domingo, 24 de abril de 2016

LIBRO ARPAS ETERNAS (Josefa Rosalia Luque)



HA NACIDO UN PARVULITO
Capitulo VI (Segundo Escrito)
Y Moisés, movido de piedad de sus mártires que a millares se habían sacrificado..., movido a piedad de esta heredad humana que el Padre le confiara, deja su cielo radiante... 
El Séptimo cielo de los Amadores, y baja por última vez a la Tierra para salvar la humanidad que caminaba al caos y a la destrucción. ¿Le escuchará la humanidad? ¿Le reconocerá la humanidad? ¿Vestirá la túnica de penitencia y caerá de rodillas ante él, reconociendo su pecado? ¿Irá Yhasua a Roma pagana e idólatra, para llevarla a la adoración del Dios verdadero? 
¿Y desatará allí Yhasua todos sus estupendos poderes, y realizará maravillas suprahumanas como Moisés en Egipto, para que el César al igual que el Faraón diga a Yhasua: 
“Veo que Dios está contigo; haz como sea tu voluntad?
” Y, ¿será entonces Yhasua el Instructor de toda la humanidad que le seguirá dócilmente como una majada de corderillos? 
En esta santa conversación estaban los cuatro sacerdotes esenios a la débil luz de un candil, cuando la diestra de Nehemías empezó a temblar sobre la mesa. 
Tomó rápidamente el palillo de escribir y sobre un pedazo de su manto de lino escribió: “Huid por la rampa que sale hacia las tumbas de los Reyes, porque dos levitas espías escucharon vuestra conversación y estáis amenazados de muerte antes del amanecer. Huid, Eliseo”. 
El candil se apagó súbitamente, y los cuatro esenios se hundieron por un negro hueco que se abría en el fondo de una inmensa alacena, depósito de incensarios, de vasos y fuentes usados para el culto, y del cual sólo ellos poseían el secreto. 
A no haber estado familiarizados con aquel tenebroso corredor, se habrían vuelto locos para encontrar la salida entre tinieblas, pues no tuvieron tiempo de buscar cerillas ni antorchas ni cirios. Ya otras veces habían burlado espionajes y delaciones del mismo estilo, mediante esta salida subterránea del Templo de Jerusalén, y que era obra de un profeta esenio de nombre Esdras, el cual estando entre el pueblo hebreo cautivo en Babilonia se ganó la confianza y el amor del Rey de Persia y de Asiria, Artajerjes, que le autorizó para reconstruir la ciudad Santa y el templo, destruidos por la invasión ordenada por Nabucodonosor, cuando arrasó a sangre y fuego la ciudad de David y el Templo de marfil y de oro construido por Salomón. Y al hacer Esdras el Profeta, la reconstrucción, le hizo hacer con obreros esenios esa salida secreta, porque como buen discípulo de Moisés soñaba con devolver a Israel la doctrina de su gran Legislador, y que los Maestros esenios que habitaban las cavernas de los montes,  tomaran nuevamente la dirección espiritual de las almas, formando el alto sacerdocio del Templo. Precavido y temeroso, Esdras, de que volverían también los enemigos encubiertos de la doctrina Mosaica, hizo abrir este corredor secreto en dirección al oriente y que iba a salir a la Tumba de Absalón, antiguo monumento labrado esmeradamente en la roca viva de las primeras colinas del Monte de los Olivos, de que formaba parte el Huerto de Gethsemaní. 
Por allí entraban y salían los terapeutas peregrinos para llevar mensajes de los Maestros del Monte Moab a los sacerdotes esenios, que por razón de su ascendencia no podían eludir el servicio del templo cuando les tocaba el turno. 
Entre las facultades psíquicas de Esdras el Profeta, se destacaba la premonición, llegando a veces a leer como en un libro abierto un futuro lejano. Y acaso vio en sus profundas y solitarias meditaciones, la persecución y muerte de que serían objeto sus Hermanos esenios, después que fueron ellos los más abnegados e incansables obreros de la reconstrucción de Jerusalén y de su templo devastado. 
Y la magia divina de los cielos nos deja ver a Esdras el Profeta en la soledad de la noche, bajo un pórtico semiderruido del Templo, examinando a la luz de un candil un croquis de la ciudad Santa y sus alrededores, para encontrar la orientación y salida más conveniente al corredor de salvamento, que después tomó su nombre: Sendero de Esdras. 
Estudiados los pro y los contra, el vidente esenio comprendió que mayores facilidades y ventajas ofrecía el camino hacia el oriente con salida al Monumento de Absalón, que abandonado y semiderruido no interesaba ya a nadie, pues era sólo un osario repugnante donde sólo los lagartos y los búhos habitaban. 
Además, ofrecía la ventaja inmensa de la proximidad al Monte de los Olivos, en cuyas grandes mesetas de roca había buenas cavernas y que esas tierras hasta Betania eran heredades de familias esenias que desde muchas generaciones iban pasando de padres a hijos. 
En las cavernas de aquellos montes se habían salvado de la invasión asiria, numerosas familias esenias, que continuaron viviendo allí, mientras la mayoría del pueblo joven y fuerte vivía esclavizado en Asiria. 
En las montañas del norte de la ciudad Santa estaba la llamada gruta de Jeremías, muy conocida de los esenios por haber sido el refugio y recinto de oración de uno de sus grandes profetas, el inimitable cantor de los Trenos. 
Pero quedaba muy distante, lo cual hacía doblemente grande el esfuerzo a realizar. Se hallaba también al sur, la tumba de David para salida, pero a más de la larga distancia, era lugar demasiado frecuentado, por hallarse hacia allí un acueducto a las piscinas de Siloé, y la carretera hacia Betlehem.
Y al mismo tiempo que a la luz del sol, el Profeta esenio con miles de obreros hacía reconstruir la ciudad y el Templo, un centenar de picapedreros esenios abría y fortificaba el estrecho corredor subterráneo, por donde los discípulos de Moisés podrían continuar iluminando las conciencias, alimentando la fe del pueblo hebreo fiel a su gran Instructor, y a la vez estar en contacto con los Ancianos de Moab. 
Este sendero de Esdras, fue el que siguieron los cuatro esenios sacerdotes de Jerusalén, en la noche del mismo día en que fue impuesto al niño de Myriam el nombre de Yhasua. 
Diríase que las inteligencias del mal desataban sus fuerzas destructoras para comenzar de nuevo el aniquilamiento de las legiones mosaicas, el mismo día que salía Yhasua ante el mundo, anotándose en los libros de la Sinagoga el nombre con que vendría para siempre..., a ellos, que habían sepultado bajo espantosos errores la ley suya, escrita sobre tablas de piedra por el dedo de fuego de Moisés... 
Llegaron al viejo monumento funerario, donde entre losas amontonadas, ocultaban pieles y mantas, y pequeños sacos de frutas secas, y redomas con miel. Encendieron lumbre y se tendieron extenuados sobre lechos de heno y pieles de oveja. Tres horas después resplandecían los tintes del amanecer. Cuando el sol se levantaba en el horizonte, se encaminaron hacia Betania con indumentaria de viajeros, y así entraron por diferentes caminos a la ciudad, donde Nehemías y Eleazar pasaron de inmediato al templo para tomar turno en el Servicio Divino, mientras Simón y Esdras quedaban en sus casas particulares. 
La estratagema de la huída por el camino subterráneo, les sirvió para desvirtuar la delación al Sanhedrín que era en mayoría favorable al Sumo Sacerdote, hombre duro y egoísta, que lucraba con su elevada posición y luchaba por exterminar de raíz lo que él y sus secuaces llamaban sentimiento o sensiblerías de una generación menguada, de sacerdotes indignos de la fortaleza divina de Jehová; y estos deprimentes calificativos, iban aplicados a los de filiación esenia.
Y en los recintos del Templo cualquier observador sagaz, hubiera notado bien definidas las dos tendencias que el Sumo Sacerdote había calificado de “Sacerdotes de bronce y Sacerdotes de cera”. 
Los de cera eran los esenios, que desgraciadamente formaban la minoría; pero una minoría que a veces adquiría tal prestigio y superioridad en medio del pueblo fiel, que los de bronce vivían mortificados, despechados, lo cual desataba de tanto en tanto fuertes borrascas que cuidaban mucho de que no salieran al exterior. 
Las clases pudientes de la sociedad estaban con los sacerdotes de bronce y las clases humildes con los de cera.
Ya comprenderá el lector que los primeros buscaban en el servicio del Templo su engrandecimiento personal y el aumento de sus riquezas, y desde luego estaban fuertemente unidos a las clases pudientes poseedoras de grandes extensiones de tierra pobladas de ganados. 
Y en la ley relativa a los sacrificios sangrientos, iba en aumento siempre el número de víctimas a sacrificar, pues en ello estaban particularmente interesados los dueños, que vendían a un altísimo precio los agentes intermediarios, puestos por los sacerdotes en los atrios del templo, como hacen en un mercado público los vendedores de mercancías, y los sacerdotes mismos que tenían doble ganancia: la ofrecida por los intermediarios, y las que producía la venta de carne de las víctimas que la Ley de Moisés, según ellos, destinaba para consumo de la clase sacerdotal. 
Imposible que los sacerdotes y levitas consumieran aquella enormidad de animales que se degollaban cada día sobre el altar de los holocaustos, los cuales sumaban varios centenares sobre todo en las solemnidades de Pascua y en las fiestas aniversarios de la salida de Egipto, y de los retornos de los cautiverios que por tres veces había sufrido el pueblo de Israel. Dichas carnes destinadas al consumo de Sacerdotes y Levitas, eran conducidas desde el Templo a sus casas particulares, las cuáles tenían siempre una puertecita muy disimulada en el más invisible rincón del huerto, destinada a sacar por allí en sacos de cuero, aquellas carnes vendidas a terceros negociantes, cual si fueran sacos de frutas o de olivas. 
En cambio los Sacerdotes que estaban en el bando calificado de Doctores de cera, impedían esos pingües negocios de carne muerta, porque a los fieles que les hacían consultas en los casos de ofrecimientos de holocaustos, siempre les contestaban de igual manera: 
“Traed un pan de flor de harina, rociado con aceite de olivas y espolvoreado con incienso y mirra, o una rama de almendro en flor, o una gavilla de trigo, o una cestilla de frutas, porque place a Jehová que el humo perfumado de estas primicias de vuestras siembras, suba hasta él juntamente con vuestros pensamientos y deseos de vivir consagrados a su divino servicio, cumpliendo con los Diez Mandamientos de su Ley”. 
Debido a esto, los sacerdotes que eran esenios por sus convicciones, estaban en turno de uno o dos cada día, porque de lo contrario arruinaban el negocio de las bestias, lo cual era una grave amenaza para las arcas sacerdotales y para sus agentes intermediarios. 
En la época que diseñamos, en todo aquel numeroso cuerpo sacerdotal y levítico, sólo había catorce sacerdotes que eran esenios, o sea el número siete doble, y veintiún Levitas, el siete triplicado, que era una insignificancia, comparado con los centenares que formaban los Sacerdotes y Levitas del bando de los Doctores de bronce. 
Estas aclaraciones minuciosas y pesadas si se quiere, tienen por objeto que el lector sea dueño en absoluto, del escenario ideológico en que actuará Yhasua dentro de breve tiempo, o sea el que tardemos en relatar sus primeros acercamientos al Templo de Jerusalén.
A los cuarenta días de su nacimiento, estaba de turno en el servicio divino, el esenio Simeón de Betel y los Levitas: 
Ozni, Haper, Jezer y Nomuhel, para auxiliarle en su ministerio. Había asimismo otros sacerdotes y Levitas auxiliares en el turno de ese día, más escuchemos lo que había pasado en la casita de Elcana el tejedor, tres días antes. 
Era la medianoche y todos dormían. 
Sólo Myriam velaba, pues el gemido de su niño la había despertado, y luego de amamantarle continuaba meciéndole entre sus brazos, mientras le susurraba a media voz una suave canción de cuna: 
¡Duerme que velan tu sueño Los ángeles de Jehová!... 
Los angelitos que bordan De luces la inmensidad. 
¡Duerme que velan tu sueño Los ángeles de Jehová!... 
¡Y derraman en tu cuna Sus rosas blancas de paz! 
Duerme hasta que encienda el día Sus antorchas de rubí. 
Y se vayan las estrellas Por los mares de turquí. 
Manojillo de azucenas En el huerto de mi amor Duerme mi niño querido Hasta que despierte el sol. 
El Cristo-niño se quedó dormido profundamente. 
Myriam vio que una tibia nubecilla rosada lo envolvía como un pañal de gasas que ondulaban en torno a su delicado cuerpecito. 
Y de pronto una vaporosa imagen de sin igual belleza apareció de pie junto al lecho. 
Era un rubio adolescente con ojos de topacio que arrojaban suavísima luz. — 
¡Myriam!... –le dijo con una voz que parecía un susurro–. 
¿Me amas? ¿Quién eres tú que me haces esa pregunta?
El mismo que duerme sobre tus rodillas. 
¿Qué misterio es éste, Jehová bendito?
No es misterio, Myriam, sino la verdad. ¿Temes a la verdad? No, pero mi hijo es un niñito de un mes y tú eres un jovenzuelo... 
Y no comprendo lo que mis ojos ven. Myriam, la Bondad Divina te llevó al sacerdocio de la maternidad que te exigirá dolorosos sacrificios. 
De aquí a tres días te obliga la ley, a presentarte al templo para la purificación y para consagrarle a Jehová. 
“Ni la maternidad te ha manchado, ni yo necesito consagración de hombres, pues que antes de nacer de ti, ya estaba consagrado a la Divinidad. 
Mas, como es un rito que no ofende al Dios-Amor, irás como todas las madres, y tu holocausto será una pareja de tórtolas de las que venden en el atrio destinadas al sacrificio. 
Iréis a la segunda hora en que encontraréis en el altar de los perfumes, al sacerdote Simeón de Betel con cuatro Levitas. 
“Le dirás sencillamente estas palabras: “Mi niño es Yhasua, hijo de Yhosep y de Myriam”. “Él sabe lo que debe hacer”. 
Y la suave y dulce visión se inclinó sobre Myriam, cuya frente apenas rozó con sus labios sutiles; se dobló como una vara de lirios en flor sobre el cuerpecito dormido, y se esfumó suavemente en las sombras silenciosas y tibias de la alcoba. Todos dormían, y sólo Myriam velaba en la meditación del enigma que encerraba su hijo. 
Recordaba lo que las madres de los antiguos profetas habían visto y sentido, antes y después del nacimiento de sus hijos, según decía la tradición. Recordaba lo que le había dicho su parienta Ana Elhisabet, madre de Yohanán, nacido pocos meses antes de Yhasua: 
“Mi pecho salta de gozo por lo que en tu seno llevas”. 
“¿Qué sabes tú, mujer? 
“Salen de tu seno rayos de luz que envuelven toda la Tierra. Traes el fuego y no te quemas. Traes el agua y no te ahogas. Traes la fortaleza y llegas a mí, cansada. ¡Oh, Myriam! ¡Bendita tú, en el que viene contigo!
” Y encendiendo el candil, alumbró Myriam el rostro de su niño dormido. Estaba como siempre, pero esta vez sonreía. 
Y ella oprimiéndose con ambas manos el corazón porque palpitaba demasiado fuerte, murmuraba: “¡Cálmate, corazón, que tu tesoro no te será arrancado sin arrancarte la vida! “Duerme también, corazón, como duerme tu niño, que si es elegido de Jehová, él mismo será tu guardador. “Duerme corazón en la quietud de los justos, porque lo que Dios une, los hombres no lo separan”.
Y Myriam acostóse en el lecho, y con el niño en brazos durmió hasta el amanecer. 
Continua.....

LIBRO ARPAS ETERNAS (Josefa Rosalia Luque)



HA NACIDO UN PARVULITO
Capitulo VI
Volvamos a la serena quietud de Betlehem, la tranquila ciudad donde David el pastorcillo que Samuel, Profeta esenio, ungió rey de Israel... El rey de los salmos dolientes y gemebundos, cuando su corazón sincero comprendió que había pecado. Volvamos a la casita de Elcana el tejedor, en una de cuyas alcobas, se encontraban Myriam y Yhosep con su niño Divino..., ¡el Dios hecho hombre! Y la Ley nos da permiso para escuchar su conversación. Es ya muy entrada la noche y todos se han recogido en sus alcobas de reposo. Yhosep se despierta, porque siente que Myriam llora con sollozos contenidos, acaso para no llamar su atención. Enciende un candil, y se llega al lecho de Myriam a quien encuentra con el niño en brazos. 
¿Qué pasa, Myriam, que lloras así? ¿Está acaso enfermo el niño? —No –dice ella–. Él duerme. Mírale. —Y bien, si está tranquilito y duerme, ¿por qué lloras tú?
Mañana hará ocho días que nació. —Es verdad, ya lo he pensado y Elcana también. Ellos dos le llevarán a la Sinagoga a circuncidarle y yo me quedaré contigo. 
Myriam dio un gran gemido y sus sollozos se hicieron más hondos. Yhosep apenado hasta lo sumo, no acertaba con la causa de aquel dolor. 
Una voz me ha despertado en el sueño dijo por fin Myriam–, y esa voz me dijo: “Tu niño no será circuncidado”. — ¡Cómo podrá ser eso!, –exclamó Yhosep–. ¡Si es ley de Moisés, recibida por él mismo de Jehová! Cierto que este es un Profeta según todas las apariencias; pero todos nuestros Profetas creo que fueron sometidos a esa ley; ¿cómo podemos pecar contra la ley de Moisés? —Yhosep, siéntate aquí a mi lado y yo te explicaré lo que me ha acontecido. Yo me desperté porque la canastilla del niño estaba llena de luz y creí que eras tú que habías encendido el candil para velarle. Y entonces comprendí que no era luz de candil sino un suave resplandor que salía de mi niñito, y esta luz alumbraba los rostros venerables y hermosos de varios Ancianos de blancas vestiduras, que le contemplaban con inefable ternura. Por fin, viendo que yo les observaba, uno de ellos me dijo:“Mujer, quítate esa espina de tu corazón, porque tu hijo no será herido por el cuchillo del sacerdote. —“Es ley de Jehová –dije yo–. Y él añadió: —Ni es ley de Jehová, ni es ley de Moisés, sino de los hombres inconscientes que buscan la filiación divina en groseros ritos materiales. 
La filiación divina la tenemos todas las criaturas humanas, porque de Dios surgimos como una chispa de una hoguera. —“¿Quiénes sois vosotros que así me habláis? –les pregunté. —“Somos –me contestaron–, los depositarios de los libros de Moisés que, desde él hasta hoy, habitamos obscuras cavernas en agrestes montañas, para que la Divina Sabiduría traída por él no sea corrompida y borrada de la faz de la Tierra. 
Somos los Ancianos del gran Templo esenio de Moab, y en sueños te visitamos para advertirte la voluntad Divina. 
Y en prueba de ser esto cierto, mañana estará enfermo el Hazzan de la Sinagoga, Yhosep encontrará un sacerdote que viene de Jerusalén, Esdras, que es de nosotros y a quien acabamos de visitar, como a ti, para que venga a esta Sinagoga. Id a él poco antes de mediodía, y llevadle al niño que él sabe lo que ha de hacer”. Y dicho esto, desapareció el resplandor y los Ancianos. ¿Has oído, Yhosep? —Sí, Myriam, he oído y mucho temo que sea esto engaño de espíritu de tinieblas. 
¡Decir que la circuncisión no es ley de Jehová recibida por Moisés, grave es esta cuestión! —Por eso mi aflicción ha sido grande, y llevo mucho tiempo clamando al Señor con lágrimas para que dé luz a su sierva que quiere nada más que lo que Él quiere. — ¡Myriam!..., consuélate, que esto se esclarecerá mañana a la hora primera del día. 
Yo saldré al camino que viene de Jerusalén, y al primer sacerdote que llegue le preguntaré: ¿Eres tú Esdras, el sacerdote que Dios manda a Betlehem para circuncidar a un niño nacido hace ocho días? Y de su respuesta comprenderemos la voluntad de Dios. 
Y ocurrió tal como los Ancianos habían dicho. 
Y era Esdras un esenio del grado quinto que venía a Betlehem, avisado en sueños por los Ancianos de Moab, para evitar que fuera profanada la vestidura física del Avatar Divino con un rito grosero, impropio hasta de las bestias, cuanto más de seres dotados de inteligencia y de razón. 
Llevado el niño a la Sinagoga y estando enfermo el Hazzan encargado de ella, Esdras con Elcana y Sara realizaron los rituales de práctica, se anotó en el gran libro, el nombre del niño y de sus padres con la fecha de su nacimiento, pero no fue herido su cuerpo porque Esdras era un esenio avanzado y conocía todos los secretos del gran templo de Moab, o sea, los libros verdaderos de Moisés y toda la Divina Sabiduría, que es la Ley Eterna para los hombres de este planeta. 
Y como Myriam había dicho que el niño debía llamarse Yhasua (Jesús en castellano), y Esdras sabía también que así debía llamarse, tal nombre le fue impuesto, y Elcana y Sara volvieron con el niño a su morada, a donde esa tarde acudió también Esdras para sosegar el alma de Myriam, respecto de la visión que había tenido.Dime, Myriam le decía Esdras, si es que puedes recordarlo, ¿cómo era la investidura de los Ancianos que viste junto a la cuna de tu hijo?  ¡Oh..., los recuerdo bien, sí! –contestaba ella–. Tenían los cabellos y las barbas blancas y largas donde no había rastro de tijeras, ni navajas; llevaban las túnicas ajustadas con cordones de púrpura, sobre la frente una cinta blanca con siete estrellas de cinco puntas que resplandecían con viva luz. 
Y dime, ¿nunca viste uno de nuestros templos esenios del Monte Carmelo o del Monte Hermón? No..., aún no, porque Yhosep y yo somos esenios del primer grado y los terapeutas peregrinos que nos instruyen nos dicen que cuando hayamos subido al grado segundo, nos permitirán la entrada al Santuario esenio, que para nosotros está en el Monte Tabor o en Monte Carmelo.  ¿Cuánto tiempo lleváis en grado primero? Yhosep mi marido hace ya siete años, que juntos ingresaron con su esposa primera Débora; pero yo sumergí el rostro en el agua santa a mi salida del Templo de Jerusalén, cuando me desposé con Yhosep, hace diecisiete meses. Cuando volváis a vuestra casita de Nazareth y sea el niño más crecidito y fuerte, subiréis juntamente conmigo al templo esenio del Monte Tabor, y allí podrás ver algunos Ancianos tal como los que viste en tu sueño. Myriam le miraba con sus grandes ojos dulces, como avellanas mojadas de rocío..., miradas en las cuales se transparentaba el oleaje ininterrumpido de sus emociones más íntimas, que asomaban a sus pupilas y que parecían asomar a sus labios, pero que ella guardaba siempre como si temiera que se evaporasen al salir al exterior. 
Más por fin, todas ellas se condensaron en esta sencilla interrogación. Pero..., ¿quién es este niño que me ha nacido? — ¿Que quién es este niño? ¡Mujer bienaventurada por los siglos de los siglos!, –exclamó el sacerdote esenio, que si era doctor de la Ley en el Templo de Jerusalén por su descendencia de antigua familia sacerdotal, más era esenio por convicción, por educación, por íntima afinidad con la sabiduría esenia transmitida de su madre. 
 ¡Mujer bienaventurada! Este niño, es la Luz Increada hecha hombre, es el Amor Divino hecho carne; es la Misericordia infinita hecha corazón humano. 
¡Es un Cristo-hombre! ¿Comprendes Myriam?... 
Yo sólo sé y comprendo que es mi hijo; que es un pedazo de mi propia vida, que este cuerpecito de leche y rosas se fue formando poco a poco dentro de mi seno, donde se ha ocultado nueve meses, y que al llegar al mundo exterior, aún necesita de que yo le dé vida con la savia de mi propia vida. ¡Es mi hijo!..., ¡es mío!..., ¡más mío que de nadie!, ¡él vive de mí y yo vivo..., vivo para él! 
El esenio Esdras, comprendió que la inmensa ternura maternal de Myriam no le permitiría comprender sin alarmas y sobresaltos la grande y sobrehumana idea de un Hijo que era Dios. 
¿Cómo asimilaría esta tiernísima madre apenas salida de la adolescencia, la suprema verdad, ni la estupenda grandeza espiritual de su hijo, que por ser lo que era podía bien calificarse de un don hecho por la Bondad Divina a toda la humanidad terrestre? ¿Cómo podría ella comprender la tremenda inmolación de su nombre de Madre en el altar del Amor Eterno?, que un día le diría con la voz inmutable de acontecimientos sucedidos: “Toda la humanidad delincuente puede decir como tú, Myriam:  ¡Es mío!..., ¡vive por mí y yo vivo por él!... Diríase que en los más recónditos senos de su Yo íntimo, Myriam presentía el futuro, sin tener noción ni idea del divino arcano que tenía su cumplimiento y su realización en el plano físico terrestre, en cuanto al hijo que acababa de nacerle. Y de ahí la secreta alarma que la hacía pronunciar siempre y de improviso estas mismas palabras: “Es mío más que de nadie. 
Es mi hijo, y él vive de la savia de mi vida, y yo vivo para él”. 
A veces añadía: — ¿Por qué vienen tantas gentes a verle? 
¿No es acaso un niño como los demás? “Los sacerdotes de Jerusalén se ocultan para venir a verle y dicen: “No digáis que estuvimos a ver a este niño. No reveléis a nadie lo acontecido antes y después de su nacimiento. ¡No sea que obstaculice la ignorancia de los hombres, el cumplimiento de los designios divinos!...” “¡Me espanta todo este enigma que hay alrededor del hijo de mis entrañas! ¿Qué ven las gentes en él?..., ¿qué ven? ¡Yo sólo una cosa veo: que es el tesoro que Dios me da..., que es lo más hermoso que hay para mí sobre la Tierra!... 
¡Que será lo más santo y lo más bueno de la Tierra porque yo lo he ofrecido a Dios para que él sea todo suyo!..., porque siendo de él, es mío, puesto que Dios me lo ha dado. ¡Sólo Dios Padre Universal puede ser dueño de mi hijo sin arrancarlo a mi cariño!... Una especie de delirio febril iba apoderándose de Myriam a medida que hablaba, y sus palabras dejaban traslucir el temor de que su hijo le fuese arrancado de sus brazos como consecuencia del gran interés y entusiasmo que su nacimiento despertaba. 
Y Esdras le decía: Sí, Myriam, hija mía, cálmate, es tuyo, Dios te lo ha dado y porque te lo ha dado eres bienaventurada por los siglos de los siglos. Las gentes que conocen la grandeza espiritual de tu hijo, sienten el afán de verle, de tocarle, pero nadie piensa en arrancarlo de ti, Myriam, vive tranquila que su llegada significa para ti la bendición divina.
Hizo grandes recomendaciones a Elcana y a Yhosep referente al cuidado del niño, y les dijo que en todo cuanto les ocurriera, dieran aviso a los terapeutas peregrinos para que fuera remediado de inmediato. 
Luego volvió al Templo de Jerusalén rebosante su alma de consuelo y de esperanza, porque había visto cumplida la promesa de Jehová a Moisés en la cumbre de Pisga:
“Toda esa tierra que ves, desde este Monte hasta la Mar Grande será la heredad de Israel, mas tú no entrarás en ella en esta hora, en que habrá muerte y desolación, guerra y devastaciones. Pisarás esa tierra en la hora de tu victoria final, cuando habrás vencido al mal que atormenta a la humanidad del planeta”. 
Y Esdras el esenio del grado quinto, anduvo esa noche como un fantasma por el pórtico de los Sacerdotes para departir con Nehemías, Habacuc y Eleazar, sacerdotes y esenios como él, sobre el cumplimiento de la escritura profética de Moisés.
¿Qué no dieran ellos por encontrarse en el Gran Santuario de Moab en medio de los Ancianos Maestros, en esos momentos solemnes para la Fraternidad Esenia, que sería la madre espiritual del Avatar Divino encarnado en medio de la humanidad? 
Mas, la Ley Eterna les había confiado la misión de salvaguardar los ideales religiosos de los verdaderos servidores de Dios, la interpretación fiel de la Ley Divina, o sea los Diez Mandamientos de las Sagradas Tablas, que era lo único de cuanto dijo Moisés que no había sido adulterado, desvirtuado o interpretado equivocadamente. 
Ellos veían con dolor la profanación horrible que se había hecho siglo tras siglo de las Escrituras de Moisés, sobre todo de los Libros llamados Levítico y Deuteronomio, donde no sólo se encuentran a cada paso formidables contradicciones con los Diez Mandamientos de la Ley Divina, sino que se hace alarde de una ferocidad inaudita, donde se incita a la venganza, al crimen, al incendio, a la devastación de pueblos y ciudades que quisieran los hebreos conquistar para sí. 
Y todo esto, con la aseveración antepuesta: 
“Y dijo Dios a Moisés”, para que lo transmitiera a Israel... 
Y aquí los mandatos de arrasar pueblos, ciudades, sin dejar uno vivo (*palabras textuales), ni a los hombres ni a las mujeres ni a los niños. Y ese Dios había hablado a Moisés en el Monte Horeb para hacerle grabar en piedra sus Diez Mandamientos, entre los cuales hay dos, el primero y el quinto que dicen: “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. 
Y el quinto que dice: “No matarás”. Y en estas adulteraciones de los libros de Moisés tenía origen la persecución a los verdaderos y fieles discípulos del gran Legislador, que habíanse visto obligados a ocultarse en las cavernas de los montes, o a vivir de incógnito en las Sinagogas y en el Templo, aun con grave riesgo de ser descubiertos y pagar con la vida la ilusión hermosa de reconstruir la obra espiritual de Moisés. 
Todos los esenios que se permitieron alimentar este sueño, habían sido condenados a muerte, acusados de innovadores, hechiceros, de perturbadores del orden, de sacrílegos, entre ellos el más audaz de todos: Hillel, esenio del grado sexto que sin importarle de su vida, recorrió la Palestina hablando en calles y plazas de la verdadera doctrina de Moisés. 
Esto ocurrió cincuenta años antes del nacimiento de Yhasua.
Y llegó Yohanán el Bautista que como un vendaval de fuego sagrado, quiso llevar a Israel a la verdadera doctrina de Moisés, basado en la pureza y santidad de la vida, no en el exorbitante número de sacrificios sangrientos que hacían del Templo de Dios y Casa de Oración, un inmundo matadero, donde corría la sangre por altares y pavimentos, y manchaba de rojo las blancas vestiduras sacerdotales y los velos de las vírgenes y las viudas que cantaban las alabanzas de Jehová. 
Y porque el Templo había sido profanado, Yohanán llevó las gentes a las orillas del Jordán, bajo la luz serena de los Astros, bajo la sombra de los árboles, a la vera de las aguas puras y cristalinas del río, para que aquel pueblo encontrara de nuevo al Dios de Moisés, en la belleza sublime de todas sus obras en las cuales debía amarle sobre todas las cosas... Y la cabeza de Yohanán el Bautista, el esenio de grado séptimo, cayó en la obscuridad de una mazmorra, y su muerte fue inculpada por unos, a venganza de Herodías que había abandonado a su marido que no era rey, para unirse ilícitamente con su cuñado que era rey. 
Por otros al apasionado amor de la jovencita Salomé que ganó por medio de una danza, el derecho de pedir al rey lo que quisiera..., y por insinuación de su madre Herodías, pidió la cabeza de Yohanán el Bautista. 
Tal fue lo sucedido, pero la verdadera historia dice, que la sentencia de muerte del Bautista fue pedida por los Doctores de la Ley y el Sumo Sacerdote porque vieron que el Templo se quedaba sin matanza para los sacrificios, y los mercaderes, agentes de lucro de los sacerdotes, se quejaban de las escasas ventas realizadas, desde que un impostor vestido de cilicio y piel de camello, decía al pueblo que la purificación debía nacer de su propio interior, mediante el esfuerzo y la voluntad de mejoramiento espiritual, y no por matar un toro, un cordero, una ternera, y regar el altar de Dios con su sangre, y quemar después las carnes palpitantes y tibias de la víctima. 
Y los esenios en sus secretas e íntimas conversaciones de entonces, decían: “He aquí que la mayoría de esta humanidad había merecido ser llevada a las Moradas de Tinieblas, para volver al no ser y comenzar de nuevo su evolución desde el grano de arena o el átomo de polvo que se lleva el viento por la espantosa adulteración y desprecio de la Ley Divina traída por Moisés... Centenares de sus discípulos habían encontrado la muerte en la defensa de su doctrina sin haber conseguido nada.
Continua....
 
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