jueves, 31 de marzo de 2016

Libro Despertar La clave para volvernos más humanos (Julio Andres Pagano)


LA BUSQUEDA
Capitulo- 1 (Octavo Escrito)
Recuerdo de un pasado tormentoso
Para aprovechar el hermoso día, fui con la mujer y un guía hasta el cerro El Colchiquí. Había algo que me atraía sobremanera de ese lugar y como había aprendido a seguir mis sensaciones internas quise llegar hasta la cima. Costó subir, pero a medida que ascendíamos el paisaje era cada vez más bello. 
Metros antes de llegar hasta la parte más alta, me detuve sobre una ladera y comenté: “Miren lo que sería caerse desde acá”. 
La mujer decidió que en ese lugar se quedaría descansando, así que con el guía subimos hasta el pico del cerro. 
El 25 de mayo amaneció radiante. 
Nos preparamos bien temprano para salir. 
Instantes antes de subirnos a la camioneta, impulsado por una inquietante duda interna se me ocurrió preguntarle a la mujer: “Decime la verdad, en otra vida me porté muy mal, ¿no?”. 
Su respuesta, acompañada por una fría mirada, confirmó mi intuición. “Sí, te portaste muy mal, pero mejor no te cuento”. 
No podía cargar con tremenda inquietud, así que le pedí que me hiciera el favor de contarme. Tras asegurarse de que realmente quería saberlo, me explicó: “Mientras subías el último tramo del cerro El Colchiquí, vi que en otra vida fuiste un soldado raso español, que corría por la montaña matando indios y violando mujeres. 
Y por querer someter a una joven india te caíste y moriste, junto con otros soldados, en el mismo despeñadero que ayer te causó tanta impresión”.
Era una revelación demasiado impactante. Sobre todo para recibirla a las 8 de la mañana. Unos minutos más tarde, cuando nos dirigíamos al sitio donde por la noche teníamos que acampar, les dije que tenía que compartir algo con ellos. 
Me costó hilvanar las primeras frases. Sentí pudor por lo que estaba punto de manifestar: “Quiero decirles que aunque parezca una verdadera insensatez lo que me acaba de decir, hay tres cosas que hacen que tenga que dar crédito a sus palabras. 
La primera es que siempre sentí afinidad con España, al extremo que estuve a punto de irme a vivir a ese país. 
La segunda es que siempre le tuve pánico a las alturas; y según el reconocido psiquiatra estadounidense Brain Weiss, en uno de sus libros señala que las fobias están relacionadas con maneras traumáticas de morir en vidas pasadas. 
Y la tercera y última, y esto es algo que nunca me animé a contarle a absolutamente a nadie, porque me parecía un disparate tremendo, internamente sentía que fui un violador”. Luego de escuchar en silencio lo que les manifesté, la mujer agradeció mi sinceridad y se largó a llorar. 
“No saben lo difícil que es para mí dar crédito a lo que puedo ver. Por eso las palabras de Julio me hacen llorar tanto, ya que confirman que las cosas que me muestran son ciertas.
 No crean que yo no dudo sobre lo que canalizo. Soy humana como ustedes”, acotó. Para intentar cambiar el clima, empezaron las bromas y las cargadas. Esa era siempre la mejor manera que encontrábamos para salir de las situaciones emocionalmente comprometidas. 
Al llegar al sitio donde vivía Miguel, nos enteramos de que ese día era el cumpleaños del Padre Pío. 
Rezamos una oración todos juntos y le pedimos que nos protegiera mientras estuviésemos acampando en el cerro. Fernando se sumó al grupo. Dejamos la camioneta estacionada y desde lo de Miguel salimos caminando con las mochilas. 
El Pajarillo quedaba justo frente a su casa. Nos esperaban dos largas horas de caminata a través de terreno sin demarcar y arbustos con espinas.
Al llegar a la cima, armamos la carpa. Buscamos leña para hacer fuego. Luego vino lo mejor. Nos sentamos a contemplar el majestuoso paisaje que nos rodeaba, sin ningún tipo de preocupaciones. 
Gabriel, Alejandro, Fernando y yo estábamos a punto de quedarnos dormidos al sol, cuando la mujer nos llamó para que nos juntásemos a rezar el rosario. Rezongamos un poco, pero accedimos. Nos sentamos, en forma de cruz, tal como lo había canalizado. Estábamos por terminar el tercer misterio, cuando su voz se silenció por un instante, me miró fijamente y dijo:
 “Julio, frente a vos hay un jefe indio a caballo, que lleva el torso descubierto y tiene en su mano una lanza, con la que te está apuntando. Me dice si estás dispuesto a dar una prueba de tu arrepentimiento, por lo que le hiciste a su gente”. Quedé mudo. No sabía qué decir. Por la mañana había reconocido que, de acuerdo con mis sensaciones más secretas, tal vez fuese cierto que en otra vida fui un soldado español. Pero de ahí a sentir culpa y tener que hacer algo para enmendar el supuesto error, había una distancia sideral. 
Así que dudé y seguí sin emitir sonido alguno. “Julio –insistió, con vehemencia, la mujer–, te recuerdo que te está apuntando con una lanza y quiere que le respondas”. Por más que no divisaba al aborigen, el tono grave de sus palabras hizo que le dijera que sí. “Me dice que tenés que tallar, en madera, algo que manifieste tu arrepentimiento y colocarlo en el lugar desde donde caíste persiguiendo a su gente”, precisó. Ni bien transmitió su mensaje, el indio se retiró y continuamos rezando. 
Una vez que completamos el rosario y nos pudimos distender, Alejandro mencionó que también lo había visto y confirmó que era tal cual la mujer lo describió. Sus palabras me estremecieron. Cuando oscureció, el viento empezó a soplar muy fuerte y la temperatura estuvo por debajo de cero grado. Tanto temblaba que aprendí a tomar mate a la fuerza. Necesitaba calentar mi cuerpo.
A medianoche volvimos a rezar el rosario. 
La canalización marcaba que lo debíamos hacer cuatro veces. Nos sentamos los cinco en el interior de la carpa. Estábamos por concluir el segundo misterio. Repentinamente, el perro que nos había acompañado (el mismo que en la piedra lamió mi frente) empezó a torear intensamente. 
“No se alarmen –sostuvo Alejandro–. Se están presentando los espíritus de los indios, simplemente nos vienen a observar”.
 Se escuchaban pasos a nuestro alrededor. El perro realmente ladraba como si estuviese viendo lo que pasaba. 
Cuando se serenó, terminamos de rezar. Sabía que esa noche me resultaría difícil dormir. La única forma de sobrellevar el frío era sentarse lo más cerca posible del fogón, bien abrigado, sin abandonar el mate ni el té. Cuando la mujer se fue a la carpa, para intentar descansar, los chicos me pidieron que les pasara agua para calentar. Estaba todo tan oscuro, que les di la primera botella que tuve al alcance de mi mano.
Permanecimos en vela durante toda la noche. Poder contemplar la salida del sol fue fantástico. Nos dio ánimo. 
Estábamos cansados. Aún nos faltaba rezar el último rosario. Realizamos luego un pequeño ritual de agradecimiento, y la mujer nos pidió que le alcanzáramos la botellita de plástico, color verde, que contenía agua bendita de San Nicolás. 
Nos miramos entre los cuatro varones y comenzamos a reírnos sin parar. La mujer no entendía nada. 
Como pudimos, le explicamos que el agua que buscaba la habíamos usado en la madrugada, por error, para tomar mate. Una vez que dejamos de reírnos y hacer bromas con que nos habíamos purificado, al beber agua bendita, nos sentamos sobre una piedra para rezar por última vez. Mientras pronunciaba el Padre Nuestro, me llamó la atención la presencia de abejas y una mariposa blanca. De pronto la mujer anunció que estaba presente un arcángel, que al instante dio paso a la Virgen María.
Por su intermedio, la Virgen nos preguntó a cada uno si estábamos dispuestos a convertirnos en soldados de Cristo. 
A medida que mencionó nuestros nombres, aceptamos. 
El cansancio, sumado a que no era muy partidario de andar rezando rosarios y que no veía nada de lo que la mujer nos estaba diciendo, hacía que no tomara muy en serio sus palabras. También estaba molesto por tener que confiar en cosas que no podía ver ni escuchar. “La Virgen María se está retirando y ahora aparece bajo distintas advocaciones”, narró la mujer. 
“Julio, la Virgen de San Nicolás está parada frente tuyo”. 
No terminó de decir la frase, cuando sentí que dos bolas de energía comenzaban a girar a toda velocidad sobre las palmas de mis manos”. No lo podía creer. Miré mis manos y me las acerqué al rostro. No veía absolutamente nada, pero sentía que las esferas no paraban de girar. La sensación física, en relación con el peso, era como estar sosteniendo dos bolas de madera –como las que se tiran en el juego de bochas– que se movían a una velocidad impresionante. 
La experiencia duró cerca de quince segundos. No recuerdo qué fue lo que me dijo la canalizadora. Sólo tengo presente cuánto me impactó lo sucedido, porque minutos antes estaba fastidiado por no ver ni escuchar nada de lo que la mujer decía presenciar. Sin embargo pude sentir la energía de la Virgen. 
Una vez más dudé y nuevamente tuve una prueba contundente ante mi falta de fe. Sé que la mujer siguió recibiendo mensajes para el resto, pero había quedado tan absorto con lo que me pasó que ni siquiera hice el esfuerzo por registrar nada más.
Ingreso a la ciudad intraterrena
Al finalizar el último rosario intentamos relajarnos. Mientras intercambiábamos nuestras experiencias, Alejandro comentó que no comprendía el sentido de la canalización y se quedó mirando el suelo. Como sabíamos que generalmente era de permanecer callado, continuamos hablando entre nosotros. 
Su letargo se rompió con una revelación extraordinaria: “No puede ser –dijo exaltado–. Acabo de entrar. Entré, fue increíble”. Ninguno de los cuatro entendía de qué estaba hablando, así que le pedimos que nos explicara qué era lo que le pasaba. 
“Estaba mirando esa piedra de cinco puntas y de pronto sentí que la montaña me tragó. Pude ver una gran cúpula central, que estaba iluminada con algún tipo de energía que desconozco. 
La cúpula estaba atravesada por dos grandes diagonales, que parecían ser calles, las cuales marcaban, con exactitud, los cuatro puntos cardinales. También había cúpulas más pequeñas, que parecían casas. De golpe aparecí acá, con ustedes. 
Fue mágico”. Sus palabras estaban cargas de excitación y también de felicidad. Para su tranquilidad, Fernando le explicó que acababa de entrar a la ciudad intraterrena llamada ERKS. 
“Lo que nos contás –puntualizó– es similar a varios de los relatos que escuché de algunas personas que estuvieron en Capilla del Monte”. Gabriel, el otro lugareño que acampó con nosotros, también le aportó serenidad. Le indicó que no se preocupara. 
“No te aflijas porque no estuviste alucinando, es absolutamente real. Lo que pasa es que la gran mayoría de las personas no cree en su existencia”. Mientras recapitulábamos lo ocurrido, nos dimos cuenta de que estuvo en dos lugares al mismo tiempo. 
Su sensación fue que ingresó físicamente a la montaña, de manera vertiginosa. Sin embargo, nosotros lo vimos en todo momento parado a nuestro lado, mirando fijamente el suelo rocoso. 
Antes de subir a El Pajarillo, Alejandro no creía en las ciudades intraterrenas. “Es imposible que existan”, afirmaba. Su fenomenal vivencia, ratificada por los testimonios que posteriormente encontró en Internet y en varios libros, hizo que modificara su punto de vista. Ya no era una cuestión de creer o no creer en que pudiesen existir, él sabía.
Y cuando uno sabe, las creencias se evaporan bajo el ardiente sol de la certeza. 
Alrededor del mediodía consideramos que era hora de juntar la carpa y las mochilas, para empezar a descender del cerro. 
Lo vivido fue tan movilizante que, prácticamente, no hablamos durante el descenso. Además, el majestuoso paisaje invitaba a la introspección. Al bajar esbocé una sonrisa. Rememoré lo que le había pasado a mi amigo en su ojo y las palabras de la mujer: 
“Su ser interno sabe que algo está por suceder y se niega a verlo”. También asocié lo acontecido con el sueño lúcido. 
Llegué al parador de Miguel demasiado agotado. Fui el primero en hablar con él. Sus palabras me cayeron como un baldazo de agua helada: “¿Y, cómo les fue en el cerro? ¿Se encontraron con el indio?”. “¿Cómo dijo?”, le cuestioné asombrado, creyendo que había escuchado mal. “Pregunté si se encontraron con el indio que custodia estos cerros –aclaró–.
 Anda a caballo, tiene el torso descubierto y porta una lanza”. 
Era muy fuerte escuchar sus palabras. 
Una cosa era haberlo vivido en la cima de El Pajarillo y suponer que podría tratarse de alguna especie de delirio colectivo. 
Otra, muy diferente, era caminar por más de dos horas para que alguien me preguntase, con cierto aire inocente, si había estado con el indio. Ante mi insistencia por conocer más detalles, Miguel especificó: “Al indio sólo lo vi una vez, pero siempre puedo sentir su presencia. No se trata de una persona física, sino que está en forma etérica”. Terminé de escucharlo y me senté. Del susto, mis piernas comenzaron a debilitarse. Aquello que había vivido en la cima del cerro era verdad. No me quedaron dudas de que, por más que no tenía ni idea cómo hacerlo, ni bien pudiese me pondría a tallar algo que representara mi arrepentimiento por matar a los indios.
Al llegar la noche, me caía de sueño. Nos fuimos a descansar. Debíamos retornar a Olavarría al día siguiente y tenía que estar distendido para poder manejar. Por la mañana, bien temprano, acomodamos nuestros bolsos en la parte trasera de la camioneta. Saludamos a todos con un fuerte abrazo y nos pusimos en marcha. A las pocas cuadras, nos pusimos a intercambiar opiniones sobre lo vivido. Ese tipo de ejercicio mental nos daba la posibilidad de mirar lo sucedido en distintas perspectivas, nos ayudaba a captar detalles que se nos habían pasado por alto y, fundamentalmente, nos brindaba enseñanzas adicionales. 
De esa manera, la extensa distancia que teníamos que recorrer se nos hacía más entretenida. La charla nos permitió acordar que teníamos la impresión de que las canalizaciones se estaban presentando como un nuevo sistema de enseñanza sincrónico, de carácter multidimensional, que requería nuestro máximo esfuerzo para su decodificación, asimilación y posterior puesta en práctica. También pudimos encontrar la respuesta a por qué era necesario desplazarse. Comprendimos que, de no habernos movido físicamente, hubiese sido imposible que todo ese marco –es decir, el cerro, las personas, la ciudad de Capilla del Monte, la energía de las montañas, etc. – se moviese hasta donde residíamos nosotros. 
“Movernos externamente también ayuda a generar movimientos internos”, recalcó Alejandro, para cerrar ese punto de la charla. Creímos que, tal vez, debíamos empezar a registrar, en forma escrita, las señales que fuésemos recibiendo, aunque inicialmente pudieran parecernos muy disparatadas. 
Porque luego terminaban convirtiéndose en piezas que encajaban y cobraban sentido. 
Mientras pensábamos e intercambiábamos sensaciones estábamos serios. 
Al darnos cuenta que lo que nos sucedía superaba, holgadamente, los argumentos de la ciencia–ficción, comenzamos a reírnos.
Acordamos que, en el caso de que termináramos haciendo un film sobre lo vivido, la película se llamaría “Locura Mística”. 
En medio de tanta risa, comentamos que, con todo lo que nos estaba tocando vivenciar, podríamos hacer una zaga, en donde películas como “El señor de los anillos” y “Harry Potter” parecerían cuentos infantiles. 
“Se me ocurrió una idea –le dije–, tendríamos que traer a los viajes una filmadora. De esa manera, cuando la película se edite, le podríamos entremezclar imágenes que le darían un realismo tremendo”. Cansados de reírnos, dejamos los delirios de lado y nos quedamos en silencio por un buen trecho. 
Como nos habían recomendado que tratáramos de mantenernos en oración, intentamos rezar un rosario. Nunca lo habíamos hecho solos. En medio de un padrenuestro, al mejor estilo de la mujer, hice una pausa y le dije muy serio: “Me están diciendo que…”. Alejandro se sorprendió muchísimo, porque pensó que estaba canalizando en serio y lloramos de risa. 
Había que recurrir al humor. Teníamos que distendernos. Todavía quedaba una tarea muy áspera, explicarles a nuestros familiares lo que había pasado, sin despertarles el deseo de internarnos en algún neuropsiquiátrico para toda la vida. 
Antes de que llegáramos a Olavarría, Alejandro me manifestó que no hablaría a menos que le preguntaran. “De todos modos no nos van a entender. Esto es creíble sólo para nosotros porque fuimos testigos de cada una de las cosas que pasaron y sabemos que fueron ciertas. Pero si lo contamos, nos van a empezar a mirar mal, porque esto rompe con lo establecido y la gente lo único que quiere es seguridad. No pretenden que le cambien la manera que tienen de entender la realidad. 
Eso los desequilibra y les produce miedo”. Sus palabras estaban en lo cierto. Me di cuenta tarde. No pude con mi genio e intenté contarle a cuanta persona se me cruzó lo que nos había pasado. Sentía que tenía que compartir lo que sabía. No me lo podía guardar. Creí que los demás tenían derecho a conocer. Pero ésa era sólo mi creencia. Comprobé que, generalmente, las personas tienen pavor de enfrentar lo desconocido y para proteger sus opiniones desacreditan la de los demás. 
Faltaba poco más de una semana para afrontar una nueva canalización y tenía el ánimo por el suelo. Estaba confundido y asustado. Sabía que someterme a otra nueva experiencia, en tan corto tiempo, podía resultar aún más desestabilizante. 
Además estaría solo. Serían siete días en un monasterio, sin saber para qué. Internamente era un caos. Por más que quería largar todo y ponerme a hacer cosas comunes y terrenales que me enraizaran, no podía. Tenía que seguir. Quería averiguar por qué se estaba desplegando frente a mis ojos esta nueva realidad. Además, la señal que en su momento pedí para ver si tenía que ir con los monjes fue tan clara, tan contundente, que no podía hacerme el desentendido. Buena parte de mi confusión radicaba en mi incapacidad por establecer una conexión lógica entre las vivencias. Situar a la Virgen, los espíritus de los indios y los seres de la ciudad intraterrena en un mismo plano, parecía un auténtico cambalache. 
Una película mal editada. Tenía que existir un error. 
Me tranquilizaba el simple hecho de pensar que podría hablar con algún monje. Seguramente, alguno de ellos podría ayudarme a clarificar la situación. Mi único consuelo era saber que, aunque los demás pudiesen mirarme con desconfianza, siempre fui honesto conmigo mismo. Analizar cada situación desde los más diversos ángulos y someterlas a juicio crítico, sin piedad, me garantizaba poner siempre lo máximo de mí para no engañarme. Quería saber la verdad. No estaba interesado en comprar espejitos de colores.
Continuara....

Libro Despertar La clave para volvernos más humanos (Julio Andres Pagano)


LA BUSQUEDA
Capitulo- 1 (Septimo Escrito)
Alejandro siempre fue por demás reservado en sus cuestiones personales. Pese a ello, en una de las tantas corridas que realizamos por las tardes, me hizo una singular confesión: “Desde chico se me presenta la Virgen de Guadalupe y hablo con ella. Nunca se lo conté a nadie por temor a que digan que estaba loco. Ahora que vos viste a la Virgen de San Nicolás, te lo cuento. Sé que me vas a poder entender”. No tuve mejor respuesta que hacerle una pregunta: “Si alguno estuviese escuchando nuestra conversación y supiera lo que estamos haciendo, ¿cómo creés que nos tildaría?”. Su respuesta fue categórica, “diría que estamos locos”. Nos miramos y nos pusimos a reír a carcajada limpia. 
El humor es el mejor remedio para distenderse. 
Esa tarde llamé por teléfono al Monasterio Trapense de Azul. 
Me atendió un monje con acento extranjero. Su hablar era sereno. Le informé que llamaba para hacer un retiro y me pasó con otro monje, que estaba encargado de agendar las visitas. Cuando le comenté que tenía que ir durante siete días al monasterio, me respondió que los laicos sólo podían permanecer cuatro días. No sé cómo, pero me animé y le dije: “Espero que no lo tome a mal, ni piense que tengo problemas psicológicos, pero debo estar siete días porque así me lo comunicaron a través de una canalización y además… hace algunos días vi a la Virgen María”. Imaginé que me cortaría, sin embargo me respondió que aguardara. “Hago una excepción –me aclaró–, venga del 8 al 15 de junio”. Respiré aliviado. Le agradecí y anoté la fecha. 
Mientras lo hacía, comprobé que la agenda se empezaba a cargar. En abril había estado en Necochea y en San Nicolás, en mayo iría nuevamente a Córdoba y al mes siguiente viajaría al monasterio. Las canalizaciones estaban acupando la mayor parte de mi tiempo, así que decidí postergar la planificación y el desarrollo del parque temático, hasta que estuviese más aliviado. 
Después de todo, como fue la intención de concretar ese mismo proyecto lo que hizo que la mujer que canalizaba se cruzara en mi camino, supuse que lo que estaba viviendo se interrelacionaba de algún modo que todavía no lograba vislumbrar. 
Posiblemente, a esta altura de los relatos, algunos lectores se preguntarán cómo hacía para disponer de tantos días libres y de qué manera financiaba mis viajes. La respuesta es simple.
 Al fallecer mi padre, cada uno de los miembros de la familia cobró su parte de la herencia. En mi caso, consideré que la mejor manera de invertir el dinero era estudiando y “trabajando”, pero no de manera tradicional, sino trabajando sobre mí. 
Es decir, haciendo todo lo posible para despertar mi conciencia adormecida. Si lograba hacerlo, descubriría la manera de sentirme pleno donde fuese que el destino me llevara. 
Con tantas canalizaciones, la relación con mi esposa no pasaba por su mejor momento. Según ella, me había metido en cosas extrañas que no conducían a nada, excepto directamente a un instituto psiquiátrico. Era evidente que no le cerraba la idea de que viajara con la mujer. Sus fantasías le hacían suponer que, tal vez, tuviese algún otro tipo de interés. 
No le bastaba con saber que se trataba de una persona grande, que tenía dos hijos adultos. Tampoco la quería conocer: “Yo no quiero que me diga nada, mi vida está bien así como está”, me dijo. Una semana antes de ir a Córdoba tuve un sueño bastante particular, que luego se relacionó con lo que sucedió en el viaje. Recuerdo que en el sueño entré a una montaña, a toda velocidad, por medio de un carro minero. 
Por más que la sensación de aceleración me asustó, agradecí poder ingresar. Conducía una mujer cuyo rostro no pude ver. Cuando el carro se detuvo, me pusieron frente a inscripciones que no entendía. Recién ahí me di cuenta de que Alejandro estaba a mi lado. El tenía la habilidad de conectarse con las escrituras, en forma telepática. Su cuerpo se movía de manera rara. 
Parecía fluir con la energía que recibía. 
Como no lograba descifrar nada de lo que tenía frente a mis ojos, le dije a la mujer si me podía dar una copia para llevar.
Me explicó que eso era algo imposible. A todo esto, la primera
lámina de los grabados se corrió hacia delante y por debajo se encontraban más inscripciones. También había códigos y un dibujo dorado de una silueta humana, con un nombre: Hermes. Sin que me diera cuenta, me encontré fuera de la montaña, parado en la cima, sobre una piedra. 
Un hombre me dijo que no se trataba de una simple piedra. Apretó un botón y ella se desplazó, dejando ver una escalera que descendía hacia el interior de la montaña. Fue la primera vez que tuve un sueño tan lúcido. Sentí que era por demás real. 
Cuando desperté, me llevó algunos minutos entender que sólo fue un sueño. Alejandro se sonrió cuando le conté. Sabíamos que, a veces, los sueños son conductores de mensajes. 
El 22 de mayo, con cierta sensación de malestar interno porque en mi casa las cosas no marchaban como hubiese preferido, emprendí el viaje a Capilla del Monte (Córdoba), junto con Alejandro y la mujer que canalizaba. Siempre los viajes eran buenos porque generaban un clima especial para poder dialogar. Mi rol de conductor hacía que me concentrara en lo que escuchaba, para no descuidar el camino. Eso me ayudaba a agudizar el sentido del oído. Me venía bien. Estaba demasiado polarizado en el canal visual. 
Generalmente se desarrollaba el mismo esquema. Alejandro comenzaba el viaje expresando las cosas que le disgustaban. 
La mujer que canalizaba le daba su parecer y luego entraba en escena yo, tratando de conciliar las posturas. Sus conocimientos en psicología, así como su aguda racionalidad, llevaban a Alejandro a dar por tierra muchas de las cosas planteadas por la mujer. El no creía en las ciudades intraterrenas, como tampoco en la necesidad de tener que movilizarse tantos kilómetros sin un propósito coherente. 
Las vivencias de ese viaje lo llevarían a cambiar de opinión. 
Tal y como se nos había dicho, la primera parada la hicimos en Villa Giardino. Nuevamente me encontré con Irma, la guardiana de la capilla jesuita. Los cuatro nos pusimos a rezar en el interior del templo, frente al sitio en donde estuvo entronada la imagen robada de la Virgen de Nuestra Señora de la Merced. 
En medio de las oraciones, la mujer que canalizaba recibió un mensaje de la Virgen: “Me está diciendo que su imagen será encontrada luego de tres días de peregrinación por los cerros, a partir del 25 de octubre y que las personas que participen de la búsqueda recibirán mensajes individuales”. 
Por su intermedio, la Virgen nos preguntó a cada uno de nosotros si estábamos dispuestos a recuperar su imagen. No lo dudamos. El marco era por demás emotivo y se trataba de una causa justa. Los nombres de los demás integrantes que conformarían el grupo que buscaría la estatuilla le serían revelados, posteriormente, en sucesivas canalizaciones. Por lo atípico de la situación, resultaba difícil saber dónde estábamos parados. Cuando nos fuimos, miré a Irma por el espejo retrovisor de la camioneta. 
Su rostro, humilde y castigado, relucía de felicidad. Mirarla contagiaba esperanza. Al llegar a Capilla del Monte, quise que nos hospedáramos en la hostería de Gabriel. 
Era un excelente tipo y mi intención era que lo conocieran. Enseguida hubo química entre ellos. Aunque las cosas cambiaron un poco cuando la mujer canalizó que él también tenía que subir al cerro con nosotros tres. 
El día 23 fuimos rumbo a las Grutas de Ongamira, en las cercanías de El Pajarillo, hasta un parador a visitar a Miguel, un campechano, amigo de la mujer que canalizaba. Allí conocimos a Fernando, quien también terminaría acampando con nosotros en el cerro. Por más que tratábamos de disimularlo, con Alejandro no podíamos evitar sonreírnos cada vez que la mujer canalizaba. Sabíamos que a poco de que dijese “me están diciendo”, un nuevo integrante se sumaba al elenco estable.
La piedra, un portal dimensional
Con las sierras como fondo, mientras compartíamos unas facturas, nos dispusimos a escuchar las historias de Miguel, quien tenía un amplio repertorio sobre avistamientos de ovnis. Finalizada la charla, la mujer que canalizaba le pidió permiso para llevarnos hasta la piedra. No sabíamos de qué se trataba, pero la propuesta nos sonó interesante. Caminamos un corto tramo por la ladera de uno de los cerros y comenzamos a descender hasta que llegamos a un arroyo insignificante. 
Cerca del hilo de agua se encontraba una gran piedra, bastante plana, en medio de un círculo confeccionado con pequeñas rocas del lugar. “Este es uno de los portales dimensionales que comunica con la ciudad intraterrena de ERKS”, anunció la mujer. De los nervios, sólo pude sonreír. Le pidió a Alejandro que se descalzara y que se acostara allí, boca arriba, durante el tiempo que considerara necesario. Así lo hizo. Se quedó no más de 20 minutos. Cuando se incorporó, le preguntó si había visto algo. 
Su relato me inquietó: “Me recibió un ser que estaba sentado en una gran mesa ovalada y me preguntó, entre otras cosas, sobre el motivo por el que quería entrar a la ciudad intraterrena. 
Luego que respondí a sus preguntas, miró una lista que tenía entre sus manos y al instante comencé a caminar por un río de colores, que conducía a una especie de valle; donde aparecieron personas comunes, como nosotros, que me expresaron su alegría y amor por haber ingresado”. Eso fue todo lo que alcancé a escuchar. Me puse tan nervioso, porque sabía que me tocaba acostarme en la piedra, que no presté atención a nada más. 
Me saqué las zapatillas. Hice como que nada pasaba y muy despacio apoyé la espalda donde me habían indicado. Noté que la piedra estaba fría. Respiré profundamente, varias veces, para bajar el ritmo de mis latidos. 
“Es sólo una piedra”, me dije internamente tratando de serenarme, y cerré los ojos.
Cuando me relajé, visualicé un martillo gigantesco que bajaba desde el cielo y me pegaba en el tercer ojo. Simultáneamente, uno de los perros de Miguel –que nos había acompañado hasta la piedra– lamió mi frente. Me sobresalté y abrí rápido los ojos. Unos segundos más tarde decidí volver a cerrarlos. 
Nuevamente comencé a distenderme y visualicé una mano inmensa, que también descendía desde el cielo. Era más grande que las montañas. “Qué estupidez –dije internamente–, si muevo mi mano para alcanzarla, Alejandro y la mujer van a decir que estoy loco”. Abrí de nuevo los ojos y pensé: “Basta de pavadas. Serenate. No imagines más”. Por última vez, opté por cerrar los ojos. Cuando lo hice, vi que desde la montaña comenzaban a bajar decenas de hombres, vestidos con largas túnicas blancas. 
De golpe, uno de ellos se paró frente a mí. Me asusté. Abrí los ojos y me puse de pie”. “¿Y vos, Julio, que experimentaste?”, me preguntó la mujer. 
Me dio vergüenza contarle, así que les dije que no vi nada. “No importa –dijo ella– para que ustedes sepan, mientras que vos estabas recostado me contacté con uno de los seres de ERKS, que para que se hagan una idea era como el mago de cabellos blancos de la película El Señor de los Anillos”. Juro, por Dios, que no pude creer lo que escuchaba. Les pedí disculpas por haberles mentido y les solicité que me dejaran contarles lo que había experimentado. Al narrarles que visualicé un martillo gigante que me pegaba en el tercer ojo y que, al mismo tiempo, el perro pasó y me lamió, Alejandro se sorprendió y dijo: “Cuando estabas acostado sobre la piedra, escuché una voz que repetía insistentemente en mi cabeza que te pegara en la frente, pero me negué por miedo a lastimarte”. Sin salir de mi asombro, le especifiqué a la mujer que había visto muchos seres como los que ella describió, bajando en fila desde la montaña. 
Sus facciones eran similares a las nuestras.
También le comenté que me asusté cuando uno de ellos apareció de pronto delante de mí. Tenía el cabello largo, lacio y muy canoso, y llevaba una larga túnica blanca. Lo de la mano gigante recién pude comprenderlo meses después. 
Abrí un libro que hablaba sobre el fenómeno ovni y encontré un dibujo que era exactamente igual a lo que visualicé. El epígrafe decía: “La mano simboliza la ayuda que ofrecen los seres intraterrenos”. De no ser por el intercambio de las vivencias que mantuvimos los tres, lo que visualicé en la piedra hubiese quedado como una invención de mi imaginación. 
Nunca se los hubiese revelado, por temor a que se burlaran. 
Ese día aprendimos que, aunque las cosas nos parecieran descabelladas, debíamos animarnos a hablar, ya que ése podía ser un camino válido para corroborar la veracidad de los hechos. Esa tarde, Alejandro comenzó a sentir una pequeña molestia en uno de los ojos. El correr de las horas hizo que la molestia se transformara en un dolor intenso que, entrada la noche, se le volvió inmanejable. “Si bien es cierto que la molestia físicamente existe, esa dificultad en el ojo no es más que la manifestación de tu ser interno, que se niega a ver el cambio que te está por suceder”. 
Las palabras de la mujer lograron que Alejandro se pusiera de muy mal humor. Su malestar llegó a tal punto que no le dirigió la palabra a nadie más. Cuando nos fuimos a dormir a la habitación que compartíamos, no aguantó más y explotó: “quién se cree que es esta mujer para venir a decirme que lo de la vista no es más que una manifestación interna, cuando tengo tanto dolor que me arrancaría el ojo. Me revienta que diga tantas pavadas. 
No la aguanto más. Desde ya te aclaro que no pienso subir a El Pajarillo”. A la mañana siguiente, pidió que lo dejáramos solo y se fue hasta la guardia del hospital municipal, para ver qué tenía. Seguía muy dolorido. La mujer me explicó que Alejandro iba a tener un cambio importante al subir a la montaña, y que por eso estaba tan mal. “Su ser interno sabe”, reiteró.
Ella reconocía que su padecimiento era real, pero la experiencia le indicaba que lo que nos sucede a nivel físico son mensajes que tenemos que aprender a tener en cuenta, dado que reflejan situaciones internas a resolver. 
Unas horas más tarde, Alejandro apareció con el ojo vendado. “Me hicieron un raspado, porque tenía una astilla clavada bajo el párpado” dijo con seriedad, mientras miró a la mujer que canalizaba como retrucando lo que le había dicho la tarde anterior, y se fue a descansar.
Continuara.....

miércoles, 30 de marzo de 2016

Libro Despertar La clave para volvernos más humanos (Julio Andres Pagano)


LA BUSQUEDA
Capitulo- 1 (Sexto Escrito)
La aparición de la Virgen de San Nicolás
El 25 de abril, al igual que los 25 de cada mes, la Basílica de San Nicolás estaba repleta de fieles. Una vez que logramos juntarnos los siete, quedamos en que, cerca del mediodía, nos encontraríamos en el descampado situado junto al templo, para rezar el santo rosario. 
La mujer me recordó que fuese al subsuelo y que me quedara junto a la imagen de la Virgen de San Nicolás, que iba a recibir un mensaje.
Bajé la escalera tratando de sentirme tranquilo. 
No logré serenarme. Según la canalización de Necochea, ese día comenzaba mi proceso de transformación. 
Había una innumerable cantidad de personas. La mayoría daba muestras de profunda fe y devoción. 
Poco a poco, comencé a sentirme incómodo. 
La Virgen no representaba nada extraordinario para mí. Fui educado en el catolicismo, pero hacía muchos años que no iba a misa y tampoco tenía fe mariana. La incomodidad se transformó en angustia. Sentí que, con mi falta de fe, insultaba a todos los presentes. Me levanté del asiento y me fui de la iglesia. 
Estaba enojado por haber dado crédito a esos extraños mensajes, que me fueron comunicados por intermedio de la mujer. 
Sentí que ese era el segundo viaje que había hecho para nada. 
El primero, había llegado hasta la cima del Cerro El Pajarillo, tras recorrer más de mil kilómetros. Ahora, nuevamente estaba envuelto en otro viaje, sin sentido, con el único propósito de tratar de dilucidar qué comprendían las canalizaciones. 
Intenté relajarme y pasar lo que restaba del día de la mejor manera posible. 
Tal como lo acordamos, cuando llegó el mediodía nos reunimos los siete para rezar en el descampado junto al templo. Mientras rezábamos, la mujer comenzó a recibir mensajes relacionados con cosas que ella misma tenía que hacer, en virtud del traumático episodio del que fue protagonista en el mes de febrero. No puedo recordar qué fue lo que canalizó para todos los demás, sólo recuerdo que ni bien terminó de hablar, vi que frente a mí se formó un gran círculo. 
Cómo estaba de frente al sol y algo cansado por haber manejado, me refregué los ojos y traté de aclarar mi vista. Ni bien lo hice, observé que filamentos de luz formaron nuevamente un círculo. Por segunda vez, me froté bien fuerte los ojos. En medio de los seis que estaban sentados junto a mí en el césped, vi a la Virgen. Fue algo inesperado. Enmudecí. Quedé tan cautivado por su bellísima imagen, que no atiné a decirle a nadie lo que estaba presenciando. Sin poder creer lo que observaba, pensé: 
“No puede ser, la estoy inventando yo, pero cómo me la voy a inventar si la estoy viendo con los ojos abiertos”. Pese a todo, me negaba a creer. Mi extrema racionalidad se defendía. Busqué en una fracción de segundos argumentos lógicos para desacreditar lo que veía, pero la Virgen abrió y cerró sus ojos con una dulzura tan profunda, que no me quedaron dudas de que, en verdad, era ella. “¿Te pasa algo, Julio?”, me preguntaron. No podía responder. Los ojos se me humedecieron. Hice fuerza para no llorar. 
Me quemaba la garganta. La presión fue insoportable.
La emoción me desbordó. Empecé a temblar y las lágrimas corrieron por mi cara. “Vi la Virgen”, fue lo único que pude decir. Nunca había llorado en público y mucho menos delante de mi madre y de mi hermana. Frente a quienes, siempre, intenté mostrarme fuerte. Cuando terminé de desahogarme, les conté lo sucedido. Ninguno de los seis vio nada. Les dije que era como si en medio de todos ellos alguien hubiese proyectado una diapositiva en colores o un holograma, con un realismo tremendo. La Virgen tenía un manto blanco sobre la cabeza.
No vi su cuerpo completo. El círculo llegaba hasta la altura de su pecho. No me dijo nada. Sólo me miró y movió sus párpados serenamente. Más tarde, cuando estuve por un momento a solas con mi amigo, le aclaré: “Sería un verdadero idiota si estuviese inventando todo esto. Vos sabés, mejor que nadie, que no tenía fe en la Virgen y que me sentía enojado por haber venido a San Nicolás de gusto”. Alejandro no me había pedido ningún tipo de explicaciones. De todos modos, se las di porque tenía que poner orden en mi cabeza. Le hablaba a él, pero en realidad las palabras iban dirigidas a mí mismo. Tenía que entender lo sucedido.
Le destaqué, también, que tres fueron los hechos que me confirmaron que realmente había visto a la Virgen de San Nicolás. 
En primer lugar, yo tenía los ojos bien abiertos. En segundo lugar, la Virgen abrió y cerró sus ojos, con tremenda dulzura, sin que le dijese que lo hiciera. Y tercero, lloré delante de otros, aunque hice todo lo que estuvo a mi alcance para no quebrarme.
 A medida que repasaba lo sucedido, me maravillaba darme cuenta de que la Virgen realmente existía, y no es una simple figura decorativa de la Iglesia. Lástima que tuve que ver para creer. Afortunadamente hay millones de personas que no necesitan pruebas de su existencia. Caía la tarde. 
Los fieles sacaron su imagen de la Basílica y peregrinaron durante varias cuadras. Centenares de pañuelos blancos se agitaron, sin cesar. La gente aplaudía. La emoción estaba a flor de piel. Sentí estar como en otro mundo. Seguía conmovido. Decidimos emprender el regreso. Mi hermana, mi madre y su amiga retornaron a Capital Federal. El resto nos dirigimos hacia La Plata. Una vez más me sentí perplejo. La realidad superaba la ficción. Seguía confundido, pero esta vez el recuerdo de la enternecedora mirada de la Virgen me aportaba paz. 
Una vez en la ciudad de las diagonales, acordamos que al día siguiente nos volveríamos a juntar para charlar. 
Cuando quedamos solos, le dije a mi amigo que seguía sin comprender por qué cuando estaba frente a la mujer que canalizaba su tono de voz se apagaba. Me respondió que al estar cerca de ella sentía como si su propia vibración aumentara y se expandiera su campo de percepción. Nos volvimos a encontrar el día siguiente. La reunión se hizo en el departamento de la mujer. Una vez más, ella comenzó a recibir mensajes. A esa altura, ya me era familiar oír de sus labios: “Me están diciendo que…”. Parece mentira lo rápido que uno puede adaptarse a situaciones extrañas. 
La canalización estuvo teñida de mensajes personales, relacionados con aspectos sobre los que debíamos trabajar para elevar nuestras vibraciones. En esa oportunidad, se nos comunicó que el 25 de mayo,
Alejandro, la mujer que canalizaba y yo debíamos pasar la noche en el Cerro El Pajarillo; previo pasar por Villa Giardino para establecer contacto con Irma, la guardiana de la iglesia. 
La sobrina de la mujer, que también estaba presente en la reunión, no fue incluida en el viaje. Miré a mi amigo y supe, por los gestos de su rostro, que no se sentía cómodo. 
Cuando estuvimos unos segundos alejados del resto, me dijo: “Ni bien empezó a canalizar, sabía que me iba a incluir en el viaje. Es como si estuviese reuniendo gente”. Sus palabras denotaban gran escepticismo.
Habilidades extrasensoriales
El encuentro parecía llegar a su fin. La mujer le pidió a Alejandro si no le hacía el favor de acompañarla hasta su casa, en las afueras de La Plata, en donde fue violada. 
“Me resulta muy doloroso regresar a ese lugar –le explicó–, pero como vos también tenés habilidades extrasensoriales desarrolladas, quizá puedas captar algo que ayude en la causa penal contra los que abusaron de mí”. Fuimos los cuatro. Al llegar a su casa, la sobrina de la mujer y yo nos quedamos fuera para no molestarlos. Media hora más tarde, Alejandro salió. Tenía la misma mirada rara que pone cuando parece ver lo que otros no ven. “Acá estuvo parado uno de los delincuentes. Tenía mucho miedo, él no quería entrar, no estaba de acuerdo con hacerlo. Fueron dos. Tuvieron que entrar alcoholizados, de otra forma no hubiesen podido hacerlo”, narró. Alejandro no sabía nada sobre los detalles puntuales de la violación, por lo que sus palabras no estaban para nada influenciadas. “Fuiste violada en el cuarto de arriba –agregó–, lo extraño es que veo que mientras te violaban te estabas viendo a vos misma, es como se te hubieses desdoblado”. 
La mujer dio crédito a sus palabras y nos explicó: “En ese instante me aferré a una de las actitudes Ishayas, y eso me permitió salirme del cuerpo”.
También remarcó que ella creía que los que la dañaron “estaban pagos por una empresa multinacional”, contra la que llevaba adelante un importante juicio. Mi cabeza parecía estallar. 
Por conocerlo desde chico, sabía que mi amigo no estaba mintiendo. Sin embargo, ser testigo de lo que decían era algo sumamente fuerte. Nuevamente, fue mucho lo vivenciado para una sola jornada. 
Nos despedimos y acordamos que ultimaríamos, por mail, los detalles del viaje a Capilla del Monte. Mientras viajábamos de regreso a Olavarría tuve bastante tiempo para dialogar con Alejandro. “Nunca me sucedió ver con tanta claridad un hecho del pasado, como si estuviese ocurriendo en ese mismo instante. 
Fue impactante”. Sus palabras todavía estaban impregnadas por la emotividad de lo que presenció. 
“Esto es todo muy loco –sostuvo Alejandro–, vos viste la Virgen de San Nicolás sin esperarlo, yo presencié un hecho oscuro, que pertenecía al pasado, de manera absolutamente real y ahora estamos incluidos en una canalización, de la que ni siquiera sabemos para qué es”. “Yo no sé si voy a viajar a Córdoba –agregó–. No le encuentro sentido a eso de tener que ir a Capilla del Monte”. Una vez más, regresé confundido. Mi esposa me aguardaba, para que le contara lo que habíamos hecho. 
Con respecto a la aparición de la Virgen, Claudia se mostró muy interesada y me hizo varias preguntas, pero el buen clima se rompió cuando le manifesté que en mayo volvería a viajar. 
Ahí comprendí que lo mejor sería no mencionarle nada de lo que le había pasado a Alejandro. “¿Por qué hacés todo lo que te dice esa mujer? –me preguntó Claudia, con enojo–. ¿Si te dice que te tires debajo de un tren, también lo vas a hacer?”. Sabía que, desde su óptica, los reproches estaban justificados. Ella no pasó por las mismas experiencias, por lo tanto era imposible que pudiese comprenderme. Para mí también era demasiado extraño lo que estaba sucediendo, pero internamente sentía que debía continuar.
 A los golpes, fui internalizando que las experiencias son intransferibles y que el lenguaje se torna insuficiente cuando se quiere traducir en palabras lo vivido. Uno puede pronunciar la palabra dolor, pero no puede hacer que el otro lo sienta, y eso marca una profunda diferencia. 
Pese a mi limitación para hacerme entender, tenía que intentarlo. Si no lo hacía, cada vez se haría más grande la brecha entre nosotros y lentamente nos iríamos distanciando. Esa noche, el eco de las palabras de Aguila Blanca resonó otra vez en mi cabeza: “Te esperan tres años muy duros, pero vas a salir adelante”. Cuando las escuché la primera vez, no sabía de qué modo se expresaría la dureza. Poco a poco, el juego se estaba desplegando. Con Alejandro teníamos la sana costumbre de salir a correr en un circuito poblado de árboles y plantas, que bordeaba la costa del arroyo Tapalqué. Ese era nuestro cable a tierra cuando estábamos en Olavarría. Correr nos servía para liberar tensiones, al tiempo que nos permitía hablar sobre la visión que cada uno tenía sobre las cosas que nos tocaban vivir. Era una especie de terapia dinámica. 
Durante la semana siguiente, fuimos a correr varias veces al parque. Teníamos muchas cosas para dilucidar. Coincidimos en que dudábamos sobre lo que estaba ocurriendo, pero creíamos que seguir nos ayudaría a potenciar habilidades, tales como el manejo de las situaciones inciertas, el desarrollo de la tolerancia, la paciencia, y también nos serviría para aprender a confiar y romper con nuestros propios prejuicios. Por una cuestión de personalidad, ninguno de los dos estaba acostumbrado a que alguien nos diga qué era lo que teníamos que hacer.
Las canalizaciones constituían una verdadera oportunidad para trabajar sobre ese aspecto. Nunca se sabe por qué suceden las cosas. Lo único que teníamos en claro era que buscábamos la manera de seguir creciendo como personas y queríamos ampliar nuestros campos de conciencia para lograr vivir en armonía.
Continuara....

Libro Despertar La clave para volvernos más humanos (Julio Andres Pagano)


LA BUSQUEDA
Capitulo- 1 (Quinto Escrito)
Un viernes muy particular
El Viernes Santo, la mujer que canalizaba, su sobrina, una amiga, un joven necochense y yo nos preparamos para ir hacia Médano Blanco. Tal cual lo leído, había que subir y bajar por los médanos, cruzar badenes y recorrer aproximadamente 36 kilómetros por la playa.
Por momentos, tenía la sensación de que me había metido dentro del libro. Sólo el temor a quedarme encajado tan lejos de la ciudad me hacía tomar contacto con la realidad. 
En un determinado momento, la mujer pidió que detuviese la marcha.
Se bajó y explicó: “A través de la energía que sienta en mis manos, sabré cuál es el sitio correcto”. Una vez que localizó el médano energético, nos sentamos en la arena y encendimos velas y sahumerios. Eran justo las tres de la tarde. Luego de manifestar las intenciones personales, nos pusimos a rezar el rosario. 
Hacía calor.
El viento soplaba con cierta intensidad. 
En medio de las oraciones, la mujer nos comunicó que entidades de diferentes planos se estaban presentado y también seres fallecidos. Miré alrededor. Solamente había arena. Permanecí en silencio. No creía en sus palabras.
De pronto, la mujer me dijo: “Está Julio, te está abrazando”. Quedé asombrado. Mis ojos se humedecieron por la emoción. Julio era el nombre de mi padre fallecido. Sentí un intenso cosquilleo por todo el cuerpo, que fue más intenso todavía cuando lo describió tal cual como era, de estatura mediana, canoso y muy jovial. “Me está diciendo que los ama”, sostuvo con voz suave la mujer.
Me dijo si quería preguntarle algo. Me costó pronunciar la frase. Tenía un nudo en la garganta. De la mejor manera que pude, le trasmití que le preguntara si estaba enojado porque había renunciado al diario. Su respuesta fue aliviadora: “Se está riendo a carcajadas”. Por algunos momentos, mi mente quedó en blanco. Sabía que la mujer no tenía dato alguno sobre mi padre. En ese instante recordé nuestro primer encuentro, cuando ella me explicó:
“Recién vas a empezar a confiar en las canalizaciones cuando te vayan revelando datos personales, que sólo vos sabés”. 
Cada uno de los presentes recibió sus propios mensajes, de parte de sus familiares fallecidos. Pensé que todo volvería a su cauce normal, pero la mujer volvió a hablar: “Están presentes los espíritus de varios indios, quienes se están sentando en círculo con nosotros.
Me están transmitiendo el nombre Aguila Blanca”. Seguidamente, me miró y agregó: “Están ungiendo tus oídos”. 
Luego describió la manera en que habían trabajado sobre mi chacra coronario y puntualizó que veía que un rayo de luz atravesaba mi mente. También acotó que los seres presentes, entre los que había algunos provenientes de planetas remotos, agradecían que estuviésemos en ese sitio en una fecha tan especial.
Antes de terminar la canalización me dijo: “Julio, en este momento está presente Aguila Blanca. 
Su presencia es imponente. Es un gran jefe indio. Me está diciendo si estás dispuesto a dar pruebas de que realmente querés cambiar”. Dudé. No sabía que implicaría “dar pruebas”.
De todos modos, manifesté que aceptaba. Aguila Blanca, por intermedio de la mujer, me pidió que el 25 de abril fuera a San Nicolás (provincia de Buenos Aires), donde comenzaría mi proceso de cambio. Y que, a partir de allí, durante tres meses lleve una vida de retiro. Un retiro de mi mente, buscando en mi interior. “Dentro del período de los tres meses, contando a partir del 25 de abril, una semana entera la deberás pasar en un lugar sagrado que queda entre Olavarría y Azul”, precisó.
“¿Se te ocurre cuál puede ser ese lugar?”, me preguntó la mujer. No supe qué responderle. El único sitio que se me cruzó por la mente fue el Monasterio Trapense, pero en realidad no estaba seguro de su ubicación geográfica. Igual lo mencioné. Aguila Blanca reveló “siete meses, siete días y siete horas”, como referencia de un hecho importante que modificaría mi vida”. 
“Me dice que, de ahora en más, prestes atención al número 7
agregó la mujer, y que te esperan tres años muy duros, pero vas a salir airoso. No temas. A tus hijos y a tu esposa no les pasará nada”. El jefe indio también le expresó, por último, que respetaba mi libre albedrío y que quedaba en mí hacer las cosas o no. 
Le agradeció a la mujer el esfuerzo que hizo para transmitirme el mensaje, el cual quedó de manifiesto en la abundante cantidad de lágrimas que recorrieron su rostro, mientras nos hablaba, sin que por ello le cambiara la voz.
Una vez que los mensajes finalizaron, quedamos conmovidos. Pasamos largos minutos en silencio. Intercambiamos, luego, algunas palabras y nos subimos a la camioneta para regresar a la ciudad, antes de que oscureciera. Al llegar al centro necochense, decidimos ir hasta la iglesia de la Medalla Milagrosa. 
Un templo en forma circular, situado cerca del puerto, donde quedé impactado con los cuadros de un pintor local, que daban vida y color al vía crucis. La secuencia de las pinturas mostraban imágenes de planetas que se ordenaban en función de líneas de energía, triángulos y círculos.
En los primeros planos se podía ver a Jesús, representado por un hombre muy anciano, dando claras muestras de dolor y sufrimiento. Justo en el centro de la iglesia, en el suelo, había una figura circular con forma de laberinto, que tenía una inscripción que rezaba: “Yo soy la puerta”.
Si uno se paraba en ese lugar y miraba hacia el techo, se encontraba con imágenes de delfines, leones y demás animales, cargados de simbolismos. No parecía que uno estaba dentro de una iglesia católica. Luego de la misa, algunos lugareños me explicaron que la iglesia tenía ese diseño tan particular, en forma de círculo porque, en realidad, se trataría de un centro de salvataje para cuando las aguas suban y las profecías apocalípticas se cumplan. Era demasiado para una sola jornada.
Mi cuerpo pedía, a gritos, que fuese a descansar.
Me despedí de todos y fui a dormir al departamento que alquilaba. Me costó conciliar el sueño. 
Al día siguiente caminé por la playa. Intenté poner en orden mi mente.
No podía entender lo que estaba pasando. Fui a Necochea buscando claridad y lo único que obtuve fue una confusión descomunal. Mi mundo racional se estaba despedazando. 
Una puerta a lo desconocido comenzaba a abrirse. El camino que mostraba no parecía ser sencillo. La frase “tres años duros” resonaba, una y otra vez, en mi interior.
Hasta que en un determinado momento comprendí que el hecho de que fuesen duros no implicaría, necesariamente, que estuviesen teñidos de infelicidad. De todos modos, me sentía intranquilo. Sabía que lo acontecido no era producto de la casualidad, sino de la causalidad. 
Los acontecimientos sucedieron de manera sincrónica: la necesidad interna de ir para Semana Santa a Necochea, el encuentro con la mujer, la invitación a ir al sitio sobre el que unos meses antes había leído, aprender a usar la doble tracción horas antes de manejar por los médanos… 
Las piezas encajaban a la perfección. Mi preocupación era producto de que las cosas no cuadraban de manera racional. ¿Quién era después de todo Aguila Blanca? ¿Y si la mujer tenía problemas mentales? Prácticamente no la conocía. 
Era la segunda vez, en mi vida, que la veía. 
Sin embargo, recapacité que fue mi intención de concretar el proyecto del parque temático quien me la había puesto en el camino. Así que decidí suponer que, tal vez, lo que estaba sucediendo obedecía a un orden subyacente que todavía no podía vislumbrar, por estar muy apegado a mi mente.
Una señal por demás evidente
No tenía más ganas de permanecer en Necochea.
Me quedaban nueve días de alquiler pago, pero decidí retornar a Olavarría. Necesitaba del clima familiar, para sentir que mi vida seguía transitando por carriles normales. Una vez en la ruta, mientras manejaba, intenté ser claro con lo que me pasaba, así que tomé coraje y hablé en voz alta. Sin saber a quién dirigirme, expresé: “No sé cómo son las señales, ni tampoco de qué manera se manifiestan, pero si ustedes quieren que realmente vaya al Monasterio Trapense, demuéstrenmelo de alguna manera clara. Que no me queden dudas. Soy duro para darme cuenta de las cosas, así que esfuércense. No sé… que aparezca un arco iris sobre el lugar… hagan lo que se les ocurra, no me corresponde a mí decirles cómo tienen que hacerlo”. Hablando de ese modo me sentí como si fuese un desquiciado, pero de alguna manera me tenía que desahogar. Me reí de la estupidez que había hecho, porque, a través de mi forma de hablar, estaba dando crédito a que existían entidades operando tras bambalinas. Para tratar de olvidar, puse la música bien fuerte y me concentré en la ruta y en la letra de las canciones. Me faltaban recorrer 290 kilómetros. Grande fue mi sorpresa cuando, al llegar a la ciudad de Azul, el primer cartel que vi sobre la ruta decía “Monasterio Trapense”. “Esta no es una señal, se trata de un simple cartel. 
Fue casualidad. Quiero algo que no me deje ninguna duda”, dije nervioso y seguí conduciendo. En un determinado momento sentí que estaba manejando en dirección a Buenos Aires. “No puede ser –me dije–, porque para ir hacia Capital Federal debía haber pasado por una rotonda y no vi nada”. Seguí un poco más, pero la sensación de estar manejando en la dirección equivocada fue tan fuerte que detuve la marcha de la camioneta sobre un costado de la ruta y le pregunté a un hombre si estaba yendo bien. 
Su respuesta me dio escalofrío: “No, pibe, te pasaste, volvé unos kilómetros y te vas a cruzar con una rotonda”. No lo podía creer. Pero mayor fue mi sorpresa cuando giré la camioneta hacia el carril contrario, para retomar el camino. Justo en ese lugar, en la banquina, había un cartel color verde que decía “Monasterio Trapense, kilómetro 241”. Se me erizaron los pelos y mi corazón se aceleró. Dos, más cuatro, más uno, da como resultado siete. 
Y siete, según la canalización, era el número al que debía prestar atención. Había pedido una prueba y vaya si me la habían dado. El resto del viaje me lo pasé tratando de entender cómo no fui capaz de ver la rotonda. Tampoco me entraba en la cabeza cómo había hecho para manejar hasta el lugar en donde me detuve, sin darme cuenta antes de que esa no era la dirección correcta. No lo podía comprender. Conocía a la perfección ese camino. 
Todos los fines de semana pasaba por ahí, cuando me dirigía a Capital Federal para estudiar marketing. Cuando llegué a mi casa y mi esposa me preguntó cómo me había ido, no sabía qué responder. Si le había resultado raro que viajara a Necochea solo, siguiendo un impulso, qué pensaría si le contaba realmente lo que había sucedido. Tragué saliva. Respiré. Junté coraje. 
Y empecé a explicarle. A poco de decir algunas palabras, me di cuenta de que los nervios me estaban jugando en contra. Hablaba a gran velocidad, prácticamente sin hacer pausas. Me serené. Tomé agua y seguí con la narración de los hechos. 
Por más que le conté todo, tal cual como sucedió, no tenía muchas esperanzas de que me creyera. Ni siquiera yo podía dar crédito sobre lo que había experimentado. “¿Y ahora, qué pensás hacer?”, me preguntó, con cara de preocupación. “Todavía no lo sé –le respondí–, creo que voy a seguir, quiero ver adónde me conduce todo esto que me está pasando”. 
Esa noche al acostarme, mientras miraba el techo de la habitación, supe que si los acontecimientos se sucederían con tanta espectacularidad, realmente sería cierto que los tres años iban a ser duros. No sólo por lo que representaría mantener la cordura, sino también por la armonía de la pareja.
Se acercaba el 25 de abril, fecha en que debía ir a San Nicolás con la mujer que canalizaba. Como primero tenía que pasarla a buscar por la ciudad de La Plata, se me ocurrió decirle a Alejandro, mi amigo el psicólogo, si no me acompañaba. 
Cuando se lo propuse se rió. “Anteayer pensé que nuevamente iría a La Plata, a ver a mi hija, si alguien me llevaba… y vos me estás invitando, así que vamos. El destino quiere que vuelva a viajar”. Me alegré, porque de paso él podría conocer a la mujer y darme su parecer, desde un punto de vista profesional. Imaginé que si la veía y me decía algo así como “esa señora no está en su sano juicio”, me liberaría del compromiso de ir a San Nicolás. 
El 23 de abril viajamos a La Plata. Oportunidad en que generé un encuentro para que ellos dos se conocieran. Fuimos a cenar. Mientras esperábamos que nos sirvieran el pedido, noté que algo andaba mal. Alejandro hablaba con un tono de voz demasiado bajo, distinto al habitual. Luego me enteré que eso obedecía, según sus dichos, a que la mujer irradiaba mucha energía. 
Tras la cena, fuimos a tomar un café al departamento que la mujer alquilaba. Luego de una charla informal comenzó a recibir mensajes, y le comunicó a mi amigo que tenía que viajar a San Nicolás con nosotros. Los que viajaríamos seríamos un total de siete: la mujer, su sobrina, Alejandro, mi hermana, mi madre, una amiga de mi madre y yo.

Libro Despertar La clave para volvernos más humanos (Julio Andres Pagano)

LA BUSQUEDA
Capitulo- 1 (Quarto Escrito)
El primer viaje: la curiosidad como impulso
Cinco días más tarde, con mis hermanos Celina y Tomás partíamos desde Olavarría a Capilla del Monte para subir al cerro El Pajarillo.
Si bien mi hermano no fue mencionado en la canalización inicial, por teléfono le consultamos a la mujer si podíamos llevarlo, porque él insistía en que quería viajar con nosotros. Distinta era la postura de mi otro hermano, Lucas, que pese a ser muy joven se mostraba totalmente escéptico y tildaba de loco lo que estábamos por hacer. Nuestra madre, por su parte, nos decía: “No sé cómo los crié para que me salieran así de raros”.
En medio de bromas y mucha excitación por lo que supondría subir a la montaña, no caímos en la cuenta de que estábamos viajando, un 21 de enero, hacia un lugar turístico que estaría repleto de personas, por lo que encontrar un lugar donde dormir no iba a ser fácil.
Luego de 900 kilómetros de marcha en camioneta, llegamos a Villa Giardino y localizamos la iglesia.
Era tal cual nos la había descripto: antigua, de la época de los jesuitas y tenía un cementerio al frente.
Una vez que logramos hablar con Irma, la guardiana del lugar, entramos a la capilla y constatamos que, efectivamente, la estatua de la Virgen había sido robada. Todavía se lograba ver sobre la pared el contorno de su silueta. Le comunicamos a la mujer el mensaje que teníamos para darle.
Ella nos comentó que tenía esperanzas de que se pudiera recuperar, pero que sabía que detrás del robo había intereses políticos de por medio. Celina habló a solas con el chico, que tenía una mirada muy pura y era demasiado tímido. Nos dijo que no podía contarnos lo que le había dicho el joven, porque se trataba de un mensaje personal. Lo único que nos contó fue que ella le regaló una lámina con la imagen del Padre Pío, para que lo proteja. De esa manera, dimos por cumplida la primera parte del viaje con cierto nerviosismo, por comprobar que las cosas que la mujer había canalizado eran ciertas.
Continuamos la marcha. Llegamos a Capilla del Monte bastante cansados. Ninguno de los tres había estado anteriormente en esa ciudad y no teníamos referencias válidas sobre a qué hotel ir o dónde parar.
Empezamos a buscar. Todo estaba ocupado. De pronto, Tomás dijo: “Miren ese duende dibujado en la pared, indica que tenemos que ir en esa dirección”. Lo tomamos como una señal y avanzamos con el vehículo. La calle nos llevó hasta la “Hostería de las Nubes”, donde conocimos a Gabriel, propietario del lugar.
Un ser por demás humano, quien al igual que nosotros reconocía que estaba atravesando un fuerte proceso de búsqueda personal. Gracias a su hospitalidad, pudimos sentirnos muy cómodos y a gusto, mientras nos poníamos en campaña para ver cómo haríamos para subir al cerro El Pajarillo. No habíamos terminado de acomodarnos en la habitación, cuando Gabriel nos dijo que en veinte minutos un grupo de personas sería guiado por una mujer “contactada” hasta el playón situado frente al conocido Cerro Uritorco. Famoso, internacionalmente, por los avistamientos de ovnis. Pese a que eran pasadas las diez de la noche y estábamos muy cansados, no dudamos un instante en aceptar la invitación.
Mientras nos dirigíamos al lugar, Gabriel nos explicó que Lina, la mujer que conduciría la ceremonia, era una persona que, desde muy joven, fue capacitada por seres de otro planeta como guía, para establecer contactos primarios. Desde corta edad me sentí atraído por el fenómeno ovni. Consideraba que, por una simple cuestión de probabilidad, habiendo tantos y tantos millones de galaxias similares a la nuestra, era factible que existiesen otros tipos de civilizaciones. Pero, hasta ese momento, mi experiencia no pasaba de algún par de lecturas sobre el tema, así como por la cobertura periodística de sorprendentes círculos aparecidos en quintas y campos de Olavarría –atribuidos a extrañas luces o naves extraplanetarias– durante fines la década del ochenta. Una vez en el playón, nos encontramos con un grupo de personas que también estaba expectante por lo que pudiese suceder. Lina nos dio la bienvenida.
Explicó que lo que estábamos por presenciar era una ceremonia de iniciación, en donde ella se contactaría con los seres de ERKS (sigla con que se designa a la ciudad intraterrena situada a los pies del Cerro Uritorco, que significa Encuentro de Remanentes Kósmicos Siderales), para que pudiéramos tomar conciencia de que no estábamos solos en el universo.
Tras recitar algunos mantras y hacer saludos en forma circular, a lo lejos pudo observarse que, en el cielo, se encendían y apagaban fuertes luces, que parecían responder a sus gestos. Según sus palabras, se trataba de naves centinelas, que contribuían al proceso de ayudar al hombre a que despierte a una nueva realidad. Esa noche nos costó dormir. Nuevamente habíamos formado parte de una realidad distinta a la cotidiana.
Todavía nos restaba cumplir con lo canalizado. Al día siguiente llamamos por teléfono a un baquiano, para que nos condujera hasta la cima del Cerro El Pajarillo.
De acuerdo con la canalización, teníamos que comenzar a subir a las cinco de la mañana, pero como el día estaba lluvioso lo hicimos recién a las once, cuando el cielo se despejó. Un intenso calor, que superaba los treinta grados, sumado a una cantidad increíble de tábanos y plantas con espinas respetables, hicieron que el ascenso no fuera para nada placentero. A eso se sumaba que, por tratarse de un cerro virgen, no había senderos marcados para subir. Recuerdo que los últimos cien metros los subí rezando, porque no me quedaban más fuerzas. No vi nada. Tampoco sentí que “regresaba a casa”, como me lo había manifestado la mujer.
Descendí discutiendo con mis hermanos. De algún modo tenía que liberar la bronca que sentía por haber hecho más de mil kilómetros para someterme a un calvario, por el simple hecho de ser curioso. Por teléfono, le narramos a la mujer lo sucedido. Nos respondió que teníamos que aprender que las canalizaciones debían cumplirse al pie de la letra, porque de esa manera se pone de manifiesto el grado de compromiso con el mensaje recibido.
“Si dicen a las 5 de la mañana –aclaró–, deben hacerlo a esa hora, aunque llueva o truene, ya que sólo respetando lo dicho se dan las circunstancias para que cada uno reciba lo que tenga que recibir”. Estábamos por regresar a Olavarría, cuando nos propusieron si queríamos acampar la noche siguiente en el Cerro Uritorco. Los tres estuvimos de acuerdo y nos fuimos a descansar para reponer fuerzas. Aunque esta vez el camino estaba marcado, subir al Uritorco en días de calor intenso resulta cansador.
El esfuerzo bien lo vale, por el maravilloso espectáculo que ofrece en cuanto al paisaje, así como por el imponente marco que regalan las estrellas al anochecer. Mientras subíamos, a las dos de la tarde se escuchó un fuerte zumbido. Lo único que pude ver fue que, desde una de las laderas del cerro, salió una luz verde a gran velocidad. El avistaje, de lo que el guía calificó como una canepla, no duró más de dos segundos. Acampamos por algunas horas en el Valle de los Espíritus y en la madrugada emprendimos la marcha, para ver el amanecer desde la cima.
Subir el último tramo a la luz de las linternas, no fue simple como suponíamos. Sin embargo, nuestro esfuerzo se vio recompensado por la ceremonia que realizó nuestro guía, quien agradeció al padre Sol y a la madre Tierra, por medio de emotivas canciones.
Cerca del mediodía descendimos del Uritorco. Pese a las recomendaciones, emprendí el regreso a Olavarría. Fuimos por dos días y terminamos quedándonos cinco.
Al cabo de tres horas de viaje, noté que lo que nos habían dicho era cierto: “No viajen porque la energía del lugar hace que se sientan plenos, pero ni bien se alejen de Capilla del Monte sentirán el cansancio por el esfuerzo que hicieron durante la estadía”. Un café en cada estación de servicio me ayudó a seguir viaje.
Regresamos a Olavarría cerca del anochecer. Todo lo vivido nos pareció muy intenso, pero el tema de la canalización nos había dejado sabor a poco. Aunque sabíamos que no cumplimos, al pie de la letra, con lo que se nos había manifestado.
Hasta ese momento, mi vida se desarrollaba dentro de márgenes controlables. No sabía que faltaban sólo un par de meses para que mi realidad diera un giro de ciento ochenta grados. Durante febrero y principios de marzo del año 2004, seguí trabajando en el desarrollo del parque temático. Esa era la única manera en que sentía que estaba haciendo lo que me gustaba. Pero ni bien dejaba la computadora de lado, mi angustia existencial parecía ahondarse. Un llamado telefónico desde Córdoba, por parte de mi hermana, hizo que esa sensación de angustia se agudizara todavía más: “Mirá el canal Crónica, están pasando que dos asaltantes entraron para robar a la casa de la mujer que canalizaba y la violaron”. Un verdadero acto de barbarie. No fui capaz de llorar.
Había desarrollado el tortuoso hábito de bloquear mis emociones y ahogar mis lágrimas. Ese mecanismo de defensa, que me llevó varios años poder modificar, me permitía mostrarme fuerte en las situaciones difíciles, para que los demás tuviesen alguien en quien apoyarse.
Escuchando mi voz interior
Para Semana Santa, sentí que necesitaba irme a Necochea. Tenía que pensar en cómo seguir avanzando con el proyecto, pero, sobre todo, tenía que intentar encontrarme a mí mismo. Me sentí egoísta por tener ese impulso, aunque sabía que si quería lograr cambios en mi vida, debía empezar a escuchar mi voz interior.
Eso implicaba dejar la racionalidad de lado y dar pasos en el vacío, sin que existieran motivos lógicos que justificaran mi accionar. Percibía, claramente, que eso era lo que tenía que hacer.
Mi mente se resistía, pero por primera vez no me importó. Estaba decidido a que fuese la intuición quien me guiara. Llamé por teléfono y alquilé un departamento, que daba frente al mar, durante quince días. Le pedí disculpas a mi familia por no llevarlos.
Ellos, a su modo, me entendieron. Les dejé la camioneta para que estuvieran más cómodos y viajé en la de mi madre, que estaba disponible. La noche anterior al viaje, Celina llamó para preguntarme si me iba a Necochea porque sabía que durante Semana Santa la mujer que canalizaba iba a estar en esa ciudad para intentar reponerse de lo que le había sucedido. Le respondí que no sabía nada, así que ella me pasó el mail para que intentara comunicarme. Lo único que hice fue enviarle un correo electrónico dándole ánimo, y le dejé el número de teléfono y la dirección de donde me hospedaría, por si le podía ser útil en algo. Viajé el miércoles 7 de abril.
A medida que recorría la ruta, mi cabeza se perdía en miles de pensamientos: ¿por qué viajo sin realmente saber para qué? ¿Me estaré volviendo loco? ¿Qué necesidad tengo de complicarme tanto? ¿Por qué no vuelvo a trabajar al diario y llevo una vida normal, en vez de hace este tipo de pavadas sin que existan motivos racionales que lo justifiquen? Para colmo de males, cuando llegué a Necochea llovía y la ciudad estaba desolada.
Demasiado gris. La mayoría de los negocios estaban cerrados y, en algunos casos, tapiados con maderas para evitar robos. De haber sido un maniático depresivo, esa era la tarde ideal para despedirme del mundo. Mi ilusión de sentarme en la playa a meditar se había apagado con el agua de lluvia, así que no tuve mejor idea que acostarme a dormir. Al día siguiente fue Jueves Santo. No llovía, pero el viento y el frío se hacían sentir. No me importó. De todos modos decidí salir a caminar por la playa.
Cada tanto el Sol asomaba y se volvía a esconder.
Era extraño ver el paisaje tan desértico. Muy de tanto en tanto me cruzaba con algunas personas que caminaban solas. Me daban ganas de preguntarles si estaban tan confundidas como yo, pero no me animaba. Miraba hacia abajo y seguía caminando. Las olas eran indiferentes a mi presencia, seguían con su eterno ritual de coronar la costa con espuma. La caminata se hacía más llevadera escuchando música de relajación, en el reproductor de mp3.
Casi instintivamente, evité dar un paso. Al mirar hacia abajo, comprobé que estaba a punto de pisar una abeja. Me pareció raro poder darme cuenta de su presencia, porque su figura se perdía entre la arena. Estaba dada vuelta. La toqué suavemente y pudo volar. A los pocos metros, nuevamente lo mismo. Me detuve y encontré otra abeja que necesitaba ayuda. La di vuelta y emprendió su vuelo. Eso no hubiese llamado demasiado mi atención, si no fuese porque el mismo hecho se repitió, por tercera vez, unos metros más adelante. Sin proponérmelo, me detuve y evité pisar a otra abeja, a la cual también ayudé para que pudiera seguir su rumbo.
Salvo por este particular episodio, hasta en ese momento intrascendente, pasé la mañana y parte de la tarde sin indicio alguno sobre por qué sentí que tenía que estar en Necochea para esa fecha. Al regresar al departamento, tenía un mensaje en el celular de la mujer que canalizaba. Me explicaba que no estaba bien, pero que sentía que teníamos que encontrarnos. Dejó dicho que, a las nueve de la noche, pasaría a buscarme para tomar un café.
Eran cerca de las seis de la tarde. Recién me había dado una ducha con agua caliente. Mi esposa llamó para ver cómo marchaban las cosas. Mientras le comentaba que me reuniría con la mujer, vi por la ventana del departamento que en la playa había una familia que se había encajado con el auto y no había nadie que los auxiliara. “Te vas a quedar vos también”, me dijo Claudia. Intuí que tenía razón, pero no podía permanecer indiferente. Corté y me dirigí rápidamente hacia la playa. El auto estaba muy encajado y la marea subía. Le expliqué al hombre que tenía una camioneta cuatro por cuatro, pero, como era de mi madre, no sabía usar la doble tracción.
De todos modos, me ofrecí para intentar sacarlo. Había anochecido. Corrí a buscar el vehículo, presintiendo lo que me esperaba. Apenas me puse detrás del auto, para sacarlo, quedé en-cajado. La camioneta no movía para ningún lado. “Quién me mandó a meterme”, me reproché internamente. Luego de varios intentos, aprendí a usar la doble tracción. Bajé también el aire de las ruedas para que se afirmara mejor la camioneta y logré auxiliar a la familia, tras una hora y media de esfuerzo.
La expresión de alegría del matrimonio me llenó de júbilo. Ellos no lo sabían, pero, en realidad, el auxiliado fui yo, por que me dieron la oportunidad de sentirme útil. Cuando el reloj marcó cerca de las nueve de la noche, fui a un restaurante con la mujer que canalizaba.
Se la veía triste, cansada, con poco ánimo. Me contó lo que le había sucedido. Hablarlo le hacía bien. La ayudaba a liberar su traumática vivencia. A medida que avanzaba en el relato, se le entrecortaban las palabras. “Todavía no sé por qué tengo que estar sentada con vos –me dijo–, pero quizás dentro de un rato pueda saberlo”.
En medio de la cena, me recordó que me sentía como si fuese su hermano, porque veía que en otra vida, cuando fui monje benedictino, la cuidé hasta que murió.
Dijo, además, que en ese entonces, mi aspecto era muy diferente: era flaco, alto, rubio y un poco pelado. Seguimos conversando. Ella hizo una pausa. Desenfocó su mirada y me comunicó que estaba recibiendo que, al día siguiente, debía acompañarla a Médano Blanco.
Sus palabras me llamaron la atención, porque tres meses antes, cuando estuve de vacaciones en Necochea con mi familia, compré el libro titulado “Médano Blanco” (de Bastian, publicado por Ediciones Kemkem) porque sentí que tenía que leerlo. El libro explicaba la increíble historia de un cazador que, por casualidad, descubrió un potente campo energético, situado sobre un médano a varios kilómetros del centro necochense. Años más tarde, tuvo un accidente que lo dejó en silla de ruedas y casi sin habla. Tuvo que hacerse entender por señas, para que lo llevaran hasta ese sitio. Una vez allí, el cazador se recostó unos minutos sobre el médano energético y a los pocos meses se recuperó por completo.
La propuesta de la mujer, sumado a que sólo un par de horas antes un hecho fortuito me había enseñado a usar la doble tracción, me dio la pauta de que, tal vez, no había estado tan equivocado al seguir el dictado de mi voz interior. Algo parecía empezar a gestarse.
Continuara.....
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