 
Cuando se serenó, terminamos de rezar. Sabía que esa noche me resultaría difícil dormir. La única forma de sobrellevar el frío era sentarse lo más cerca posible del fogón, bien abrigado, sin abandonar el mate ni el té. Cuando la mujer se fue a la carpa, para intentar descansar, los chicos me pidieron que les pasara agua para calentar. Estaba todo tan oscuro, que les di la primera botella que tuve al alcance de mi mano.
Permanecimos en vela durante toda la noche. Poder contemplar la salida del sol fue fantástico. Nos dio ánimo. 
Estábamos cansados. Aún nos faltaba rezar el último rosario. Realizamos luego un pequeño ritual de agradecimiento, y la mujer nos pidió que le alcanzáramos la botellita de plástico, color verde, que contenía agua bendita de San Nicolás. 
Nos miramos entre los cuatro varones y comenzamos a reírnos sin parar. La mujer no entendía nada. 
Como pudimos, le explicamos que el agua que buscaba la habíamos usado en la madrugada, por error, para tomar mate. Una vez que dejamos de reírnos y hacer bromas con que nos habíamos purificado, al beber agua bendita, nos sentamos sobre una piedra para rezar por última vez. Mientras pronunciaba el Padre Nuestro, me llamó la atención la presencia de abejas y una mariposa blanca. De pronto la mujer anunció que estaba presente un arcángel, que al instante dio paso a la Virgen María.
Por su intermedio, la Virgen nos preguntó a cada uno si estábamos dispuestos a convertirnos en soldados de Cristo. 
A medida que mencionó nuestros nombres, aceptamos. 
El cansancio, sumado a que no era muy partidario de andar rezando rosarios y que no veía nada de lo que la mujer nos estaba diciendo, hacía que no tomara muy en serio sus palabras. También estaba molesto por tener que confiar en cosas que no podía ver ni escuchar. “La Virgen María se está retirando y ahora aparece bajo distintas advocaciones”, narró la mujer. 
“Julio, la Virgen de San Nicolás está parada frente tuyo”. 
No terminó de decir la frase, cuando sentí que dos bolas de energía comenzaban a girar a toda velocidad sobre las palmas de mis manos”. No lo podía creer. Miré mis manos y me las acerqué al rostro. No veía absolutamente nada, pero sentía que las esferas no paraban de girar. La sensación física, en relación con el peso, era como estar sosteniendo dos bolas de madera –como las que se tiran en el juego de bochas– que se movían a una velocidad impresionante. 
La experiencia duró cerca de quince segundos. No recuerdo qué fue lo que me dijo la canalizadora. Sólo tengo presente cuánto me impactó lo sucedido, porque minutos antes estaba fastidiado por no ver ni escuchar nada de lo que la mujer decía presenciar. Sin embargo pude sentir la energía de la Virgen. 
Una vez más dudé y nuevamente tuve una prueba contundente ante mi falta de fe. Sé que la mujer siguió recibiendo mensajes para el resto, pero había quedado tan absorto con lo que me pasó que ni siquiera hice el esfuerzo por registrar nada más.
Ingreso a la ciudad intraterrena
Al finalizar el último rosario intentamos relajarnos. Mientras intercambiábamos nuestras experiencias, Alejandro comentó que no comprendía el sentido de la canalización y se quedó mirando el suelo. Como sabíamos que generalmente era de permanecer callado, continuamos hablando entre nosotros. 
Su letargo se rompió con una revelación extraordinaria: “No puede ser –dijo exaltado–. Acabo de entrar. Entré, fue increíble”. Ninguno de los cuatro entendía de qué estaba hablando, así que le pedimos que nos explicara qué era lo que le pasaba. 
“Estaba mirando esa piedra de cinco puntas y de pronto sentí que la montaña me tragó. Pude ver una gran cúpula central, que estaba iluminada con algún tipo de energía que desconozco. 
La cúpula estaba atravesada por dos grandes diagonales, que parecían ser calles, las cuales marcaban, con exactitud, los cuatro puntos cardinales. También había cúpulas más pequeñas, que parecían casas. De golpe aparecí acá, con ustedes. 
Fue mágico”. Sus palabras estaban cargas de excitación y también de felicidad. Para su tranquilidad, Fernando le explicó que acababa de entrar a la ciudad intraterrena llamada ERKS. 
“Lo que nos contás –puntualizó– es similar a varios de los relatos que escuché de algunas personas que estuvieron en Capilla del Monte”. Gabriel, el otro lugareño que acampó con nosotros, también le aportó serenidad. Le indicó que no se preocupara. 
“No te aflijas porque no estuviste alucinando, es absolutamente real. Lo que pasa es que la gran mayoría de las personas no cree en su existencia”. Mientras recapitulábamos lo ocurrido, nos dimos cuenta de que estuvo en dos lugares al mismo tiempo. 
Su sensación fue que ingresó físicamente a la montaña, de manera vertiginosa. Sin embargo, nosotros lo vimos en todo momento parado a nuestro lado, mirando fijamente el suelo rocoso. 
Antes de subir a El Pajarillo, Alejandro no creía en las ciudades intraterrenas. “Es imposible que existan”, afirmaba. Su fenomenal vivencia, ratificada por los testimonios que posteriormente encontró en Internet y en varios libros, hizo que modificara su punto de vista. Ya no era una cuestión de creer o no creer en que pudiesen existir, él sabía.
Y cuando uno sabe, las creencias se evaporan bajo el ardiente sol de la certeza. 
Alrededor del mediodía consideramos que era hora de juntar la carpa y las mochilas, para empezar a descender del cerro. 
Lo vivido fue tan movilizante que, prácticamente, no hablamos durante el descenso. Además, el majestuoso paisaje invitaba a la introspección. Al bajar esbocé una sonrisa. Rememoré lo que le había pasado a mi amigo en su ojo y las palabras de la mujer: 
“Su ser interno sabe que algo está por suceder y se niega a verlo”. También asocié lo acontecido con el sueño lúcido. 
Llegué al parador de Miguel demasiado agotado. Fui el primero en hablar con él. Sus palabras me cayeron como un baldazo de agua helada: “¿Y, cómo les fue en el cerro? ¿Se encontraron con el indio?”. “¿Cómo dijo?”, le cuestioné asombrado, creyendo que había escuchado mal. “Pregunté si se encontraron con el indio que custodia estos cerros –aclaró–.
 Anda a caballo, tiene el torso descubierto y porta una lanza”. 
Era muy fuerte escuchar sus palabras. 
Una cosa era haberlo vivido en la cima de El Pajarillo y suponer que podría tratarse de alguna especie de delirio colectivo. 
Otra, muy diferente, era caminar por más de dos horas para que alguien me preguntase, con cierto aire inocente, si había estado con el indio. Ante mi insistencia por conocer más detalles, Miguel especificó: “Al indio sólo lo vi una vez, pero siempre puedo sentir su presencia. No se trata de una persona física, sino que está en forma etérica”. Terminé de escucharlo y me senté. Del susto, mis piernas comenzaron a debilitarse. Aquello que había vivido en la cima del cerro era verdad. No me quedaron dudas de que, por más que no tenía ni idea cómo hacerlo, ni bien pudiese me pondría a tallar algo que representara mi arrepentimiento por matar a los indios.
Al llegar la noche, me caía de sueño. Nos fuimos a descansar. Debíamos retornar a Olavarría al día siguiente y tenía que estar distendido para poder manejar. Por la mañana, bien temprano, acomodamos nuestros bolsos en la parte trasera de la camioneta. Saludamos a todos con un fuerte abrazo y nos pusimos en marcha. A las pocas cuadras, nos pusimos a intercambiar opiniones sobre lo vivido. Ese tipo de ejercicio mental nos daba la posibilidad de mirar lo sucedido en distintas perspectivas, nos ayudaba a captar detalles que se nos habían pasado por alto y, fundamentalmente, nos brindaba enseñanzas adicionales. 
De esa manera, la extensa distancia que teníamos que recorrer se nos hacía más entretenida. La charla nos permitió acordar que teníamos la impresión de que las canalizaciones se estaban presentando como un nuevo sistema de enseñanza sincrónico, de carácter multidimensional, que requería nuestro máximo esfuerzo para su decodificación, asimilación y posterior puesta en práctica. También pudimos encontrar la respuesta a por qué era necesario desplazarse. Comprendimos que, de no habernos movido físicamente, hubiese sido imposible que todo ese marco –es decir, el cerro, las personas, la ciudad de Capilla del Monte, la energía de las montañas, etc. – se moviese hasta donde residíamos nosotros. 
“Movernos externamente también ayuda a generar movimientos internos”, recalcó Alejandro, para cerrar ese punto de la charla. Creímos que, tal vez, debíamos empezar a registrar, en forma escrita, las señales que fuésemos recibiendo, aunque inicialmente pudieran parecernos muy disparatadas. 
Porque luego terminaban convirtiéndose en piezas que encajaban y cobraban sentido. 
Mientras pensábamos e intercambiábamos sensaciones estábamos serios. 
Al darnos cuenta que lo que nos sucedía superaba, holgadamente, los argumentos de la ciencia–ficción, comenzamos a reírnos.
Acordamos que, en el caso de que termináramos haciendo un film sobre lo vivido, la película se llamaría “Locura Mística”. 
En medio de tanta risa, comentamos que, con todo lo que nos estaba tocando vivenciar, podríamos hacer una zaga, en donde películas como “El señor de los anillos” y “Harry Potter” parecerían cuentos infantiles. 
“Se me ocurrió una idea –le dije–, tendríamos que traer a los viajes una filmadora. De esa manera, cuando la película se edite, le podríamos entremezclar imágenes que le darían un realismo tremendo”. Cansados de reírnos, dejamos los delirios de lado y nos quedamos en silencio por un buen trecho. 
Como nos habían recomendado que tratáramos de mantenernos en oración, intentamos rezar un rosario. Nunca lo habíamos hecho solos. En medio de un padrenuestro, al mejor estilo de la mujer, hice una pausa y le dije muy serio: “Me están diciendo que…”. Alejandro se sorprendió muchísimo, porque pensó que estaba canalizando en serio y lloramos de risa. 
Había que recurrir al humor. Teníamos que distendernos. Todavía quedaba una tarea muy áspera, explicarles a nuestros familiares lo que había pasado, sin despertarles el deseo de internarnos en algún neuropsiquiátrico para toda la vida. 
Antes de que llegáramos a Olavarría, Alejandro me manifestó que no hablaría a menos que le preguntaran. “De todos modos no nos van a entender. Esto es creíble sólo para nosotros porque fuimos testigos de cada una de las cosas que pasaron y sabemos que fueron ciertas. Pero si lo contamos, nos van a empezar a mirar mal, porque esto rompe con lo establecido y la gente lo único que quiere es seguridad. No pretenden que le cambien la manera que tienen de entender la realidad. 
Eso los desequilibra y les produce miedo”. Sus palabras estaban en lo cierto. Me di cuenta tarde. No pude con mi genio e intenté contarle a cuanta persona se me cruzó lo que nos había pasado. Sentía que tenía que compartir lo que sabía. No me lo podía guardar. Creí que los demás tenían derecho a conocer. Pero ésa era sólo mi creencia. Comprobé que, generalmente, las personas tienen pavor de enfrentar lo desconocido y para proteger sus opiniones desacreditan la de los demás. 
Faltaba poco más de una semana para afrontar una nueva canalización y tenía el ánimo por el suelo. Estaba confundido y asustado. Sabía que someterme a otra nueva experiencia, en tan corto tiempo, podía resultar aún más desestabilizante. 
Además estaría solo. Serían siete días en un monasterio, sin saber para qué. Internamente era un caos. Por más que quería largar todo y ponerme a hacer cosas comunes y terrenales que me enraizaran, no podía. Tenía que seguir. Quería averiguar por qué se estaba desplegando frente a mis ojos esta nueva realidad. Además, la señal que en su momento pedí para ver si tenía que ir con los monjes fue tan clara, tan contundente, que no podía hacerme el desentendido. Buena parte de mi confusión radicaba en mi incapacidad por establecer una conexión lógica entre las vivencias. Situar a la Virgen, los espíritus de los indios y los seres de la ciudad intraterrena en un mismo plano, parecía un auténtico cambalache. 
Una película mal editada. Tenía que existir un error. 
Me tranquilizaba el simple hecho de pensar que podría hablar con algún monje. Seguramente, alguno de ellos podría ayudarme a clarificar la situación. Mi único consuelo era saber que, aunque los demás pudiesen mirarme con desconfianza, siempre fui honesto conmigo mismo. Analizar cada situación desde los más diversos ángulos y someterlas a juicio crítico, sin piedad, me garantizaba poner siempre lo máximo de mí para no engañarme. Quería saber la verdad. No estaba interesado en comprar espejitos de colores.
Continuara....

Libro Despertar La clave para volvernos más humanos (Julio Andres Pagano)


LA BUSQUEDA
Capitulo- 1 (Septimo Escrito)
Alejandro siempre fue por demás reservado en sus cuestiones personales. Pese a ello, en una de las tantas corridas que realizamos por las tardes, me hizo una singular confesión: “Desde chico se me presenta la Virgen de Guadalupe y hablo con ella. Nunca se lo conté a nadie por temor a que digan que estaba loco. Ahora que vos viste a la Virgen de San Nicolás, te lo cuento. Sé que me vas a poder entender”. No tuve mejor respuesta que hacerle una pregunta: “Si alguno estuviese escuchando nuestra conversación y supiera lo que estamos haciendo, ¿cómo creés que nos tildaría?”. Su respuesta fue categórica, “diría que estamos locos”. Nos miramos y nos pusimos a reír a carcajada limpia. 
El humor es el mejor remedio para distenderse. 
Esa tarde llamé por teléfono al Monasterio Trapense de Azul. 
Me atendió un monje con acento extranjero. Su hablar era sereno. Le informé que llamaba para hacer un retiro y me pasó con otro monje, que estaba encargado de agendar las visitas. Cuando le comenté que tenía que ir durante siete días al monasterio, me respondió que los laicos sólo podían permanecer cuatro días. No sé cómo, pero me animé y le dije: “Espero que no lo tome a mal, ni piense que tengo problemas psicológicos, pero debo estar siete días porque así me lo comunicaron a través de una canalización y además… hace algunos días vi a la Virgen María”. Imaginé que me cortaría, sin embargo me respondió que aguardara. “Hago una excepción –me aclaró–, venga del 8 al 15 de junio”. Respiré aliviado. Le agradecí y anoté la fecha. 
Mientras lo hacía, comprobé que la agenda se empezaba a cargar. En abril había estado en Necochea y en San Nicolás, en mayo iría nuevamente a Córdoba y al mes siguiente viajaría al monasterio. Las canalizaciones estaban acupando la mayor parte de mi tiempo, así que decidí postergar la planificación y el desarrollo del parque temático, hasta que estuviese más aliviado. 
Después de todo, como fue la intención de concretar ese mismo proyecto lo que hizo que la mujer que canalizaba se cruzara en mi camino, supuse que lo que estaba viviendo se interrelacionaba de algún modo que todavía no lograba vislumbrar. 
Posiblemente, a esta altura de los relatos, algunos lectores se preguntarán cómo hacía para disponer de tantos días libres y de qué manera financiaba mis viajes. La respuesta es simple.
 Al fallecer mi padre, cada uno de los miembros de la familia cobró su parte de la herencia. En mi caso, consideré que la mejor manera de invertir el dinero era estudiando y “trabajando”, pero no de manera tradicional, sino trabajando sobre mí. 
Es decir, haciendo todo lo posible para despertar mi conciencia adormecida. Si lograba hacerlo, descubriría la manera de sentirme pleno donde fuese que el destino me llevara. 
Con tantas canalizaciones, la relación con mi esposa no pasaba por su mejor momento. Según ella, me había metido en cosas extrañas que no conducían a nada, excepto directamente a un instituto psiquiátrico. Era evidente que no le cerraba la idea de que viajara con la mujer. Sus fantasías le hacían suponer que, tal vez, tuviese algún otro tipo de interés. 
No le bastaba con saber que se trataba de una persona grande, que tenía dos hijos adultos. Tampoco la quería conocer: “Yo no quiero que me diga nada, mi vida está bien así como está”, me dijo. Una semana antes de ir a Córdoba tuve un sueño bastante particular, que luego se relacionó con lo que sucedió en el viaje. Recuerdo que en el sueño entré a una montaña, a toda velocidad, por medio de un carro minero. 
Por más que la sensación de aceleración me asustó, agradecí poder ingresar. Conducía una mujer cuyo rostro no pude ver. Cuando el carro se detuvo, me pusieron frente a inscripciones que no entendía. Recién ahí me di cuenta de que Alejandro estaba a mi lado. El tenía la habilidad de conectarse con las escrituras, en forma telepática. Su cuerpo se movía de manera rara. 
Parecía fluir con la energía que recibía. 
Como no lograba descifrar nada de lo que tenía frente a mis ojos, le dije a la mujer si me podía dar una copia para llevar.
Me explicó que eso era algo imposible. A todo esto, la primera
lámina de los grabados se corrió hacia delante y por debajo se encontraban más inscripciones. También había códigos y un dibujo dorado de una silueta humana, con un nombre: Hermes. Sin que me diera cuenta, me encontré fuera de la montaña, parado en la cima, sobre una piedra. 
Un hombre me dijo que no se trataba de una simple piedra. Apretó un botón y ella se desplazó, dejando ver una escalera que descendía hacia el interior de la montaña. Fue la primera vez que tuve un sueño tan lúcido. Sentí que era por demás real. 
Cuando desperté, me llevó algunos minutos entender que sólo fue un sueño. Alejandro se sonrió cuando le conté. Sabíamos que, a veces, los sueños son conductores de mensajes. 
El 22 de mayo, con cierta sensación de malestar interno porque en mi casa las cosas no marchaban como hubiese preferido, emprendí el viaje a Capilla del Monte (Córdoba), junto con Alejandro y la mujer que canalizaba. Siempre los viajes eran buenos porque generaban un clima especial para poder dialogar. Mi rol de conductor hacía que me concentrara en lo que escuchaba, para no descuidar el camino. Eso me ayudaba a agudizar el sentido del oído. Me venía bien. Estaba demasiado polarizado en el canal visual. 
Generalmente se desarrollaba el mismo esquema. Alejandro comenzaba el viaje expresando las cosas que le disgustaban. 
La mujer que canalizaba le daba su parecer y luego entraba en escena yo, tratando de conciliar las posturas. Sus conocimientos en psicología, así como su aguda racionalidad, llevaban a Alejandro a dar por tierra muchas de las cosas planteadas por la mujer. El no creía en las ciudades intraterrenas, como tampoco en la necesidad de tener que movilizarse tantos kilómetros sin un propósito coherente. 
Las vivencias de ese viaje lo llevarían a cambiar de opinión. 
Tal y como se nos había dicho, la primera parada la hicimos en Villa Giardino. Nuevamente me encontré con Irma, la guardiana de la capilla jesuita. Los cuatro nos pusimos a rezar en el interior del templo, frente al sitio en donde estuvo entronada la imagen robada de la Virgen de Nuestra Señora de la Merced. 
En medio de las oraciones, la mujer que canalizaba recibió un mensaje de la Virgen: “Me está diciendo que su imagen será encontrada luego de tres días de peregrinación por los cerros, a partir del 25 de octubre y que las personas que participen de la búsqueda recibirán mensajes individuales”. 
Por su intermedio, la Virgen nos preguntó a cada uno de nosotros si estábamos dispuestos a recuperar su imagen. No lo dudamos. El marco era por demás emotivo y se trataba de una causa justa. Los nombres de los demás integrantes que conformarían el grupo que buscaría la estatuilla le serían revelados, posteriormente, en sucesivas canalizaciones. Por lo atípico de la situación, resultaba difícil saber dónde estábamos parados. Cuando nos fuimos, miré a Irma por el espejo retrovisor de la camioneta. 
Su rostro, humilde y castigado, relucía de felicidad. Mirarla contagiaba esperanza. Al llegar a Capilla del Monte, quise que nos hospedáramos en la hostería de Gabriel. 
Era un excelente tipo y mi intención era que lo conocieran. Enseguida hubo química entre ellos. Aunque las cosas cambiaron un poco cuando la mujer canalizó que él también tenía que subir al cerro con nosotros tres. 
El día 23 fuimos rumbo a las Grutas de Ongamira, en las cercanías de El Pajarillo, hasta un parador a visitar a Miguel, un campechano, amigo de la mujer que canalizaba. Allí conocimos a Fernando, quien también terminaría acampando con nosotros en el cerro. Por más que tratábamos de disimularlo, con Alejandro no podíamos evitar sonreírnos cada vez que la mujer canalizaba. Sabíamos que a poco de que dijese “me están diciendo”, un nuevo integrante se sumaba al elenco estable.
La piedra, un portal dimensional
Con las sierras como fondo, mientras compartíamos unas facturas, nos dispusimos a escuchar las historias de Miguel, quien tenía un amplio repertorio sobre avistamientos de ovnis. Finalizada la charla, la mujer que canalizaba le pidió permiso para llevarnos hasta la piedra. No sabíamos de qué se trataba, pero la propuesta nos sonó interesante. Caminamos un corto tramo por la ladera de uno de los cerros y comenzamos a descender hasta que llegamos a un arroyo insignificante. 
Cerca del hilo de agua se encontraba una gran piedra, bastante plana, en medio de un círculo confeccionado con pequeñas rocas del lugar. “Este es uno de los portales dimensionales que comunica con la ciudad intraterrena de ERKS”, anunció la mujer. De los nervios, sólo pude sonreír. Le pidió a Alejandro que se descalzara y que se acostara allí, boca arriba, durante el tiempo que considerara necesario. Así lo hizo. Se quedó no más de 20 minutos. Cuando se incorporó, le preguntó si había visto algo. 
Su relato me inquietó: “Me recibió un ser que estaba sentado en una gran mesa ovalada y me preguntó, entre otras cosas, sobre el motivo por el que quería entrar a la ciudad intraterrena. 
Luego que respondí a sus preguntas, miró una lista que tenía entre sus manos y al instante comencé a caminar por un río de colores, que conducía a una especie de valle; donde aparecieron personas comunes, como nosotros, que me expresaron su alegría y amor por haber ingresado”. Eso fue todo lo que alcancé a escuchar. Me puse tan nervioso, porque sabía que me tocaba acostarme en la piedra, que no presté atención a nada más. 
Me saqué las zapatillas. Hice como que nada pasaba y muy despacio apoyé la espalda donde me habían indicado. Noté que la piedra estaba fría. Respiré profundamente, varias veces, para bajar el ritmo de mis latidos. 
“Es sólo una piedra”, me dije internamente tratando de serenarme, y cerré los ojos.
Cuando me relajé, visualicé un martillo gigantesco que bajaba desde el cielo y me pegaba en el tercer ojo. Simultáneamente, uno de los perros de Miguel –que nos había acompañado hasta la piedra– lamió mi frente. Me sobresalté y abrí rápido los ojos. Unos segundos más tarde decidí volver a cerrarlos. 
Nuevamente comencé a distenderme y visualicé una mano inmensa, que también descendía desde el cielo. Era más grande que las montañas. “Qué estupidez –dije internamente–, si muevo mi mano para alcanzarla, Alejandro y la mujer van a decir que estoy loco”. Abrí de nuevo los ojos y pensé: “Basta de pavadas. Serenate. No imagines más”. Por última vez, opté por cerrar los ojos. Cuando lo hice, vi que desde la montaña comenzaban a bajar decenas de hombres, vestidos con largas túnicas blancas. 
De golpe, uno de ellos se paró frente a mí. Me asusté. Abrí los ojos y me puse de pie”. “¿Y vos, Julio, que experimentaste?”, me preguntó la mujer. 
Me dio vergüenza contarle, así que les dije que no vi nada. “No importa –dijo ella– para que ustedes sepan, mientras que vos estabas recostado me contacté con uno de los seres de ERKS, que para que se hagan una idea era como el mago de cabellos blancos de la película El Señor de los Anillos”. Juro, por Dios, que no pude creer lo que escuchaba. Les pedí disculpas por haberles mentido y les solicité que me dejaran contarles lo que había experimentado. Al narrarles que visualicé un martillo gigante que me pegaba en el tercer ojo y que, al mismo tiempo, el perro pasó y me lamió, Alejandro se sorprendió y dijo: “Cuando estabas acostado sobre la piedra, escuché una voz que repetía insistentemente en mi cabeza que te pegara en la frente, pero me negué por miedo a lastimarte”. Sin salir de mi asombro, le especifiqué a la mujer que había visto muchos seres como los que ella describió, bajando en fila desde la montaña. 
Sus facciones eran similares a las nuestras.
También le comenté que me asusté cuando uno de ellos apareció de pronto delante de mí. Tenía el cabello largo, lacio y muy canoso, y llevaba una larga túnica blanca. Lo de la mano gigante recién pude comprenderlo meses después. 
Abrí un libro que hablaba sobre el fenómeno ovni y encontré un dibujo que era exactamente igual a lo que visualicé. El epígrafe decía: “La mano simboliza la ayuda que ofrecen los seres intraterrenos”. De no ser por el intercambio de las vivencias que mantuvimos los tres, lo que visualicé en la piedra hubiese quedado como una invención de mi imaginación. 
Nunca se los hubiese revelado, por temor a que se burlaran. 
Ese día aprendimos que, aunque las cosas nos parecieran descabelladas, debíamos animarnos a hablar, ya que ése podía ser un camino válido para corroborar la veracidad de los hechos. Esa tarde, Alejandro comenzó a sentir una pequeña molestia en uno de los ojos. El correr de las horas hizo que la molestia se transformara en un dolor intenso que, entrada la noche, se le volvió inmanejable. “Si bien es cierto que la molestia físicamente existe, esa dificultad en el ojo no es más que la manifestación de tu ser interno, que se niega a ver el cambio que te está por suceder”. 
Las palabras de la mujer lograron que Alejandro se pusiera de muy mal humor. Su malestar llegó a tal punto que no le dirigió la palabra a nadie más. Cuando nos fuimos a dormir a la habitación que compartíamos, no aguantó más y explotó: “quién se cree que es esta mujer para venir a decirme que lo de la vista no es más que una manifestación interna, cuando tengo tanto dolor que me arrancaría el ojo. Me revienta que diga tantas pavadas. 
No la aguanto más. Desde ya te aclaro que no pienso subir a El Pajarillo”. A la mañana siguiente, pidió que lo dejáramos solo y se fue hasta la guardia del hospital municipal, para ver qué tenía. Seguía muy dolorido. La mujer me explicó que Alejandro iba a tener un cambio importante al subir a la montaña, y que por eso estaba tan mal. “Su ser interno sabe”, reiteró.
Ella reconocía que su padecimiento era real, pero la experiencia le indicaba que lo que nos sucede a nivel físico son mensajes que tenemos que aprender a tener en cuenta, dado que reflejan situaciones internas a resolver. 
Unas horas más tarde, Alejandro apareció con el ojo vendado. “Me hicieron un raspado, porque tenía una astilla clavada bajo el párpado” dijo con seriedad, mientras miró a la mujer que canalizaba como retrucando lo que le había dicho la tarde anterior, y se fue a descansar.
Continuara.....
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